sábado, 24 de enero de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (162)

LA EDUCACIÓN EN UN MUNDO RELATIVISTA: 

EL VALOR DE LA PERSONA

 


El principal desafío al que se enfrenta la educación en una sociedad dominada por el relativismo reside en su fragilidad; al carecer de certezas y garantías sólidas, se ve obligada a buscar fundamentos firmes. La causa de esta situación ha sido el desplazamiento de la acción educativa fuera de su núcleo esencial: la persona. 

La naturaleza personal del ser humano se articula en torno a la libertad, que le permite construir su biografía según sus propias elecciones, a diferencia de su biología, que le viene determinada. Así, mientras los seres no personales viven sujetos a determinismos naturales, el ser humano tiene la capacidad de ser dueño de su destino. Como afirmaba Cervantes, el hombre es “hijo de sus obras”, pero puede realizarse o deshumanizarse, por lo que el libre albedrío ha de orientarse al bien. 

Se trata por consiguiente de ayudar al educando a convertirse en una persona responsable de su vida, capaz de incidir positivamente en la realidad y de madurar orientando sus decisiones hacia el bien.

Afirma Jan H. Walgrave que “el ser humano auténticamente libre sabe lo que piensa y posee convicciones sólidas; sabe lo que quiere y permanece fiel a sí mismo. Se muestra fuerte, claro y preciso, no se diluye en la masa ni se deja seducir. Actúa por sí mismo, es dueño de sus decisiones y fiel a sus convicciones e ideales y a su crecimiento personal.”

Pero caracteriza al relativismo actual la disociación y la atomización. La existencia personal y el mundo se presentan como un “puzzle” de infinitas piezas sin modelo, dificultando la construcción de una personalidad coherente y unificada, y de sociedades que contribuyan a la humanización de sus miembros, quedando por consiguiente a merced de la voluntad de los más fuertes o astutos.

Resulta esencial para la educación definir los criterios en torno a los cuales se estructurará la visión de la realidad, que es la base para la formulación de juicios de valor, así como disponer de un modelo conceptual humanizador que posibilite una síntesis positiva de valores. La escuela debe proporcionar saberes y habilidades, pero también significados.

El auténtico fin de la escuela será entonces ayudar al educando a configurar referentes que le permitan interpretar la realidad, revisando los modelos conceptuales implícitos y explícitos en la enseñanza de las distintas áreas del conocimiento. Sin tales referentes, el alumno podrá acumular conocimientos, pero esta acumulación no bastará para alcanzar una comprensión profunda del mundo y de la vida, ni para orientarse en lo relativo al bien y al mal. 

Esto implica la primacía de la verdad sobre la opinión, de la realidad sobre la apariencia, de la reflexión sobre la inmediatez y la espontaneidad, de la voluntad sobre el deseo, del esfuerzo sobre el entretenimiento, y de la interioridad sobre la dispersión sensitiva y emocional.

Una educación comprometida con la humanización debe conducir al educando hacia la mayor perfección posible de su ser persona. Esto solo es posible si las instancias educativas principales -la familia y la escuela- logran fortalecerse frente a la presión de la mentalidad dominante. Esta tarea resulta especialmente difícil, ya que ambas son muy permeables a las vigencias actuales, especialmente si actúan de forma aislada.

(Publicado en el semanario La Verdad el 23 de enero de 2026)

miércoles, 21 de enero de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (161)

CONSUMIR NO ES VIVIR

 


            Tras las fiestas navideñas, en las que el mensaje religioso apenas sobresalía entre los brillos de espumillón y alumbrados LED, las compras, los manjares y los regalos, no está de más reflexionar sobre el consumismo y la educación.   

El consumo es sin duda necesario. Se trata de adquirir productos que necesitamos o que de verdad valoramos porque son útiles o hermosos. Pero los intereses a los que sirve una megapublicidad que dispone de recursos impresionantes para trasladar sus mensajes al gran público, fomentan más bien el consumismo, cosa muy distinta, consistente en adquirir objetos de forma irreflexiva para satisfacer necesidades creadas artificialmente.

En el fondo no se trataría de necesidades, sino de deseos, que no son lo mismo. Por ejemplo, tal vez necesitamos unas buenas zapatillas deportivas, pero la publicidad nos sugiere que sólo las de tal marca –que anuncian los campeones... – son las mejores... ¡¡y que no puedes quedarte sin ellas!! Con ello se borra la frontera entre el deseo y la necesidad real.

Lo adecuado sería ajustar el consumo a las necesidades reales de las personas. Pero la publicidad, manejando hábilmente los resortes emocionales, consigue suscitar deseos cargados con gran fuerza de seducción, haciéndonos pensar que si no compramos tal producto no seremos felices, o seremos inferiores a los demás.

            De la mano del consumismo se instaura la “cultura” de un “individualismo gregario” -en expresión de Hannah Arendt-, toda vez que convierte a cada persona en un solitario gozador de bienes (todos iguales) en solitarios abrevaderos individuales (los mismos) para el rebaño. La religión hedonista cuenta con un eslogan que constituye su primer principio ético: “Te amarás a ti mismo sobre todas las cosas”.

            Una sociedad adicta al bienestar individual como la nuestra suscita la adoración solipsista del propio cuerpo. Aparece un mercado de talismanes milagreros: las clínicas de mejoras estéticas, los alimentos y dietas adelgazantes -contrapeso de los placeres culinarios previamente enaltecidos-, los gimnasios, las prendas que realzan o aminoran, los fetiches eróticos, las mascotas ejerciendo de “perrhijos”, etc., asegurando una felicidad reducida a bienestar corporal y emocional. 

La dinámica del consumismo convierte lo nuevo, lo joven, lo “último”, en criterio de calidad mediante la exaltación de lo efímero: “Esto ya no se lleva...” El consumismo compulsivo de novedades se extiende incluso al mundo de las ideas, los valores y el arte; es la cultura del zapping, del inmediatismo. 

Toda esta suerte de pesticidas contaminantes se filtra hasta los acuíferos de la educación manipulando la personalidad de los más jóvenes. Nos hallamos ante una manipulación que, glosando a Lukács, se lleva a cabo a la vez de forma brutal y refinada. Brutal, negando la existencia de necesidades que no sean las más primarias e induciendo a abandonar el cultivo de bienes no vinculados al consumo. Refinada, porque, sin negar las necesidades superiores, crea la ilusión de que se satisfacen con bienes mostrencos.

            Frente a estos retos educativos, se ha de insistir urgentemente en la necesidad de crear mentalidades críticas en nuestros niños y jóvenes. Si padres y educadores se sitúan frente a esa sociedad consumista con un filtro sólidamente crítico, basado en la austeridad y el sentido común, y con coraje, estarán devolviendo su razón de ser a la educación y sirviendo a la verdadera libertad de las personas.

(Publicado en el semanario La Verdad el 16 de enero de 2026)

martes, 6 de enero de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (160)

LOS JÓVENES, LA ESCUELA Y LA PÉRDIDA DE SENTIDO

 


No dejan de sobresaltarnos las noticias tristes de jóvenes afectados por la depresión y por un malestar emocional difícilmente soportable, hasta el punto de caer, en algunos casos -siempre demasiados- en la tentación de acabar con su vida. 

A menudo los motivos vienen del desprecio que sienten por parte de compañeros en el ámbito escolar, en el de las amistades y en el de las redes sociales. Es este un asunto muy preocupante, que delata serias e inadmisibles tendencias egoístas por parte de los agresores y de quienes les aplauden y jalean a menudo, o simplemente, guardan silencio. 

No deja de sorprendernos también la fragilidad emocional tan frecuente, la falta de resiliencia en las víctimas, su soledad y su dificultad para acudir a quien pudiera ayudarles: padres, profesorado, autoridades... 

Pero habría que preguntarse también si la proliferación de manifestaciones neuróticas de la personalidad, sin que medie una amenaza externa explícita, tiene alguna relación con la devaluación del propio ser personal, y ésta, a su vez, con la experiencia de la pérdida de sentido. 

Gianni Vattimo afirma que “Dios muere en la medida en que el saber ya no tiene necesidad de llegar a las causas últimas (...) En esta acentuación del carácter superfluo de los valores últimos está la raíz del nihilismo consumado” (El fin de la modernidad, Barcelona, pág. 17) ¿Proclama con ello sólo la muerte de Dios, o está proclamando la desaparición de todo sentido? Y al hacerlo, ¿no está frustrando la tendencia profunda del ser humano a la búsqueda de un significado, devaluando también a la propia persona hasta la categoría de “valor superfluo”? Un hombre o una mujer sin significado terminan siendo un hombre o una mujer in-significantes.

Este nihilismo se ha convertido no ya en una filosofía de gabinete, sino en una capa de pensamiento que se respira y alienta los modos de vida hasta convertirse en modelos conceptuales, en estructuras mentales, en inconscientes colectivos desde los que se lee la realidad y desde los que se actúa con absoluta “naturalidad”.

A esa pérdida del sentido personal del hombre también ha podido contribuir la escuela, deudora al fin y al cabo de las sensibilidades de su tiempo, en especial de las dominantes. Una escuela que se ha podido dejar fascinar por las distintas novedades que han ido pasando delante de sus ojos: el cientificismo, el tecnologismo, el utilitarismo, el productivismo, el hedonismo, el colectivismo, el individualismo, los mesianismos sociales... Muchos “ismos…” y un mismo horizonte, sin trascendencia vital. En el fondo, una educación envenenada de nihilismo, presentista y que no lleva a ninguna parte.

       Pero la educación va más allá de los procesos meramente instruccionales, movidos por la técnica y la eficacia, y de los procesos de socialización, ideologizados y politizados por lo general. 

Es fundamental y muy urgente tomar conciencia de que la educación es una “periferia” donde un bautizado está llamado a aportar vida y sentido, comprometiéndose de verdad: como docente (profesorado, equipos directivos…), como padre (familia y asociaciones), como alumno (formándose en serio y participando en la representación escolar). Y a reivindicar otra política educativa, fundada en criterios, valores y procedimientos que se correspondan con la condición personal del hombre y con su dignidad, no con señuelos ideológicos proclives a la perversión, la manipulación y el nihilismo.

(Publicado en el semanario La Verdad el 26 de diciembre de 2025)

martes, 23 de diciembre de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (159)

PAUTAS PARA LA EDUCACIÓN DE ADOLESCENTES

Página 2 | Imágenes de Adolescentes estudiando clase - Descarga gratuita en  Freepik            

            Junto con todo lo anterior, conviene no dejar de lado el aspecto religioso en esta edad. Precisamente ahora se puede entender muy bien el alcance de la experiencia personal de encuentro con Dios. Debemos rezar por ellos, también Dios es su Padre y los quiere. San Ambrosio decía a Santa Mónica cuando ésta pedía ayuda para su hijo Agustín: “Dios no dejará que se pierda el hijo de tantas lágrimas”.            

    Conviene hacer ver que las normas morales o los mandamientos religiosos no son obstáculos sino formas de potenciar la maduración personal y el respeto por lo que tiene valor, una defensa para los más débiles y una ayuda para caminar a pesar de la propia debilidad. Las normas favorecen el orden (el desorden no conduce a la creatividad sino a la pereza). Decía Paul Claudel que la juventud no está hecha para la mediocridad sino para el heroísmo, y remachaba J. M. Timon-David: “Si al joven se le pide poco no da nada, pero si se le pide mucho da más de lo que se le pide.”

            A veces puede parecer que predicamos en el desierto o que escribimos en el agua, que no nos hacen caso. Pero no es así. Es frecuente que a la oposición típica hacia los padres, siga años más tarde un cambio de perspectiva, cuando se acerca el momento de asumir responsabilidades en la vida –sobre todo familiares-. Aquél referente discutido vuelve a ser punto de referencia a partir del cual los hijos se replantean lo que deben y no deben hacer, y viene el pensamiento: “¿Qué hacían mis padres en esta situación?”, o incluso este otro: “¡Qué razón tenían…!” 

Si aquella referencia existió en su día, la mirada de los que se inician en la edad adulta suele volverse hacia ella; y cuando se recuerda el amor desinteresado, la honestidad, la sinceridad y la coherencia de los padres durante aquellos años difíciles, se vuelve a tener en cuenta… ¡y cuántas veces fructifica! Santa Teresa de Calcuta decía a los padres: «No os preocupéis si vuestros hijos no os escuchan. Os están observando todo el día».

Si hubiera que sintetizar en pocas claves la tarea educadora de los padres hacia sus hijos adolescentes, propondríamos las siguientes:

1ª. Tener idea clara de qué es lo que hace madura a una persona y apuntar siempre en esa dirección, con tacto pero sin claudicar.

2ª. Situarse a su nivel: Necesitan ser comprendidos, respetados, escuchados, tratados paulatinamente como adultos. No convertirse en un aleccionador pertinaz; es mejor el ejemplo paciente.

3ª. Aceptación incondicional de su persona, siendo justos y estimulantes al mismo tiempo con ellos. Nunca descalificar a la persona y que sientan que pueden confiar en nosotros pase lo que pase. Que sepan que pueden volver siempre… estén como estén.

5ª. Evitar las comparaciones, con otras personas o con nosotros mismos.

6ª. Dar razones oportunas de nuestra fe con sencillez ante las requisitorias de los jóvenes, sabiendo que más de una vez pueden reprocharnos nuestras debilidades o incoherencias, y a veces con razón.

7ª. Favorecer su integración en ambientes juveniles sanos, donde diversión, amistad, formación y religiosidad sean vividas de forma natural y entusiasta, y puedan hallar referentes que a menudo se resisten a reconocer en casa.

6ª. Sobre todo: Paciencia, paciencia, paciencia…      

(Publicado en el semanario La Verdad el 19 de diciembre de 2025) 

lunes, 1 de diciembre de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (158)

CONSEJOS EDUCATIVOS DURANTE LA ADOLESCENCIA 

(CONTINUACIÓN)

 


            Venimos ofreciendo algunas pautas educativas para la educación de los adolescentes. Añadimos algunos consejos más.

·  No se puede educar sin establecer normas. Estas han de llevar poco a poco a los hábitos y a los criterios. Conviene distinguir entre las normas fundamentales, que a todos nos obligan (también al educador), y las secundarias, acerca de las que, llegada la adolescencia, podemos negociar de acuerdo con el grado de responsabilidad mostrado y con las circunstancias. 

            Adolescentes ensimismados que han pasado por una infancia en la que los adultos no han sabido, no han querido o no han podido poner límite a sus deseos y caprichos, son fuente de tensiones, inestabilidad, reacciones agresivas o cerrazón. Acaban llegando a esta época crucial de la vida sin valores humanos y sin la autodisciplina necesaria para la madurez, esa calidad humana que se proyecta en beneficio de los demás y conduce a una vida lograda.

·      Los padres deben anticiparse a la elección de amistades, procurando que desde un tiempo antes frecuenten ambientes conocidos y de confianza, aunque luego haya que respetar la elección de amigos propiamente dicha -a no ser que se aprecien inconvenientes notables, en cuyo caso hay que actuar drástica y prontamente-. 

            Los amigos juegan un papel muy importante en este momento. Por ello los padres deben aconsejar a sus hijos en el tema de la amistad. Es bueno ofrecer criterios acerca de lo que debe ser la amistad, de lo que debe esperarse de un amigo leal y verdadero, y de cómo llegar a serlo. Esta labor se facilita si la casa está abierta desde siempre a los amigos de los hijos. Si apreciamos que su influencia es negativa, hemos de prohibir cuanto antes que mantengan esa amistad. Es preciso advertir que aquí no hemos de juzgar a nadie sólo por intuiciones, gustos personales o por antipatías, sino con datos y razones bien fundadas, puesto que la amistad es uno de los valores fundamentales del adolescente. 

·       Particularmente en la adolescencia media, conviene que padres y educadores fomentemos siempre el optimismo en el joven, que aprenda a ver lo positivo en las situaciones adversas o en los contratiempos, que le transmitamos nuestra confianza en que es capaz de hacer muchas cosas valiosas, a pesar de fallos o de errores; que le impulsemos a la forja de un carácter franco y amable que le haga digno de la confianza ajena, que invitemos a la generosidad y a los nobles ideales. La rebeldía agresiva, si se produce, no se corregirá con autoritarismo sino con paciencia (mucha paciencia), calma, algo de humor y a la vez con una firme coherencia.

·      Es bueno, por ejemplo, que se proponga cada día hacer algo por los demás de manera desinteresada, dejar este mundo mejor de lo que lo ha encontrado, aunque ello suponga sacrificio. Que oriente su rebeldía hacia objetivos, causas e ideales valiosos. 

            Ayudará a esto el sano influjo de un ambiente juvenil donde esto se practique de forma habitual y en el que se le ofrezcan modelos y referentes de conducta, a la vez que un sentimiento de pertenencia y de identificación que le dé seguridad. Los padres deben colaborar para encontrar ambientes sanos donde se puedan integrar sus hijos preadolescentes. Dichos ambientes son fundamentales a la hora de ocupar el tiempo libre de forma adecuada e incluso formativa. 

(Publicado en el semanario La Verdad el 28 de noviembre de 2025)

jueves, 27 de noviembre de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (157)

EDUCACIÓN EN LA ADOLESCENCIA: 

VALORES HUMANOS

Proteger a la adolescencia: a qué edad empieza, etapas y cambios clave

Continuamos tratando sobre la educación en la adolescencia. Conviene animar desde la infancia a vencer especialmente la pereza, la irreflexión y la inconstancia. 

Es fundamental que el adolescente reflexione sobre lo que ve a su alrededor, cosa que dificulta el mundo digital en que vive, surtido de reacciones emocionales, de prisas y superficialidad. Aunque la familia es fuente de referencias, criterios y pautas de actuación, es un hecho que ha cedido protagonismo a las redes y la pantallas. 

En la familia o en el centro escolar no es bueno darle todo pensado, pero tampoco lo es dejarle sin respuestas, o dar a entender por medio de omisiones o de actitudes de cinismo y desencanto que las respuestas no existen. No es bueno que desde niños “aprendan” en su casa o  de sus profesores -al escuchar sus quejas o comentarios habituales-, que el mundo es una porquería, que nadie hace nada que no sea por su interés, que el trabajo es una maldición, que ser bueno es ser tonto, que el mundo es de los astutos... Nada hay más demoledor que el cinismo y la desesperanza.

Entre los 7 y los 10 años es también un momento propicio para cultivar valores humanos como la fortaleza, la sobriedad y el autodominio: usar el tiempo, el dinero y disfrutar de las propias experiencias según criterios adecuados. Es fundamental que no se tomen decisiones –ni ellos ni nosotros- según el débil argumento: “me gusta-no me gusta”, “me apetece-no me apetece”, “tengo ganas-no tengo ganas”, “lo hacen-no lo hacen los demás”… Y lo es también no desanimarse ante los fallos. 

Para ello, en todo momento ha de valorarse y fomentarse el esfuerzo, la abnegación, la perseverancia, la compasión hacia personas desfavorecidas, y el establecimiento permanente de pequeñas metas personales como actitud habitual, saboreando los logros, ayudándoles a sacar lecciones positivas de los fallos y fracasos. 

Conviene esclarecer al coronar la infancia el concepto de la verdadera libertad, que no es una independencia desvinculada o la afirmación de los apetitos y deseos particulares, sino el dominio de uno mismo, la responsable apuesta por el bien y la capacidad de tomar decisiones de acuerdo con el auténtico valor de las cosas y la dignidad de las personas. Y que el valor de la libertad se mide por la capacidad de compromiso. Es bueno proponer el ejemplo de quienes han actuado así: los héroes, los santos y otros grandes modelos de humanidad, ayudándose para ello, por ejemplo, de la virtualidad pedagógica de los relatos y narraciones.

Es fundamental también que los padres creen desde unos años antes un ambiente familiar de exigencia, lo que incluye horarios fijos de acostarse y levantarse, control del horario de la televisión, de los videojuegos, de las lecturas y de Internet, un horario de estudio personal, no darles más dinero del necesario y comentar de modo natural desde el principio en qué se ha gastado; el cultivo habitual del deporte, evitar la ociosidad y promover la asunción de responsabilidades familiares y domésticas (cuidar de sus hermanos pequeños, encargos o funciones en la casa...) 

Por la misma razón conviene que les facilitemos participar en ambientes extrafamiliares positivos, donde puedan poner en práctica y apreciar estos y otros valores humanos, compartiéndolos con sus iguales, apoyados por formadores capacitados (parroquia, movimientos juveniles, etc.) 

(Publicado en el semanario La Verdad el 21 de noviembre de 2025)

lunes, 17 de noviembre de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (156)

EDUCACIÓN EN LA ADOLESCENCIA. AFECTIVIDAD Y SEXUALIDAD.


La adolescencia es vivida por los propios jóvenes con gran intensidad, pero para padres y educadores se trata también de uno de los más serios retos educativos. Ya hemos indicado que es preciso favorecer el desarrollo temprano de actitudes, hábitos y estrategias de relación y de comportamiento, especialmente en el marco de la infancia media -7 a 10 años-, y no esperar a que el niño llegue a la pubertad para exigirle de golpe que asuma criterios, responsabilidades y disposiciones casi de adulto. Es preciso empezar mucho antes de que empiecen a sonar las primeras alarmas.

Si un hijo no ha aprendido a ser ordenado y constante, a confiar en sus padres con naturalidad, a contarles sus cosas sinceramente y a tomar algunas decisiones por sí mismo asumiendo responsabilidades concretas, es muy difícil que lo haga en el momento en que se aleja del referente paterno y materno. No esperemos que un joven o una joven se confíe espontáneamente a sus padres cuando tenga algún dilema personal o algún conflicto si la escucha y el diálogo natural y confiado no vienen siendo lo habitual en la familia “desde siempre” y por parte de todos. 

Mencionaremos algunas pautas educativas que pueden ayudar al adolescente y colaborar positivamente en su desarrollo. Empecemos por la educación de la afectividad y la sexualidad. 

El desarrollo sexual motiva una gran curiosidad, a la que debe preceder y acompañar una oportuna y cuidada información y apoyo. No es bueno que surja una curiosidad malsana, un deseo de buscar información fuera del ámbito familiar, tal vez donde no se le ofrezca de manera positiva, ni tampoco que se produzcan sentimientos de injustificada culpabilidad. 

Por ello, al desarrollo corporal le debe preceder y acompañar una adecuada reflexión sobre la afectividad, la amistad y el recto sentido del amor humano: la sexualidad es uno de los lenguajes del amor, es expresión del amor de entrega entre un hombre y una mujer en el que cada uno ha de buscar por encima de todo el bien del otro, lo cual reclama un compromiso mutuo y estable; y esa es su mayor riqueza. 

La familia es escuela de un amor profundo cuya esencia es la entrega personal, una comunidad de vida y no el placer, que es fluctuante. El goce sexual tiene su lugar, desde luego, pero no puede ponerse por encima de la búsqueda del bien para el otro. No puede haber amor si no hay respeto. Siempre que se hable de sexualidad en casa se debe valorar, sobre todo, como expresión y lenguaje del amor humano.

Ciertamente, una vida sexual madura así entendida no es fácil. Habrá incluso quien diga que es imposible de vivir. Y por eso, niños y jóvenes necesitan ver a su lado personas de referencia -de manera fundamental sus padres- que siguen formas de vida equilibrada, que saben querer y quererse de verdad, y que son verdaderamente felices. Sin esta fuerza moral, que brota de una relación personal concreta y gozosa, de la que se forma parte, por supuesto es difícil creer que se puede vivir así. 

Por ello es tan esencial la función educadora de la familia: lo que uno ha vivido y experimentado (en su familia, en su casa, viéndolo vivir y participando de ello gozosamente) es irrefutable. Contra facta, non valent argumenta. (Continuará)

     (Publicado en el semanario La Verdad el 14 de noviembre de 2025)