jueves, 4 de agosto de 2022

FELICIDAD… ¿PALABRA VACÍA?

 


Una de las líneas argumentales que ofrece el “pensamiento débil” propio de la posmodernidad, de los años sesenta a nuestros días, es que “humano”, en realidad no significa nada en especial. En todo caso vendría a ser algo negativo: al ser humano se le valora como una amenaza, como un depredador peligroso para el planeta, como un espécimen generador de conflictos demoledores y a la vez vanamente engreído como si fuera el centro del universo.

Arthur Koestler, esforzado denunciante de fantasmas contemporáneos, criticaba el sistema económico e ideológico según el cual el ser humano no es más que “un millón de hombres partido por un millón”. En definitiva, un ser anónimo, un mero número, indiferente en sí mismo, que podría ser sustituido por cualquier otro. Auschwitz, Hiroshima, el Gulag, el mercantilismo, el conductismo social, entre otros, son argumentos de peso para desconfiar de una visión adecuada del ser humano en el panorama cultural presente.

Y mientras el problema del hombre no se resuelva, mientras no exista una respuesta adecuada a lo que somos y a nuestra sed de felicidad, lo más normal es intentar llenarla con cosas. 

Un tipo de economía “que mata”, una política en la que la persona como tal no cuenta, una educación sin rumbo, ¿de dónde nacen? De una falta de respuesta adecuada al problema del ser humano y la felicidad. 

Si el corazón del hombre está hecho para la felicidad, para la plenitud, y no la encuentra, ¿con qué intenta llenarlo? En primera instancia, lo intenta en su relación con las personas o en la relación con las cosas, que son las dos realidades que tiene a mano. E intenta entonces servirse de las personas o bien acumular cosas. Busca “tener intensamente”, lo que en el ámbito de la razón -inteligencia y voluntad- se traduce como poder y control, y en el de los sentidos y las emociones se traduce como placer y disfrute.

Cuando las personas puedan partir de una experiencia distinta y empezar a generar un tipo de economía, de política y de educación que no piensen que poseyendo más, que acumulando más cosas, van a estar más satisfechas —porque todo es poco y “pequeño para la capacidad del alma”, como diría el poeta Leopardi—, la situación del hombre de nuestro tiempo en este sentido podrá ser distinta. 

Pero no habrá salida en un contexto social que solo busca la rentabilidad. Aparte de que la insatisfacción aparecerá de una forma u otra porque, como decía Cesare Pavese, lo que el hombre busca en los placeres es el infinito y el hombre jamás se contentará con menos que ese infinito. Y además, siempre estará ahí la impertinente presencia de la muerte, del sufrimiento y del fracaso.

¿Y qué ocurre cuando se espera todo del poder y del placer pero no llenan la sed de felicidad, a la vez que se muestran incapaces de ofrecer sentido al sufrimiento, al fracaso o a la muerte, ingredientes indispensables de la existencia humana, cuando estos llegan? Frente a la amenaza del sinsentido, entonces, la opción por la inmanencia solo dispone de una salida: huir, evadirse, distraerse. Es el evasionismo como estilo de vida predominante: huir del compromiso, del aburrimiento, del dolor, de la rutina, de la responsabilidad… dedicando todos los esfuerzos al presentismo más inmediato y aturdidor. Pasar de casi todo; buscar paraísos de ficción en los que refugiarse: consumismo a ultranza, juego, droga, alcohol, diversión continua..., en último extremo, incluso, el suicidio tomado como liberación del malestar y del sufrimiento en cualquiera de sus formas. Como ya observaba Pascal, la diversión tomada como valor máximo “nos impide pensar en nosotros mismos, nos entretiene y nos hace llegar insensiblemente a la muerte.

Es este un nihilismo de rendición, la proclama de un vacío existencial irremediable. Como ha advertido Fabrice Hadjadj, entre otros, en el panorama posmoderno la pregunta por la felicidad resulta demasiado fuerte e incluso insultante, y se reduce a la cuestión del bienestar, la hacemos insignificante, la convertimos en un mero estado subjetivo y abstracto, en algo inofensivo que comienza con la ataraxia -“nada de estresarse, por favor, realmente nada merece tanto la pena y el amor no existe”-, continúa con la anestesia -“evitemos el dolor como sea”- y acaba en la eutanasia. Y a esto lo llamamos “dignidad”.

Nuestros sistemas educativos pretenden ser trampolines para la empresa y talleres de una servil ciudadanía -huyendo del “fracaso” como del mismo demonio-, pero acaban a menudo en meras plantaciones de desesperanza. Sus enseñanzas van desde saberse un mono evolucionado hasta el manual para convertirse en espectáculo para las redes sociales. Son clases que no tienen nada que decir ante la muerte, que no tienen nada mejor que ofrecer frente a las escuelas coránicas y frente a la amargura y el desencanto de los nihilistas. 

Pero la pregunta por la felicidad subsiste. Y entonces, si esto es así, delata que viviendo así carezco de verdadera alegría, que agarrado solo al disfrute pasajero y a una eficiencia tecnológica para la que mi vida tal y como es no vale nada, o a una forma de economía para la cual solo cuento como una cifra, no tengo motivos para vivir gozosamente ni para aceptar el sufrimiento cuando llega. 

Hace falta un cambio radical de pensamiento, otra forma de entender la vida y la educación según la cual la felicidad no es una palabra vacía y además es posible, aunque toque sufrir en la verdad y en el amor, pero en la que esto es más dichoso y más digno que pretender disfrutar en la indiferencia o en los sucedáneos… para nada.





domingo, 3 de julio de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (y 35)

EDUCAR EN LA VERDAD, PARA LA VIDA


 

Culminamos por ahora nuestras reflexiones acerca de la educación volviendo a lo esencial. Y lo esencial es aquello que ya afirmaba Hesíodo en el siglo VII a. Jc., que “la educación ayuda al hombre a ser lo que es capaz de ser”. Y por eso, si queremos educar ayudando al ser humano a introducirse en la realidad, tenemos que hacerlo educando en la verdad, el bien y la belleza, que son el horizonte de plenitud al que tiende nuestra naturaleza.

La belleza es el esplendor de la verdad y el bien; es camino para descubrir el sentido de las cosas. Y para educar en la verdad y en el bien es fundamental disponer de certezas acerca de cómo es el mundo. Es necesario, sobre todo, saber qué significa ser persona. Si esto no está claro tampoco lo estarán los criterios por los que han de establecerse los contenidos, las prioridades, objetivos o metas -y las llamadas “competencias”- en la educación. Ésta es la cuestión fundamental que hay que plantearse: ¿Qué y quién es la persona humana? ¿Es “algo”, simplemente, o es “alguien”? ¿Qué la perfecciona como ser humano? ¿Qué valor tiene la relación con las demás personas? ¿Qué sentido tiene la vida y qué lugar ha de ocupar el ser humano en la realidad? 

Para ejercer su libertad, el hombre debe conocer la verdad sobre sí mismo y sobre lo que diferencia el bien y el mal, superando la tentación del relativismo. El relativismo es una capitulación ante la tarea de dar un sentido digno a la vida personal o colectiva y nos zarandea entre la indolencia y el fanatismo. 

Cuando la libertad, queriendo emanciparse de toda tradición y autoridad, se cierra a las evidencias de una verdad objetiva como fundamento de la vida personal y social, se acaba por asumir como única referencia para las decisiones personales la opinión subjetiva y mudable, el capricho o el interés egoísta, ya sea el propio o el de los gobernantes. Y de ahí se sigue un planteamiento acerca de la educación pobre de miras, decepcionante y finalmente fallido.

En nuestro mundo el valor de la persona, de su dignidad y de sus derechos está seriamente amenazado por la extendida tendencia a recurrir exclusivamente a criterios de utilidad y disfrute. Por ello no se contempla a menudo otro sentido para la vida que el recrearse en un bienestar cómodo y mientras dure. Oscurecido así el sentido de la vida, ocurre que la perplejidad, el abatimiento y la falta de horizonte llevan a muchos a pensar que esta vida no merece la pena vivirse ni transmitirse. Y esto nos está pasando de manera alarmante. Nos asustan y rehusamos los resultados: vacío existencial, nihilismo, desprecio por la vida, crispación social, superficialidad generalizada, narcisismo sin freno…, pero no hemos valorado bien las premisas que nos han llevado hasta ellos. Y la educación así lo refleja, tristemente.

El problema profundo de la educación hoy no es un problema de medios y recursos sino de fines; no es un problema de mera transmisión de saberes y utilidades, sino de aportación de significados, de valores de sentido que hagan justicia a la dignidad del ser humano y a su vocación al amor, a su anhelo de felicidad, a su espera de un Bien infinito.


           (Publicado en el semanario LA VERDAD el 1 de julio de 2022)

viernes, 24 de junio de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (34)

LA NATURALEZA HUMANA, PAUTA DE CONDUCTA MORAL


 

El ser humano se va “construyendo a sí mismo” a partir de su naturaleza, de su modo constitutivo de ser. No puede “crecer” como pájaro ni como encina. No es esa su naturaleza. Sólo puede crecer como ser humano.  Y la naturaleza humana, aunque le da unas pautas importantes, deja un espacio libre a la autodeterminación, a la relación con los demás, a la educación, a las experiencias de la vida…

Como el ser humano no nace especializado biológicamente pero cuenta con su inteligencia y su voluntad libre, ha podido adaptar su entorno a sí mismo, a sus expectativas, necesidades y proyectos, transformándolo, haciéndolo así habitable; y a la vez ha tenido que cultivar su propia naturalezaperfeccionándose y realizándose a sí mismo por medio de la educación, de la convivencia, del trabajo, del arte y de la virtud. Esto es precisamente la cultura.

Pero es preciso entender bien la naturaleza y lo natural; a saber, como el ámbito de perfeccionamiento que corresponde a cada cosa -y al ser humano- según su modo de ser. “Antinatural” sería así lo que atenta contra su perfeccionamiento propio, lo que lo violenta o corrompe. Por ejemplo, es natural para el ser humano que haga uso de su razón cultivando el saber, y de su sensibilidad hacia la belleza admirando un paisaje o decorando su hogar. Por el contrario, sería antinatural utilizar al ser humano como animal de carga u objeto de explotación económica. Lo mismo que sería antinatural para un vaso utilizarlo como martillo: se clavaría mal el clavo y seguramente el vaso terminaría por quebrarse.

Alguien ha dicho que el hombre y la mujer ‘no nacen, se hacen’… Pero el ser humano no puede hacerse a sí mismo de la nada. Entre otras cosas porque “de la nada, nada sale”. Aunque su naturaleza es libre y abierta, es la de un ser humano, y debe partir de su modo constitutivo de ser para desarrollarlo

La naturaleza humana es un don originario, pero es también una tarea y un elenco de potencialidades. Marca a cada uno un criterio de crecimiento adecuado: el ser humano es más plenamente humano cuando, a partir de su naturaleza abierta a lo universal, potencialmente cuajada de maravillas y de riesgos, desarrolla sus capacidades y ejerce su libertad de manera constructiva, cuando es capaz de aportar al mundo su sello personal, su pensamiento y su sensibilidad, embelleciéndolo y perfeccionándolo -“humanizándolo”-, entrando en relación de amistad, de amor, de servicio y de colaboración con otros seres humanos… 

Pero el éxito en esta tarea no está garantizado de antemano. El ser humano puede también hacer mal uso de su libertad. Por ello, para el ser humano vivir es siempre un riesgo, una aventura moral. Es responsabilidad de cada persona hacer del ejercicio de su libertad una aportación de más y mejor humanidad, de calidad humana, a los demás y a sí mismo: descubrir la verdad y comunicarla (conocimiento, ciencia, saber…), amar el bien y transmitirlo (honradez, servicio, amabilidad, compromiso y ayuda…), aportar belleza al mundo (arte, alegría, amor, generosidad…), aprender a dar y a recibir de los demás, caminar hacia metas de sentido, hacer tangible y ‘abrazable’ en lo posible una felicidad que sin embargo nos impulsa más allá de nosotros mismos… Vivir. En suma, elevar el propio ser hacia lo mejor de sí.

        (Publicado en el semanario La Verdad el 24 de junio de 2022)

viernes, 17 de junio de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (33)

VOLVAMOS A SÓCRATES

 

El filósofo español Xavier Zubiri escribe que los sofistas pretendieron “formar a los nuevos hombres de Grecia desentendiéndose de la verdad”. Ciertamente, Atenas había enfermado de relativismo y de individualismo, en gran medida por la labor educativa sembrada por los sofistas. Cada cual buscaba pragmáticamente su provecho y medro particular sin atender al bien común. Y como ocurre invariablemente en tiempos de relativismo, los más perjudicados son siempre los más débiles.

 Consciente de lo que estaba ocurriendo, un modesto alfarero llamado Sócrates, decidió entonces dedicar todo su tiempo a salir por las calles y plazas de Atenas para dialogar amistosamente con sus paisanos, invitándoles a reflexionar sobre lo que diferencia al bien del mal y lo que hace bueno a un ciudadano. Hizo suya la sentencia délfica “conócete a ti mismo” y con sus inteligentes preguntas dejaba a menudo en evidencia a muchos poderosos y falsos maestros, que finalmente no dudaron en acusarlo injustamente de corromper a la juventud hasta conseguir su condena a muerte.

Escribe su discípulo Platón que cuando Sócrates fue conminado por la asamblea de los jueces a abandonar su actividad, respondió: “Atenienses, os respeto y os amo; pero obedeceré a Dios antes que a vosotros y, mientras yo viva, no dejaré de filosofar, diciendo a cada uno de vosotros cuando os encuentre: ‘Amigo, ¿cómo no te avergüenzas de no haber pensado más que en amontonar riquezas, en adquirir crédito y honores, en despreciar los tesoros de la verdad y de la sabiduría, y de no trabajar para hacer tu alma tan buena como pueda serlo?’. Toda mi ocupación es trabajar para persuadiros de que antes que el cuidado del cuerpo y de las riquezas, está el del alma y su perfeccionamiento; y no me cansaré de deciros que la virtud no viene de las riquezas sino que, por el contrario, la riqueza auténtica es la que viene de la virtud, y que es de aquí de donde nacen todos los demás bienes para la ciudad y para vosotros mismos.” (Apología de Sócrates)

Para Sócrates, la verdadera educación no consistía en adiestrar al hombre en el manejo de ciertas habilidades retóricas o sociales para alcanzar el éxito y el poder a cualquier precio, sino en lo que él llamaba el “cuidado del alma”, es decir, en buscar el conocimiento de la verdad y del bien y en el ejercicio de una vida conforme a la virtud. Llega incluso a afirmar y mostrar con su ejemplo de vida que es preferible padecer una injusticia a cometerla.

Su magisterio iluminó principalmente a sus discípulos Platón y Aristóteles, a través de los cuales pervive como uno de los principales maestros de la cultura occidental, al proponer la búsqueda sistemática de la verdad como forma de vida y el  respeto hacia el orden moral como cimiento de una sana ciudadanía. 

Lamentablemente, no parece este nuestro caso. Como el propio Xavier Zubiri añadía, “hoy estamos innegablemente envueltos en todo el mundo por una gran oleada de sofística”. El relativismo y el pragmatismo de nuestros días reclama también un replanteamiento de la tarea de educar que tenga como centro la dignidad personal del ser humano y su vocación a la verdad, el bien y la belleza. Necesitamos a Sócrates.


     (Publicado en el semanario La Verdad el 17 de junio de 2022)

viernes, 10 de junio de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (32)

EL RELATIVISMO: SOFISTAS DE AYER… Y DE HOY


Nos referíamos en nuestra reflexión precedente al relativismo impulsado por aquellos sofistas que, en la Atenas del siglo V a. Jc., educaban a los jóvenes de la nobleza para el éxito en la política y que tanto se parece al de nuestros días. 

Presumían aquellos sabios educadores de que, según quien les pagase, eran capaces de demostrar la verdad de una cosa o de su contraria, porque en realidad se trataba de convencer y seducir al auditorio, y para eso bastaba con el manejo de una hábil retórica. Negaban que hubiera una verdad y que pudiera ser conocida porque “las cosas son según le parecen a cada cual” (Protágoras).

Pero si no existe una verdad, ¿quién tiene razón? Sencillo: al final el poder, la “ley” del más fuerte y del más astuto, o la postura mayoritaria, se convierte en norma. Lo decisivo es la eficacia de las palabras. “Con la palabra, dirá el sofista Gorgias de Leontino, se fundan las ciudades, se construyen los puertos, se impera al ejército y se gobierna el Estado.” 

En cuanto al ser humano, la sentencia de Protágoras se ha hecho famosa: “El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son, y de las que no son en cuanto que no son.” Es decir, que la voluntad del individuo es la que determina el valor de las cosas… y de las personas. Ya que no hay criterios objetivos para distinguir lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto…, la habilidad para presentar los argumentos y convencer al auditorio se convierte en el instrumento idóneo para hacerse con el poder y acrecentarlo, y así determinar lo que vale y lo que no por medio de las leyes. Sin normas trascendentes, morales o religiosas, cada cual para sí y los poderosos para la colectividad son la medida de las acciones humanas.

Para el sofista, todo en la vida se subordina a lo que decidan quienes tienen el poder. La educación consistirá entonces en la adquisición de habilidades sociales -retóricas y políticas- para triunfar, y eso es lo que daría sentido a la vida. 

La concepción sofística del hombre es la de un “ciudadano del mundo” (cosmopolita) desarraigado de las tradiciones y costumbres de su ciudad y que, por medio de las leyes, crea los valores, determinando lo que vale y lo que no. Es un triunfador, autosuficiente en la medida en que logra el poder, pero que se hallará indefenso cuando se vea a merced de adversarios más poderosos o sagaces.

En la vida pública, lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto es determinado por el legislador. Lo que éste decida será justo, sea lo que sea, porque tiene el poder para imponerlo. En suma, los que triunfan y mandan son los que imponen su manera de ver la vida. Se oculta a la vez qué ocurre con los débiles o con los que fracasan… porque no cuentan socialmente.

Atenas, en este momento, se había convertido en una palestra de ganadores, en el olimpo del individualismo. Cierto. Lo malo es que ya no era un pueblo, tal como los griegos habían entendido la polis hasta entonces: como un ámbito acogedor de convivencia que brinda seguridad, criterio e identidad a los ciudadanos. 

      (Publicado en el semanario LA VERDAD el 10 de junio de 2022)

viernes, 3 de junio de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (31)

ACERCA DEL RELATIVISMO Y LA EDUCACIÓN

 


Seguramente el relativismo -hay tantas verdades como opiniones y tantas éticas como individuos- es el principal obstáculo con el que, hoy y siempre, cuenta la educación moral. Si queremos educar a personas que sean capaces de dar lo mejor de sí mismas para el bien de los demás es fundamental tener clara la diferencia entre el bien y el mal. 

El bien es lo que nos hace mejores personas, y el mal es lo que nos deshumaniza. Pero es imprescindible tener muy claro qué es el ser humano y en qué consiste su dignidad, tanto la que le es inherente como persona -que le obliga también a respetarse a sí mismo-, como la dignidad moral que adquiere mediante la nobleza de sus acciones y decisiones. La comprensión que se tiene del hombre y de lo humano condiciona el ideal que se propone como meta de la educación y los medios y recursos que se emplean para su logro. 

 Quien pretenda educar tiene que saber hacia dónde orientar el proceso educativo. No es lo mismo buscar el propio interés tanto por las buenas como por las malas, como Celestina: “a tuerto o a derecho, mi casa hasta el techo”, que preferir “antes padecer el mal que cometerlo”, como Sócrates.

Si lo que queremos al educar es formar hombres y mujeres en quienes se pueda confiar, no es lo mismo aplaudir la ambición, la codicia y el éxito a ultranza como estilos de vida, que ayudar a despertar en el niño o en el joven una disposición generosa, honesta y abnegada.

Hace algunos años presencié el siguiente caso. En la taquilla del circo figuraba un letrero que decía: “Precio de la entrada: 20 €. Menores de 11 años: 10 €.” Delante de mí, una mujer acompañada por dos niños se acercó a la ventanilla y pidió tres entradas de adultos. La señora que le atendía le preguntó: -¿Qué edad tiene el niño pequeño? -Cumplió once años el pasado domingo. -¿Y por qué no me ha pedido una entrada para menores de 11 años?, yo no hubiera notado la diferencia. -Pero mis hijos sí, repuso la madre. Estoy convencido de que esos niños recibieron esa tarde una magnífica lección de comportamiento moral y que su madre fue correspondida con un respeto y una admiración imborrables.

La mayor dificultad para educar hoy no es la presencia del mal y el atractivo con el que a menudo se presenta engañosamente, sino la pandemia relativista presente en los ambientes sociales, la política, los medios de comunicación, el cine y las series, la publicidad, los programas basura que presiden las programaciones televisivas, las redes sociales y la educación misma. 

Decía el viejo sofista Protágoras hace ya 2500 años que las cosas son buenas o malas según le parecen a cada cual. No es de extrañar que él y sus colegas se dedicaran a formar a los jóvenes políticos sin escrúpulos del momento, cobrando sustanciosas sumas por ello, eso sí. Porque, si no se reconoce un criterio racional y objetivo de moralidad que distinga el bien del mal, la única forma de determinar lo que es justo o conveniente es la imposición del poder, la astucia de los comunicadores o la ceguera de las mayorías. Y entonces la educación se reduce a instrumento de manipulación. 

        (Publicado en el semanario LA VERDAD el 3 de junio de 2022)

domingo, 29 de mayo de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (30)

ACERCA DE LA EDUCACIÓN MORAL


 

En alguna reflexión anterior insistíamos en que la educación emocional es de veras necesaria y fundamental… si se enfoca adecuadamente; es decir, no como sustituta de la formación moral ni como un proceso de autoayuda -“sentirme bien conmigo mismo, conmigo misma…”- para venir a recaer en el emotivismo hoy imperante, sino como un saber instrumental -una verdadera formación del carácter- que ha de encuadrarse en un marco ético que le proporcione finalidad y la integre en una formación armónica y completa de la persona, en una auténtica educación del corazón. 

El fin de la educación no es hacer al educando feliz en el sentido frecuente de disfrutar de bienestar, sino capacitarle para que cultive su “mejor yo” -en expresión de Pedro Salinas- mediante sus elecciones personales. 

El conocimiento y orientación de nuestras emociones e inclinaciones sensibles ha de culminar precisamente en una educación en las virtudes que permita interiorizar y llevar a la práctica los valores éticos fundamentales. José Antonio Marina señala que los sentimientos se deben educar desde una instancia ética normativa, lo que implica "enlazar el mundo de las emociones con el mundo de la acción moralmente buena". Coincide en esto con autores como Nussbaum, Brunner, Bandura, MacIntyre o Gregorio Luri, entre otros. Escribe este último, por ejemplo: “Dudo mucho que se pueda enseñar en la escuela a gestionar emociones sin tener un principio no emocional, a saber, un modelo concreto de lo que es una persona educada. Más importante que hablar de emociones es saber qué tipo de personas aspiramos a ser. Lo que realmente nos educa emocionalmente es el ejemplo de las personas a las que admiramos.”

Y en otro momento recordábamos también que, según Aristóteles, el fin de la educación consiste en enseñar a desear lo deseable, lo valioso. Se refería con ello a educar los deseos -educación emocional y afectiva, educación del carácter- para facilitar el comportamiento ético adecuado, aquel que hace efectiva la excelencia del ser humano. 

La educación ha de aportar sentido y ayuda al perfeccionamiento de las capacidades del ser humano. Este perfeccionamiento es fruto, sobre todo, del desarrollo de virtudes intelectuales (sabiduría, razonamiento, intuición, deducción...), y morales (prudencia, justicia, fortaleza, templanza). Las virtudes son más que simples valores. Son energías. De hecho, en latín, «virtus», significa fuerza o poder. Si se practican habitualmente, reafirman progresivamente la propia capacidad para actuar y configuran de forma paulatina el carácter, la personalidad. El fin inmediato de la educación moral es el desarrollo de virtudes en una personalidad equilibrada, armónica y creativa, orientada al bien. 

La virtud es el crecimiento en el ser que acontece cuando la persona, en su actuación, obedece a la verdad y al bien. Es una ganancia en libertad. La virtud representa el rastro que deja en nosotros la tensión hacia la verdad como perfección de la persona.

Así pues, en su dimensión moral, la educación ha de orientar en la realidad, aportando discernimiento, orden y unidad a la vida humana. Su papel no es acumular más y más datos, experiencias y vivencias sin orden ni concierto, sino aportar criterio y energía a nuestra relación con la realidad, configurando armónicamente la personalidad como un todo, como el crecimiento de la persona en el ser.


        (Publicado en el semanario LA VERDAD el 27 de mayo de 2022)