miércoles, 17 de julio de 2019


Una muerte impuesta por el Estado
Michel Houellebecq

(páginasDigital.es; 17 julio 2019)




El inclasificable, inconformista y agudo novelista francés Michel Houellebecq firma este artículo que ha chocado -y mucho, por tratarse de él- entre los partidarios del pensamiento único. 
Lucidez y coraje para reflexionar con rigor y decir lo obvio sin complejos.

El Estado francés ha logrado imponer lo que perseguía con ahínco y desde hace unos años también varios familiares, la muerte de Vincent Lambert.
Debo confesar que cuando la ministra de “Solidaridad y Salud” (en este caso valoro mucho la solidaridad) presentó un recurso de casación me quedé estupefacto. Estaba convencido de que el gobierno permanecería neutral en este caso. Después de todo, Emmanuel Macron había declarado poco antes que no tenía ninguna intención de implicarse. Pensé, estúpidamente, que sus ministros seguirían la misma línea.
Tendría que haber sospechado de Agnès Buzyn. A decir verdad, no me fiaba demasiado de ella desde que declaró que la conclusión que podemos sacar de las tristes historias parecidas a esta es que nunca hay que olvidarse de dejar por escrito, y con tiempo, las últimas voluntades (en realidad, hablaba como cuando uno recuerda a los niños que tienen que hacer sus deberes y ni siquiera se preocupó de precisar en qué sentido podían ir estas voluntades, como dándolo casi por descontado).
Vincent Lambert no había dejado ninguna disposición escrita. Circunstancia agravante, era enfermero. Debería saber, mejor que cualquier otro, que el hospital público tiene otras muchas cosas de las que ocuparse que de mantener con vida a los incapacitados (gentilmente recalificados como “vegetales”).
La sanidad pública está al límite y, si hay demasiados Vincent Lambert, corremos el riesgo de perder un montón de dinero (a propósito, me gustaría saber por qué: una sonda para el agua, otra para la alimentación, no me parece que eso suponga una intervención de alta tecnología, se podría hacer en el domicilio, se hace en la mayoría de los casos, y es lo que siempre han reclamado, a voces y con gran insistencia, sus padres).
Vincent Lambert vivía en un estado mental particular. Y no, no fue el centro universitario hospitalario quien le abandonó a su suerte, me sorprende darme cuenta. De hecho, Vincent Lambert no sufría dolores insoportables, no sufría en absoluto. Ni siquiera estaba al final de su vida. Vivía en un estado mental particular, sobre el que sería mucho más honesto admitir que aún no tenemos conocimientos precisos. No era capaz de comunicarse con los que le rodeaban, o lo hacía de un modo casi imperceptible (tampoco en esto hay nada extraño, su estado era parecido al que nos adentramos cada uno de nosotros al caer la noche). Su condición (esto es más raro) parecía irreversible. Escribo “parecía” porque he hablado con muchos médicos, por mí mismo y por otras personas (algunas agonizantes) y nunca, en ninguna circunstancia, un médico ha sido capaz de afirmar estar seguro, con una seguridad del cien por cien, de lo que iba a suceder. Pero también puede ser. Puede suceder que todos los médicos consultados, sin excepción, se hayan mostrado de acuerdo para formular un pronóstico idéntico: pero en mi experiencia nunca ha sucedido.
En esta circunstancia, ¿era necesario que muriera Vincent Lambert? ¿Y por qué justo él, entre los miles de pacientes que en este momento se encuentran en las mismas condiciones en Francia? Me cuesta mucho quitarme de encima la desconcertante sospecha de que Vincent Lambert ha muerto por una excesiva mediatización, por haberse convertido, a su pesar, en un símbolo. Para la ministra de Salud y “de Solidaridad”, se trataba de dar ejemplo. De “abrir una brecha” en la mentalidad para hacerla “evolucionar”. Dicho y hecho. La brecha se ha abierto, no cabe duda. En cuanto a la mentalidad, no estoy seguro. Nadie quiere la muerte, nadie quiere el sufrimiento. En esto consiste, por lo que parece, “la mentalidad”, por lo menos desde hace varios milenios.
Hay un descubrimiento extraordinario, que proporcionaría una solución elegante a un problema que nos acosa desde los orígenes de la humanidad, y que tuvo lugar en 1804: la morfina. Unos años más tarde se empezó a explorar seriamente entre las sorprendentes posibilidades de la hipnosis. En breve, el sufrimiento dejaría de ser un problema y eso es lo que hay que repetir, incesantemente, al 95% de la gente que se declara favorable a la eutanasia. Yo también, en ciertos momentos (afortunadamente raros) de mi vida, he estado dispuesto a todo, a implorar la muerte, las inyecciones, cualquier cosa que me quitara el dolor. Pero luego me ponían una inyección (de morfina) y mi perspectiva cambiaba inmediata y radicalmente. Bastaban unos minutos, apenas un puñado de segundos. Bendita seas, hermana morfina. ¿Cómo se permiten ciertos médicos rechazar la morfina? ¿Acaso temen que los agonizantes puedan caer en la drogodependencia? Es tan ridículo que me cuesta escribirlo. En general es ridículo pero también terriblemente asqueroso.
Decía que nadie quiere la muerte, nadie quiere el sufrimiento. Una tercera exigencia ha surgido desde hace unos años: la dignidad. Este concepto siempre me ha parecido un poco brumoso, a decir verdad. Yo también tengo mi dignidad, sin duda, lo pienso de vez en cuando, aunque tampoco muy a menudo, pero no creo que esta pueda ascender al primer puesto de las preocupaciones “de la sociedad”. Por escrúpulos de conciencia, he consultado el diccionario Le Petit Robert (edición 2017). Esta es su sencillísima definición de dignidad: “respeto debido a alguien”. Los ejemplos que siguen, en mi opinión, enmarañan la cuestión, revelando que Camus y Pascal, aun compartiendo el concepto de “dignidad humana”, no lo apoyan sobre las mismas bases (como era obvio imaginar).
En cualquier caso, parece evidente para ambos pensadores (y diría también para la mayoría de los individuos) que la dignidad (es decir, el respeto debido), aunque pueda verse lesionada por acciones moralmente reprensibles, no puede sufrir el más mínimo rasguño debido al declive, aunque sea catastrófico, del propio estado de salud. Si pensamos de otro modo, significa que efectivamente ha habido una “evolución de la mentalidad”, y no creo que sea un motivo para alegrarse.-


viernes, 5 de julio de 2019

PALABRAS ACTO DE JUBILACIÓN
IES BASOKO, 27 junio 2019

Decía Hannah Arendt que cuando un profesor se pone delante de sus alumnos, sin necesidad de decirles nada, solo con su modo de estar, ya les está diciendo: "el mundo es así". 
Ahora me encuentro ante un auditorio formado principalmente por mis compañeros profesores y personal de administración y servicios, y no necesito deciros "cómo es el mundo", ni siquiera cómo soy yo, porque -como decía el castizo- ya nos conocemos. Sí me gustaría aprovechar, en esta ocasión privilegiada, para agradecer, por supuesto,  los gestos con los que hoy nos obsequiáis, pero también y sobre todo, estos años de vida docente que hoy no acaban sino que se culminan... y en los que he sido tan feliz.
No puedo ocultar que fui tempranamente marcado por un acontecimiento personal al estrenarme como profesor. Corría el año 1979, en Zamora, mi primer destino... Unas alumnas me presentaron a Nuria, otra compañera que no acudía a clase y que a los 16 años estaba ya enganchada a la heroína;  querían que intentase convencerla de que abandonara su actitud y las malas compañías, y volviera a clase. La contestación de la muchacha fue para mí un aguijón contundente para mi vocación: "-¿Y por qué voy a dejarlo, si nadie me ha enseñado nada mejor?" 
Es verdad que las raíces del problema venían de lejos y que yo poco o nada pude hacer para remediarlo, por desgracia. Pero a partir de ese momento me propuse que, en lo que de mí dependiera, mi labor en el futuro no se redujera al estricto cumplimiento de la función docente, sino que ésta fuera ocasión para ofrecer a mis alumnos claves de sentido que les ayudasen a afrontar la vida con criterio, optimismo y esperanza.
*           *           *
Educar, sostenía ya Sócrates, es introducir en la realidad; a diferencia de lo que sostenían los sofistas, para quienes la educación consistía en el acopio de conocimientos, algo así como una “educación de supermercado” en la que uno toma los conocimientos y los datos que le interesan para alcanzar poder y se los lleva en su carrito. Algo de eso tiene, por ejemplo, la tendencia a la “titulitis”, ese sospechoso “hacer currículum” tan apreciado hoy en la actividad laboral y en la vida pública en general. 
   Siguiendo a su maestro, Platón decía que la educación -o el cultivo de la filosofía, que para él en el fondo era lo mismo- consiste más bien en “aprender a mirar”, es decir, en dirigir nuestra mirada hacia lo valioso: a la verdad y no a la apariencia, al bien y no simplemente a lo que atrae, y a la belleza, que es el esplendor de la Divinidad. 
Aristóteles, en esta misma línea, sostenía que el fin de la educación consiste en enseñar a desear lo valioso.[1]
   Estimo también, y por lo mismo, que el cultivo y la enseñanza de la filosofía ha de ser además, un “educar para el asombro”, es decir para reconocer, en lo real que nos circunda y constituye, algo sorprendente y que nos supera, que nos es dadode algún modo, que no hemos fabricado a capricho y que por lo tanto no debemos ni podemos manipular a nuestro antojo sin dramáticas consecuencias. 
El asombro nos hace humildes, modera nuestras pretensiones de autosuficiencia; la  capacidad de asombro genera algo tan esencial como el respeto.Hace que se contemple la realidad y a las demás personas con humildad, agradecimiento, deferencia, sentido del misterio y admiración.[2]
Sin esa mirada capaz de contemplar y de asombrarse, todo se vuelve banal; y así, al acontecimiento maravilloso se le llama “casualidad” o simplemente se ignora; y se pierde la sensibilidad y la capacidad de agradecimiento. Decía Chesterton con su hondura habitual que "lo maravilloso no es que los ciegos vean, sino el hecho mismo de ver". Con una mirada incapaz para el asombro no es posible tampoco captar la belleza moral e interior de las personas ni conocerse a uno mismo, que es desde el principio una de las tareas de la filosofía y de la educación emocional e integral. 
            Es cierto que la dura competencia por los primeros puestos, por triunfar en el trabajo o los negocios, por las calificaciones para acceder a determinados estudios, no va a desaparecer. Pero cuando un joven o una joven se presenten a una entrevista paa pedir un trabajo (y más si éste supone cierta cualificación), serán sus virtudes de iniciativa, responsabilidad, honradez, lealtad, constancia, laboriosidad, etc., las que más contarán. O cuando tengan que afrontar problemas familiares, cívicos o de conciencia profesional, por ejemplo, serán sus convicciones, criterios y disposiciones morales los que iluminarán sus decisiones.
 Pero no podemos ser ingenuos al respecto. No hace muchos años, en el transcurso de una sesión de clase en 4º de la ESO, desarrollando la desaparecida asignatura de Ética, intentaba yo adoptar una "pose socrática", ofreciendo preguntas al grupo acerca del sentido de la vida. Me servía para ello de algunos textos, ejemplos y fragmentos de algunas películas, procurando ofrecer mis interrogantes de manera lo más apasionada posible. En esto, Iker levanta la mano desde el fondo del aula, de manera un tanto indolente: 
   "-No te esfuerces, Andrés... ¿No ves que no-queremos-pensar?
   Reconozco que me bloqueé un poco. Afortunadamente, otra voz, la de Gema, vino en mi ayuda:
   -Oye, oye. Habla por ti. 
   Y añadí:
   -Vaya, lo siento Iker, pero pensar no es opcional. Si se renuncia a pensar, se renuncia a ser libre. Por eso conviene aprender a pensar con fundamento, y eso no se improvisa. Además, esto se nota luego en el examen...
   -Ah. Pero esto... ¿entra en el examen?, repuso el avispado jovenzuelo.
   -Pues sí. Es que lo que no se valúa se devalúa," añadí.
   E Iker se incorporó en su silla y tomó el bolígrafo, por vez primera a lo largo de la clase si mal no recuerdo. Al final creo que no le fue tan mal y aprobó con discreta holgura... Me gustaría que, además, no haya renunciado a pensar.
*           *           *
Después de estos años he llegado al convencimiento de que una vida cultivada (“paideia”) no es un conglomerado de actividades diversas (y dispersas), sino más bien una energía luminosa, un principio unificador y creativo, fecundo, capaz de afrontar la realidad y de aportarle incremento. Convertir esta energía en la formulación y la realización de un proyecto personal de vidaes seguramente el papel más importante que la filosofía puede llevar a cabo en el ámbito de la educación.
La filosofía y su enseñanza -o cultivo- es un viaje al interior del ser humano  y una búsqueda del sentido de lo real y de la vida. El viejo aforismo de Delfos -“conócete a ti mismo”- nunca ha dejado de cautivarnos. Kant lo expresaba casi 25 siglos más tarde a través de cuatro conocidas preguntas: “¿Qué puedo saber?, ¿qué debo hacer?, ¿qué puedo esperar? y, en suma, ¿qué es el hombre?”.
Pero la filosofía -“querer saber”, “atreverse a pensar”- no es una tarea penosa e inabarcable sólo reservada a sesudos especialistas, a mentes enrevesadas o a excéntricos cultivadores de la abstracción (esta es la percepción que muchos tienen hoy de ella). Es, por el contrario, participar en una gozosa experiencia, accesible a quienes sean capaces de contemplar y de admirarse, de trabajar en su propio cultivo personal y en la transformación creativa y constructiva del mundo.
Estoy en la convicción de que es preciso intentar convertir la actividad diaria de nuestras aulas -sea cual sea nuestra área de conocimiento- en una actitud vital gratificante frente a la mirada tantas veces tediosa y conformista de muchos jóvenes –“¡que no queremos pensar!…”-, o a la amargada de no pocos viejos prematuros, que se dicen “de vuelta de todo”. Se trata de ayudar a hacer deseable lo que es valioso. Educar es, en el fondo ayudar a niños y jóvenes a que sean hombres y mujeres en quienes se pueda confiar. ¿Y no es acaso, esta, una hermosa profesión?
Pensar es ya una primera forma de “compromiso con lo real”.[3]Algunos, sin embargo, rehúyen toda forma de compromiso, bien por inmadurez, bien por miedo o bien por comodidad. Por otra parte, además, como suele decirse, “el que no vive como piensa, acaba pensando como vive”. Pero este es precisamente nuestro reto, un motivo más para poner en valor hoy la tarea de educar. 
Tocqueville -más actual ahora que nunca- advertía que el fundamento de la sociedad democrática estriba en el estado moral e intelectual de un pueblo. Pues, muy queridos compañeros profesores y amigos, en eso estamos.
Muchas gracias, de corazón.
Andrés Jiménez.


[1]Alasdair MacIntyre añade a su vez que la educación moral es una educación sentimental porque “actuar virtuosamente no es [...] actuar contra la inclinación; es actuar desde una inclinación formada por el cultivo de las virtudes”. (MACINTYRE, A.: Tras la virtud. Barcelona: Crítica, 1987, pág. 189).
[2]L'ECUYER, C.: Educar en el asombro.Ed. Plataforma. Barcelona, 2012.
[3]"Trabajemos, pues, en pensar bien: he aquí el principio de la moral." (B. Pascal. Pensamientos)

PALABRAS DE DESPEDIDA A 2º BACH.
24 de mayo de 2019

Andrés Jiménez



Un saludo a todos: padres, familias, profesores, alumnos. 
En esta intervención pretendo trasladaros, a vosotros alumnos, unas reflexiones básicas y sencillas dichas desde el corazón y que os acompañen siempre. 
Dais un paso importante en la vida, encarando horizontes abiertos a la ilusión, pero no exentos de incertidumbre, tal vez, incluso, de temor. Estáis estrenando mayoría de edad...
Son horizontes de crecimiento vital y de responsabilidad. Os veis hoy como en el umbral de una puerta que mira a la vez al pasado y al futuro. Esta tarde habéis rememorado momentos varios del pasado, entrañables sin duda. Pero yo quiero hablaros de esa mirada que se dirige al futuro. 
Platón decía que educar es, sobre todo, enseñar a mirar. A mirar hacia lo valioso. El mundo al que ahora os aventuráis en uso ya de esa mayoría de edad, os va a ofrecer dos miradas fundamentales. Dos miradas que han estado y estarán siempre presentes en el fondo:
1) La primera es la de los sofistas de hoy y de siempre. Es la que os dirá que hemos venido al mundo para alcanzar el éxito. Para triunfar. Y que el triunfo consiste en tener más cosas, las mejores cosas, en logar el máximo de placer y diversión y el mínimo de dolor. Más o menos, la receta es el poder, la astucia, el dinero, tal vez la fama. Y que si lo lográis seréis felices. Ah, pero como en este mundo hay mucho tramposo, el que va de bueno, ya se sabe: va de tonto. Y así es el mundo. 
Así que, a triunfar, si es posible pronto, con el menor esfuerzo posible, compitiendo para llegar a la meta y ganar. ¡¡Bienvenidos al mundo real, que el hombre es un lobo para el hombre!!
2) La segunda mirada es la de Sócrates, la de los Sócrates de toda la vida. 
¿Y qué es lo que esa mirada nos brinda? Sócrates, el original, lo decía así, más o menos: "La virtud no es fruto de las riquezas; al contrario, las verdaderas riquezas son las que vienen del esfuerzo, del trabajo bien hecho y de la honradez. Es decir, de la virtud." Y decía aún más, pero esto ya es para nota: que "es preferible padecer una injusticia a cometerla". (Platón. Apología de Sócrates)
¿A qué mirada estáis dispuestos a sumaros?
Mirad: Llegará un día (así lo espero) en que os tocará hacer balance de vuestra vida.  ¿Y qué es lo que os gustaría poder decir entonces de vosotros mismos? ¿Qué os gustaría que dijeran de vosotros quienes os han conocido?
Yo os deseo que haya muchas personas que puedan decir de cada uno de vosotros, llenas de satisfacción y de agradecimiento: "-Gracias a ti este mundo, y nuestra vida, es mejor".
Termino. Os quiero contar un secretillo. No sé si sabéis quién es Miguel Delibes -es uno de esos "Sócrates" a los que antes me refería-. 
Hace ya bastantes años, cuanto trabajaba en Valladolid, tuve ocasión de conocerle. Con un pequeño grupo de alumnos entusiastas, que componían la redacción del periódico que editábamos en el colegio, fuimos a conversar una tarde con él a su casa. Un privilegio.
...Y me quedé con un cosa, de entre las que nos dijo: "Mirad, chicos -ya he dicho que yo era mucho más joven-, hay dos clases de personas: quienes trabajan y han aprendido a amar lo que hacen, y quienes buscan ante todo asegurarse un sueldo. Vosotros procurad, nos dijo, estar en el primer grupo, porque hay más sitio." Ironía genial... para pensar el tipo de personas que queremos ser.
Pues bien, me sumo a su consejo. Que nadie piense que haremos un mundo mejor dando menos que lo que recibamos de él. Aportad verdad, honestidad y belleza a este mundo y a vuestras vidas.
Aspirad a dejar este mundo algo mejor.  Porfa.


miércoles, 23 de enero de 2019

LA VOZ DE LAS MASAS Y LA OPINIÓN MAYORITARIA



Me parece un verdadero hallazgo aquella página del Critón, diálogo platónico en el que su amigo anima a Sócrates a fugarse de la cárcel, argmentando entre otras razones que "hay que tener en cuenta la opinión de la gente". Y añade que "no hay que oponerse al parecer de la mayoría, ya que ésta puede ocasionar los mayores males a alguien que se pone en el punto de visa de su odio."

Sócrates le responde que la mayoría no es capaz de producir ni los mayores males ni los mayores bienes. "La masa -añade el filósofo ateniense- no hace a los individuos sensatos ni insensatos, sino que les lleva a actuar al azar." Y concluye: "No ha de preocuparnos lo que diga la mayoría de la gente, sino lo que dice el que entiende acerca de lo justo y de lo injusto, aunque sea una sola persona, y lo que nos señale la propia verdad."

En una época de relativismo y de dictadura de las modas tanto en el pensar como en el vivir esta reflexión es un verdadero antídoto para no dejarse manipular ni para temblar al comprobar que se camina a contracorriente.

Eso que hoy llamamos lo "políticamente correcto" no es en el fondo más que la convicción predominante en una masa de gentes. Lo impersonal, la ausencia de responsabilidad y el repelús hacia ésta, lleva a actuar de manera reactiva e irracional. 

Escribía Ortega y Gasset que "en los motines que la escasez provoca suelen las masas populares buscar pan, y el medio que emplean suele ser destruir las panaderías". Es más, sentencia, "abandona', tiende siempre, por afán de vivir, a destruir las causas de la vida." 

Y trae entonces a colación el pensador español lo que aconteció en la población almeriense de Níjar, cuando en 1759 se proclamó rey a Carlos III, transcribiendo una crónica de la época: 

"Hízose la proclamación en la plaza de la villa. Después mandaron traer de beber a todo aquel gran concurso, el que consumió 77 arrobas de vino y cuatro pellejos de aguardiente, cuyos espíritus los calentó de tal forma que con repetidos vítores se encaminaron al pósito, desde cuyas ventanas arrojaron el trigo que en él había, y 900 reales de sus arcas. De allí pasaron al Estanco del tabaco y mandaron tirar el dinero de la Mesada y el tabaco. En las tiendas practicaron lo propio, mandando derramar, para más authorizar la función quantos géneros líquidos y comestibles havía en ellas. El Estado eclesiástico concurrió con igual eficacia, pues a voces indugeron a las mugeres tiraran quanto havía en sus casas, lo que egecutaron con el mayor desinterés, pues no quedó en ellas pan, trigo, harina, zebada, platos, cazuelas, almireces, morteros ni sillas, quedando dicha villa destruida." Y remata Ortega la narración: "¡Admirable Níjar! ¡Tuyo es el provenir!"

lunes, 31 de diciembre de 2018


EL SECRETO DE CHESTERTON

"Hay algo que da esplendor a cuanto existe, 
y es la ilusión de encontrar algo a la vuelta de la esquina." (GKC)




Gilbert K. Chesterton es una de las figuras más tonificantes de la literatura contemporánea. Maestro de la paradoja, fino observador, optimista implacable, amante de las certezas y bondades que ofrece la vida, infatigable polemista de afilada y mordaz pluma, inquieto periodista, pensador profundo cuya sabiduría desborda a raudales a través de su genial sentido del humor y de un portentoso sentido común.  
Como ha escrito André Maurois: 
 “En un mundo al revés, donde los revolucionarios se sacrifican a sí mismos y a sus semejantes en el altar del Estado, donde los filósofos sacrifican la razón en nombre de sus obsesiones deterministas, la ortodoxia cristiana de Chesterton protege la risa, la curiosidad, el cuerpo, la alegría de los sentidos, la capacidad de pensar, la posibilidad de lo absolutamente nuevo, la rebelión de los pobres y la libertad de actuar.” 
Un escritor marxista, Santiago Alba, se ha declarado ferviente chestertoniano, lo cual le honra desde luego. Y confiesa que en gran medida ello se debe a que "Chesterton amaba las cosas. Las cosas,dice, son fortificaciones contra la indiferencia." Y así, por ejemplo, nuestro escritor desconfiaba de su gran antagonista contemporáneo, George Bernard Shaw  -al que respetaba y consideró como un gran amigo a pesar de todo-, no tanto por sus discrepancias políticas o filosóficas como por sus costumbres alimenticias, pues en su pretensión de pureza vital Shaw militaba contra quienes comían carne y bebían vino. Chesterton proclamaba, frente a estos "espirituales que se aman a sí mismos y no tienen humor para las cosas", que él se honraba en defender la institución de la chuleta, la cerveza y el buen vino.
      La afirmación chestertoniana de la cerveza y el rechazo de los abstemios militantes era en realidad parte de su sistema, incluía a la vez una economía, una estética, una antropología y una política, es decir, en el fondo, una teología. ¿Y cuál era esta teología? La teología de Chesterton tenía que ver con su "estupor agradecido" ante el amarillo de una flor: "Me pregunto yo qué encarnaciones o purgatorio prenatal debía de haber vivido para haber merecido la recompensa de contemplar un diente de león". Era un asombrado admirador del orden y la naturaleza de las cosas.




Su concepción de la vida tenía mucho que ver con el amor a la vida real, a la libertad que sostiene los vínculos y se afirma en ellos: "Nunca pude concebir una utopía que no me dejase la libertad que más estimo: la de obligarme." Y añadía con paradójica ironía: "Lo peor de la anarquía, no es que impide toda disciplina o fidelidad, sino que imposibilita todo capricho." La barrica de ron, de vino o de cerveza, así como el buen queso o el color de una flor del campo, son para Chesterton el centro de una telaraña fantástica de placeres normales y compromisos concretos. Forman parte de la bendición fundante de las cosas creadas, del gozo y la maravilla de lo que existe: "Hay algo que da esplendor a cuanto existe, y es la ilusión de encontrar algo a la vuelta de la esquina."
Y es que el secreto de Chesterton era la alegría (cristiana, por supuesto). La alegría de la existencia. Se trataba de un católico feliz de serlo en medio de un ambiente de ideas hostil, al cual, no obstante, amaba a la vez que lo combatía. 
Parece haber escrito para su tiempo, pero aún más para el nuestro. En sus alegatos brilla cada vez con más luz un talante profético. Convertido a la fe católica ya en plena madurez intelectual, tras un apasionante proceso de búsqueda, se preocupó de desenmascarar ese falso atractivo que el paganismo tiene para nuestros contemporáneos. Estaba convencido de que el cristianismo vivido con autenticidad vence de antemano a cualquier paganismo por la alegría.
Su respuesta es que la dicha humana, las alegrías más intensas y el disfrute más pleno de la belleza y los bienes de esta tierra sólo son posibles de verdad para quien mira confiado el horizonte de la eternidad. La alegría cristiana puede ser plena porque está respaldada por una fe en el porvenir que no es ciega, sino que encuentra en la razón una aliada.
Este era el “gigantesco secreto” de Chesterton: Detrás de nuestras vidas hay un abismo de luz, más espléndido e insondable que cualquier abismo de oscuridad; y es el abismo de la realidad, de la existencia, del hecho de que las cosas en verdad existen y son lo que son, y de que nosotros mismos somos milagrosamente reales. Es el hecho simple, fundamental y gozoso de ser... gracias al Creador. 
Y es que un Universo sin Creador sería como "una inmensa inundación de agua saliendo de ningún sitio". Chesterton advierte la enorme falta de lógica que supone "rechazar a un Dios que hace las cosas de la nada, y en cambio creer que de la nada han salido todas las cosas".

Como afirma Stephen Hawking, hay una pregunta radical quenunca podrá ser contestada por la ciencia: "¿Por qué el Universo se ha tomado la molestia de existir?". El Big bang, desde luego, no responde a esa cuestión. Chesterton, que mira el mundo desde la admiración permanente, expresará esa contingencia radical con palabras sencillas e insuperables: "Hasta que comprendamos que las cosas podrían no ser, no podremos comprender lo que significa que las cosas son". 
 Si tenemos derecho a investigar quién pintó las cuevas de Altamira y pulió las flechas de sílex, tenemos el mismo derecho a preguntarnos quién ha diseñado el Universo. Un diseño que, cualquiera que sea su significado, es bello, y debemos agradecerlo con humildad y modestia, tomando borgoña y buena cerveza, sin abusar.
Gilbert Keith Chesterton es una bocanada de aire fresco y de generosa alegría cristiana en un mundo invadido por las viruelas de la negrura. Enamorado de la dignidad humana, divertidamente peligroso para los intelectuales de su tiempo enfermos de relativismo, materialismo, agnosticismo..., de pesimismo en fin. 
Como otro Agustín, atravesó él mismo y superó las espesuras del agnosticismo materialista en su juventud: “Tuve un fuerte impulso interior para rebelarme contra aquello, para alejar de mí aquella pesadilla: incluso la mera existencia reducida a sus límites más primarios era lo suficientemente extraordinaria como para ser estimulante.” 
La vida y la obra de GKC son un argumento poco discutible de que para cualquier hombre la adhesión a Cristo no es una pérdida, sino el mayor enriquecimiento de su misma humanidad. Es comprensible que para Chesterton lo natural fuera ser católico.  A.J.



miércoles, 26 de diciembre de 2018


EL TEMPLO EN LA CIUDAD

Antonio Gaudí fue arquitecto, diseñador, creador... Fue, además y por encima de todo, un cristiano de fe entera -esto es un dato, no una opinión-, en especial tras su dedicación al templo expiatorio de la Sagrada Familia. A partir de ese momento su vida, su trabajo y su creatividad no se comprenden sin la fe. Sintió sobre sí, como una exigencia imperiosa y bella, la responsabilidad de despertar miradas de trascendencia que se elevaran desde la agitación de la ciudad, desde el corazón mismo de las cosas y acontecimientos que forman parte del escenario y del argumento de la vida diaria. 

Participó de una intuición sobresaliente: no habrá sociedad, verdadera comunidad estable de personas acordes en lo que aman (según la definición agustiniana), si en ella no hay Templo.
La nuestra es una época de medios magníficos, pero de metas confusas. Justamente el Templo es el ámbito al cual acudimos para recuperar la finalidad última y el sentido profundo de las cosas; esa finalidad que en un ámbito cultural postmoderno parece haberse perdido, y en el que todo parece ser sólo un objeto maleable por voluntades de poder en conflicto, un conjunto de medios más o menos útiles para determinados fines establecidos en función de una voluntad de poder que, en última instancia, pretende ocupar el lugar de Dios.
            Medios extraordinarios, pero carentes de sentido porque se ha perdido de vista el fin... Y es que cuando un medio pierde su referencia al fin, deja de ser medioy pierde su sentido. “Está ahí” y eso es todo, carece realmente de justificación; en rigor, no vale nada. “Los templos son puentes para llegar a la Gloria”, escribió Gaudí. Un puente es puente porque hace posible llegar a alguna parte.


Un agnóstico como Antoine de Saint-Exupéry, en su libro póstumo e inacabado Ciudadela, insiste con acento poético en esta idea: 
“No rehúso la escalera de las conquistas que permite al hombre subir más alto. Pero no confundo el medio con el fin, la escalera y el templo. Es urgenteque una escalera permita el acceso al templo, si no, éste permanecerá desierto. Pero solamente el templo esimportante. Es urgente que el hombre subsista y halle alrededor los medios para crecer. Pero esto sólo es la escalera que conduce al hombre. El alma que le construiré será basílica pues ella sola será importante (...) Y por esto os digo: Si construís el templo inútil, dado que no sirve para cocinar, ni para reposar, ni para la asamblea de los notables, ni para las reservas de agua, sino simplemente para el engrandecimiento del corazón del hombre...; si construís un templo donde el dolor de las úlceras se transforma en cántico y ofrenda, donde la amenaza de la muerte se transforma en puerto entrevisto con aguas por fin tranquilas, ¿creeríais haber malgastado vuestros esfuerzos?”.
El templo es el alma de la ciudad. Una ciudad sin templo es una ciudad muerta. Gaudí lo sabía. Sabía que desde el corazón de la ciudad es necesario elevar la acción del hombre y la mujer hacia un horizonte de sentido. Es esencial convertir las úlceras y las heridas en cántico y en ofrenda. Es preciso el templo, nave que nos hace mirar al otro lado del horizonte de la vida mortal.


La Sagrada Familia es una llamada, una ascensión, una mirada trascendente, integradora y lúcida acerca de las cosas y del propio ser humano, una mirada capaz de distinguir los meros valores de situación -lo urgente- de los verdaderos valores de sentido -lo verdaderamente importante-; que muestre que nuestros pasos por la ciudad son un camino hacia una meta más alta. 
La arquitectura, cuando es verdadera configuración de espacios habitables, cuando se corona en el templo como guía hacia lo alto indicando cuál es el sentido de nuestra vida; cuando la ciudad, a través del templo, se convierte en alabanza, ya laboriosa ya festiva, se convierte en creación. Y hace de las piedras y materiales, de las formas bellas y de la luz, expresión, palabra y huella de Quien los hizo existir.
Gaudí concibió las fachadas de su Templo como retablos que hablan al que pasa y vive en la ciudad del misterio del Dios encarnado y cercano: del Dios que nace hombre, que asume nuestra condición transeúnte; del Dios que padece y muere, para dar al sufrimiento y la muerte un sentido de entrega y redención; y del Dios que resucita triunfante, y con su gloria manifiesta que el triunfo definitivo es de Dios y para todos los hombres.
Muchos de nuestros compañeros, amigos o familiares seguramente no pisarán jamás un templo, pero pueden tener el templo de nuestra compañía. A nosotros nos toca, no solamente convertir en alabanza nuestro trabajo cotidiano, sino también sacar de él todo su coeficiente de humanidad, todo su potencial natural. Sólo de este modo saldrá a la luz su pleno sentido y sólo así podrá hacer más habitable el mundo. La piedra se convierte en alabanza cuando el escultor saber trabajarla, pero permanece muda a causa de su indolencia.

El Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago de Compostela, o el templo expiatorio de la Sagrada Familia de Barcelona, no solamente son obras de piedad: son obras de ciencia, de arquitectura, de ingeniería, de matemáticas, de sensibilidad ante la hermosura, son trabajo humano bien realizado. 
Sabiduría. Verdadera ciencia, hermosa y eficaz arquitectura: aquellos hombres que, por amor de Dios, cultivaron el dibujo, la ingeniería, la talla o la arquitectura, que convirtieron su tiempo y su sudor en deber cumplido, han dado a las piedras un significado que está más allá de lo evidente a simple vista. Han convertido la piedra y con ella toda la creación en alabanza y gozo. Como diría también Saint-Exupéry, han descubierto y expresan ese valor esencial presente en las cosas creadas y que es “invisible a los ojos”. (El principito, cap. XXI)     A.J.
  



















[1]SAINT-EXUPÉRY, A. Ciudadela.Barcelona, 1997, págs. 77-79.
[2]SAINT-EXUPÉRY, A. El principito, cap. XXI.