martes, 17 de mayo de 2016

FILOSOFÍA Y EDUCACIÓN

FILOSOFÍA Y EDUCACIÓN
         Andrés Jiménez Abad
Catedrático de Filosofía del IES BASOKO. Pamplona.

Mesa Redonda:
 “¿Qué podemos hacer hoy con la filosofía?”
PRESENTACIÓN DE LA ASOCIACIÓN NAVARRA DE FILOSOFIA (ANAFIE)
Pamplona, 17 de marzo de 2016.
  

Muy buenas tardes, arratsaldeon.

Se me ha encomendado hablar de Filosofía y Educación, y estaba tentado de añadir: “valga la redundancia”, porque parto de la convicción de que la sabiduría -el querer saber que es propio de la filosofía- está en el corazón de la Paideia.

Educar, sostenía ya Platón siguiendo en esto el ejemplo de Sócrates, es introducir en la realidad, a diferencia de lo que sostenían los sofistas, para quienes la educación consistía en el acopio de conocimientos, algo así como una “educación de supermercado” en la que uno coge los conocimientos y los datos que le interesan y se los lleva en su carrito, en su acervo, incluso pagando por ello. Algo de eso tiene, por ejemplo la actual “titulitis” que hoy padecemos en los ámbitos académicos y que llamamos también “hacer currículum”.

No podemos ignorar que vivimos en un tiempo de desorientación acerca de lo esencial. Decía Einstein que “vivimos en una época de medios perfectos y de metas confusas”. Pero cuando los medios no se sabe para qué sirven dejan de ser medios, y se convierten en hechos sin sentido. Séneca escribía que “cuando el marinero no sabe a dónde de va, todos los vientos le son contrarios”. Y decía Ortega y Gasset que “hoy lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa”.

Sostenía Platón, por el contrario, que la educación -o el cultivo de la filosofía, si se quiere- consiste en “aprender a mirar”, es decir, en dirigir nuestra capacidad de comprensión hacia lo verdaderamente importante, a la verdad y no a la apariencia, al bien y no simplemente a lo que atrae, a la belleza que es el esplendor de lo real. Y aludimos aquí al ámbito de los fines de la vida.

La enseñanza o el cultivo de la filosofía consiste también, añado, en “educar para el asombro”: en reconocer, en lo real que nos circunda y nos constituye, algo que nos sorprende y nos supera, que nos es dado de algún modo, que no hemos fabricado a capricho y que por lo tanto no debemos ni podemos manipular a nuestro antojo sin dramáticas consecuencias.
Sin esa mirada capaz de contemplar y de asombrarse, todo se vuelve banal; al acontecimiento maravilloso se le llama “casualidad” o simplemente se ignora, y se pierde además la virtud del agradecimiento. Con una mirada tan miope -incapaz para el asombro- no es posible tampoco captar la belleza moral e interior de las personas ni conocerse a uno mismo, que es desde el principio una de las tareas esenciales de la filosofía.

El asombro nos hace humildes, modera nuestras pretensiones de autosuficiencia; la  capacidad de asombro y de admiración profunda genera algo tan esencial como el respeto. Es el sentido del asombro lo que hace que se contemple la realidad con humildad, agradecimiento, deferencia, sentido del misterio y admiración.

*        *        *
La filosofía y su enseñanza o cultivo es un viaje al interior del ser humano (“conócete a ti mismo”) y una búsqueda del sentido de lo real y de la vida. El viejo aforismo de Delfos nunca ha dejado de cautivarnos. Kant lo expresaba casi 25 siglos más tarde a través de cuatro conocidas preguntas: “¿Qué puedo saber?, ¿qué debo hacer?, ¿qué me cabe esperar? En suma, ¿qué es el hombre?”.

Pero estudiar filosofía, “querer saber”, “atreverse a pensar”, no es una tarea penosa e inabarcable, sólo reservada a sesudos especialistas, a mentes enrevesadas o a excéntricos cultivadores de la abstracción (y ya sé que esta es la percepción que muchos tienen hoy de ella).

Es, por el contrario, participar en una gozosa experiencia, accesible a quienes sean capaces de contemplar y de admirarse. Sin olvidar que también hay una dimensión práctica, orientada al cultivo personal y a la transformación creativa y constructiva del mundo.

Estamos hablando de una inquietud intelectual y moral (saber mirar la realidad de modo penetrante -desde la propia experiencia- suscitando preguntas que merezca la pena plantearse) que debemos convertir en nuestras aulas, a través de nuestra labor docente, en una actitud vital gratificante, frente a la mirada tantas veces tediosa y conformista de muchos jóvenes –“¡que no queremos pensar!…”-, o amargada en no pocos “viejos adultos” que se dicen “de vuelta de todo”. Ocurre que “pensar” es una primera forma de “compromiso con lo real”. Pero algún os rehúyen toda forma de compromiso, bien por inmadurez, bien por miedo, bien por comodidad.

La filosofía en la Educación (secundaria)

El lugar de la filosofía en la Educación Secundaria, el Bachillerato e incluso en los estudios superiores, se corresponde con el acercamiento reflexivo a las principales preguntas que se hace el ser humano. Piaget decía que la juventud es la “edad metafísica por excelencia”:
-         A los jóvenes les gusta “tener ideas propias” (es bueno que estas ideas, además, merezcan de verdad la pena).
-         Adolescencia y juventud son el momento evolutivo en que las personas empezamos a tener conciencia de la propia identidad e intimidad.
-         Se despierta una visión más critica -a menudo radical- de la realidad y de la vida (persona y social). Es el momento en que algunas palabras se convierten en ideas, e incluso en ideales: libertad, paz, justicia, igualdad, verdad, amor, amistad, sentido…
        
         Se trata de no renunciar a pensar sino de empezar a pensar por sí mismo. Si no se piensa, no se decide y no se actúa por uno mismo, acaba ocurriendo que son otros los que piensan, deciden y actúan en lugar de uno mismo. Pero pensar (por ejemplo en la descripción de un fenómeno psicológico, de una norma de conducta, o en la comprensión de lo que es y no es la libertad…) es mucho más que sentir u opinar. Requiere rigor,  método y esfuerzo.
         Por todo ello, la asignatura de Filosofía puede considerarse “algo más que una asignatura”.

Filosofía… ¿de la educación?
         Volvamos a nuestro punto de partida. Comparto con García Hoz que hoy la educación corre el riesgo de convertirse en una suma de actividades y de aprendizajes inconexos que, en lugar de integrar a la persona, la desintegran y oscurecen además el horizonte de la vida, debilitando la capacidad de orientarla en medio de una multitud de solicitaciones.
         Una vida cultivada (“paideia”) no es un conglomerado de actividades diversas, sino una energía unificadora y creativa, fecunda, capaz de afrontar la realidad y de aportarle incremento.
         Convertir esta energía en la formulación y la realización de un proyecto personal de vida es seguramente el papel más importante que la filosofía puede llevar a cabo en el ámbito de la educación.
        Muchas gracias.


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