jueves, 26 de febrero de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (166)

MAYOR ESFUERZO Y MEJOR CONDUCTA

En muchos lugares el escenario educativo se ve convulsionado por una concepción que promueve la contraposición entre el modelo de la “enseñanza pública” (los centros estatales) y el modelo de los centros de iniciativa social (concertados y privados). Pero, en lugar de ser contemplados como antagonistas, tal vez fuera mejor para todos hacer causa común frente al verdadero enemigo: la ignorancia, la barbarie.

 El economista estadounidense Thomas Sowell, en su estudio Charter Schools and Their Enemies (2020) explica que en la red pública de Nueva York, financiada por los contribuyentes, predominan escuelas que aplican una pedagogía “igualitaria y progresista”, centrada en los derechos del alumnado. Junto a ellas conviven escuelas concertadas —también gratuitas— cuyo rasgo distintivo es la exigencia académica. Estas últimas son, de hecho, las más solicitadas: cada año reciben más de 50.000 solicitudes por encima de las demás, pese a disponer en general de menos recursos.

Dado el elevado coste del suelo en la ciudad, los centros concertados rara vez construyen sus propios edificios; suelen alquilar espacios disponibles dentro de las instalaciones de colegios públicos. Básicamente, trabajan con el mismo currículo, cuentan con docentes formados del mismo modo y operan en entornos similares. La diferencia radica en su enfoque educativo, estructurado en tres pilares:

1.    Tareas escolares regulares, fomentando el trabajo personal constante y organizado.

2.    Autodisciplina y responsabilidad, impulsando la aspiración a la excelencia entendida como el cultivo de las propias capacidades y compromiso social futuro.

3.    Ambiente educativo positivo, con una participación activa del profesorado y las familias y especial cuidado de las relaciones entre estudiantes.

Todos los alumnos de Nueva York deben realizar pruebas de Lengua y Matemáticas en tercero y octavo curso. Según el estudio de Sowell, los estudiantes de centros concertados alcanzan las dos categorías superiores (equivalentes a Notable y Sobresaliente) en Matemáticas en el 75% de los casos, frente al 10% en las escuelas no concertadas. En Lengua, las cifras son del 65% y el 15%, respectivamente. Con el mismo perfil de alumnado y menos recursos, así pues, los centros concertados logran resultados notablemente superiores.

Ante estos datos, algunos sugieren que las escuelas con mejores resultados seleccionan a los mejores alumnos. Sowell lo desmiente con el ejemplo de Success Academy, que recibe cada año 17.000 solicitudes para 3.000 plazas. Al no poder ampliarlas, debe asignarlas por sorteo. El resto normalmente es derivado a la red pública. Solo este caso —señala convencido e irónico  el autor— revela que al menos 14.000 estudiantes de la red pública podrían obtener resultados significativamente mejores en un centro concertado. Y añade otra afirmación audaz: el perfil socioeducativo de los alumnos no es la causa de estos resultados, sino más bien su consecuencia. Alumnos afroamericanos, hispanos, asiáticos y anglosajones rinden de manera similar en cada red escolar.

Sowell se pregunta si, a la vista de estas evidencias, las autoridades han modificado la política educativa de la ciudad. Su respuesta es negativa: continúan oponiéndose a los centros concertados en vez de aprender de sus éxitos, priorizando los intereses de políticos, pedagogos y sindicatos por encima del bienestar del alumnado y del país.

En conclusión: quizá el bien del alumnado —y del profesorado comprometido con su labor— debería situarse entre los criterios fundamentales del sistema educativo. Y seguramente no solo en Nueva York.

(Publicado en el semanario La Verdad el 20 de febrero de 2026)

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