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sábado, 10 de septiembre de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN. 2º AÑO. (36)

EMERGENCIA EDUCATIVA



Pertenece a la misma naturaleza de la acción educadora el afán por preparar para la vida. Encontrar fórmulas acertadas para dotar al niño o al joven de las capacidades (hoy se habla de “competencias”) que le permitan dar respuesta adecuada a las exigencias de la vida que tiene por delante constituye la preocupación más esencial entre los problemas de la pedagogía. 

Pero no todos las concepciones pedagógicas son iguales ni todos los modelos educativos conducen a las mismas metas aunque éstas tengan nombres parecidos, convertidos en tópicos de actualidad.

Al amparo de ese lugar común (“educar para la vida”), se ha ido tejiendo una enmarañada red de enunciados y recursos que están llevando a sistemas educativos y centros escolares a quedar enredados en las más variopintas iniciativas, si bien con frecuencia no pasan de ocurrencias o de “prontos” de temporada -para desazón del profesorado, por cierto-. Si a ello añadimos el afán de politizar la educación -Antonio Gramsci decía sin rodeos que “la educación es política”-, la confusión y las tensiones en torno al hecho educativo configuran la impresión dominante.

Pongamos el caso de España por sernos más familiar. En los años de democracia hemos padecido las siguientes leyes orgánicas: En 1980, la LOECE; en 1985 la LODE; en 1990 la LOGSE; en 1995 la LOPEGCE; en 2002 la LOCE; en 2006 la LOE; en 2013 la LOMCE y en 2020 la LOMLOE. Es verdad que algunas se apoyan en otras y que incluso alguna fue “abortada” apenas antes de entrar en vigor debido a las refriegas entre los partidos gobernantes. Pero la sensación es a todas luces de inestabilidad, de confrontación ideológica, de componenda, de desconcierto y caos.

Si a esto añadimos que la base de toda acción educadora corresponde a la institución familiar, y que esta viene registrando una creciente desestructuración, bien sea de carácter externo -por la influencia cada vez más invasiva de medios de comunicación, espectáculos, redes sociales…-, bien sea por la crisis de valores y creencias que sacuden la estabilidad y la solidez familiar, no debe extrañar que se hable abiertamente de una grave “emergencia educativa”, por utilizar una expresión utilizada por Benedicto XVI.

Entre tanto se multiplican en los currículos las áreas de aprendizaje, las experiencias, las materias, las metodologías, los contenidos, en la creencia de que al niño y al joven se le ha de enseñar prácticamente de todo: Educar al principio en el europeísmo, después educar en la multiculturalidad y en la interculturalidad. Educación comprehensiva, luego integradora, después inclusiva. Educar la inteligencia creadora, educar la inteligencia emocional (ya circula por ahí una sedicente teoría sobre la inteligencia erótica…), educar en las nuevas tecnologías. Educación para la democracia, educación vial, educación para el consumo, educación para la paz, educación para el ocio, educación para la ciudadanía, educación igualitaria no sexista… Sin olvidar los idiomas y las lenguas, por supuesto. Y los complementos terminan por ocultar al sustantivo y a lo sustantivo: la educación. 

Y a la vez nuestros sistemas educativos se postulan como trampolines para la empresa y talleres de una servil ciudadanía, pero acaban a menudo en plantaciones de desesperanza incapaces de ofrecer razones para vivir a muchos de nuestros jóvenes. ¿Acaso no hay razones para repensar a fondo nuestra educación?

(Publicado en el semanario LA VERDAD el 2 de septiembre de 2022)

sábado, 15 de enero de 2022

PERSONA Y CIUDADANÍA: ¿TODO ES POLÍTICA?


PERSONA Y CIUDADANÍA: ¿TODO ES POLÍTICA?

(A partir de un texto de Jesús Ballesteros en 
Repensar la paz, EIUNSA, Madrid, 2006. 
Págs. 110 y ss.)

La democracia es la forma de organización política en la que la responsabilidad personal resulta más indispensable. Necesita también conocer sus límites, que no son otros que los de la política, es decir los de la moral. 
La violencia totalitaria es el fruto de la creencia en que la política es la dimensión más elevada de la vida humana y la única capaz de resolver el problema del mal. Dicho de otro modo, lo más opuesto al totalitarismo no es la democracia sin más, sino aquella forma de democracia que niega la afirmación de Gramsci de que “todo es política”.
La participación del pueblo en ejercicio de su soberanía relativa debe limitarse a la organización del Estado y de las otras comunidades políticas. Pero carece de fundamento la pretensión de que la voluntad popular sea soberana en terrenos de otra naturaleza como el educativo, el moral o el religioso. En estos últimos se incurriría en el error de pensar que el hombre se reduce al ciudadano, de que, como ya ha dicho, todo es política y por consiguiente que la voluntad de la mayoría vale universalmente acerca de cualquier asunto: vox populi, vox Dei.


        La reducción del hombre al ciudadano, con todas sus consecuencias, es una de las características del pueblo griego y, en general, de los pueblos precristianos. No es muy extraño por lo tanto que allí donde se trata de prescindir o de superar de un modo u otro al cristianismo, todo quiera reducirse a política. Fue la introducción de la otra ciudad, la ”ciudad de Dios”, lo que abrió al hombre horizontes incomparables con los de la simple política, al enseñar que “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.” (Lo cual, por cierto, también fue dicho por Sócrates en el ágora ante sus jueces "demócratas").
No podemos (debemos) hacer todo lo que queramos. No podemos (debemos) someter al imperio de la ley valores más altos que la misma ley. Ni aunque seamos mayoría. Nos lo prohíbe el orden moral y la dignidad de las personas, que están por encima de la política.