miércoles, 24 de enero de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (90)

VALOR EDUCATIVO DEL CASTIGO: LA CORRECCIÓN (I)

 


    A la hora de educar es necesario establecer unas normas y determinar ciertos límites de comportamiento. Es en este marco donde tiene cabida el castigo, la corrección educativa. El castigo ha de entenderse como corrección de la conducta e incentivo para la reflexión y la autodeterminación del educando, tiene valor educativo cuando contribuye directa o indirectamente a la rectificación voluntaria del comportamiento. 

    Los límites son inherentes a las normas, especifican lo que no se tiene que hacer. Son pautas claras acerca de lo aceptable o inaceptable, dan seguridad acerca de lo que se puede/debe y no se puede/debe hacer. Poner límites no es controlar autoritariamente a los hijos, es crear unos lazos invisibles de protección, tanto para la integridad física como la emocional. Da seguridad, como decimos. Más aún, no poner límites puede llegar a ser la mayor de las violencias, porque el hijo puede sentirse no mirado, no existente. 

    Un castigo o una reprimenda ha de ayudar al niño a pensar en lo que ha hecho, en por qué no hizo lo que debía y en qué es lo que tiene que hacer. Por eso ha de ser propiamente una “corrección” y ha de tener una finalidad positiva. Corregir es rectificar. El castigo sirve para cortar y corregir una conducta inadecuada, pero por sí solo no basta para obrar bien. Ha de ir precedido y acompañado por otras motivaciones e incentivos.

    Todos vivimos dentro de unas normas y de ciertos límites. También el educador ha de ponerse límites y nunca ha de mostrar un comportamiento arbitrario. 

    Jamás nuestra impaciencia o mal humor han de traducirse en un castigo. Este no ha de ser motivado nunca por nuestro enfado, ya que sería recibido como una especie de venganza o desquite y nunca como una pauta educativa. Tampoco ha de ser algo así como un refuerzo del estatus del educador sobre el niño o joven para mantenerle en su sitio o para que sepa quién manda aquí. Se trata de un medio para conseguir la mejora de la conducta, nunca puede ser un medio para dejar patente el poder de los padres, ni el equivalente a un código penal familiar. Una corrección educativa de ningún modo ha de ser vejatoria o humillante. Esto lleva al resentimiento, no a la modificación verdadera de la conducta. 

Nuestro mensaje no ha de ser nunca que él es malo, sino que hizo una cosa mala que no podemos aprobar. Y que estamos seguros de que será capaz de hacer las cosas bien y de lograr metas muy valiosas si se lo propone de verdad.

El niño ha de percibir que se busca su corrección y su bien, no su perjuicio o humillación, y que no por ello se le deja de querer sinceramente. Hemos de hacerle ver que nos duele castigarle, y que nuestra estima por él no ha disminuido por haber tenido que corregirle. Pero esto conlleva también firmeza y entereza, mantener lo mandado. 

En alguna ocasión hemos recordado a Gabriela Mistral, la gran educadora chilena: “Para corregir no hay que temer. El peor maestro es el maestro con miedo. Todo puede decirse; pero hay que dar con la forma. La más acre reprimenda puede hacerse sin deprimir ni envenenar un alma. Aligérame, Señor, la  mano en el castigo y suavízamela más en la caricia. ¡Reprenda con dolor para saber que he corregido amando!".

        (Publicado en el semanario La Verdad el 19 de enero de 2024)

lunes, 8 de enero de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (89)

LA MOTIVACIÓN Y LA CORRECIÓN: LOS INCENTIVOS


 

            La formación del carácter –y más en particular del criterio y de la voluntad- es indispensable para que el niño o el joven alcance el dominio de sí mismo. En este marco conviene reflexionar sobre el papel y la importancia de ciertas ayudas externas como el premio y el castigo.

            Premios y castigos han de entenderse como medios convenientes para promover la automotivación, ese impulso que mueve a la persona desde dentro por propia decisión. En principio, es preferible siempre el premio al castigo, pero hay veces en que es preciso corregir. Pero elogios y reproches, premios y castigos, no se pueden suministrar de forma indiscriminada, sin tener en cuenta las personalidad de los niños y los jóvenes.

En el ámbito escolar, Hunnicut y Thomson pusieron en relación la aplicación de estos incentivos con la índole temperamental de los alumnos, clasificados en extravertidos e introvertidos. 

La conclusión a la que llegaron fue que los individuos que más progresaban en el aprendizaje eran los alumnos extravertidos a los que se incentivaba con castigos cuando era preciso (eran propensos a relajarse y a obrar a la ligera en cuanto se les dejaba de exigir).

En segundo lugar se colocaron los introvertidos a los que se elogiaba cuanto iban haciendo (estaban necesitados de estima y reconocimiento). 

            En cambio, descendían mucho en su rendimiento tanto los alumnos extravertidos que eran elogiados (se confiaban y distraían fácilmente) como los introvertidos censurados (eran inseguros y faltos de confianza).

            Un verdadero educador no cree en los castigos, sino en la capacidad que tiene el que los recibe para reformar su conducta. Son medios que pretenden rectificar, corregir, y suelen ser eficaces para evitar conductas, y no tanto para fomentarlas (el miedo al castigo no anima a hacer el bien). Es por amor y mediante el cultivo de la virtud como se logran vencer verdaderamente los hábitos negativos. San Juan Bosco aconsejaba a sus colaboradores: “Nunca castiguéis sino después de haber agotado todos los recursos”. Pero los castigos son convenientes cuando se saben aplicar bien.

Establecimiento de normas

            El castigo presupone la existencia de normas. Éstas ayudan a la voluntad y a los afectos a dirigirse a lo que está bien, defienden al bien frente a la pereza, la inconstancia, la superficialidad y la malicia. La norma tiene que facilitar la adquisición del hábito, y ésta la de las actitudes, valores humanos y virtudes. No olvidemos que la naturaleza humana -lastrada por las consecuencias del pecado original- tiende a lo fácil si no se ejercita oportunamente y si no encuentra el apoyo de obligaciones que mueven al cumplimiento del deber.

            Las normas tienen que ser pocas y claras, han de ser bien explicadas y comprendidas. Las hay más esenciales, innegociables, que sostienen las prioridades del proyecto educativo familiar o escolar, y que afectan a todos, incluso al educador. Las hay también ocasionales o secundarias, acerca de las que se puede transigir en función de las circunstancias, si se considera conveniente. El incumplimiento deliberado de las normas es el que ha de ser más propiamente objeto de castigo o corrección.

      (Publicado en el semanario La Verdad el 29 de diciembre de 2024)

miércoles, 3 de enero de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (88)

MOTIVAR INCENTIVANDO AL EDUCAR: LOS PREMIOS


Premios y recompensas constituyen un medio para conseguir una conducta deseada, pero no es fácil emplearlos bien. Han de ser incentivos que conduzcan poco a poco a la motivación intrínseca de los niños y los jóvenes, esa que mueve desde dentro, la actitud de quien obra buscando el bien que corresponde a lo que se hace, por sí mismo y no por la recompensa que le siga.

Los incentivos vienen bien cuando falta esta motivación intrínseca y madura. Pero lo suyo es ir desapareciendo para dar paso a su tiempo al criterio personal y a la determinación de la voluntad propia. Por eso no hay que abusar de la recompensa recurriendo a ella con demasiada frecuencia. No se puede dar un premio por cualquier cosa. El mejor premio es el que se obtiene al experimentar la satisfacción del deber cumplido.

La recompensa pedagógica puede revestir muchas formas: una mirada de aprobación, un gesto cariñoso, una palabra, la concesión de un permiso deseado, un regalo, etc. En general, diremos que el más apropiado es siempre el elogio. Pero no hay que excederse en los premios y alabanzas, pues perderían eficacia y se correría el peligro de hacer al niño egoísta y calculador, acostumbrándole a obrar bien sólo con miras a la recompensa. Esta no sería ya un aliciente adicional sino el fin de la conducta, y esto no sería bueno.

El estímulo es siempre más eficaz que la reprimenda. A veces ésta será inevitable, pero el incentivo será más eficaz si el hijo ve que se le reconoce la obra bien realizada y el esfuerzo, aunque éste no haya sido coronado por el éxito. Un elogio correcto, justo, oportuno, estimula y educa para el bien. 

Algunas pautas

Hay que dar el premio prometido siempre que el niño lo gane, evitando el extremo de no premiar nunca o de premiar en exceso y por cualquier cosa. Si en el hogar no se le dan compensaciones al niño en su obrar, tenderá a buscarlas fuera. Pero el mejor premio es el afectivo, la alabanza, el elogio y el aprecio, la estima sincera.

El premio es más eficaz si se recibe de inmediato. Si una madre alaba a su hijo por haber ordenado su habitación al poco tiempo de haberlo hecho, conseguirá que éste la deje recogida con más frecuencia que si lo hace al día siguiente o sólo de vez en cuando. Aprender a aplazar las recompensas es un síntoma de madurez, pero en los niños lo más corriente es que necesiten recibir recompensas de modo más inmediato, intentando evitar, como se ha dicho, que actúe solo por la recompensa. 

En este sentido, también es conveniente dividir la tarea propuesta en fases, premiando y reforzando cada una de ellas con gestos adecuados. En este caso no hay que olvidar que en educación “el éxito llama al éxito”, y así, una meta alcanzada y recompensada impulsa a acometer otra un poco más difícil, y así sucesivamente.

Las recompensas son más importantes y necesarias cuando el niño está aprendiendo a hacer algo por vez primera. Hay que reforzar sobre todo en los comienzos, mientras el hábito se va consolidando. Una vez consolidado, el refuerzo se puede llevar a cabo más espaciadamente.

     (Publicado en el Semanario La Verdad el 22 de diciembre de 2023)

miércoles, 20 de diciembre de 2023

SANTIAGO ARELLANO, MAESTRO DE LA MIRADA. IN MEMORIAM.



        Me es muy grato referirme a un gran maestro y mejor amigo, con el que he compartido ideales, preocupaciones y andanzas desde hace décadas. Algo dejaré en el tintero de lo mucho y muy bueno que en justicia debiera decir, por razones de espacio y por no arriesgarme a caer en la lisonja. 

Me centraré en su faceta de profesor de literatura y maestro de educadores, singularmente a través del arte, aunque dejo al lado una de sus contribuciones más fecundas y positivas: la de Director General de Educación en Navarra durante doce años. Quizás para otro momento.

Santiago ha dedicado una ingente labor y su mayor esfuerzo a educar la mirada, a despertar y afinar la sensibilidad y la finura de conciencia en quienes le escuchaban, le leían y compartían con él amistad, tiempo y afición.

Nos hallamos ante alguien que poseía una formación humanística fuera de lo común. Sin duda, era un sabio conocedor de la literatura, en particular la española, hasta extremos increíbles; pero asombra escucharle articular desde una visión global y sumamente lúcida claves históricas, estéticas, filosóficas y aun teológicas. Su objetivo como maestro ha sido ante todo ofrecer “claves de sentido” para mostrar el verdadero significado y valor de las cosas, del propio ser humano y de su quehacer en la vida. Porque, como repetía con ocasión y sin ella, “¡¡hemos sido creados para amar…!!” 

Sin embargo, no debemos ignorar -menos aún los educadores, nos recordaba- la situación dramática del ser humano herido por el pecado original. La certeza de nuestra condición caída obliga al sano realismo de preparar al niño y al joven, con ayuda de la gracia, para ser dueño de sí mismo frente al desorden al que es proclive nuestra naturaleza. 

Por eso es preciso aprender a mirar, más allá de lo secundario y aun de lo urgente, y captar lo que es de verdad importante. Hemos de tomar en serio la educación en virtudes, con su ingrediente de esfuerzo y su potencialidad para el gozo. Bucear en nuestro “ser personas”, que es don y tarea al mismo tiempo, para vivir según nuestra dignidad de hijos de Dios. Saber que se nos ha dado la libertad para contribuir al perfeccionamiento del mundo y para hacerlo crecer según el recto orden de las cosas establecido por el Creador.

La belleza era para Santiago -con palabras de Tomás de Aquino- “el esplendor de la verdad”. Como huella del Creador, no puede ser separada de lo real y de su sentido profundo, de la verdad y del bien. Es también “via pulchritudinis”, revelación visible del Invisible.

Es particularmente admirable su capacidad de “leer” en las obras de arte, singularmente en la pintura y en los textos literarios, porque entiende que el arte es espejo de la condición humana y que es mucho lo que -sabiendo mirar- puede descubrirse acerca de la dignidad de la persona y del dramatismo de su vida entendida como opción de libertad. El arte verdadero, ha escrito Santiago, es una escuela abierta; nos educa, nos abre a la vida. 

Es maestro que no retrocede ante el estudio de obras duras o escabrosas, antes bien, era un prodigio escucharle reflexionar acerca de La Celestina o El retrato de Dorian Grey, los poemas de Huidobro o de Cernuda, entre otros muchos. Está convencido de que haciendo ver en la ficción las consecuencias del mal, se ayuda a acertar en la vida real. Recoge con ello la tradición de la catarsis aristotélica: la literatura en particular y todas las artes en mayor o menor medida ostentan un potencial purificador de las pasiones, ayudan a encontrar serenidad de ánimo ante las adversidades de la vida, nos ofrecen modelos y lecciones de comportamiento con las que podemos aprender a vivir rectamente.

            Santiago era un Quijote. Pero no por andar embebido en libros de claro en claro y de turbio en turbioque le lanzaran a una aventura atolondrada. Él, por cierto, aconsejaba empezar la lectura del genial libro de Cervantes con el último capítulo, en el que se nos revela quién es de verdad el hidalgo manchego. Se trata de Alonso Quijano, a quien sus virtudes le merecieron renombre de Bueno y que, ya con el pie en el estribo, reconoce que su afán por desfacer entuertos le llevó a empuñar las armas seducido por la literatura de caballerías, cuando hubiese sido mejor leer otros libros que hubieran sido luz de su alma. Cuánto amaba Santiago la lectura de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz, cima de la literatura y de la lírica, maestros del Renacimiento que descubren que la mayor aventura del hombre es navegar hacia dentro.

         Pero a pesar de ello también había en Santiago mucho de caballero andante, pues “subido a esa atalaya adonde se ven verdades”, como diría la santa abulense, contemplaba y combatía generosamente en la dramática contienda que agita los tiempos modernos entre la civilización cristiana y el humanismo ateo que, como repetía, ha dejado a tantos hombres y pueblos sin esperanza.

Pero creo que sería erróneo por mi parte no mencionar la raíz profunda que movía el pensamiento y la acción de Santiago Arellano. Me refiero a su profunda vida de fe, heredada de sus padres, de quienes con cariño y orgullo repetía a menudo: “mis padres fueron campesinos”; cultivada más tarde en la escuela de San Vicente de Paúl, el Apostolado de la Oración, Cristiandad, la Adoración Nocturna…; y siempre, siempre, vivida y ahondada desde el Corazón de Jesús y el amor a la Iglesia. Cuanto Santiago se ha esforzado en enseñar es una forma -su forma- de dar a compartir lo contemplado y vivido ante Cristo en la Eucaristía. La suya es una fe culturalmente fecunda.

Para dar razón de lo que debemos a su mirada de maestro, y del tesoro que nos ha regalado con su amistad, podríamos servirnos de uno de sus clásicos más citados, Jenofonte, el cual pone en boca de su maestro Sócrates palabras que podría muy bien firmar Santiago: “Antifón, mucho más me deleito yo en tener buenos amigos; y si algo bueno poseo, lo enseño y lo pongo a disposición de los que yo creo podrán aprovecharse de ello para la virtud. Y en cuanto a los tesoros que los antiguos varones sabios dijeron en sus libros, los despliego y recorro con mis amigos. Y si algo bueno encontramos, lo recogemos cuidadosamente y tenemos por gran provecho sernos útiles unos a otros.” (Recuerdos de Sócrates. I, VI).

Maestro de la mirada, con él hemos aprendido a mirar para aprender a vivir.


(Publicado en el semanario La Verdad, el 15 de diciembre de 2023)

Santiago Arellano Hernández falleció en Pamplona el 5 de diciembre de 2023, a la edad de 79 años. Descanse en el Señor.

 

lunes, 4 de diciembre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (87)

EDUCAR MOTIVANDO: ¿PREMIOS Y CASTIGOS? (I)


La motivación es un impulso que suscita una conducta y la mantiene, por lo que es fundamental a la hora de educar.
 Para educar hemos de motivar, sin duda; y la madurez estriba entre otras cosas en saber motivarse a uno mismo para afrontar las tareas y dificultades de la vida. La motivación, bien entendida, no está reñida con la fuerza de voluntad, al contrario; en la base de la motivación ha de estar el esfuerzo.

Pero ¿de qué depende la energía de la motivación? Abilio de Gregorio proponía tres factores: los motivos, la previsión de éxito y los incentivos, entre los que incluía el premio y el castigo o corrección.

Los motivos son como polos imantados que atraen y suscitan una acción, y aquí hay una amplia gama: van desde el atractivo sensible (los apetitos, lo agradable) hasta los ideales nobles. ¿Por qué he de ser puntual, por ejemplo?: por respeto a las personas, por la alegría del encuentro, por el vencimiento propio, etc. Detrás hay una energía que nos mueve para conseguir algo que nos parece bueno en algún sentido. Esto depende de muchos factores, incluso circunstanciales, pero también de un previo entrenamiento que nos ha habituado a aspirar a metas nobles, a superar obstáculos y a soportar el cansancio y la frustración.

En la infancia prevalecen sobre todo los motivos vitales y afectivos; y en la adolescencia emergen los típicos motivos de autoafirmación del yo. La aparición de motivos de apertura a la búsqueda de la verdad, al bien de las personas, al cumplimiento de un deber moral o asociados al sentido de la vida son, entre otros,  rasgos de madurez personal. 

La previsión de éxito es la percepción que se tiene de que podemos hacer lo que se nos plantea, una percepción adelantada (pre-visión) de que podemos lograrlo. Para ello hace falta ver clara la meta a conseguir y, junto al grado de dificultad, percibirla como asequible. El “no puedo” surge al pensar que las metas sobrepasan nuestras capacidades o porque se cuenta con una baja autoestima o una voluntad poco ejercitada en el esfuerzo.

Veamos ahora los incentivos. El esfuerzo que se realiza para conseguir una meta debe ser reforzado para que se mantenga hasta el final. Aquí suelen entrar en juego los incentivos o gratificaciones convertidos en refuerzos de conducta. Como nos enseño el conductismo, estos pueden ser positivos (premio) o pueden ser negativos (castigo); sin embargo sabemos que tienen un efecto motivacional más duradero y profundo los refuerzos positivos que los negativos. A este respecto es de gran importancia la valoración justa y reconocedora del esfuerzo realizado por el educando. Suele decirse en el mundo educativo que “lo que no se evalúa se devalúa”. Conductas que no se valoran terminan por extinguirse.

Pero hablemos más despacio de premios y castigos. A través de ellos se busca modelar las conductas y e ir configurando el sentido de la responsabilidad, puesto que esta no es sino la toma de conciencia de que las acciones tienen unas consecuencias que hay que asumir como propias.

Ambos recursos, sin embargo, han de ser administrados con claro criterio educativo, por lo que les dedicaremos algunas reflexiones más en las próximas entregas. 

      (Publicado en el semanario La Verdad el 1 de diciembre de 2023)


lunes, 27 de noviembre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (86)

EDUCAR EN LA FORTALEZA PARA SER LIBRES


    No es más libre quien sólo actúa cuando “tiene ganas”, sino el que consigue superar sus limitaciones. La libertad en su sentido más profundo consiste en disponer de sí mismo para el bien. Así entendida, no constituye tan sólo una meta, sino también un camino, por lo demás no siempre fácil. No se trata sólo de querer, sino de saber querer, de perseverar, de llegar a ser dueño de uno mismo y de optar por el bien.

    La libertad no se corresponde con la espontaneidad del capricho o de la arbitrariedad, o con la improvisación. Hacer lo que apetece por sistema es en realidad quedar a merced de estímulos sobre cuyo origen no se ejerce dominio alguno. El comportamiento en esos casos resulta evidentemente empobrecido, lastrado por el conformismo, la falta de iniciativa y de creatividad o el borreguismo consumista. La soltura del atleta que consigue sacar el máximo partido de sus posibilidades físicas y psicológicas es fruto de un laborioso entrenamiento, de una tenaz ascesis que ha hecho posible para él lo que para otros resulta inalcanzable. Es la suya una libertad conquistada y valiosa.

    Lo “natural” para el ser humano es que sus decisiones y elecciones sean fruto de su reflexión, que asuma con responsabilidad unos actos de los que efectivamente es dueño, que aporte novedades y acciones valiosas. En muchos casos el llamado “fracaso escolar” –mejor sería decir “educativo”- tiene que ver con la desgana, la incapacidad para asumir un horario regular de trabajo, para revisar los propios métodos de estudio, para terminar con esmero y puntualidad las tareas emprendidas, para encajar el contratiempo inesperado, para colaborar con otras personas, para proponerse metas de excelencia. Todo esto tiene que ver con la voluntad y en definitiva responde a problemas de inconstancia, de falta de resiliencia y de fortaleza moral.

    Por eso es preciso formar en el niño y en el adolescente la capacidad de acometer retos y de culminar lo que se emprende, de no venirse abajo si se aplaza la recompensa, de asumir vínculos que puedan comprometer a largo plazo, de superarse a sí mismo, de actuar con honestidad y espíritu de servicio. 

    Todo ello implica un voluntario esfuerzo por superar las propias limitaciones y por orientar la propia vida hacia un horizonte de plenitud. Resulta fundamental en la formación de una personalidad rica en valores humanos, pero no es fácil, y el educador ha de saber manejar de manera adecuada la motivación, la paciencia y los incentivos que ayuden a los hijos y a los alumnos a iniciar y mantener su esfuerzo en esta ardua tarea educativa.

    Por desgracia, en algunos ámbitos escolares existe la tendencia a entender que el educando ha de aprender sin esfuerzo alguno. Se pretende acercar así la actividad escolar a las apetencias más espontáneas de los alumnos, excluyendo (con estrategias que pretenden ser “no directivas”) lo que se aparta de las mismas, con lo cual, se consigue divertirlos, pero difícilmente se consigue que aprendan; y al final... acaban también aburriéndose.

    No podemos eludir la necesidad de fortalecer la voluntad de nuestros hijos y alumnos si buscamos ayudarles en el desarrollo de su personalidad y su carácter. Esto nos llevará a reflexionar, entre otras cosas, sobre la conveniencia y oportunidad de los premios y la necesidad de corregir.

       (Publicado en el semanario La Verdad el 24 de noviembre de 2023)

domingo, 19 de noviembre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (85)

SABER MANDAR CON ENTEREZA (y III)

 


Calma, energía y entereza en el ejercicio de la autoridad al educar, venimos diciendo. La entereza implica serenidad, un dominio de las propias emociones para pensar y decidir con tranquilidad, sin perder el norte. 

La firmeza puede exigir en ocasiones renunciar al placer de sentirse amado. El educador debe amar, indispensablemente; pero nunca mendigar el cariño de los niños o jóvenes. Hace falta entereza para soportar con serenidad posibles vacíos afectivos de parte del educando -porque a nadie le agrada demasiado que le corrijan, admitámoslo-, e incluso el rencor momentáneo que se suscita en ellos al corregirles o denegarles alguna cosa. Pero a la larga el niño terminará admirando la rectitud del educador que supo hacer lo que debía con abnegación, respeto y paciencia. Acabará reconociendo que este no buscaba ser alabado o incluso correspondido, sino el crecimiento y superación personal del educando; su bien, en definitiva.

Es necesario procurar ponerse en el lugar del hijo o alumno para intentar comprender cómo se siente y lo que de verdad necesita. “¿Cómo me hubiera sentado a mí si me dicen esto así?...” Ello nos ayudará a buscar una forma más “humana” y prudente en el trato, aunque no por ello, necesariamente, más “blanda”.

Seguro que algunas veces meteremos la pata, por exceso o por defecto. No dejemos de pedir perdón si hemos hecho daño al corregir o al ordenar (o al no hacerlo), y procuremos dejar claro el criterio e intentarlo de nuevo una y otra vez. No se pierde con ello autoridad; al contrario, quedará bien claro que no actuamos por quedar bien nosotros, o por imponernos, sino porque buscamos el bien, lo justo, lo más conveniente.

Importante: es verdad que el educador ha de cultivar determinadas actitudes y valores humanos para dar ejemplo. No puede decir una cosa o pedirla a los demás si luego él mismo no la hace vida propia. Pero no hay que esperar a “ser perfecto” para orientar y exigir educando. Primero, porque nunca llegaremos a la perfección, y si esperamos a ser excelentes en aquello que pedimos o exigimos a otros, acabaremos por no mandar nada debido a nuestros fallos o limitaciones. Pensaremos, por ejemplo, que no debemos pedir a nuestros hijos o alumnos que sean ordenados si nosotros no conseguimos serlo. Pero no se trata de ser perfectos, sino de no cansarse nunca de luchar por llegar a serlo, de no rendirse aspirando a mejorar en nuestros defectos y limitaciones (el desorden en este caso). Si ellos nos ven intentarlo una y otra vez, aunque nos cueste, entenderán que el orden es algo importante.

El educador sólo podrá esperar de los niños y los jóvenes lo que a diario se esfuerza por conquistar sobre sí mismo. No porque haya triunfado sobre sus defectos, sino porque no se cansa de luchar para vencerlos. Ese no rendirse es ya el mejor ejemplo. Se trata de una “lucha” consigo mismo, de intentar superarse. Es el arte de volver a empezar, de no cansarse nuca de estar empezando siempre, sin perder el buen humor y la paciencia. 

Además, estas limitaciones propias, reconocidas pero combatidas, pueden ser un privilegiado medio para comprender y acompañar y a los hijos o alumnos en sus reticencias, dificultades o cansancios. Se trata de “luchar” junto a ellos. No tanto de ser “admirable” cuanto, sobre todo, de ser imitable.

  (Publicado en el semanario La Verdad el 17 de noviembre de 2023)