miércoles, 12 de febrero de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (129)

“APUNTA ALTO, TRABAJA DURO”. 

EL ÉXITO EDUCATIVO DE ESTONIA (y III)

 


Muchos indicadores revelan que Estonia 'cree' de verdad en la educación. Tras escapar del yugo soviético, este pequeño país, partiendo de una situación social y económica muy adversa, apostó por la digitalización y por la mejora del sistema educativo, centrándose en tres asuntos principales: 1) que las leyes educativas fueran realistas y eficaces, 2) la reforma de los currículos para centrarlos en lo esencial y 3) la formación del profesorado.

Ya el primer Informe McKinsey, de 2007 (“Cómo hacen los sistemas educativos con mejor desempeño del mundo para alcanzar sus objetivos”), apuntó a que la calidad de un sistema educativo depende sobre todo de la calidad del profesorado. Estonia es un buen ejemplo de ello. Formar excelentes profesores es asegurar la excelencia del sistema.

Los profesores estonios son preparados para desarrollar el pensamiento analítico y crítico de los alumnos, así como el pensamiento sistémico, la comprensión global y la capacidad de tomar decisiones éticas. La ética, en particular, se está convirtiendo en un aspecto fundamental en un entorno rico en tecnología como el que se ha instaurado en Estonia. Un objetivo fundamental en todas sus escuelas es el desarrollo de esta “habilidad”.  Con otras palabras, asumir la virtud de la prudencia como objetivo educativo básico.

Desde la época soviética había escuelas que enseñaban en ruso, pero los datos demuestran que la inmersión obligatoria en una lengua no materna en comunidades bilingües perjudica el aprendizaje. Esto se ha convertido en una prioridad para las autoridades educativas, porque no hablar con fluidez estonio, la lengua común, está siendo un obstáculo para el rendimiento de los estudiantes y para su futuro. Por ello se está intensificando el aprendizaje de la gramática y el uso vehicular de la lengua estonia.

Como contraste, frente a un sistema que ha asumido como lema “Apunta alto, trabaja duro” -es decir, aspiremos a la excelencia y valoremos el esfuerzo en el aprendizaje-, Gregorio Luri, ante la tendencia observada en sucesivos informes PISA, lamentaba que “nuestro sistema (el español) genera más deficiencia que excelencia, desde 2009 los alumnos excelentes están disminuyendo y los más rezagados, aumentando. Un 28%, es decir, casi un tercio, están en las franjas de abajo, y un 5% en las franjas de arriba”. 

        Lamentaba también Luri que “los docentes sufren una carga burocrática absurda” en nuestro país. El afán controlador de las administraciones educativas, impulsado por el actual marco legislativo, obliga al profesorado a dedicar casi la mitad de su horario efectivo a un papeleo atosigante. 

        Si a esto se añade la avidez política por adoctrinar ideológicamente al alumnado se comprende también lo que afirma el profesor navarro: “¿Dónde está la clave del éxito educativo? , le pregunté a un político de Singapur. Me contestó: 'En que cada docente sepa en cada momento por qué hace lo que hace'. Parece obvio, pero no lo es. A un profesor coreano le pregunté lo mismo y me dijo: 'Si un alumno en Corea presenta deficiencias de comprensión lectora (el 8% de los alumnos de 15 años) concluimos que su instrucción ha sido deficiente. Mientras, en España (donde se da un 20% ), lo enviáis al psicólogo'. Es decir, cuando hay problemas echamos balones fuera”, concluye. Sin embargo, añade, en España hallamos notables excepciones; nos fijamos mucho en otros países: “No hay que ir a Finlandia, que hoy es un juguete roto, sino a Soria, Valladolid y Burgos…”

(Publicado en el semanario La Verdad el 7 de febrero de 2025)

lunes, 3 de febrero de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (128)

«APUNTA ALTO. TRABAJA DURO»: EL ÉXITO EDUCATIVO DE ESTONIA (II)

 


            El éxito escolar de Estonia ha llamado la atención de los expertos. Contrasta con el tono mediocre instalado mayoritariamente en los países de la OCDE, sobre todo en los sistemas educativos de Occidente, entre los que se encuentra el español. De ahí que nos detengamos en destacar algunas claves que marcan esta diferencia.  

           En Estonia no se pierde el tiempo discutiendo si hay que centrarse en los contenidos o en las competencias. Se apuesta por ambos tipos de conocimiento sin detrimento de ninguno. El currículo nacional establece competencias generales que los niños deben adquirir a determinadas edades, como habilidades matemáticas específicas, junto con competencias sociales y digitales generales. 

Hay alrededor de un 10 por ciento de escuelas concertadas. Estas reciben la misma asignación que otras escuelas para sus gastos, pero además los padres pueden aportar recursos hasta cierto nivel. Pueden tener una orientación especial o una pedagogía diferente y son apreciadas por ofrecer alternativas, que sirven de estímulo general. Todos suman.

El plan de estudios común es exigente. La autonomía organizativa y curricular de los centros (profesorado, directores, familias) es moderada por la existencia de pruebas diagnósticas después de cuarto y séptimo grado, y de exámenes nacionales obligatorios después del noveno. Tras el Bachillerato, hay una reválida, básica para la admisión a la Universidad.

Estonia apostó por la digitalización a todos los niveles cuando logró su independencia de la URSS. Sin embargo, el plan de estudios no prescribe metodologías ni herramientas específicas, como ChatGPT u otras, para alcanzar estas competencias. La decisión sobre cómo integrar estas tecnologías en el aula se deja al criterio de los profesores.

Como en la mayoría de los países europeos, Estonia tiene escasez de profesores. La población está disminuyendo lentamente y los salarios de los profesores no podían ser muy elevados, por lo que era difícil atraer a los mejores estudiantes y contratar más y mejores maestros. Sin embargo, ser maestro ha sido visto históricamente como una contribución esencial a la nación y las autoridades se propusieron hace una década invertir esfuerzos en la calidad de la formación del profesorado y en que crezca aún más la consideración social hacia su desempeño. 

Esta formación sigue pautas tradicionales, apostando por lo esencial: rigor en el conocimiento de las distintas áreas de conocimiento y en competencias didácticas para hacer más eficaz y significativo el aprendizaje. El modelo curricular estonio hace hincapié en la autonomía de los profesores y en su alta cualificación. Por puro sentido común se ha dejado al margen toda contaminación ideológica. 

Confiar en los profesores implica darles autonomía pero también dotarles de las competencias y conocimientos necesarios. Se da más importancia a la formación del profesorado en competencias digitales en lugar de imponer a las escuelas instrucciones de arriba abajo sobre las herramientas digitales. Este enfoque garantiza que los profesores también sean responsables y estén bien preparados para usarlas de forma eficaz.

            Y no es de poca importancia otro matiz: Las herramientas digitales y la IA se utilizan para liberarlos en lo posible de las tareas rutinarias y administrativas. Las autoridades tienen muy claro que la burocracia no puede asfixiar ni distraer al maestro de su tarea principal: la transmisión eficaz de conocimientos y el apoyo al esfuerzo del alumnado. 

(Publicado en el semanario La Verdad el 31 de enero de 2025)

sábado, 25 de enero de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (127)

 «APUNTA ALTO. TRABAJA DURO»:  EL ÉXITO EDUCATIVO       DE ESTONIA (I) 

                  

El sistema educativo español, lastrado por una clara ideologización y un igualitarismo engañoso, se ha sumergido en los últimos tiempos en la mediocridad, como atestiguan los informes internacionales. Estonia, en cambio, ha ido escalando hasta el tercer puesto en PISA 2022, tras China y Singapur, y es el país de la OCDE en el que el origen socioeconómico de los estudiantes tiene menos impacto en su rendimiento. Por ello quizás sea ilustrativo destacar las claves que inspiran y mueven la educación en el pequeño país báltico.

Estonia es un ejemplo de cómo, sin disponer de elevados presupuestos, se puede mejorar si se acierta con las verdaderas claves, empezando por la explícita voluntad de mejora y la aplicación de medidas consecuentes. 

Pues bien, lo primero ha sido impulsar un entusiasmo compartido. Se ha establecido un lema que impulsa e impregna el sistema educativo: «Apunta alto. Trabaja duro». Con otras palabras, Buscar la excelencia y apostar por el esfuerzo.

    Sus prioridades han llevado este espíritu a las leyes educativas, a los currículos y a la formación del profesorado, dejando fuera toda pretensión ideológica. Se trata en el fondo de invertir en el potencial humano, de exigir a los alumnos mediante la actitud, exigente también, de un profesorado moral y socialmente prestigiado.

Educar a las personas ha sido la clave del éxito en Estonia. Tras librarse de la ocupación soviética y partiendo de una situación económica precaria, apostó por la educación. La nación cuenta con una arraigada historia en la que las escuelas son el núcleo en torno al cual se desarrollan las comunidades. El sistema educativo ha evolucionado a partir de un planteamiento de base comunitaria, a diferencia de muchos países en los que el Estado ha sido el principal artífice. 

En Estonia, «enseñanza centrada en el alumno» significa que los alumnos reciben la educación más eficaz posible. Las responsabilidades educativas no emanan del poder del Estado sino de las pequeñas comunidades locales y regionales; las decisiones se toman lo más cerca posible de los estudiantes. Lo que el profesor pueda decidir en materia educativa debe ser decidido por él, como la compra de libros o el recurso a la tecnología o a la inteligencia artificial. Otras decisiones recaen en el director, luego en las autoridades locales, después en la región y finalmente en el Estado. Las decisiones concretas se toman predominantemente de abajo a arriba, en lugar de ser dictadas desde el poder central. Este enfoque permite a los educadores adaptar los métodos y herramientas pedagógicos a sus necesidades específicas en lugar de esperar las órdenes y los recursos del ministerio. 

Las metas están determinadas por un ambicioso plan de estudios y por los niveles de exigencia compartidos por el profesorado y las familias: «Apunta alto. Trabaja duro»... El currículo es explícito en requerir que los padres apoyen el aprendizaje de sus hijos. El nivel general viene dado por dos pruebas de nivel en 4º y 7º curso y por exámenes nacionales al acabar el 9º y Bachillerato.

La transformación tecnológica ha tenido un importante papel, pero siempre en función de las personas y de las decisiones del profesorado, no de la planificación estatal, que se rehúye por sistema, sobre todo tras la experiencia de los años bajo la ocupación soviética. 

(Publicado en el semanario La Verdad el 24 de enero de 2025)

sábado, 18 de enero de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (126)

¿POSTEDUCACIÓN?


 vidajustaparatodos – "La justicia es el pan del pueblo; siempre está  hambriento de ella." René de Chateaubriand


La crisis de la educación de la que se habla por doquier, aunque abarca diversos aspectos, ha venido de la mano de una política educativa dominada por una visión igualitarista, economicista, utilitarista y cortoplacista, que no valora ni el conocimiento ni propiamente al alumno mismo. Sus principios y finalidades declaradas son la igualdad y la cohesión social para responder a las demandas del tiempo presente; pero en este contexto la educación se ha convertido de hecho en una herramienta de transformación social en manos del Estado para conformar comportamientos sociales masificados, predecibles y manejables. 

Previamente se ha decidido que educar es tarea del Estado y no tanto de los padres. Se ve como ingrediente de la sociedad del bienestar y como un servicio del Estado a los contribuyentes: los padres pagan sus impuestos y el Estado educa a sus hijos; silenciando que esto acaece obviamente según la ideología del legislador y del gobernante. En España esta concepción está claramente expresada en la Ley Orgánica del Derecho a la Educación (LODE) de 1985, y ha ido cuajando en los criterios del legislador y de las administraciones educativas hasta hoy. 

Por otra parte, cada vez más, y a falta de programas inspirados por principios de entidad, las autoridades políticas pretenden aumentar su popularidad entre los votantes ofreciendo una educación que no exija grandes esfuerzos a los alumnos. Se propicia el aprobado prácticamente automático y se mezcla lo supuestamente democrático con la idea de que el Estado debe regalar a los ciudadanos lo que estos reclaman. La educación ya no propicia la adquisición de conocimiento y la maduración mediante el esfuerzo personal del alumno. El resultado es una mediocridad progresiva.

Nuestros políticos han politizado la educación impulsados por los imperativos del igualitarismo y el utilitarismo. Desde hace cuatro décadas se han dedicado a imponer -unos- o a asumir -los otros- el igualitarismo, el café con leche para todos -te guste cómo lo preparo yo o no-: el modelo de una escuela única, pública, laica, revolucionaria, feminista… Y bajo la mirada utilitarista, la educación se ha convertido en una herramienta, bien al servicio del sistema económico, bien de las ideologías en pugna (de una de ellas, más bien). 

Y así, paradójicamente, politizando la escuela, el Estado pierde legitimidad como garante de la enseñanza pública, esa con la que en principio pretende atender a todos y que dice querer reforzar. El afán de control es prioritario. Existe un serio miedo a la libertad y a la responsabilidad personal y se asfixia la iniciativa social. Se ha fabricado un gigantesco “lecho de Procusto” para que todos vengan a ser labrados según el mismo molde. Según el mito griego, Procusto era un bandido que tenía una posada donde ofrecía alojamiento al viajero solitario. Allí lo invitaba a tumbarse en una cama de hierro donde lo inmovilizaba. Si la estatura de víctima era más larga que la cama, aserraba las partes del cuerpo que sobresalían. Si era de menor longitud, lo estiraba y descoyuntaba hasta hacerlo coincidir con las medidas del lecho.

En el ámbito científico y en el de la comunicación esto acontece cuando, despreciando la verdad, se deforman los datos reales para adaptarlos a la hipótesis o al relato previos. Algunos sostienen que quizás habría que hablar, no solo de una época de posverdad, sino también de posteducación.


(Publicado en el semanario La Verdad el 17 de enero de 2025)

 

viernes, 10 de enero de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (125)

EXIGENCIA Y AUTORIDAD AL EDUCAR

 

En nuestra sociedad del bienestar se cree a menudo que el alumno debe ser educado como si estuviera sentado cómodamente en un sillón frente a una pantalla que le ofrece estímulos agradables. Pues bien, Estonia obtuvo el tercer lugar en las pruebas PISA 2022 -solo por detrás de China y Singapur-. En el pequeño país báltico el lema del sistema educativo es:  "Apunta alto. Trabaja duro".

En otra ocasión hablaremos con más detalle del sistema educativo estonio. Hoy vamos a incidir en que exigencia y autoridad son esenciales en todo educador, en línea con lo que venimos diciendo. Y no está de más repetir que no se trata de ser duro ni inflexible.

La autoridad -autoridad moral, no mero poder o coacción- es la seguridad y la certeza que transmite una persona cuando obra rectamente, pone lo mejor de sí misma y se hace digna de confianza para otras. Es el ascendiente que acompaña al educador, al médico, al buen político, al amigo verdadero. No se impone por la fuerza, sino por el saber, la coherencia y la generosidad. Su manera de ser y de tratar invita a escucharle, a hacerle caso. Y así suscita la confianza y el seguimiento. Solo desde la autoridad moral se puede presentar la exigencia de “apuntar alto” y “trabajar duro”.

Por parte del educador la autoridad se traduce en serenidad, firmeza, estabilidad, paciencia y coherencia. Verle entusiasmado, seguro de sí mismo y de lo que hace, contagia. No convence ni se impone por sus palabras, sino por su manera de ser… que se traduce en sus palabras. La exigencia ha de venir avalada por la autoridad moral, por la coherencia entre lo que enseña y lo que vive el educador.

Es ineficaz e incluso contraproducente exigir al hijo o al alumno cosas que el educador no hace ni valora; por ejemplo, pedirle que sea ordenado en sus cosas o en su distribución del tiempo y luego no esforzarse uno mismo por ser ordenado en las propias cosas o en los tiempos. Al educar, la exigencia no ha de ser solo “hacia el otro”. El educador, primero, ha de exigirse a sí mismo.

La intervención educativa es contraproducente cuando, según los propios estados de ánimo, se es exigente a veces y a veces se es sentimental y permisivo; es decir, cuando faltan la constancia o el equilibrio sobre los que bascula la coherencia personal. El hijo o el alumno necesita que sus educadores no actúen desde sus estados de ánimo, prisas, temores o culpabilidades, porque esto los lleva a ser a veces muy duros y a veces demasiado indulgentes y blandos, y eso confunde y genera desconfianza. Aquél acaba pensando que la actitud del educador es un abuso de poder caprichoso o una venganza y, en el fondo, una forma de debilidad. Por la misma razón, tampoco se es eficaz cuando, al intervenir varios educadores (padre, madre, diversos profesores), unos son exigentes y otros son permisivos. Tanto en el colegio como en la familia el norte ha de estar en el mismo sitio.

Sin constancia, sin estabilidad, sin coherencia, la autoridad se desvanece y la exigencia se convierte en coacción. Por ejemplo, el educador nunca debe corregir a un niño o a un joven cuando está enfadado, porque puede caer en la desproporción, en nociva agresividad. Y eso no educa. Mejor corregir desde la calma por ambas partes.

(Publicado en el semanario La Verdad el 10 de enero de 2025)

 

domingo, 22 de diciembre de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (124)

SABER EXIGIR PARA EDUCAR: “SACAR DE TI TU MEJOR TÚ”



Venimos diciendo que el amor que educa conlleva exigir, porque se busca “el mejor yo” del otro. Una de las principales razones de ello es que la naturaleza humana presenta una querencia desordenada hacia lo fácil, lo cómodo, el egoísmo… Y un buen educador, maestro o padre, no debe pasar esto por alto, ha de fomentar la resiliencia, la fortaleza moral y de ánimo, la paciencia y la constancia en sus educandos. En educación exigir es ayudar. Y más en una cultura que exalta el amor indoloro, que no asume implicaciones ni responsabilidades, que vive en el emotivismo y el inmediatismo; infantilizada en muchos sentidos.

Pero también venimos insistiendo en que la exigencia sin más no es adecuada; ha de ser amorosa, estimulante, comprensiva. Exigencia y ternura, firmeza y cariño han de aplicarse simultáneamente y con coherencia. El amor aspira a fomentar lo mejor en la persona amada, y por ello no puede conformarse con un comportamiento o un nivel de expectativas mediocre, ha de ser exigente. Pero a su vez la exigencia ha de ir acompañada de amor, de afecto, de paciencia. La exigencia sin amor -el rigorismo- o la ternura sin exigencia -permisividad- hacen de la actividad educativa una aplicación inadecuada, bien por falta de afecto, bien por falta de firmeza. Con el rigor excesivo se propicia el desaliento en el educando; con la permisividad no se establecen normas de conducta y tampoco se corrige la conducta inadecuada. 

La exigencia implica altas aspiraciones, propuesta de ideales. Los clásicos hablaban de magnanimidad, de la tensión del ánimo hacia grandes cosas. Pero luego ha de traducirse en incidencias, en actitudes y comportamientos concretos: cumplimiento de obligaciones, puntualidad, orden de cosas (por ejemplo en su habitación, en los materiales escolares…) y en la organización del tiempo mediante un horario diario y semanal para organizar las actividades, incluido el tiempo libre y el ejercicio físico; colaborar en las tareas de la casa, atender en clase, realizar con prontitud y esmero los deberes escolares, manejo adecuado del dinero y cuidado de las cosas que se poseen, saber comportarse y tratar a las personas, moderar el lenguaje…

También es muy importante que el niño y el joven se paren a reflexionar acerca de lo que han hecho y de lo que se disponen a hacer, pidiendo consejo al respecto a sus educadores (padres, profesores…) Con terminología escolar: evaluar, examinarse. Porque, en educación y en la vida, “lo que no se evalúa, se devalúa”. Es muy importante saber qué se ha hecho mal, y a qué se ha debido, para no volver a caer en lo mismo. Y a la recíproca, saber que se han hecho bien las cosas y felicitarse (y felicitarle) por ello, ya que esto genera gozo, refuerza la obra bien hecha y asienta criterios de comportamiento adecuado.

Pero el educador ha de exigirse también a sí mismo, luchando por superar los propios defectos, aunque uno caiga, pero sin rendirse; y mostrar así al educando con la propia vida y el ejemplo alegre que el bien ha de orientar siempre el comportamiento. Educamos más por lo que hacemos y por cómo lo hacemos, que por lo que decimos.

(Publicado en el semanario La Verdad el 20 de diciembre de 2024)

 

jueves, 19 de diciembre de 2024

UNA REFLEXIÓN CRISTIANA SOBRE EL TRABAJO HUMANO

Jesús trabajando en el taller. 

Escultura de Joan Matamala, según diseño de Antoni Gaudí.

Fachada del Nacimiento. Basílica de la Sagrada Familia.

 

El trabajo presenta un aspecto técnico, por aquellos bienes que produce. Pero también un aspecto subjetivo o moral: es la dignidad que el trabajo tiene precisamente por ser expresión de la persona humana, y a través de la cual se perfecciona, presta un servicio a los demás y contribuye al progreso y mejora de cuanto le rodea. 

La encíclica Laborem exercens de S. Juan Pablo II, resaltaba la dimensión subjetiva del trabajo: 

“El fundamento para determinar el valor del trabajo humano no es en primer lugar el tipo de trabajo que se realiza, sino el hecho de que quien lo ejecuta es una persona. Las fuentes de la dignidad del trabajo deben buscarse principalmente no en su dimensión objetiva, sino en su dimensión subjetiva... El primer fundamento del valor del trabajo es el hombre mismo, su sujeto.” (n. 6) 

El trabajo, en efecto, en cuanto hacer humano, ostenta un doble valor, como apuntaba Juan Pablo II:el de los productos a los que da lugar, que es su valor objetivo, y el valor de aquello que la persona pone de sí misma, el valor moral, la dimensión subjetiva y trascendente del trabajo. La persona es siempre más que lo que hace, no se agota como tal en sus acciones, pero se expresa por ellas, y se eleva o decae moralmente por lo que en ellas pone de sí mismo. El trabajo se convierte así en efusión de la persona, en “creación” humana. Al asumir esta perspectiva, antepone la dimensión moral del trabajo a la dimensión técnica y económica.

De esta forma, la actividad en apariencia más insignificante puede tener el mayor valor si quien la realiza, convirtiéndola en amor que busca el bien de las personas, la transmuta en autodonación e incluso en redención. El hombre trabaja para cuidar de sí mismo y de los suyos, a los que se sabe vinculado con lazos de responsabilidad y de afecto. Cuando el trabajo se realiza honestamente, buscando el bien de otras personas, es una forma de amor auténtico y concreto.

Sin embargo, el trabajo deshumaniza cuando el hombre es reducido en él a la condición de cosa o de mero instrumento, bien por decisión ajena, bien por voluntad propia. Y también, correlativamente, cuando el trabajo se convierte en un fin último, en un ídolo, o en medio para satisfacer intereses egoístas.

La dignidad es el valor que reconocemos en alguien –en las personas- porque es único, irrepetible, e insustituible. La dignidad es la más alta forma de valor. Por eso decimos que un ser humano no es simplemente “algo” sino “alguien”. Una persona no tiene precio, tiene valor en sí misma, dignidad. Cuando a una persona se le pone un precio –y se la convierte en mercancía que se compra y se vende- estamos haciendo una injusticia; la estamos reduciendo a la condición de objeto, de cosa, más o menos útil, más o menos agradable según los intereses de otros o de las circunstancias. 

Pero hay dos tipos fundamentales de dignidad: 

1) La dignidad ontológica o intrínseca, la que poseen los seres humanos por el simple hecho de ser personasToda persona es digna; tiene dignidad personal, sea como sea, y haga lo que haga. Y por eso una persona sigue siendo digna cuando está enferma y no se puede valer por sí misma, o cuando tiene un accidente que le impide hacer algunas cosas... Todas las personas, sólo por ser personas, tienen la misma dignidad (ontológica). Es el tipo de dignidad del que veníamos hablando hasta ahora.

2) Hay sin embargo un segundo tipo de dignidad, que depende de lo que nos merecemos por nuestra conducta. Hablamos entonces de dignidad merecida o adquirida o, también, de dignidad moral. Es el valor que adquiere una persona como fruto de sus acciones morales, de sus actitudes y sus pensamientos. A esto se refiere Cervantes cuando hace decir a Don Quijote que “cada uno es hijo de sus obras” (contraponiendo la “hidalguía o nobleza moral”, que es la verdadera, frente a la “hidalguía o nobleza de sangre”).

Podemos, según esto, ser más o menos dignos moralmente. Una persona digna moralmente es aquella en la que las virtudes van definiendo su manera de ser y de actuar, su personalidad. Hablamos entonces de una persona honrada, justa, recta, buena, equilibrada, amable, prudente, leal, valiente... Una persona indigna moralmente es aquella en la que sus acciones indignas, sus vicios, van definiendo su personalidad. Y entonces hablamos de personas: deshonestas, injustas, malas, egoístas, retorcidas, cínicas, traidoras, vengativas, etc. 

Obviamente, por su modo de realizar su trabajo, el ser humano puede aumentar o perder su dignidad moral. El trabajo está llamado a ser fuente de virtudes humanas (abnegación, servicialidad, responsabilidad, prudencia, solidaridad, paciencia, creatividad, justicia, etc.) Lo que lo hace más valioso es su hondo significado humano, ya que puede hacerse amor tangible. Mediante su trabajo el hombre “rescata de la muerte” lo que ama, lo llena de trascendencia y de sentido. “Mediante el trabajo trata el hombre de preservar lo que le parece digno de no morir.” (R. Buttiglione)

Esto incluye lo estrictamente moral (el servicio a los demás, el deseo de ayudar, cuidar y compadecer mediante el ejercicio de la profesión, etc.), pero incluye así mismo, la perfección y el esmero técnico -el trabajo bien hecho-, que forma parte de la virtud de la laboriosidad, que es una forma de justicia.

El trabajo no es negativo en sí mismo (la etimología de la palabra “trabajo”, derivada de “tripalium”, evoca un instrumento de tortura en el mundo romano) ni es un castigo divino. En la narración del Génesis el trabajo es anterior a la fatiga y el dolor, que son consecuencia del pecado y no del trabajo como tal. En el principio, antes de que el pecado se produjera, Dios había puesto al hombre en el Jardín –el mundo- para que lo trabajara (Gén. 2, 15), la tierra fue confiada al cuidado del hombre. El pecado humano es el que provocó que el trabajo conlleve fatiga, alienación y hostilidad, junto con la debilidad y el desorden sobrevenidos a la naturaleza humana. Desde ese momento el mundo y el trabajo dejaron de ser lugar de encuentro cotidiano y habitual con Dios, porque el hombre buscó en ellos su autosuficiencia.

Pero Dios “crea de nuevo todas las cosas” en el acontecimiento redentor; el Verbo asumió la condición humana y se hizo “hijo del carpintero”, mostrando así el valor redentor de las obligaciones cotidianas. Es significativo que la Encarnación pase por un modesto taller de artesano: “...¿No es acaso el carpintero?” (Mc. 6,3), se preguntaban sus paisanos. Jesús de Nazaret no sólo anunció la cercanía de Dios. La realizaba ya con su trabajo.

El trabajo que una persona bautizada desempeña en unión con Cristo -que también fue un “hombre del trabajo”, como recordaba san Juan Pablo II-, aplicando sus capacidades, asumiendo sus responsabilidades ordinarias y sirviendo a sus semejantes, es su modo concreto de crecer en humanidad, de redimir el mundo y de santificarse. Más aún, como afirma el Concilio Vaticano II, “el cristiano que falta a sus obligaciones temporales falta a sus deberes con el prójimo; falta, sobre todo, a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación.” (G. Spes 43) 

Sí, un bautizado puede santificarse a través de su actividad laboral y profesional, de su trabajo, siendo un “buen trabajador”, que hace bien su trabajo, como una forma de servicio y de colaboración con Dios Creador y Redentor; y no sólo un trabajador “bueno”, que lo es porque, independientemente de su trabajo ordinario, desarrolla una vida de rezos y de piedad.