UNA ESCUELA ALTERNATIVA, CENTRADA EN LA PERSONA
Los resultados del sistema educativo español, señalados en las reflexiones anteriores a partir de los informes PISA, invitan a replantear el modelo de escuela. Una alternativa bien fundamentada requiere situar en el centro el crecimiento integral de la persona: no basta con transmitir conocimientos ni con formar para el éxito académico (aunque ni siquiera esto se contempla, al parecer); es preciso cultivar también las cualidades que permiten vivir y actuar con responsabilidad.
Frente al modelo de una “escuela única, pública, laica, feminista y woke”, cuyos resultados se ha comprobado que son lamentables, se requiere una escuela que vincule excelencia y ética. Entre otras referencias posibles destaca la obra de Thomas Lickona y Matthew Davidson, Smart & Good High Schools: Integrating Excellence and Ethics for Success in School, Work, and Beyond, publicada en 2005. Su planteamiento recupera una aspiración clásica de la educación: ayudar a los jóvenes a ser competentes y, al mismo tiempo, buenas personas.
Ambas metas son inseparables. La competencia sin orientación moral puede perjudicar a la sociedad; la honestidad sin preparación tampoco garantiza un buen servicio. Necesitamos médicos, abogados, maestros y profesionales que unan capacidad e integridad. Educar consiste, por tanto, en desarrollar conjuntamente la inteligencia -teórica y práctica-, el juicio moral y la disposición a obrar bien.
Desde esta perspectiva, el carácter no se reduce a «portarse bien». Comprende dos dimensiones interdependientes que deben fortalecerse de manera conjunta:
· Carácter moral: orienta las relaciones con los demás y permite actuar con justicia y respeto. Incluye la honestidad, la empatía y la responsabilidad social.
· Carácter personal o ejecutivo: sostiene la excelencia y el desarrollo del propio potencialmediante el esfuerzo, la perseverancia, la autodisciplina, la resiliencia y el cuidado de la calidad deltrabajo.
La primera dimensión ayuda a elegir fines justos; la segunda aporta las capacidades y los hábitos necesarios para alcanzarlos. Su integración evita separar la formación de la persona de su preparación para los estudios, el trabajo y la vida en común.
El desarrollo de las virtudes exige, además, atender a tres componentes esenciales:
1. Conocimiento moral: comprender qué es lo correcto y aprender a razonar sobre ello.
2. Sentimiento moral: cultivar la empatía, el deseo de hacer el bien y la motivación para actuar.
3. Acción moral: convertir los valores en conductas habituales y decisiones concretas.
Esta formación no debe quedar confinada a una asignatura. Ha de impregnar el ethos, es decir, la cultura cotidiana del centro: sus relaciones, sus prácticas y sus expectativas. La escuela se convierte así en una comunidad donde la exigencia académica está ligada al respeto mutuo y a la responsabilidad colectiva. Aprender a trabajar bien y aprender a convivir no son tareas rivales, sino expresiones de un mismo proyecto educativo.
No se trata de reproducir literalmente la propuesta mencionada, sino de recuperar lo esencial de la educación: formar personas capaces de tratarse a sí mismas y a los demás con respeto y cuidado, y de actuar con competencia e integridad. Una escuela verdaderamente centrada en la persona que ayude a niños y jóvenes a convertirse en hombres y mujeres en quienes se pueda confiar.
(Publicado en el semanario La Verdad el 5 de noviembre de 2026)




