“La Masonería es una institución filosófica, filantrópica y progresista a nivel internacional con alrededor de 300 años de antigüedad cuyo objetivo máximo es estimular el perfeccionamiento moral e intelectual de hombres y pueblos buscando obtener la fraternidad universal”. Así define la Gran Logia de España qué es la masonería.
Fundada en la efervescencia de ideas del siglo XVIII, su objetivo permanente pasa por la secularización de la sociedad mundial. Profesa un sentimiento cosmopolita, fraternal, filantrópico y humanista. En su doctrina se mezclan lo simbólico, lo filosófico y una religiosidad que se remonta a la antigüedad.
El sentimiento religioso masónico viene a ser un sincretismo coincidente con una religión universal, natural y deísta, cuyo Ser supremo no sería el Dios de la revelación sino el “Gran Arquitecto del Universo”, que pretende ser símbolo del Dios común a todas las religiones. Los masones no han de profesar una confesión religiosa concreta, pero sí han de practicar los principios éticos que constituyen la esencia de la religión natural.
Fue creada en 1711 por un grupo de pastores protestantes y anglicanos, partidarios de la casa de Hannover y hostiles a la Iglesia católica. La masonería o francmasonería moderna se precia de ser la continuadora de la “masonería operativa medieval”, si bien dice remontarse a personajes del Antiguo Testamento: Caín, Tubalcaín, Abraham, Moisés, Salomón, Hiram Abif… e incluso a seres diabólicos como Lucifer y Baphomet.
Imagen de Baphomet
Se argumenta que los hombres no somos capaces de alcanzar la verdad respecto de la persona, e incluso que dicha verdad no existe. La única verdad es la que se revela a los iniciados como fruto de su iniciación y crecimiento a lo largo de los grados de conocimiento y lealtad de la Orden. Los derechos humanos se presentan entonces como el resultado de procedimientos consensuados, que se renuevan indefinidamente: se convierte en una religión, la de los ‘nuevos derechos humanos’, que postula un desarrollo indefinido y sostenible culminante en la deificación del hombre mismo, convertido en autosuficiente.
Esta ideología, que rechaza el respaldo de un orden moral objetivo, se considera facultada, como ha dicho el filósofo judío Emmanuel Lévinas, para gobernar todo y a todos, y los nuevos derechos humanos así entendidos se convierten en una especie de “religión laica” incuestionable, que se justifica a sí misma y que podemos denominar humanitarismo y laicismo, cuyas “divinidades” paganas son poder, eficacia, riqueza, bienestar y saber. Los ricos, sabios y poderosos demuestran, gracias a su triunfo sobre los débiles, que están justificados para ejercer un papel mesiánico de liderazgo moral universal. Ellos, como los ingenieros de una nueva sociedad, diseñan el futuro mundo feliz. Las instituciones que hasta ahora han venido figurando como pantalla y correas de transmisión de la masonería, van dando paso a dos grandes Instituciones mundiales: La ONU y la Unión Europea.
Michel Schooyans, que ejerció como diplomático de la Santa Sede en la ONU, apunta con agudeza: “Esta ideología mesiánica y herméticamente laica, así como la moral del amo que le es inherente, exige que sus autores reprogramen a los demás hombres física y psicológicamente, su producción y su educación; para ello, habrá que utilizar el hedonismo latente. Habrá que alienar a las parejas, quitándoles toda responsabilidad en su comportamiento sexual. En suma, los tecnócratas médicos, piezas maestras de las fuerzas imperialistas, deberán ejercer un control total sobre la calidad y la cantidad de seres humanos.”
Tres son los frentes, sostiene Schooyans, a través de los cuales la nueva religión de la humanidad -muy cercana e incluso coincidente con la espiritualidad de la New Age- se va abriendo frente en la cultura y en la política: el ecologismo panteísta, el feminismo radical y el neomatusianismo antinatalista. En todos ellos se niega que exista una naturaleza humana, recibida y no construida por el hombre, depositaria y plasmación de un orden moral objetivo previo a la voluntad humana y que está por encima de ella.
Según M. Schooyans, “bajo el disfraz de una responsabilidad compartida, la ONU invita a los Estados a limitar su soberanía. De esta manera Naciones Unidas se presenta cada vez más como un Superestado mundial. Tiende a gobernar todas las dimensiones de la vida, del pensamiento y de las actividades humanas, ejerciendo un control cada vez más centralizado de la información y del conocimiento”. Tras el prestigio de la mayor Organización internacional del planeta se esconden poderosas redes de influencia, y frente a su vocación original de servir a la dignidad de toda persona humana se aprecian estrategias de poder de alcance mundial.
La minoría dominante, añade Schooyans, está constituida por personas con recursos que se sentirán halagadas al ser admitidas en grupos "informales" más o menos conocidos (como el grupo de Bilderberg, el foro de Davos (CFR), la Comisión Trilateral fundada por David Rockefeller o el Club de Roma) u otros menos fácilmente identificables. Esta minoría se arroga la misión de planificar y regentar el mundo y tiene bajo control a todo un cuerpo internacional de intelectuales, expertos, políticos y divulgadores.
En ausencia de un Estado de contornos visibles por el momento, en el marco de este imperialismo de clase -verdadera Plutocracia-, nadie sabe en realidad quién decide ni quién es el último responsable. El lenguaje y el mensaje es anónimo, pero se impone de manera incontrovertible, como un “pensamiento único” impuesto por la evolución y marcha de los tiempos.
Siguiendo las páginas de El País, sin ir muy lejos, un lector con adecuada formación, experto en los medios de información y alta dosis de sentido crítico, puede descubrir las maniobras, campañas de opinión pública o sucesivas decisiones que unos pocos, en la sombra, adoptan ante la pasividad de unos ciudadanos narcotizados, anestesiados.
De acuerdo con la leyenda rosa difundida con especial empeño por los masones, esta orden no sería una sociedad secreta, sino “discreta”, dedicada a obras filantrópicas y humanitarias y a elevar el nivel moral de sus integrantes y de la sociedad en general mediante el cultivo de la tolerancia y las manifestaciones de la bondad humana. Incomprensiblemente, afirman, habría sufrido la intolerancia agresiva de la Iglesia Católica, y hablando de España, el franquismo la habría visto, con notable paranoia, como un temible enemigo a perseguir ferozmente. Esta persecución que, en efecto, sufrió la masonería del franquismo se ha presentado como una prueba decisiva del carácter bondadoso, inofensivo y tolerante de una sociedad cuyos miembros se reconocen a sí mismos como “hijos de la luz” o “hijos de la Viuda”.
Sin embargo, la lógica más elemental permite ver enseguida la incoherencia entre estas pretensiones y otros rasgos conocidos de la orden, como por ejemplo su intolerancia laicista. Por ejemplo, también, sus juramentos rituales de no revelar jamás, bajo pena de muerte, los “misterios” de la sociedad testimonian una auténtica obsesión por el secretismo.
El efecto más destructivo del humanitarismo masónico estriba seguramente en hacer pensar que la fe en Cristo es estéril, incapaz de suscitar paz, ciencia, justicia, compasión, humanidad, solidaridad, vida. Que Dios -desde los remotos tiempos del Paraíso terrenal- es el enemigo del hombre, del conocimiento y de la libertad. Que la moral no tiene su fundamento en el creador de la naturaleza humana y es sólo un sentimiento de altruismo y de abstracto amor a la Humanidad con mayúscula. Que dicho amor al Hombre y a la Humanidad es más eficaz y progresista que la fe en el Dios de los cristianos.
PARA SABER MÁS:
- AYLLÓN, JOSÉ R.: El mundo de las ideologías. Homo Legens, Madrid, 2019.
- BÁRCENA, ALBERTO: Iglesia y Masonería. Las dos ciudades. San Román, Madrid, 2016
- GUERRA GÓMEZ, MANUEL: El árbol masónico. Trastienda y escaparate del Nuevo Orden Mundial. Digital Reasons, Madrid, 2017.
- SÁNCHEZ, JESÚS: El libro de los masones. La sabiduría prohibida. Amazon,2020.
JOSÉ RAMÓN AYLLÓN:
EL MUNDO DE LAS IDEOLOGÍAS. ILUSTRACIÓN Y MASONERÍA.
La madre de las ideologías fue la Ilustración francesa. Llamamos Ilustración a la gran corriente cultural del siglo XVIII en Europa y América. Su nombre expresa el deseo de ilustrar al pueblo llano. Si la ignorancia es aliada de la miseria y la opresión, conviene tomar muy en serio la educación de los niños y del pueblo en general. Sapere aude!, propone Kant. ¡Atrévete a saber! Este hermoso ideal se corrompió en Francia cuando un puñado de radicales incendió la política y quiso imponerlo por medio de una violencia incontrolada, hasta el punto de hacer de la guillotina el símbolo de su Revolución.
Antes de la Revolución Francesa, el afán educativo de la Ilustración produjo en Francia la Enciclopedia o Diccionario razonado de las artes, las ciencias y los oficios. Esta obra magna fue publicada en 28 tomos, entre 1751 y 1772, bajo la dirección de Diderot y d’Alembert. Pronto fue reproducida e imitada en toda Europa y América, con su marcada ambivalencia: excelente obra de referencia y máquina de guerra contra la religión; cruzada del conocimiento y gigantesco panfleto.
Los ilustrados franceses estimaron que su tarea reformadora requería eliminar un obstáculo previo: el cristianismo. No su ética de amor y fraternidad, sino su pretensión de verdad, su teología y la misma Iglesia. Después la luz de la Razón disiparía las grandes masas de sombra y superstición que cubrían la Tierra; la sociedad se ordenaría con un nuevo derecho, ante el que todos serían iguales, sin injustos privilegios históricos.
Los voluntarios que regresaban de la guerra de independencia de las 13 colonias americanas de Nueva Inglaterra, hablaban de un extraño país democrático donde no había rey, ni corte, ni aristocracia, tan solo ciudadanos y ciudadanas libres e iguales. Era la prueba de que resultaba posible lo que predicaban Rousseau, Diderot y Voltaire. Saltaba a la vista, sin embargo, una diferencia no pequeña: los americanos eran sinceramente cristianos. Así, unos y otros enarbolan la bandera de la libertad, la igualdad, los derechos humanos y la democracia, pero los franceses desatan además el terror de la guillotina y una sangrienta represión contra los católicos de La Vendée, mientras Napoleón siembra los campos de batalla de Europa con millones de cadáveres.
El optimismo vital es, sin duda, uno de los aspectos más atractivos de la Ilustración, y será alimentado, sobre todo, por Rousseau. Si sus antepasados calvinistas habían afirmado el dogma del pecado original, el defenderá la postura opuesta: la bondad original. Su fe en la naturaleza humana y en la perfectibilidad de la sociedad impresionó a sus contemporáneos y levantó una ola de simpatía en toda Europa. Por desgracia, las atrocidades del Terror revolucionario, entre 1793 y 1794, pusieron de manifiesto lo extravagante de su optimismo y borraron la fe en la bondad esencial del ser humano. Ni siquiera el gran apóstol de la idea de progreso, Condorcet, pudo evitar la guillotina.
En perfecta simbiosis con la Ilustración, la masonería. Nació como gremio medieval de albañiles en el siglo XII, pero en el XVIII se refundó como sociedad secreta para manejar en la sombra los hilos del poder. Sus numerosos adeptos en sectores intelectuales y aristocráticos crearán una poderosa red de influencias en toda Europa y América, medio fundamental para provocar las revoluciones liberales y los procesos de independencia de los virreinatos hispanos. Entre las fuentes para su estudio son indispensables las Constituciones de Anderson, aprobadas y publicadas en 1723. Sus páginas describen a una sociedad de élite, cerrada a las mujeres, cuyos vínculos están por encima de la familia, la religión y la patria.
La masonería era y es una sociedad compleja, mal conocida a causa de su secretismo, con enorme influencia en los cambios sociales y políticos de la modernidad. Asociación paradójica, de gentes que rechazan las iglesias católicas y se reúnen en capillas oscuras; de varones cultos que recurren a ritos y símbolos esotéricos, a veces satánicos; de liberales que fundan una secta, se integran en logias clandestinas y conspiran para cambiar la sociedad.
La relación entre la masonería y la Revolución Francesa fue más que estrecha, pues (dejando a ilustrados como Voltaire, Diderot, Dalambert, Helvetius…) fueron masones los principales revolucionarios: Mirabeau, Desmoulins, Marat, Danton, Robespierre, Sièyes, La Fayette, Rouget de Lisle, Felipe Libertad de Orleans, el doctor Guillotin, José Bonaparte… La historia muestra desde entonces la participación de los masones en numerosos procesos revolucionarios extraordinariamente cruentos e históricamente decisivos. La Revolución hizo patente la capacidad subversiva de la masonería tanto en Europa como en América. Masones fueron los líderes de la emancipación americana que acabaron con el imperio español: San Martín, Bolívar, O’Higgins, Brown…
Es muy curioso el caso del masón Simón Bolívar que, una vez en el poder, promulgó un decreto que proscribía “todas las sociedades o confraternidades secretas”: “Tanto en Colombia como en otras naciones, las sociedades secretas sirven especialmente para preparar los trastornos políticos, turbando la tranquilidad pública y el orden establecido; ocultando todas sus operaciones con el velo del misterio, hacen presumir fundamentalmente que no son buenas ni útiles a la sociedad.”
El peso de la masonería en los procesos del siglo XIX fue extraordinario. También lo ha sido, durante el XX, en los gobiernos de las principales democracias occidentales y en los regímenes presidencialistas de América. Esa enorme influencia se consigue, en gran medida, por medio de sociedades pantalla cuya estrecha vinculación con la masonería es cuidadosamente disimulada. Se trata de poderosas instituciones políticas, económicas y culturales, con amplia proyección internacional. Entre las que describe el historiador Ricardo de la Cierva: La Sociedad Fabiana y la London School of Economics, el Club Bilderberg, la Tabla Redonda, la Trilateral, el Royal Institute of International affairs, y el Council of Foreing Relations (CFR). En España, la Institución Libre de Enseñanza y su Residencia de Estudiantes, el Grupo PRISA y su diario El País.
El juicio de los Papas sobre la masonería es unánime. Estas explícitas palabras de León XIII lo resumen bien: “Resulta claro el último y principal de sus intentos, a saber: destruir hasta los fundamentos todo el orden religioso y civil establecido por el cristianismo, y levantar a su manera otro nuevo, con fundamentos y leyes sacadas de las entrañas del naturalismo.”
(En El mundo de las ideologías. Homo Legens, Madrid, 2019)

