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lunes, 17 de noviembre de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (156)

EDUCACIÓN EN LA ADOLESCENCIA. AFECTIVIDAD Y SEXUALIDAD.


La adolescencia es vivida por los propios jóvenes con gran intensidad, pero para padres y educadores se trata también de uno de los más serios retos educativos. Ya hemos indicado que es preciso favorecer el desarrollo temprano de actitudes, hábitos y estrategias de relación y de comportamiento, especialmente en el marco de la infancia media -7 a 10 años-, y no esperar a que el niño llegue a la pubertad para exigirle de golpe que asuma criterios, responsabilidades y disposiciones casi de adulto. Es preciso empezar mucho antes de que empiecen a sonar las primeras alarmas.

Si un hijo no ha aprendido a ser ordenado y constante, a confiar en sus padres con naturalidad, a contarles sus cosas sinceramente y a tomar algunas decisiones por sí mismo asumiendo responsabilidades concretas, es muy difícil que lo haga en el momento en que se aleja del referente paterno y materno. No esperemos que un joven o una joven se confíe espontáneamente a sus padres cuando tenga algún dilema personal o algún conflicto si la escucha y el diálogo natural y confiado no vienen siendo lo habitual en la familia “desde siempre” y por parte de todos. 

Mencionaremos algunas pautas educativas que pueden ayudar al adolescente y colaborar positivamente en su desarrollo. Empecemos por la educación de la afectividad y la sexualidad. 

El desarrollo sexual motiva una gran curiosidad, a la que debe preceder y acompañar una oportuna y cuidada información y apoyo. No es bueno que surja una curiosidad malsana, un deseo de buscar información fuera del ámbito familiar, tal vez donde no se le ofrezca de manera positiva, ni tampoco que se produzcan sentimientos de injustificada culpabilidad. 

Por ello, al desarrollo corporal le debe preceder y acompañar una adecuada reflexión sobre la afectividad, la amistad y el recto sentido del amor humano: la sexualidad es uno de los lenguajes del amor, es expresión del amor de entrega entre un hombre y una mujer en el que cada uno ha de buscar por encima de todo el bien del otro, lo cual reclama un compromiso mutuo y estable; y esa es su mayor riqueza. 

La familia es escuela de un amor profundo cuya esencia es la entrega personal, una comunidad de vida y no el placer, que es fluctuante. El goce sexual tiene su lugar, desde luego, pero no puede ponerse por encima de la búsqueda del bien para el otro. No puede haber amor si no hay respeto. Siempre que se hable de sexualidad en casa se debe valorar, sobre todo, como expresión y lenguaje del amor humano.

Ciertamente, una vida sexual madura así entendida no es fácil. Habrá incluso quien diga que es imposible de vivir. Y por eso, niños y jóvenes necesitan ver a su lado personas de referencia -de manera fundamental sus padres- que siguen formas de vida equilibrada, que saben querer y quererse de verdad, y que son verdaderamente felices. Sin esta fuerza moral, que brota de una relación personal concreta y gozosa, de la que se forma parte, por supuesto es difícil creer que se puede vivir así. 

Por ello es tan esencial la función educadora de la familia: lo que uno ha vivido y experimentado (en su familia, en su casa, viéndolo vivir y participando de ello gozosamente) es irrefutable. Contra facta, non valent argumenta. (Continuará)

     (Publicado en el semanario La Verdad el 14 de noviembre de 2025)

martes, 3 de diciembre de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (123)

EL VERDADERO AMOR ES EXIGENTE


 

Es un hecho cargado de razones que solo educa el que ama; y que amar es mucho más que sentimiento: es querer el bien para alguien. Pero esto supone a menudo exigir y exigirse.

Así lo expresa bellamente el poeta Pedro Salinas:


“Perdóname por ir así buscándote 

tan torpemente, dentro de ti. 

Perdóname el dolor, alguna vez. 

Es que quiero sacar 

de ti tu mejor tú. 

Ese que no te viste y que yo veo 

nadador de tu fondo, preciosísimo. 

Y cogerlo y tenerlo yo en alto 

como tiene el árbol la luz última 

que le ha encontrado al sol.”

 

No por azar el poema puede interpretarse como referido al amor y a la educación. En ambos casos se busca potenciar, hacer crecer lo mejor del otro: “tu mejor tú”. Y en ambos, también, esa búsqueda activa puede conllevar “el dolor, alguna vez”. Por un lado, porque a amar y a educar se aprende; la búsqueda en el interior del otro a veces es torpe porque implica un conocimiento profundo que solo se alcanza en el poco a poco, quizás equivocándose y corrigiendo la mirada y el juicio de valor, pidiendo perdón –“perdóname”, empieza diciendo el poeta-, aprendiendo a apreciar mejor las intenciones, los condicionamientos, los matices y la hondura que conforman el sentir, las palabras y las acciones de la otra persona.

Por otro lado, porque la auténtica búsqueda del bien puede significar corregir, decir ‘no’ y reprender. La mirada amorosa advierte a veces que algo debe corregirse y mejorarse, precisamente porque se busca el bien del otro. Y entonces será necesario exigirle que no se conforme con la mediocridad o la comodidad, que luche, que aspire a lo mejor de sí –“sacar de ti tu mejor tú”–, que cumpla sus compromisos y obligaciones, que no pacte con sus ganas y desganas, que ponga atención y esmero en lo que hace, que vuelva a empezar tras el error o el fracaso, que luche por superarse y sacar y dar lo mejor de sus capacidades…

El verdadero amor es clarividente y, lo mismo en el buen amante que en el buen educador, no se queda en la superficie ni en la utilidad inmediata, sino que busca lo esencial, eso que es ”invisible a los ojos” y solo ve bien el corazón –“nadador de tu fondo, preciosísimo”-… porque solo se conoce a fondo lo que se ama. Y es que amar significa atender, comprender, aceptar, valorar…, lo cual requiere tiempo, respeto, mesura, paciencia, humildad, limpieza de intención… y firmeza. 

La firmeza es la virtud por la que se dominan las reacciones, se guarda el equilibrio y se superan las dificultades que sobrevienen. Implica calma, ánimo sereno, autodominio, saber mandar y mantener lo mandado…

Pero la exigencia en el educar ha de tener siempre un porqué y, sobre todo, debe ser siempre amorosa. No se trata de exigir por exigir. Una exigencia sin amor es insoportable, lo mismo que el amor sin exigencia -la permisividad- es rechazable porque no educa. Exigencia y afecto han de ir juntos; más aún, han de ser las dos caras de la misma moneda. Y “la moneda” es querer, por encima de todo, el bien del educando: Porque te amo te exijo, busco “tu mejor tú”, y no espero menos de ti. 

 (Publicado en el semanario La Verdad el 29 de noviembre de 2024)


domingo, 24 de noviembre de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (122)

EL AMOR QUE EDUCA


Nuestra vida no se nos dio hecha. Cada uno de nosotros, al nacer, hubo de ser acogido, cuidado, atendido. La naturaleza humana, a diferencia de lo que ocurre en los demás animales, presenta un cúmulo de necesidades que es preciso satisfacer y de capacidades que es necesario ayudar a cultivar. 

La vida de cada ser humano es un don y a la vez una tarea en la que es imprescindible la ayuda de otros para subsistir y para aprender, para conocer el mundo y conocernos a nosotros mismos. Pero este desarrollo es un crecimiento paulatino cuyo protagonismo ha de ir asumiendo el propio ser humano. A esto es a lo que a grandes rasgos llamamos educación.

Aristóteles definía el amor como querer el bien para alguien. Si esto es así, ayudar a una persona a sacar lo mejor de sí misma es una forma concreta y efectiva de amor. No hablamos de una efusión del sentimiento sino de algo más profundo: de un compromiso para facilitar el crecimiento de otros en humanidad, acercándoles un legado (la cultura) que les ayude a situarse en la realidad de manera lúcida, y haciendo que este aprendizaje les faculte para que sean hombres y mujeres en quienes se pueda confiar. 

La educación pasa por el compromiso activo del educador para servir a otros y orientarlos al bien, a la verdad y a la belleza, enriqueciendo así su vida y el mundo alrededor. A quien sabe educar le llamamos maestro, maestra. La palabra “maestro” viene de “magis”, y “magister” es el que sabe más, el que tiene más experiencia en una actividad. Quien destaca y está en condiciones de dirigir y orientar. 

El maestro sabe acerca de lo que enseña y, si ello le entusiasma y le importan sus alumnos, encontrará el modo de contagiarlo. “Sólo podemos hacer a los educandos partícipes de lo que a nosotros mismos nos colma” (Spaemann). Pero además, al exponer lo que sabe, el maestro procura generar un clima afectivo en el cual el educando se sienta atendido, comprendido, aceptado y valorado. Y esto es amor del bueno.

El amor que educa excluye el mero “cumplimiento” de una obligación. El maestro no se conforma con los mínimos -la chapuza- sino que aspira a los máximos -la obra “maestra”-; atesora sabiduría, magnanimidad (tensión del ánimo hacia grandes cosas), generosidad, disponibilidad… La autoridad moral -ese prestigio que genera confianza- es esencial en el amor que educa. Gracias a ella el discípulo se ve animado a hacer algo que al principio no le apetecía o no quería hacer.

El amor que educa ve “dentro”, otea el futuro y es capaz de atisbar ese “mejor yo” que a menudo ni siquiera el discípulo ve en sí mismo, desalentado tal vez por sus fracasos.

El amor que educa es exigente, a veces dice no y corrige, porque busca hacer capaz de lo mejor al otro. Es exigente consigo mismo en primer lugar, para dar lo mejor y suscitarlo en el otro. Se sobrepone ante las dificultades, los fracasos, las desganas, el egoísmo y la vulgaridad. Se atreve con lo difícil porque sabe que no hay gozo más noble que el de la superación de las propias limitaciones para ofrecer a los demás lo mejor de sí, y además se alegra sinceramente cuando estos le superan.


(Publicado en el semanario La Verdad el 22 de noviembre de 2024)

lunes, 7 de octubre de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (115)

EDUCADORES CON VOCACIÓN Y CON OFICIO (II)

 


Nos veníamos preguntando si la vocación de maestro es algo innato o adquirido. Tener vocación a algo es sin duda una cuestión personal, que brota del propio interior. 

A menudo uno se siente llamado a dedicarse a algo cuando descubre una situación de necesidad que reclama esfuerzo, generosidad, dedicación… y considera que “el bien que yo no haga se quedará sin hacer”. Y así, desde una sensibilidad, una fina conciencia moral y una disposición generosa, puede surgir una llamada a la responsabilidad, a entregar tiempo, afán, vida; una vocación de servicio, en fin. Aquí se cumple aquello de Viktor E. Frankl: “Quien tiene un para qué, es capaz de encontrar el cómo”.

Aunque puede darse una predisposición favorable, se trata en el fondo de una cuestión de actitud y, como decíamos, puede adquirirse con el oficio, como consecuencia del trabajo y del esmero convertidos en hábito (de la satisfacción por el trabajo bien hecho), del interés por las personas concretas, de la conciencia de estar realizando algo de gran valor. A veces surge porque un día “se vio” algo admirable en otras personas que se convirtieron en referentes –“siempre recordaré a mi maestro o maestra…”-; pero también puede aparecer cuando se da a compartir aquello que nos entusiasma, surge a través de la experiencia, de eso que se llama “el oficio”.  Conocemos casos elocuentes de docentes que con la práctica y la experiencia que da el oficio, le han tomado gusto y lo desempeñan con eficiencia y satisfacción (y también lo contrario, claro).

Así pues, la vocación de educador puede tener sin duda algo de innato, una predisposición en la que se dan ciertas dotes de simpatía, orden mental y capacidad de comunicación y persuasión…; pero es también algo que se adquiere, a veces tempranamente, admirando el quehacer de otras personas a las que se toma como referentes, por ejemplo, o a veces como fruto de una experiencia concreta -una explicación o un consejo ofrecidos oportunamente a alguien, tal vez…-. Al igual que la amistad y otras disposiciones importantes, la vocación a la docencia puede surgir de manera más o menos espontánea, obviamente, pero en todo caso es necesario cultivarla de manera consciente.

Dando lo mejor de uno mismo, esforzándose por hacer bien lo que se hace, procurando la excelencia en el servicio a otros, es fácil que surjan el agrado y la pasión. Como suele decirse, lo deseable es que la inspiración, cuando llega, nos encuentre trabajando. Decía Víctor García Hoz que lo bien hecho educa, pero ocurre a la vez que llegar a hacer las cosas bien produce asimismo agrado a quien las realiza, y se les toma aún más afición. Y el resultado (a menudo también la causa) es que se hacen las cosas con más amor -no de cualquier manera o por cumplir, sino con esmero y cuidado, con delicadeza y con exquisitez- y sobre todo por amor: porque nos importan los alumnos, se les valora y estima, y por ello se busca ofrecerles lo mejor de uno mismo.

Para saber educar es necesario amar, ver el bien que yace en el fondo del niño o joven y, ganándose su confianza, ayudarle a que él lo descubra también. Que sea él mismo capaz de hacer germinar la semilla de verdad, belleza y bien que late en su interior. Y esto de ningún modo se improvisa.

 

      (Publicado en el semanario La Verdad el 4 de octubre de 2024)

jueves, 13 de octubre de 2022

REFLEXIONES EN TORNO A LA FELICIDAD


 


 

El deseo radical del ser humano es encontrar un sentido a su vida, un sentido auténtico, en virtud del cual está dispuesto incluso a sufrir a condición de que ese sufrimiento tenga sentido. Porque la antítesis de la felicidad no es el sufrimiento, sino el vacío, el sinsentido. Sin un sentido, sin trascendencia, la vida humana se viviría en rigor para nada, por lo que todo en la existencia se convertiría en irrelevante y la existencia humana misma en un absurdo, lo cual haría insoportable el vivir. 

La necesidad de hallar el sentido de nuestra vida es en el fondo el ansia de felicidad, motor esencial de nuestra vida. Pero, ¿qué es la felicidad?...

La felicidad es un estado profundo de plenitud y gozo configurado por el conocimiento, por el amor y por la belleza; un estado de gozo y plenitud que nace de la contemplación y posesión del bien, del mayor bien. Aparece como una meta, una satisfacción suprema que todo ser humano aspira a alcanzar en su vida, un estado permanente de deleite, de paz interior, una plenitud de sentido que permite hablar de una vida lograda, de una plenitud de nuestro ser. Josef Pieper la resume en un “descansar y gozar en la contemplación de lo que amamos”.

Hablamos de la presencia o posesión de un bien. Pero esa posesión no es propiamente material, sujeta siempre a limitaciones, altibajos e imprevistos. Hablamos de una forma de “posesión inmaterial”; como la que tiene lugar en el encuentro y afinidad entre dos personas que se quieren, en la satisfacción de haberse superado a uno mismo, de sentirse útil a alguien a quien se estima, de sentirse amado y correspondido en la amistad. Más aún, puede afirmarse con verdad que “hay más gozo en dar que en recibir”; en este caso el bien de la persona agraciada es estimado como de gran valor para nosotros y por eso nos hace felices que las personas que amamos lo sean. 

¿En qué consiste, así pues, la felicidad? Se trata de la contemplación y “posesión” del bien más pleno. Santo Tomás de Aquino la describe como “el bien perfecto que excluye todo mal y llena todos los deseos, el conjunto de cosas que la voluntad es incapaz de no querer”. Boecio, por su parte, la definía como ”el estado en el que todos los bienes se encuentran juntos”.

Queda claro que la felicidad no se puede alcanzar plenamente en esta vida, donde todos los bienes están sujetos al paso del tiempo y su disfrute tiene, entre otros, el límite de la muerte. Pero es muy curioso que ello no impide que sigamos ansiando la felicidad y queriéndola para aquellos a los que amamos. El corazón, el deseo humano más profundo, no se sacia con cualquier cosa y se abre siempre a “algo más”; sigue buscando la felicidad a través de todas sus elecciones. 

Es también un hecho que, de vez en cuando o hasta cierto punto, podemos disfrutar parcialmente de momentos de felicidad, más o menos pasajeros; sin embargo, estos, lejos de saciarnos, nos mueven a seguir ansiando más y más gozo, más y más plenitud, algo bello, bueno y verdadero que no se acabe… Esto ha llevado a pensar que la sed radical de felicidad que nutre el corazón humano apunta a un “más allá” de plenitud, a una realidad infinita que supera ese horizonte clausurado que es la muerte y el paso del tiempo. Y a eso es a lo que se suele llamar Dios.

Más que un fin, un resultado.

Aristóteles, uno de los filósofos que con más lucidez y hondura ha pensado acerca de la felicidad, afirmaba que todas las cosas que hacemos y elegimos están orientadas a un solo objetivo último: lo que queremos en el fondo es alcanzar la felicidad. Y lo mismo viene a decir Dante: “A través de mil ramas se busca el único dulce fruto”. Cuando actuamos para logar recompensas, alegría, fama o riqueza, en realidad lo hacemos porque creemos que de ese modo vamos a ser felices.

Por lo tanto, no buscamos la felicidad para ninguna otra cosa. Ella es en sí misma el fin último, el objetivo que todos los seres humanos tratamos de buscar a lo largo de nuestra vida. En rigor, no se puede responder a la pregunta: “¿por qué queremos ser felices?”. De hecho, más bien, la felicidad es la respuesta a todas las preguntas verdaderamente interesantes.

Ahora bien, es preciso reparar en algo paradójico. Viktor Frankl lo ha advertido con frecuencia: propiamente hablando, la felicidad no es un fin en sentido estricto, sino un resultado. No es lo mismo. Afirma Frankl que cuando se busca la felicidad a toda costa, esta se escapa siempre de manera irremisible y aparece la frustración. Sin embargo, cuando uno se olvida en su intención de ser feliz por encima de todo, cuando uno se olvida de sí mismo y se centra en algo o alguien valioso, de repente, como si fuera un regalo inmerecido, se experimenta el sentimiento de la felicidad. Y recuerda un aforismo de Kierkegaard: “la puerta de la felicidad se abre hacia fuera”.

¿Y el amor?

Esto nos lleva a apreciar lo que acontece en el amor verdadero entre personas. El amor a una persona no puede ser un amor de posesión. Eso es lo propio de quien ama una cosa, una idea…, que son medios; pero no a una persona, que siempre es un fin en sí misma. Un amor posesivo hacia una persona es destructor, vejatorio, asfixiante. Por el contrario, lo que busca el amor de persona es el bien del ser amado; se trata de un amor de benevolencia y de comunión. Para la persona amada se quiere el mayor de los bienes, y el mayor de los bienes de los que se dispone es uno mismo. La forma adecuada de amar a una persona no es la posesión, es la entrega, la gratuidad. Se busca el bien para la persona amada, su plenitud; y por ello su felicidad es lo que nos hace felices, aunque sea incluso al precio del propio sacrificio, del olvido de sí. Por esta razón hay mas gozo en dar que en recibir. Y así, si la persona amada es para nosotros el mayor de los bienes, la felicidad consistirá en la comunión amorosa con ella, que es fruto de la entrega recíproca.

Las cosas caducas, limitadas o pasajeras no nos llenan nunca del todo. “Un ser con facultades superiores necesita más para sentirse feliz. Es mejor ser un ser humano insatisfecho que un cerdo satisfecho” (J. Stuart Mill) Los bienes inferiores (salud física, placer…), sólo si se poseen según el orden propio de la naturaleza humana y de sus facultades, contribuyen a aumentar la felicidad. 

Aunque también se ha dicho, con gran agudeza, que la felicidad, más que en tener lo que queremos, consiste muchas veces en aprender a querer, a amar, lo que tenemos:

 

“-Los hombres de tu tierra -dijo el principito- cultivan cinco mil rosas en un jardín y no encuentran lo que buscan.

-No lo encuentran nunca -le respondí. 

-Y sin embargo, lo que buscan podrían encontrarlo en una sola rosa o en un poco de agua...

-Sin duda, respondí. Y el principito añadió:

-Pero los ojos son ciegos. Hay que buscar con el corazón.”

 

A. Saint-Exupèry. El principito, cap. XXI.

 

Aprender a querer lo que se tiene

 

Seguramente viene a cuento recordar una conocida narración de León Tolstoi: “La camisa del hombre feliz”.

 “En las lejanas tierras del norte, hace mucho tiempo, vivió un zar famoso por la prosperidad de su reino pero que enfermó gravemente de tristeza y melancolía. Se reunió junto a su lecho a los mejores médicos de todo el imperio, que le aplicaron todos los remedios que conocían y otros nuevos que inventaron sobre la marcha, pero lejos de mejorar, el estado del zar empeoraba más y más. Le hicieron tomar baños calientes y fríos, ingirió jarabes de eucalipto, menta y plantas extrañas traídas en caravanas de lejanos países. 
Le aplicaron cremas y bálsamos con los ingredientes más insólitos, pero la salud del zar no mejoraba. Tan desesperado estaba que prometió la mitad de lo que poseía a quien fuera capaz de curarle. 


El anuncio se propagó rápidamente, pues las riquezas del monarca eran cuantiosas, y llegaron médicos, magos y curanderos de todas partes del mundo para intentar devolver la salud al zar. Pero todos fracasaron en sus intentos. 
Sin embargo fue un viejo poeta de la corte quien aseguró: 


—Creo que conozco el remedio, la única medicina para vuestro mal, señor. Sólo hay que buscar a un hombre feliz: vestir su camisa es la cura a vuestra enfermedad. 


La conmoción fue general y muchos protestaron por la ocurrencia. Pero nadie tenía un remedio mejor, y así, a la vista del agravamiento sufrido por el zar, partieron emisarios hacia todos los confines de la tierra. 


Sin embargo, ocurrió que encontrar a un hombre feliz no resultaba tarea fácil: aquel que tenía fama se quejaba de su falta de salud, quien tenía salud echaba en falta el dinero, quien lo poseía, carecía de amor, y quien lo tenía se quejaba de los hijos, del mal tiempo o de lo que fuera... Todos los entrevistados coincidían en que algo les faltaba para ser totalmente felices aunque nunca se ponían de acuerdo en aquello que les faltaba. Por satisfechos que debieran 
sentirse, y no careciendo de nada que los demás envidiaran, se sentían descontentos e infortunados. 

Finalmente, una noche, un mensajero llegó al palacio. Habían encontrado al hombre tan intensamente buscado. Se trataba de un humilde campesino que vivía en la zona más árida del reino. 

Los soldados del zar habían acertado a pasar casualmente junto a una pequeña choza. A través de las ventanas sin cristales se veía a un hombre que, tras un día de duro trabajo y rodeado por su numerosa familia, descansaba sentado junto a la lumbre de la chimenea y exclamaba satisfecho: 

—¡Qué bella es la vida, hijos! No puedo pedir nada más. ¡Qué feliz soy! 

Al enterarse en palacio de que, por fin, habían encontrado un hombre feliz, se extendió la alegría. En medio de una gran algarabía, comenzaron los preparativos para celebrar la inminente recuperación del zar. El primer ministro ordenó inmediatamente: 

—Traed rápidamente la camisa de ese hombre. ¡Ofrecedle a cambio lo que pida! 

Grande era la impaciencia de la gente por ver volver a los emisarios con la camisa que curaría a su rey, mas, cuando por fin llegaron, traían las manos vacías: 

—¿Dónde está la camisa del hombre feliz? ¡Es necesario que la vista el zar!, vociferó el ministro. 

—Señor -contestaron apenados los mensajeros-, el hombre feliz es tan pobre... que no tiene camisa.” 

***

Muchos han meditado sobre esta historia, llena de ironía y tan sorprendente. Aunque quizás no lo sea tanto, porque la experiencia confirma que al corazón humano no le satisface plenamente la abundancia de cosas pues, como suele decirse, “todos queremos más”, y no está claro dónde está el límite, y menos aún en una sociedad altamente consumista como la nuestra. 

Quizás el afán de poseer o la envidia han cegado a muchos hombres y mujeres, impidiéndoles comprender que la verdadera felicidad posiblemente no consiste en llegar a tener lo que se quiere, sino, más bien, en aprender a querer lo que se tiene, como ya dijimos. En el fondo, una cosa parece clara: tiene más quien menos necesita. Ese es el secreto del hombre feliz de esta historia que cuenta León Tolstoi: “Sé apreciar lo que tengo y no deseo demasiado lo que no tengo”. 

Todos queremos y aspiramos a ser felices, ciertamente; es una necesidad vital de todo ser humano. Pero parece que el cumplimiento de esta aspiración no se encuentra en los estilos de vida o en los modelos sociales basados en el mero bienestar material, en la codicia o en el egoísmo, sino en la satisfacción de los deseos más hondos del corazón, y estos tienen que ver más con amar y ser amado. 

                                                                                                        

                                                                          Andrés Jiménez Abad.

miércoles, 26 de enero de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (14)

LA IMPORTANCIA DE LA VOLUNTAD 



La voluntad es seguramente la base del carácter, de una personalidad sólida y valiosa. Consiste en saber querer, en decidir y elegir bien. Su consolidación más valiosa es lo que llamamos propiamente el amor.

La especie humana, a diferencia de lo que ocurre en las demás especies animales, no marca a sus miembros pautas fijas e innatas de conducta, sino que ofrece espacios para la autodeterminación de cada individuo, de cada persona. 

En el ser humano los estímulos no desencadenan forzosamente una respuesta o reacción, sino una tendencia, la cual puede o no ser secundada por el individuo. Entre el estímulo y la respuesta se halla nuestra libertad. Nuestro querer se produce ante lo que nuestra inteligencia nos presenta como bueno en algún sentido. Por ello, en la conducta propiamente humana se da primero una cierta deliberación, una valoración racional, y después un consentimiento, una decisión, el querer propiamente dicho, que es el que nos hace dueños y responsables de lo que decidimos y hacemos de forma voluntaria.

Por todo ello la voluntad humana, que supone la capacidad de determinarse a sí mismo de manera consciente o libertad, es el ámbito donde se determina el contenido y la orientación de la personalidad de cada hombre y mujer.

La voluntad no funciona como un interruptor, sino como un complejo hábito. El acto voluntario completo supone: 1) querer el fin, 2) elegir los medios, y 3) llevarlos a la práctica. O lo que es lo mismo, pretender, decidir y realizar una acción proyectada, deliberada y consentida.

Si el querer no pasa habitualmente de las intenciones se llama veleidad. ¡Cuántos se quedan en este "yo querría, pero..."! La persona veleidoso -como una veleta- está a merced del vaivén de las ganas y de las desganas. La libertad propiamente dicha se sitúa en el ámbito de la decisión. Y así, somos responsables de lo que hemos decidido o elegido; si es bueno hablamos de mérito y si es malo de culpa.

Pero no debe olvidarse el momento que los clásicos llamaban la fruición, la satisfacción que brota del logro efectivo de aquello que se buscaba y que da cumplimiento a todo el proceso. Las posturas voluntaristas o rigoristas desatienden este último momento, cayendo en un mero "querer por querer" (reducen la voluntad al esfuerzo). Consideran que lo esencial de la voluntad es el esfuerzo en lugar del amor, lo cual es propio de una "voluntad de poder" y lleva a endurecer el carácter, a la obcecación y a la insatisfacción.

Sin una voluntad firme (lúcida, paciente, perseverante) no es factible la verdadera libertad, es decir el dominio del propio obrar y su orientación al bien, la verdad y la belleza. 

No planteamos aquí que la voluntad deba asumir un papel absoluto en la dinámica vital de las personas, ni siquiera en la educación. Se trata de que la voluntad "sirva", de acuerdo con su naturaleza propia, al bien íntegro de la persona, a la maduración de la personalidad. La educación de la voluntad es también educación del corazón: no anulación, sino cauce ordenador de la sensibilidad y de la vida afectiva para configurar la unidad vital de la persona y su orientación al bien, la verdad y la belleza. Hablamos, en fin, de un modelo de educación personalizadora y de su olvido generalizado en algunos de los modelos educativos actuales


        (Publicado en el semanario LA VERDAD el 21 de enero de 2022)



 

martes, 3 de febrero de 2015

LA IMPORTANCIA DE DAR

Hoy traigo sólo un enlace a un vídeo magnífico. 
Elocuente y que no necesita ser comentado, sino pensado y vivido, cada uno lo mejor que sepa y pueda.

Disfrutadlo, amigos. 





domingo, 7 de abril de 2013

70 años de la publicación de El Principito de Saint-Exupèry



"En tu tierra, dijo el principito, los hombres cultivan cinco mil rosas en un mismo jardín... Y no encuentran lo que buscan...
Y sin embargo, lo que buscan podría encontrarse en una sola rosa o en un poco de agua... 
Pero los ojos están ciegos. Es necesario buscar con el corazón."

***
"-Sólo se conocen las cosas que se domestican. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas hechas a los mercaderes. Pero como ya no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame!
-¿Qué hay que hacer?
-Hay que ser muy paciente..."

***
"-¿Qué significa 'domesticar'?
-Es una cosa demasiado olvidada. Significa 'crear lazos'."


Un enlace a un pequeño trabajo sobre las claves de lectura de El principito:

domingo, 9 de diciembre de 2012

¿EL AMOR, FUERTE COMO LA MUERTE?

"Dice el Cantar de los Cantares que 'el amor es fuerte como la muerte'. Algunos sentimentales querrían que el versículo afirmara que el amor es más fuerte que la muerte. Sueñan con una abolición de ésta en aquél.


Es una finta. El amor, en tanto que potencia vivificante, tiene una potencia mortal, limitada. No abole la ley de la muerte física. La realiza.

Nos pide morir por el otro, ordena la desmesura del sacrificio. Morir por amor, por la justicia y la misericordia, es signo de la suprema vitalidad, sin la cual ya estaríamos muertos en el alma."

("Cuando se pregunta a una pareja cómo han hecho para permanecer juntos 65 años, la mujer responde: 'Nacimos en una época en la que, cuando una cosa se rompe se repara, no se tira."

(...) "Ese futuro de la muerte en el presente del amor es probablemente uno de los secretos originales de la temporalidad..." (E. Lévinas) ...Isidore Duru no leyó a Lévinas... Pero en sus últimas horas experimentó eso: habría perdido menos su tiempo si lo hubiera dado más. Pero, ahora, era demasiado tarde. Entonces llamó a sus hijos en torno a su lecho, a los vivos, para que lo escucharan; a los muertos, para que le ayudaran a hablar. Les pidió perdón. Les confió que también su vida estaba abortada. Que él no era más que un chiquillo, un feto, un embrión de hombre. Porque un hombre de verdad, ahora se daba cuenta, es un santo. Pero que él se iba, esperaba, hacia el Padre de las misericordias. Luego llamó a la enfermera para que viniera a vaciar el orinal."

(Fabrice HADJADJ: 
Tenga usted éxito en su muerte. Págs. 87-88)

La muerte de Don Quijote. Doré.

lunes, 16 de enero de 2012

EDUCACIÓN PARA UN TIEMPO DE CRISIS (II)

1. Educar es ayudar a crecer en humanidad
La naturaleza constitutiva del ser humano presenta una inicial indigencia, abierta no obstante a un desarrollo perfectivo que tiene lugar mediante el cultivo y fomento de sus capacidades. 
Una acción es educativa si hace crecer en humanidad al ser humano y le acerca a su plenitud, incrementando su capacidad de verdad, de bien y de belleza. Se trata de un proceso de maduración, de formación paulatina de la personalidad humana, la cual es una segunda naturaleza que se adquiere y se construye libre y responsablemente desde el referente originario de la naturaleza constitutiva del ser humano. 
Pero este desarrollo no es algo añadido a la naturaleza desde el exterior, sino un crecimiento cuyo protagonismo ha de ir asumiendo según su capacidad el propio sujeto humano que se educa. Por eso, la acción educativa es sólo una ayuda a alguien, encaminada a suscitar y fortalecer las posibilidades creativas de su libertad mediante la adquisición y el cultivo paulatino de hábitos virtuosos. El sujeto humano no debe ser sustituido en el proceso de su formación, puesto que ésta acontece (y sólo es posible) en el ámbito de su propia experiencia vital. 
Puede afirmarse que la acción educativa consiste en suscitar la virtud, es decir, la orientación de la persona al bien. Todas las virtudes, fundadas en la unidad radical de la persona humana, guardan entre sí una profunda relación mutua; todas crecen con el ejercicio de una y menguan con su abandono o desvío. En realidad, la virtud, que es la disposición estable de toda la persona para obrar el bien, es única, aunque se manifieste y especifique según las diferentes capacidades de nuestra naturaleza. Por eso la labor educativa ha de tender a unificar, debe esforzarse por fomentar en la persona la unidad interior, aunque para ello se cultiven diferentes cualidades. 
La madurez humana, que es la culminación de este proceso, supone así una cierta plenitud psicológico-moral, una elevación del ser en la persona (J. Pieper). La madurez consiste en una disposición lograda que posibilita una vida fecunda, y su manifestación es el equilibrio y la armonía que resultan del dominio de sí mismo. Puede decirse por ello que educar es ayudar a formar hombres y mujeres en los que se pueda confiar.  
Entendida como una ayuda dirigida intencionalmente a la formación y perfeccionamiento del ser humano, la educación es un arte, un saber hacer, de índole moral. Se trata de ayudar a crecer en libertad, en capacidad de autodeterminación y de orientación al bien. 
Ahora bien, ¿cómo es posible influir en la libertad del otro sin que ésta se vea asfixiada, forzada, y carente por ello de valor moral? Suscitándola. Y esto sólo le es dado al amor, a la confianza, a la comunicación de intimidades. No se puede educar, en rigor, sino se ama, si no se suscita en una relación de confianza recíproca el libre deseo, y el logro, del bien. Amar es querer el bien para alguien (Aristóteles). Aunque para ello sea preciso exigir y exigirse. Así lo expresa bellamente Pedro Salinas en “La voz a ti debida”:

Perdóname por ir así buscándote
tan torpemente, dentro de ti.
Perdóname el dolor, alguna vez.
Es que quiero sacar
de ti tu mejor tú.
Ese que no te viste y que yo veo
nadador de tu fondo, preciosísimo.
Y cogerlo y tenerlo yo en alto como tiene
el árbol la luz última
que le ha encontrado al sol.
Y entonces tú, en su busca vendrías, a lo alto.
Para llegar a él,
subida sobre ti, como te quiero,
tocando ya tan sólo a tu pasado
con las puntas osadas de tus pies,
en tensión todo el cuerpo, ya ascendiendo
de ti a ti misma.
Y que a mi amor entonces le conteste
la nueva criatura que tú eras.
A.J. (Continuará)


jueves, 12 de enero de 2012

LAS DOS MIRADAS SOBRE EL SER HUMANO (y II / II)


En la primera parte de este breve ensayo, llamábamos ‘mentalidad’ a un modo más o menos sistemático de entender la vida y la realidad, vigente de forma un tanto difusa en un momento histórico o cultural determinado. Y decíamos, según esto, que numerosos síntomas del presente parecen revelar la existencia, a grandes rasgos, de dos mentalidades contrapuestas, de dos miradas muy diferentes a la hora de considerar al ser humano y su valor. La primera, de la que hicimos una descripción fenomenológica, era la mirada pragmática. Hablemos ahora un poco de la segunda.

La mirada personalista, abierta al ser de las cosas

         No se trata de menospreciar o dejar a un lado la eficacia en la consideración de las personas, las cosas y los acontecimientos, sino de subordinarla al descubrimiento de la verdad y al respeto por la dignidad que poseen las personas por sí mismas, con independencia de su utilidad.

         Esta forma de contemplar el mundo y lo humano reconoce que hay una realidad que nos es dada de algún modo -interesante asunto, averiguar este modo en que la realidad nos es dada-. En el encuentro con esta realidad que no es un simple correlato de nuestro hacer o de nuestros deseos, sino algo previo y que nos supera y nos desborda, el ser humano tiene que dejarse asombrar. Aristóteles, como es sabido, decía que la filosofía nació precisamente de este asombro, que lleva al ser humano a preguntarse “por qué”.

         Esta mirada contemplativa y abierta a la realidad es respetuosa -decía Heidegger que el respeto consiste en “dejar ser al ser”-. Para la mirada utilitarista y pragmática la “verdad” sólo podía ser lo que responde o se adecua a la voluntad de poder: lo efectivo, lo hecho, los resultados. Ahora la verdad consiste en la adecuación del propio juicio y pensamiento al ser que constituye a cada cosa.

         No hay inconveniente en reconocer que dependemos de esa realidad que es “más grande” que nosotros. De hecho, cada uno va tomando conciencia a lo largo de sus primeros años de existencia de que forma parte de esa realidad, se encuentra a sí mismo “existiendo”. Ninguno de nosotros se ha dado el ser a sí mismo, sino que nos ha sido dado.

Aparece la persona

         Y otra cosa que advertimos con el paso del tiempo, y notablemente a través de la adolescencia, es que cada uno de nosotros es un ser irrepetible y único, que ocupa un lugar singular. Mi vida es mía, de una forma inequívoca. Dependemos de otros seres, evidentemente, pero no por ello dejamos de ser distintos de los otros, de las demás cosas. Estamos, en cierto modo, “en medio” del mundo –percibimos la realidad como algo que nos circunda y nos envuelve-, pero ejercemos nuestra existencia de forma propia y singular.

         Según esto, conocer es descubrir que se “se nos dan” cosas, que están “ahí”, ante nosotros, en la realidad, y averiguar lo que son. Ahora bien, juzgar esto –la realidad, las cosas, nuestro mismo existir– como algo positivo y que nos permite subsistir y aprender, desarrollar nuestras potencialidades de conocimiento, de acción, de relación, es captar su “bondad”. Y la captación de algo como bueno, como un cierto don que se nos concede, es el punto de partida del amor.

         Amar, inicialmente, es apreciar, valorar positivamente, “bendecir” algo. Y una vez descubierto su valor, contribuir libremente a su incremento, a su perfección.

         Pero otro dato que surge en el transcurso de nuestra experiencia acerca de “la vida”, de la realidad, es que nosotros también podemos y necesitamos aportar algo, intervenir, modificándola. Y que al hacerlo, de algún modo nos hacemos también a nosotros mismos, “crecemos”.

         Cada ser humano, a través de su experiencia y de su reflexión, se va descubriendo a sí mismo como “sujeto”, como alguien único en el mundo, responsable del contenido y de la orientación de sus acciones, con relación a sí mismo y con relación a las cosas y a las demás personas. Ser “alguien” no es lo mismo que ser “algo”. Cada ser humano es un “alguien” único, en desarrollo dinámico, dotado de una naturaleza o modo de ser constitutivo, pero también de una capacidad de iniciativa, y que se va perfilando a sí mismo en virtud de las propias decisiones y acciones, y de las relaciones con los demás. No dejamos de ser dependientes. Necesitamos las aportaciones ajenas.

No somos autosuficientes, pero a la vez podemos llegar a ser en gran medida dueños de nuestras acciones, protagonistas de nuestra propia vida. Somos responsables, somos libres. Esto es lo nuclear en toda persona. Una persona es un ser único e irrepetible, dotado de naturaleza racional (de inteligencia y voluntad), llamado a desarrollar su vida haciendo un uso responsable de su libertad.

Los otros sujetos humanos son “otros como yo”, y por consiguiente dotados de la misma singularidad, y merecedores del mismo respeto. Es decir, no se les puede tratar como si sólo fueran “algo”, porque cada uno de ellos es alguien.

Respeto, colaboración y ayuda mutua hacen que la convivencia humana sea fuente de vínculos recíprocos, y que la persona sea lo nuclear en la vida social: lo más importante en la sociedad son las personas, que son fines y nunca meros medios al servicio de otra cosa, ni siquiera del bien social.

Una persona es valiosa por sí misma, por el hecho de ser alguien. Su ser no se agota en su hacer; somos más que lo que hacemos. Y el modo de obrar sigue al modo de ser. Lo más fascinante del ser humano es que es “más grande” por dentro que por fuera. No son sus obras las que le hacen grande sino ese núcleo interior –íntimo- del que brotan los actos humanos. El yo. Esa intimidad es además la fuente de las novedades que el ser humano aporta al mundo.

Responsabilidad y tiempo

La acción respetuosa sobre el mundo circundante es un deber moral, puesto que ese mundo es la morada de los seres humanos. Quien atenta contra esa morada, atenta contra el ser humano. El dominio sobre la naturaleza no es –no debe ser- explotación, sino cultivo responsable llamado a hacer del mundo un lugar habitable y humanizado, en el que sea posible y positivo compartir la vida.

Para la mirada pragmática, el tiempo es “oro”.  Para la mirada abierta al ser, es mucho más. Es vida, desarrollo del propio ser, tarea, ocasión de dar y de encontrar sentido. Dar el propio tiempo es darse a sí mismo. El tiempo vital, el que brota de la intimidad, es ámbito de comunión, de relación humana y fuente de valor moral: “El tiempo que perdiste por tu flor –se dice en El principito- es lo que hace que tu flor sea tan importante… Eres responsable para siempre de lo que has domesticado, eres responsable de tu rosa.”

Las cosas que amamos, a las que dedicamos el tiempo de nuestra vida, se hacen más cercanas y más queridas, son rescatadas del anonimato, son “nuestras”; pero no como meros objetos de consumo o de posesión, sino en el sentido de lo que forma parte de la propia vida, de lo íntimo.

La mirada abierta al ser nos permite considerar al ser humano, hombre y mujer -de acuerdo con su naturaleza constitutiva- de un modo más hondo y enriquecedor. Superando reduccionismos, se dirige a una realidad que traspasa la apariencias y lo superficial, y que es fuente de un alto valor: de dignidad.

Esta mirada, esta mentalidad, es la que nos permite descubrir lo que significa ser persona. La que nos impulsa (obliga) a respetar a toda persona, incluido uno mismo. La que nos lleva a descubrir que la felicidad, la plenitud a la que aspira todo ser humano, se alcanza por medio de la autodonación libre y amorosa.  A.J. 


Ainhoa Fernández del Rincón, cooperante española secuestrada en el Sáhara, y querida amiga. Su entrega y dedicación por las demás personas es un testimonio vivo de la dignidad humana.