LA “EDUCACIÓN DEL CARÁCTER”, UNA EDUCACIÓN CENTRADA EN LA PERSONA
Existe un interés creciente por una línea educativa actual que ha dado en llamarse “Educación del carácter”, aunque su desarrollo en España es una tarea pendiente si se compara con el ámbito anglosajón. En estos países, desde los años 90 del pasado siglo, se ha producido un resurgimiento notable y exitoso de este modelo educativo, a través de diversas propuestas que lo han posicionado como referente.
En España este interés se manifiesta actualmente de forma débil y fragmentada. Sin embargo, una investigación reciente liderada por la profesora Verónica Fernández Espinosa (UFV), indica que un alto porcentaje del profesorado considera la educación del carácter como un elemento esencial para el desarrollo integral y el éxito académico del alumno.
Se observa además una tendencia creciente a integrar la formación del carácter bajo el paraguas de las habilidades no cognitivas (soft skills). Educadores y pedagogos valoran virtudes como la tenacidad, la constancia y la diligencia, por su alta demanda en el ámbito laboral y su impacto en la resolución de problemas. Por otro lado, algunas líneas de innovación pedagógica convergen con este enfoque a través de pedagogías activas y de educación emocional.
El enfoque teórico de la educación moral hoy más invocado es deudor en gran medida del planteamiento de autores como Kohlberg, y se basa solo en la autonomía y el juicio moral como pilares fundamentales, argumentando que no se puede reducir el comportamiento moral a la mera acción, a la conducta irreflexiva (se toma aquí el hábito como un mero mecanismo que excluye la reflexión).
Pero el hábito, bien entendido, es una disposición basada en el ejercicio persistente de una facultad humana, que no renuncia a la reflexión: por ejemplo, el hábito de la sinceridad se adquiere acostumbrándose a decir siempre la verdad, pero esto no excluye que se piense lo que se dice sino todo lo contrario.
Además, en el comportamiento moral residen otros dos componentes clave: por un lado la voluntad, en estrecha relación con la afectividad, que implica querer hacer algo concreto en vez de su contrario; y, por otro el conocimiento de la realidad y el reconocimiento de la dignidad humana, necesarios para fundamentar las decisiones morales.
En nuestros centros escolares se echa a faltar demasiado a menudo un enfoque educativo que abarque a la persona en su totalidad y que fomente el cultivo de una “vida buena” (que no es lo mismo que la buena vida…) Y para esto no basta un planteamiento basado en competencias o habilidades. El modelo de la educación del carácter centrado en la idea de la plenitud humana se ofrece como alternativa al enfoque hoy vigente, lastrado de utilitarismo y contaminado ideológicamente.
Así, K. Kristjánsson, profesor en Birmingham, hablando de la virtud de la prudencia, afirma que consiste en una compleja tarea de organizar la vida buena que no puede asemejarse a una mera adquisición de habilidades, pues requiere una comprensión teórica profunda acerca de lo que significa tal vida buena. Se requieren habilidades para afrontar situaciones particulares, sin duda; pero también una visión teórica general que facilite el acceso a lo universal, en la que tiene lugar la reflexión sobre los fines de la existencia. (Continuará)
(Publicado en el Semanario La Verdad el 1 de mayo de 2026)
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