UNA EDUCACIÓN “DESHEREDADA” Y POBRE
Es evidente que hemos de repensar la educación para evitar el adoctrinamiento perverso y la manipulación. Pero hay quienes piensan que tales peligros solo se conjuran evitando la transmisión de conocimientos “positivos”, de contenidos, limitándose a difundir dudas. Esto, sin embargo, fomenta la incertidumbre y el escepticismo ante la ausencia de criterios claros. Pero, paradójicamente, renunciar a los contenidos es también adoctrinar: se adoctrina no solo con lo que se dice sino también con lo que se calla, con lo que se oculta.
El docente ha de transmitir conocimientos pero, obviamente, a la vez ha de fundamentarlos. No se deben hacer juicios rotundos sin matices, que alimenten los prejuicios y la irracionalidad, pero tampoco educa presentar todo en pie de igualdad, fomentando el relativismo mientras se adopta una pose de neutralidad, que en el fondo no lo es. El amor a la verdad es una actitud imprescindible y fundamental en el educador y tiene que convertirse en contagio entusiasta a través de sus actitudes y su práctica docente.
Se ha pretendido aportar falsas soluciones al denostado adoctrinamiento evitando las lecciones magistrales y el uso de la memoria. Con ello se ha mermado la transmisión de conocimientos a la vez que la capacidad de aprendizaje.
“¡Ustedes no tienen nada que transmitir!”. F. Xavier Bellamy, autor del libro Los desheredados(Encuentro, 2018), escuchó estas palabras, pronunciadas por un inspector de educación francés, el día en que empezaba su actividad como profesor de secundaria, y fueron el desencadenante de que su magnífico ensayo viera la luz. Bellamy se pregunta por qué fracasa la educación actual, y responde con contundencia: porque ha renunciado a transmitir la tradición cultural -la grecolatina, la judeocristiana, la genuinamente occidental- por considerarla “corruptora y alienante”.
Lo que se transmite, prosigue este autor, es precisamente la cultura; y el hecho es que en estos momentos “hemos perdido el sentido de la cultura” hasta el punto de que desde las instancias educativas y políticas se rechaza la idea de que los padres puedan transmitir a los niños una concepción del mundo. Estamos asistiendo así, concluye, no a un “choque de culturas” sino a un “choque de inculturas”. Esto incluye de manera muy significativa, precisa, dejar de cultivar la propia lengua: la lectura comprensiva (enseñar a leer despacio, analizando el significado de los textos), la redacción, las normas de ortografía y sintaxis, el vocabulario personal, el cultivo del bien hablar, que es expresión de un pensamiento organizado y fundamentado. Sí, hablamos de enseñar a leer, a escribir, a pensar, a escuchar respetuosamente, a hacer juicios de valor bien fundamentados, a expresarse con propiedad y cortesía… A ello puede ayudar mucho el conocimiento de los clásicos de la literatura, del arte, del pensamiento.
Todo esto no es banal. Al contrario, resulta especialmente importante ante la invasión de sofística que campa hoy en todos los ámbitos de la vida social. Adquirir criterio propio, formar con rectitud la propia conciencia moral, aprender a detectar falacias en tantas modas y prejuicios ambientales -por ejemplo, analizando los resortes de la manipulación publicitaria consumista, letras de canciones denigrantes, series y películas en las que se fomentan reacciones emocionales compulsivas al margen de consideraciones éticas, etc.- es una manera muy concreta de aquilatar un pensamiento propio y bien fundado. A “desadoctrinar” verdaderamente.
(Publicado en el semanario La Verdad el 13 de febrero de 2026)
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