LA IMPORTANCIA DE LA CONFIANZA BÁSICA (II)
El sentimiento de “confianza básica” del que habla Erikson es imprescindible para cimentar una personalidad equilibrada. Durante los primeros meses de vida, hasta aproximadamente el año y medio, el niño necesita sentir que es el centro de atención, que es valioso y querido, a través del afecto y los cuidados que recibe. Esta seguridad, aunque inconsciente, le transmite que “merece la pena que exista”, porque alguien “importante” se lo demuestra con sus atenciones.
La confianza básica es fundamento de la autoestima y de la futura adquisición de valores humanos. La manera en que el niño viva estos primeros vínculos influirá profundamente en cómo interpretará las experiencias y los mensajes posteriores, y en su capacidad para relacionarse con los demás y con el mundo. Mediante el sentimiento de confianza básica y la satisfacción de la necesidad de vinculación, arrimo y ternura, el niño experimenta que es digno de estima y aprende a confiar en los demás. Saber que es aceptado simplemente por existir le ayuda a percibirse como alguien valioso para los demás.
Julián Marías, en su obra Mapa del mundo personal, subraya que la relación entre el adulto y el niño es principalmente corporal, manifestándose especialmente en la caricia materna. Y es esencial que sea acariciado, porque la caricia va a ser el gran instrumento de personalización, que despierta, acelera, completa la constitución de la persona. No sólo la caricia con la mano, sino el contacto general, como pueden ser el beso, el abrazo o la lactancia: “Esto significa la personalización de la corporeidad. El cuerpo acariciado se interpreta como cuerpo personal. La frecuencia, intensidad y calidad de las caricias que recibe el niño son esenciales para la posesión de la personalidad propia y ajena. En casos favorables, siente a los demás como personas y se siente tal al ser acariciado. La condición amorosa se despierta y constituye en la niñez, desde los primeros días.”
No menos importante que la caricia física es la “caricia verbal”. No es lo mismo hablar al niño con aspereza y despego que acariciarlo con la voz y la palabra, así como con la mirada y la sonrisa; en suma, con ternura y afecto.
Quien posee esta base emocional, que aporta una cierta solidez, podrá afrontar en su momento el “factor realidad” con sus límites, resistencias y posibles frustraciones. De esta forma, en torno al año y medio o los dos años -una vez asentado el sentimiento de confianza básica-, el niño comienza a comprender, que no es el “centro del mundo”. La demora en la satisfacción de sus necesidades y algunas frustraciones elementales le harán sentir de algún modo que los demás tienen también “sus derechos” e importancia, es decir su espacio personal, su dignidad y sus propios sentimientos, análogos a los suyos, con los que tendrá que aprender a contar.
No haber desarrollado el sentimiento de confianza básica, con el vacío emocional que ello supone, lastrará el proceso de desarrollo emocional. Por decirlo así: si no me basta con “ser yo” para ser aceptado, tendré que “hacer” algo, ya sea sometiéndome a la voluntad de otros mediante una actitud pasiva, de inseguridad, sumisión y autoinculpación, o bien del modo contrario, haciéndome temer mediante manifestaciones permanentes de autoafirmación compensatoria propensas a un comportamiento agresivo.
(Publicado en el semanario La Verdad el 17 de abril de 2026)
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