¿CÓMO “NO EDUCAR” EL CARÁCTER?
Educar el carácter es ayudar a crecer de forma integral, “aprender a ser”. El buen carácter es la orientación y el ejercicio de nuestras capacidades personales para lograr actuar moralmente bien y con eficacia. Ello implica el desarrollo de valores humanos para la vida (conocimientos, criterios, hábitos, destrezas, virtudes…), como las llamadas “4 C”:
· Creatividad, capacidad de aportar novedades, iniciativas personales; responsabilidad y compromiso ante las situaciones de la vida para mejorarla y embellecerla.
· Colaboración, capacidad de trabajar y de ayudar en tareas comunes con otras personas.
· Comunicación, capacidad de compartir, de dar y recibir lo que se tiene, lo que sabe, lo que se es.
· Criterio, pensamiento crítico, capacidad de reflexión, de elaborar juicios de valor, de dirigir la propia conducta a la verdad y el bien.
Educar para «aprender a ser» es una idea moderna, pero hunde sus raíces en el humanismo clásico. Para Aristóteles la educación tenía tres pilares:
1. Formación humana: “pedagogía” viene del griego paideia, y se refería al desarrollo lo más completo posible de la naturaleza humana.
2. Carácter: El modo propio de comportarse y de ser de cada persona.
3. Virtud: la magnanimidad que impulsa a que las personas sean mejores: honestas, excelentes, felices.
Ayudar a mejorar como personas suena muy bien. Pero no es fácil. Educar el carácter implica ayudar a mejorar en las potencialidades humanas más altas, especialmente la inteligencia y la voluntad, y para ello hace falta cultivar criterios, hábitos y virtudes. ¿Pero cómo hacerlo? Empecemos antes por “cómo NO hacerlo”.
Hay dos formas de NO educar el carácter: el adoctrinamiento dogmático y el relativismo.
Para evitar estos errores es preciso enseñar a pensar, formar la conciencia moral, respetar y fomentar la libertad responsable y buscar un propósito vital que dé sentido al desarrollo y la actuación personales. (Continuará)
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