EL BUEN CARÁCTER DEL CRISTIANO:
“LAS TRES ERRES”
Aunque ha terminado el curso, en educación no hay tiempos vacíos. Por ello, valiéndome de unas sugerencias tomadas de un gran maestro y amigo, Antonio Rojas, propongo un plan educativo para el verano: las “tres erres.”
Escribía el estoico Séneca que “no hay árbol recio ni consistente sino aquel que el viento azota con frecuencia”; y proponía para afrontar las adversidades de la vida el recurso a “dos erres”: renunciar y resistir.
Renunciar: Saber renunciar en el momento oportuno es una de las claves para potenciar la voluntad, seguir avanzado y asimilar con valentía las novedades que van apareciendo en la vida. Aferrarse a algo cuando debemos soltarlo es quedarse estancado.
Subimos una montaña, pero en el camino van apareciendo «distracciones»; si no sabemos renunciar a ellas, es fácil que no lleguemos a la cumbre porque escoger un camino significa abandonar otros. Si pretendemos recorrer todos los caminos posibles acabaremos no corriendo ninguno.
Hay que tenerlo muy claro: cuando uno quiere una cosa, con la misma fuerza debe no querer la contraria.
Resistir: «Resistir» o «aguantar» parece un gesto pusilánime. Con frecuencia quienes soportan a los que gritan, lejos de ser vistos como fuertes, aparecen como resignados y sometidos, pero no siempre el que calla es el más débil; y no siempre el que grita más alto es el más fuerte, porque la razón no depende del tono de la voz. Más bien al contrario.
La verdadera fortaleza está también en aceptar nuestro dolor y llorar a causa de él, pero sin rendirse. Una persona es fuerte cuando, precisamente, asume su limitación ante las dificultades y procura reconvertirla transformándola en reto, en impulso creativo y productivo para superarse.
Fortaleza es acometer y resistir. Dejarnos llevar siempre por nuestras emociones no es espontaneidad, es debilidad. La virtud es fuerza y su ausencia es fragilidad; por eso hay que entrenarse en la austeridad para saber abrazar el sufrimiento que a veces nos impone la realidad, e intentar transformar la limitación en incitación al crecimiento personal.
Todo esto es verdad. Pero el estoicismo -hoy de moda en ciertos ambientes- puede caer en un error moral: el rigorismo, en el cual los fuertes acaban mirando con desdén a los débiles e infortunados.
Al estoicismo le sobra un poquito de suficiencia y le falta corazón y “alzar la mirada”. Sí: rezar: otra “erre”.
Rezar: Nos olvidamos a menudo de que nuestra naturaleza está herida. Nos vencen el desorden, la comodidad, el egoísmo. Y podemos venirnos abajo cuando fallamos. ¿Remedio? Contar con Dios, confiar en él. Como los niños que confían en sus padres y maestros.
Rezar es partir de la propia humildad y confiarse gozosamente a quien sabemos que nos ama. Es verdad que a veces la respuesta a nuestra oración no es inmediata, pero la plegaria elevada al cielo es como cuando lanzamos hacia arriba una piedra: en algún sitio cae; ninguna oración se pierde, aunque nosotros ni sintamos ni veamos la respuesta.
Es duro y difícil el esfuerzo permanente para seguir creciendo como persona, pero, en cualquier caso y situación, también en verano, es un recurso eficaz la propuesta de las tres erres: Renunciar, Resistir y Rezar. Y si además sabemos hacerlo con una sonrisa en los labios, entonces es «para nota».
(Publicado en el semanario La Verdad el 3 de julio de 2026)
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