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miércoles, 24 de enero de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (90)

VALOR EDUCATIVO DEL CASTIGO: LA CORRECCIÓN (I)

 


    A la hora de educar es necesario establecer unas normas y determinar ciertos límites de comportamiento. Es en este marco donde tiene cabida el castigo, la corrección educativa. El castigo ha de entenderse como corrección de la conducta e incentivo para la reflexión y la autodeterminación del educando, tiene valor educativo cuando contribuye directa o indirectamente a la rectificación voluntaria del comportamiento. 

    Los límites son inherentes a las normas, especifican lo que no se tiene que hacer. Son pautas claras acerca de lo aceptable o inaceptable, dan seguridad acerca de lo que se puede/debe y no se puede/debe hacer. Poner límites no es controlar autoritariamente a los hijos, es crear unos lazos invisibles de protección, tanto para la integridad física como la emocional. Da seguridad, como decimos. Más aún, no poner límites puede llegar a ser la mayor de las violencias, porque el hijo puede sentirse no mirado, no existente. 

    Un castigo o una reprimenda ha de ayudar al niño a pensar en lo que ha hecho, en por qué no hizo lo que debía y en qué es lo que tiene que hacer. Por eso ha de ser propiamente una “corrección” y ha de tener una finalidad positiva. Corregir es rectificar. El castigo sirve para cortar y corregir una conducta inadecuada, pero por sí solo no basta para obrar bien. Ha de ir precedido y acompañado por otras motivaciones e incentivos.

    Todos vivimos dentro de unas normas y de ciertos límites. También el educador ha de ponerse límites y nunca ha de mostrar un comportamiento arbitrario. 

    Jamás nuestra impaciencia o mal humor han de traducirse en un castigo. Este no ha de ser motivado nunca por nuestro enfado, ya que sería recibido como una especie de venganza o desquite y nunca como una pauta educativa. Tampoco ha de ser algo así como un refuerzo del estatus del educador sobre el niño o joven para mantenerle en su sitio o para que sepa quién manda aquí. Se trata de un medio para conseguir la mejora de la conducta, nunca puede ser un medio para dejar patente el poder de los padres, ni el equivalente a un código penal familiar. Una corrección educativa de ningún modo ha de ser vejatoria o humillante. Esto lleva al resentimiento, no a la modificación verdadera de la conducta. 

Nuestro mensaje no ha de ser nunca que él es malo, sino que hizo una cosa mala que no podemos aprobar. Y que estamos seguros de que será capaz de hacer las cosas bien y de lograr metas muy valiosas si se lo propone de verdad.

El niño ha de percibir que se busca su corrección y su bien, no su perjuicio o humillación, y que no por ello se le deja de querer sinceramente. Hemos de hacerle ver que nos duele castigarle, y que nuestra estima por él no ha disminuido por haber tenido que corregirle. Pero esto conlleva también firmeza y entereza, mantener lo mandado. 

En alguna ocasión hemos recordado a Gabriela Mistral, la gran educadora chilena: “Para corregir no hay que temer. El peor maestro es el maestro con miedo. Todo puede decirse; pero hay que dar con la forma. La más acre reprimenda puede hacerse sin deprimir ni envenenar un alma. Aligérame, Señor, la  mano en el castigo y suavízamela más en la caricia. ¡Reprenda con dolor para saber que he corregido amando!".

        (Publicado en el semanario La Verdad el 19 de enero de 2024)

miércoles, 3 de enero de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (88)

MOTIVAR INCENTIVANDO AL EDUCAR: LOS PREMIOS


Premios y recompensas constituyen un medio para conseguir una conducta deseada, pero no es fácil emplearlos bien. Han de ser incentivos que conduzcan poco a poco a la motivación intrínseca de los niños y los jóvenes, esa que mueve desde dentro, la actitud de quien obra buscando el bien que corresponde a lo que se hace, por sí mismo y no por la recompensa que le siga.

Los incentivos vienen bien cuando falta esta motivación intrínseca y madura. Pero lo suyo es ir desapareciendo para dar paso a su tiempo al criterio personal y a la determinación de la voluntad propia. Por eso no hay que abusar de la recompensa recurriendo a ella con demasiada frecuencia. No se puede dar un premio por cualquier cosa. El mejor premio es el que se obtiene al experimentar la satisfacción del deber cumplido.

La recompensa pedagógica puede revestir muchas formas: una mirada de aprobación, un gesto cariñoso, una palabra, la concesión de un permiso deseado, un regalo, etc. En general, diremos que el más apropiado es siempre el elogio. Pero no hay que excederse en los premios y alabanzas, pues perderían eficacia y se correría el peligro de hacer al niño egoísta y calculador, acostumbrándole a obrar bien sólo con miras a la recompensa. Esta no sería ya un aliciente adicional sino el fin de la conducta, y esto no sería bueno.

El estímulo es siempre más eficaz que la reprimenda. A veces ésta será inevitable, pero el incentivo será más eficaz si el hijo ve que se le reconoce la obra bien realizada y el esfuerzo, aunque éste no haya sido coronado por el éxito. Un elogio correcto, justo, oportuno, estimula y educa para el bien. 

Algunas pautas

Hay que dar el premio prometido siempre que el niño lo gane, evitando el extremo de no premiar nunca o de premiar en exceso y por cualquier cosa. Si en el hogar no se le dan compensaciones al niño en su obrar, tenderá a buscarlas fuera. Pero el mejor premio es el afectivo, la alabanza, el elogio y el aprecio, la estima sincera.

El premio es más eficaz si se recibe de inmediato. Si una madre alaba a su hijo por haber ordenado su habitación al poco tiempo de haberlo hecho, conseguirá que éste la deje recogida con más frecuencia que si lo hace al día siguiente o sólo de vez en cuando. Aprender a aplazar las recompensas es un síntoma de madurez, pero en los niños lo más corriente es que necesiten recibir recompensas de modo más inmediato, intentando evitar, como se ha dicho, que actúe solo por la recompensa. 

En este sentido, también es conveniente dividir la tarea propuesta en fases, premiando y reforzando cada una de ellas con gestos adecuados. En este caso no hay que olvidar que en educación “el éxito llama al éxito”, y así, una meta alcanzada y recompensada impulsa a acometer otra un poco más difícil, y así sucesivamente.

Las recompensas son más importantes y necesarias cuando el niño está aprendiendo a hacer algo por vez primera. Hay que reforzar sobre todo en los comienzos, mientras el hábito se va consolidando. Una vez consolidado, el refuerzo se puede llevar a cabo más espaciadamente.

     (Publicado en el Semanario La Verdad el 22 de diciembre de 2023)