PISA: ¿Y AHORA, QUÉ? (I)
Cada vez que PISA trae malas noticias, no faltan responsables políticos dispuestos a relativizar el informe, a discutir el termómetro antes que atender la fiebre. Pero sus datos importan precisamente porque permiten comparar, medir tendencias y comprobar si un sistema educativo avanza o retrocede. Con cerca de noventa países evaluados y una metodología sólida, PISA no dicta una sentencia absoluta, pero sí ofrece una señal demasiado nítida como para despacharla con excusas.
Lo ocurrido no debería sorprender a nadie. Desde hace años, los resultados anunciaban un deterioro sostenido y progresivo. No estamos ante un tropiezo coyuntural, sino ante una profecía cumplida. Si se insiste en las mismas recetas, no cabe esperar un resultado distinto. El problema español no es solo que el sistema educativo fracase: es que fracasa después de haber recibido suficientes advertencias.
España aparece ya por debajo de la media de la OCDE y de la Unión Europea. Y Navarra, que en 2015 podía presumir de situarse a la cabeza de España, ocupa ahora un lugar mucho más discreto, por decirlo suavemente. La realidad es que nos encontramos en el furgón de cola. La caída ya no se explica solo por la pandemia, las pantallas o el contexto social. Esos factores influyen, sin duda, pero una escuela digna de ese nombre no puede limitarse a reflejar las carencias de su época y menos aún contribuir a ellas: antes bien, debe combatirlas.
Conviene decirlo sin rodeos: los desplomes en comprensión lectora, matemáticas y ciencias no son un accidente estadístico. Guardan relación con decisiones pedagógicas prolongadas y erróneas, con la pérdida de exigencia y con el arrinconamiento de los contenidos, la memoria, el vocabulario y los hábitos intelectuales y morales. Durante demasiado tiempo se ha confundido modernizar la enseñanza con rebajar sus exigencias.
El retroceso en comprensión lectora es quizá el síntoma más revelador. Leer no es solo descifrar palabras: es captar matices, reconocer referencias, manejar un léxico amplio y apoyarse en conocimientos previos. Cuando todo eso falta, el alumno no solo lee peor; piensa peor. Queda indefenso ante cualquier texto exigente y, por extensión, ante cualquier razonamiento complejo. La comprensión lectora, al igual que la cultura del esfuerzo y la perseverancia, son la llave de acceso al conocimiento.
A ese empobrecimiento se suma la llamada “falacia de las competencias”: la creencia de que el “saber hacer” puede separarse del “saber” e incluso priorizarse sobre este. Se ha repetido que lo importante no es conocer, sino aprender a buscar. Pero nadie interpreta bien lo que no entiende, ni razona con solvencia sobre aquello que ignora. Internet puede agilizar la búsqueda y ampliar el conocimiento, pero no puede sustituirlo.
El dato quizás más inquietante es doble: disminuyen los alumnos excelentes y aumentan quienes quedan rezagados. Dicho de otro modo, el sistema produce menos excelencia y más insuficiencia. Por eso la respuesta no puede ser cosmética.
Urge recuperar una escuela centrada en lo esencial: lectura rigurosa, cálculo sólido, conocimientos estructurados, disciplina intelectual y una confianza renovada en la cultura como condición de libertad verdadera. Como ha manifestado Jason Clare, ministro federal de educación de Australia: “Our school systems need get back to basics”. (Nuestros sistemas escolares necesitan volver a lo básico). Lo demás son coartadas.
(Publicado en el semanario La Verdad el 25 de septiembre de 2026)
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