ACTO I
ESCENA VIII
EL INTENDENTE (con voz insegura). Te... te buscábamos, César.
CALÍGULA (con voz breve y cambiada). Ya lo veo.
EL INTENDENTE. Nosotros... es decir...
CALÍGULA (brutalmente). ¿Qué queréis?
EL INTENDENTE. Estábamos inquietos, César.
CALÍGULA (acercándose). ¿Con qué derecho?
EL INTENDENTE. ¡Oh!... (Súbitamente inspirado y muy rápido.) En
fin, de todos modos, bien sabes que debes arreglar algunas cuestiones
concernientes al Tesoro Público.
CALÍGULA (con un acceso de risa inextinguible). ¿El Tesoro?
Pero es cierto, claro, el Tesoro; es fundamental.
EL INTENDENTE. Cierto, César.
CALÍGULA (siempre riendo, a Cesonia). ¿No es verdad, querida,
que es muy importante el Tesoro?
CESONIA. No, Calígula, es una cuestión secundaria.
CALÍGULA. Pero es que tú no entiendes nada. El Tesoro tiene un
poderoso interés. Todo es importante; ¡las finanzas, la moral pública, la
política exterior, el abastecimiento del ejército y las leyes agrarias! Todo es
fundamental. Todo está en el mismo plano: la grandeza de Roma y tus crisis de
artritismo. ¡Ah! Me ocuparé de todo. Escúchame un poco, intendente.
EL INTENDENTE. Te escuchamos.
Los Patricios se adelantan.
CALÍGULA. ¿Me eres fiel, verdad?
EL INTENDENTE (en tono de reproche). ¡César!
CALÍGULA. Bueno, pues tengo un plan que proponerte. Vamos a
revolucionar la economía política en dos tiempos. Te lo explicaré,
intendente..., cuando hayan salido los patricios.
Los Patricios salen.
ESCENA IX
Calígula se sienta junto a Cesonia.
CALÍGULA. Escúchame bien. Primer tiempo. Todos los patricios,
todas las personas del Imperio que dispongan de cierta fortuna —pequeña o
grande, es exactamente lo mismo— están obligados a desheredar a sus hijos y
testar de inmediato a favor del Estado.
EL INTENDENTE. Pero César...
CALÍGULA. No te he concedido aún la palabra. Conforme a
nuestras necesidades, haremos morir a esos personajes siguiendo el orden de una
lista establecida arbitrariamente. Llegado el momento podremos modificar ese
orden, siempre arbitrariamente. Y heredaremos.
CESONIA (apartándose). ¿Qué te pasa?
CALÍGULA (imperturbable). El orden de las ejecuciones no tiene,
en efecto, ninguna importancia. O más bien, esas ejecuciones tienen todas la
misma importancia, lo que demuestra que no la tienen. Por lo demás, son tan
culpables unos como otros. (Al intendente, con rudeza.) Ejecutarás esas órdenes
sin tardanza. Todos los habitantes de Roma firmarán los testamentos esta noche,
en un mes a más tardar los de provincias. Envía correos.
EL INTENDENTE. César, no te das cuenta...
CALÍGULA. Escúchame bien, imbécil. Si el Tesoro tiene
importancia, la vida humana no la tiene. Está claro. Todos los que piensan como
tú deben admitir este razonamiento y considerar que la vida no vale nada, ya
que el dinero lo es todo. Entretanto, yo he decidido ser lógico, y como tengo
el poder, veréis lo que os costará la lógica. Exterminaré a los opositores y la
oposición. Si es necesario, empezaré por ti.
EL INTENDENTE. César, mi buena voluntad no admite duda, te lo
juro.
CALÍGULA. Ni la mía, puedes creerme. La prueba es que consiente
en adoptar tu punto de vista y considerar el Tesoro público como un objeto de
meditación. En suma, agradéceme, pues intervengo en tu juego y utilizo tus
cartas. (Pausa, luego, con calma.) Además mi plan, por su sencillez, es genial,
lo cual cierra el debate. Tienes tres segundos para desaparecer. Cuento: uno...
El intendente desaparece.
ESCENA X
CESONIA. ¡No te reconozco! Es una broma, ¿verdad?
CALÍGULA. No es exactamente eso, Cesonia. Es pedagogía.
ESCIPIÓN. ¡No es posible, Cayo!
CALÍGULA. ¡Justamente!
ESCIPIÓN. No te comprendo.
CALÍGULA. ¡Justamente! Se trata de lo que no es posible, o más
bien, de hacer posible lo que no lo es.
ESCIPIÓN. Pero ese juego no tiene límites. Es la diversión de
un loco.
CALÍGULA. No, Escipión, es la virtud de un emperador. (Se echa
hacia atrás con un gesto de fatiga.) ¡Ah, hijos míos! Acabo de comprender por
fin la utilidad del poder. Da oportunidades a lo imposible.
Hoy, y en los tiempos venideros, mi libertad no tendrá fronteras.
CESONIA (tristemente). No sé si hay que alegrarse, Cayo.
CALÍGULA. Tampoco yo lo sé. Pero supongo que de eso habrá que
vivir.
1.- ¿Qué es el poder, para
Calígula? ¿Existe obligación moral de obediencia a las disposiciones ordenadas
por éste? Razónalo.
2.- ¿Y si en lugar de un tirano loco, el poder es ejercido por un Parlamento que se considera autorizado para legislar sin límite, por pensar que sus determinaciones son la fuente de lo justo?
3.- En nombre de qué sería legítima la resistencia política, tanto pasiva como
activa?
4.-
Se plantea en este texto un conflicto entre el dinero, la vida humana y el
poder. ¿Qué valor ha de concedérseles, respectivamente, y por qué?
Aquí dejo un enlace a la obra de teatro, representada en "Estudio 1" de TVE en 1971, y protagonizada por el gran José María Rodero: