lunes, 27 de abril de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (172)

FAMILIA, EDUCACIÓN Y PRESIONES EXTERNAS



La familia, la escuela y las instancias religiosas, agentes primarios de la educación, lejos de actuar en un entorno aislado o protegido, desarrollan su función educativa inmersos en un clima social y cultural que influye decisivamente en sus planteamientos, prácticas y resultados, ya que se ven condicionadas por factores externos de carácter difuso pero altamente eficaces como el “relato mediático”, las vigencias sociales, los estilos de vida predominantes y hasta el nivel del vocabulario. 

Es preciso ser conscientes de ello y analizar ese entramado de influencias que atraviesan el campo educativo y pueden neutralizar o debilitar la acción formativa de aquellos agentes primarios.

Juan Carlos Tedesco introduce el concepto de “déficit de socialización” para describir cómo las instituciones educativas primarias van perdiendo capacidad para transmitir valores y pautas culturales que fomenten la cohesión social. Ni familia ni escuela ni instancias religiosas son impermeables; todas se ven atravesadas por un clima cultural dominante que empobrece la noción de persona y afecta inevitablemente a la educación.

Este pensamiento hegemónico y los estilos de vida asociados se infiltran principalmente por dos vías. La primera es la legislación, que configura hábitos y actitudes colectivas. Las normas jurídicas, al definir y sancionar conductas, influyen en los juicios morales y cumplen una función pedagógica, positiva o negativa, al establecer marcos de valores o contravalores que orientan el comportamiento social.

La segunda vía son los modelos públicos de identificación, difundidos por los medios de comunicación, la industria cultural y los entornos digitales. Figuras mediáticas, personajes de ficción, estilos musicales e influencers se convierten en referentes normativos para amplios sectores, consolidando “culturas de” como la del pelotazo, del “qué más da”, del subsidiado, de la infidelidad o del carpe diem. Estas “culturas” legitiman el beneficio inmediato, el conformismo moral, la pasividad y el hedonismo, que encuentran gran visibilidad en el espacio público.

Frente a ello, el pedagogo Víctor García Hoz propone una analogía educativa inspirada en la solución al problema del “polvo de la Pampa” en los trenes argentinos. Estos trenes sufrían la entrada de finas partículas de tierra durante largos viajes, que se filtraban y cubrían todo en el interior, sin que los remedios convencionales lograran evitarlo. La solución llegó al comprender que el aire circula de las altas a las bajas presiones: aumentando la presión interna de los vagones, se impidió la filtración del polvo. 

La moraleja es clara: así como la solución técnica fue aumentar la presión interna, la respuesta educativa ante las influencias negativas del entorno no consiste solo en rechazar lo externo, sino en fortalecer la vida interna familiar. Este fortalecimiento se concreta en cultivar vínculos sólidos, relaciones de confianza y una orientación explícita hacia la virtud. Solo así la familia puede resistir eficazmente las presiones externas y cumplir con su función educativa.

La educación hoy se halla ante el reto de hacer frente a las tendencias que debilitan la formación integral de la persona. Es prioritario reforzar los lazos familiares, promover identidades sólidas y una capacidad crítica -es decir, basada en criterios valiosos- frente a las influencias externas. 

Pero esto no será posible en solitario, es necesario posicionarse y trabajar asociativamente. San Juan Pablo II escribía que “las familias deben ser las primeras en procurar que las leyes y las instituciones del Estado no sólo no ofendan, sino que sostengan y defiendan positivamente los derechos y los deberes de la familia. En este sentido las familias deben crecer en la conciencia de ser protagonistas y asumir la responsabilidad de transformar la sociedad; de otro modo las familias serán las primeras víctimas de aquellos males que se han limitado a observar con indiferencia.” (Familiaris consortio 44)

            (Publicado en el semanario La Verdad el 24 de abril de 2026)


martes, 21 de abril de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (171)

LA IMPORTANCIA DE LA CONFIANZA BÁSICA (II)

 


El sentimiento de “confianza básica” del que habla Erikson es imprescindible para cimentar una personalidad equilibrada. Durante los primeros meses de vida, hasta aproximadamente el año y medio, el niño necesita sentir que es el centro de atención, que es valioso y querido, a través del afecto y los cuidados que recibe. Esta seguridad, aunque inconsciente, le transmite que “merece la pena que exista”, porque alguien “importante” se lo demuestra con sus atenciones. 

La confianza básica es fundamento de la autoestima y de la futura adquisición de valores humanos. La manera en que el niño viva estos primeros vínculos influirá profundamente en cómo interpretará las experiencias y los mensajes posteriores, y en su capacidad para relacionarse con los demás y con el mundo. Mediante el sentimiento de confianza básica y la satisfacción de la necesidad de vinculación, arrimo y ternura, el niño experimenta que es digno de estima y aprende a confiar en los demás. Saber que es aceptado simplemente por existir le ayuda a percibirse como alguien valioso para los demás. 

Julián Marías, en su obra  Mapa del mundo personal, subraya que la relación entre el adulto y el niño es principalmente corporal, manifestándose especialmente en la caricia materna. Y es esencial que sea acariciado, porque la caricia va a ser el gran instrumento de personalización, que despierta, acelera, completa la constitución de la persona. No sólo la caricia con la mano, sino el contacto general, como pueden ser el beso, el abrazo o la lactancia: “Esto significa la personalización de la corporeidad. El cuerpo acariciado se interpreta como cuerpo personal. La frecuencia, intensidad y calidad de las caricias que recibe el niño son esenciales para la posesión de la personalidad propia y ajena. En casos favorables, siente a los demás como personas y se siente tal al ser acariciado. La condición amorosa se despierta y constituye en la niñez, desde los primeros días.” 

No menos importante que la caricia física es la “caricia verbal”. No es lo mismo hablar al niño con aspereza y despego que acariciarlo con la voz y la palabra, así como con la mirada y la sonrisa; en suma, con ternura y afecto. 

            Quien posee esta base emocional, que aporta una cierta solidez, podrá afrontar en su momento el “factor realidad” con sus límites, resistencias y posibles frustraciones. De esta forma, en torno al año y medio o los dos años -una vez asentado el sentimiento de confianza básica-, el niño comienza a comprender, que no es el “centro del mundo”. La demora en la satisfacción de sus necesidades y algunas frustraciones elementales le harán sentir de algún modo que los demás tienen también “sus derechos” e importancia, es decir su espacio personal, su dignidad y sus propios sentimientos, análogos a los suyos, con los que tendrá que aprender a contar.

            No haber desarrollado el sentimiento de confianza básica, con el vacío emocional que ello supone, lastrará el proceso de desarrollo emocional. Por decirlo así: si no me basta con “ser yo” para ser aceptado, tendré que “hacer” algo, ya sea sometiéndome a la voluntad de otros mediante una actitud pasiva, de inseguridad, sumisión y autoinculpación, o bien del modo contrario, haciéndome temer mediante manifestaciones permanentes de autoafirmación compensatoria propensas a un comportamiento agresivo. 


(Publicado en el semanario La Verdad el 17 de abril de 2026)