Mostrando entradas con la etiqueta valores humanos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta valores humanos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 3 de junio de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (177)

EL “BUEN CARÁCTER”

 Fotos de Teacher - Descarga fotos gratis de gran calidad | Magnific  (anteriormente Freepik)

El carácter es el modo de ser que una persona va desarrollando a partir de su temperamento innato por medio de la educación y la interacción con otras personas. Define su manera habitual de comportarse. 

Y así, la educación del carácter pretende ayudar a los alumnos y a los hijos a cultivar la mejor versión de sí mismos; que aprendan a desarrollar sus cualidades de manera integradora y positiva. En definitiva, formar hombres y mujeres en quienes se pueda confiar. 

 William J. Bennet y su grupo de investigación describen ocho grandes fortalezas del buen carácter: 



1. Ser una persona que aprende de la vida y tiene un pensamiento crítico (basado en criterios solventes) acerca de los acontecimientos que suceden en la vida.

2. Ser reflexivo, plantearse si lo que sucede es bueno o malo, si se debe hacer o no. Dar importancia al valor moral de lo que hacemos.

3. Ser diligente, capaz de ejecutar con rapidez lo que uno ha decidido que debe hacer.

4. Ser una persona que actúa de manera honesta, respetuosa y responsable.

5. Ser una persona disciplinada, en la que se aprecia un notable autodominio personal, no determinada por las circunstancias y los apetitos y que sigue una forma de vida saludable en todos los aspectos.

6. Ser una persona abierta, sociable y emocionalmente equilibrada.

7. Ser miembro activo y positivo en los ámbitos de convivencia social a los que se pertenece, colaborando en ellos de manera responsable y con iniciativas valiosas.

8. Ser una persona con valores sólidos y estables, o virtudes, que busca y tiene en cuenta su propósito en la vida, en el marco del bien común.



***

Una persona con un carácter sólido y valioso es la que ha ido configurando una serie valores humanos:

Propios de la inteligencia: Reflexionar antes, durante y después de actuar. Habilidad para comprender una situación, decidir, elegir algo por ser bueno (no por ser apetecible). Es lo que caracteriza a la prudencia o sabiduría práctica.

Propios del corazón: Desarrollo de sentimientos y emociones morales, empezando por el amor a lo bueno y la aversión a lo malo, la aspiración a lo mejor; además de la capacidad de empatizar y convivir con los otros. A grandes rasgos es lo que Aristóteles llama magnanimidad, grandeza de alma.

Propios de la acción: Deseo de hacer lo que se debe, tras considerar los hechos y circunstancias relevantes. Fortaleza y resiliencia. Llevar a la práctica lo que uno sabe que debe hacer: Compromiso, diligencia, responsabilidad, paciencia y constancia. 

Cuando una persona tiene un buen carácter, se espera que posea ideas claras, criterios sanos a la hora de hacer algo, que quiera hacerlo y que luego lo haga porque está motivada para acometer acciones buenas y rechazar las malas, superando las ganas y las desganas, incluso cuando se está sometido a la presión de un ambiente adverso. 

(Publicado en el semanario La Verdad el 29 de de mayo de 2026)

miércoles, 6 de mayo de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (173)

LA “EDUCACIÓN DEL CARÁCTER”, UNA EDUCACIÓN CENTRADA EN LA PERSONA

 

          


      Existe un interés creciente por una línea educativa actual que ha dado en llamarse “Educación del carácter”, aunque su desarrollo en España es una tarea pendiente si se compara con el ámbito anglosajón. En estos países, desde los años 90 del pasado siglo, se ha producido un resurgimiento notable y exitoso de este modelo educativo, a través de diversas propuestas que lo han posicionado como referente. 

          En España este interés se manifiesta actualmente de forma débil y fragmentada. Sin embargo, una investigación reciente liderada por la profesora Verónica Fernández Espinosa (UFV), indica que un alto porcentaje del profesorado considera la educación del carácter como un elemento esencial para el desarrollo integral y el éxito académico del alumno.

            Se observa además una tendencia creciente a integrar la formación del carácter bajo el paraguas de las habilidades no cognitivas  (soft skills). Educadores y pedagogos valoran virtudes como la tenacidad, la constancia y la diligencia, por su alta demanda en el ámbito laboral y su impacto en la resolución de problemas. Por otro lado, algunas líneas de innovación pedagógica convergen con este enfoque a través de pedagogías activas y de educación emocional.

El enfoque teórico de la educación moral hoy más invocado es deudor en gran medida del planteamiento de autores como Kohlberg, y se basa solo en la autonomía y el juicio moral como pilares fundamentales, argumentando que no se puede  reducir  el comportamiento moral a la mera acción, a la conducta irreflexiva (se toma aquí el hábito como un mero mecanismo que excluye la reflexión).

Pero el hábito, bien entendido, es una disposición basada en el ejercicio persistente de una facultad humana, que no renuncia a la reflexión: por ejemplo, el hábito de la sinceridad se adquiere acostumbrándose a decir siempre la verdad, pero esto no excluye que se piense lo que se dice sino todo lo  contrario.

            Además, en el comportamiento moral residen otros dos componentes clave: por un lado la voluntad, en estrecha relación con la afectividad, que implica querer hacer algo concreto en vez de su contrario; y, por otro el conocimiento de la realidad y el reconocimiento de la dignidad humana, necesarios para fundamentar las decisiones morales.

En nuestros centros escolares se echa a faltar demasiado a menudo un enfoque educativo que abarque a la persona en su totalidad y que fomente el cultivo de una “vida buena” (que no es lo mismo que la buena vida…) Y para esto no basta un planteamiento basado en competencias o habilidades. El modelo de la educación del carácter centrado en la idea de la plenitud humana se ofrece como alternativa al enfoque hoy vigente, lastrado de utilitarismo y contaminado ideológicamente.

Así, K. Kristjánsson, profesor en Birmingham, hablando de la virtud de la prudencia, afirma que consiste en una compleja tarea de organizar la vida buena que no puede asemejarse a una mera adquisición de habilidades, pues requiere una comprensión teórica profunda acerca de lo que significa tal vida buena. Se requieren habilidades para afrontar situaciones particulares, sin duda; pero también una visión teórica general que facilite el acceso a lo universal, en la que tiene lugar la reflexión sobre los fines de la existencia. (Continuará)

(Publicado en el Semanario La Verdad el 1 de mayo de 2026)

martes, 21 de abril de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (171)

LA IMPORTANCIA DE LA CONFIANZA BÁSICA (II)

 


El sentimiento de “confianza básica” del que habla Erikson es imprescindible para cimentar una personalidad equilibrada. Durante los primeros meses de vida, hasta aproximadamente el año y medio, el niño necesita sentir que es el centro de atención, que es valioso y querido, a través del afecto y los cuidados que recibe. Esta seguridad, aunque inconsciente, le transmite que “merece la pena que exista”, porque alguien “importante” se lo demuestra con sus atenciones. 

La confianza básica es fundamento de la autoestima y de la futura adquisición de valores humanos. La manera en que el niño viva estos primeros vínculos influirá profundamente en cómo interpretará las experiencias y los mensajes posteriores, y en su capacidad para relacionarse con los demás y con el mundo. Mediante el sentimiento de confianza básica y la satisfacción de la necesidad de vinculación, arrimo y ternura, el niño experimenta que es digno de estima y aprende a confiar en los demás. Saber que es aceptado simplemente por existir le ayuda a percibirse como alguien valioso para los demás. 

Julián Marías, en su obra  Mapa del mundo personal, subraya que la relación entre el adulto y el niño es principalmente corporal, manifestándose especialmente en la caricia materna. Y es esencial que sea acariciado, porque la caricia va a ser el gran instrumento de personalización, que despierta, acelera, completa la constitución de la persona. No sólo la caricia con la mano, sino el contacto general, como pueden ser el beso, el abrazo o la lactancia: “Esto significa la personalización de la corporeidad. El cuerpo acariciado se interpreta como cuerpo personal. La frecuencia, intensidad y calidad de las caricias que recibe el niño son esenciales para la posesión de la personalidad propia y ajena. En casos favorables, siente a los demás como personas y se siente tal al ser acariciado. La condición amorosa se despierta y constituye en la niñez, desde los primeros días.” 

No menos importante que la caricia física es la “caricia verbal”. No es lo mismo hablar al niño con aspereza y despego que acariciarlo con la voz y la palabra, así como con la mirada y la sonrisa; en suma, con ternura y afecto. 

            Quien posee esta base emocional, que aporta una cierta solidez, podrá afrontar en su momento el “factor realidad” con sus límites, resistencias y posibles frustraciones. De esta forma, en torno al año y medio o los dos años -una vez asentado el sentimiento de confianza básica-, el niño comienza a comprender, que no es el “centro del mundo”. La demora en la satisfacción de sus necesidades y algunas frustraciones elementales le harán sentir de algún modo que los demás tienen también “sus derechos” e importancia, es decir su espacio personal, su dignidad y sus propios sentimientos, análogos a los suyos, con los que tendrá que aprender a contar.

            No haber desarrollado el sentimiento de confianza básica, con el vacío emocional que ello supone, lastrará el proceso de desarrollo emocional. Por decirlo así: si no me basta con “ser yo” para ser aceptado, tendré que “hacer” algo, ya sea sometiéndome a la voluntad de otros mediante una actitud pasiva, de inseguridad, sumisión y autoinculpación, o bien del modo contrario, haciéndome temer mediante manifestaciones permanentes de autoafirmación compensatoria propensas a un comportamiento agresivo. 


(Publicado en el semanario La Verdad el 17 de abril de 2026)

jueves, 27 de noviembre de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (157)

EDUCACIÓN EN LA ADOLESCENCIA: 

VALORES HUMANOS

Proteger a la adolescencia: a qué edad empieza, etapas y cambios clave

Continuamos tratando sobre la educación en la adolescencia. Conviene animar desde la infancia a vencer especialmente la pereza, la irreflexión y la inconstancia. 

Es fundamental que el adolescente reflexione sobre lo que ve a su alrededor, cosa que dificulta el mundo digital en que vive, surtido de reacciones emocionales, de prisas y superficialidad. Aunque la familia es fuente de referencias, criterios y pautas de actuación, es un hecho que ha cedido protagonismo a las redes y la pantallas. 

En la familia o en el centro escolar no es bueno darle todo pensado, pero tampoco lo es dejarle sin respuestas, o dar a entender por medio de omisiones o de actitudes de cinismo y desencanto que las respuestas no existen. No es bueno que desde niños “aprendan” en su casa o  de sus profesores -al escuchar sus quejas o comentarios habituales-, que el mundo es una porquería, que nadie hace nada que no sea por su interés, que el trabajo es una maldición, que ser bueno es ser tonto, que el mundo es de los astutos... Nada hay más demoledor que el cinismo y la desesperanza.

Entre los 7 y los 10 años es también un momento propicio para cultivar valores humanos como la fortaleza, la sobriedad y el autodominio: usar el tiempo, el dinero y disfrutar de las propias experiencias según criterios adecuados. Es fundamental que no se tomen decisiones –ni ellos ni nosotros- según el débil argumento: “me gusta-no me gusta”, “me apetece-no me apetece”, “tengo ganas-no tengo ganas”, “lo hacen-no lo hacen los demás”… Y lo es también no desanimarse ante los fallos. 

Para ello, en todo momento ha de valorarse y fomentarse el esfuerzo, la abnegación, la perseverancia, la compasión hacia personas desfavorecidas, y el establecimiento permanente de pequeñas metas personales como actitud habitual, saboreando los logros, ayudándoles a sacar lecciones positivas de los fallos y fracasos. 

Conviene esclarecer al coronar la infancia el concepto de la verdadera libertad, que no es una independencia desvinculada o la afirmación de los apetitos y deseos particulares, sino el dominio de uno mismo, la responsable apuesta por el bien y la capacidad de tomar decisiones de acuerdo con el auténtico valor de las cosas y la dignidad de las personas. Y que el valor de la libertad se mide por la capacidad de compromiso. Es bueno proponer el ejemplo de quienes han actuado así: los héroes, los santos y otros grandes modelos de humanidad, ayudándose para ello, por ejemplo, de la virtualidad pedagógica de los relatos y narraciones.

Es fundamental también que los padres creen desde unos años antes un ambiente familiar de exigencia, lo que incluye horarios fijos de acostarse y levantarse, control del horario de la televisión, de los videojuegos, de las lecturas y de Internet, un horario de estudio personal, no darles más dinero del necesario y comentar de modo natural desde el principio en qué se ha gastado; el cultivo habitual del deporte, evitar la ociosidad y promover la asunción de responsabilidades familiares y domésticas (cuidar de sus hermanos pequeños, encargos o funciones en la casa...) 

Por la misma razón conviene que les facilitemos participar en ambientes extrafamiliares positivos, donde puedan poner en práctica y apreciar estos y otros valores humanos, compartiéndolos con sus iguales, apoyados por formadores capacitados (parroquia, movimientos juveniles, etc.) 

(Publicado en el semanario La Verdad el 21 de noviembre de 2025)

sábado, 20 de abril de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (100)

EL VALOR DE LA PERSEVERANCIA


        La constancia es un valor humano que puede suplir muchos talentos, ingrediente necesario en la consolidación de todo hábito positivo, en toda virtud genuina. Sin embargo, no puede ser suplido por ningún otro valor. La generosidad, el respeto, la paciencia, la resistencia a la frustración, la responsabilidad, el esmero en el trabajo, la compasión… toda virtud, en fin, se adquiere mediante la reiteración de actos a impulso de una voluntad persistente.

Por ello, si queremos que una persona consolide y saque a la luz su mejor versión, es importante ayudarle para que actúe de forma perseverante y persistente. 

            Es conocida aquella fábula en la que dos ranas cayeron en un recipiente de nata y empezaron a hundirse.Al principio, las dos patalearon en la nata para llegar al borde del recipiente, pero era inútil; sólo conseguían chapotear y hundirse cada vez más. Una de ellas exclamó: “No puedo más. Es imposible salir de aquí. Y ya que voy a morir no veo por qué prolongar este sufrimiento. No tiene sentido morir agotada por un esfuerzo estéril”. Dicho esto dejó de patalear y se hundió con rapidez. 

            La otra rana, más persistente, se dijo: “¡Uff... parece imposible, sin embargo mi familia y mis amigos me esperan; mientras pueda, no debo dejar de intentarlo.”Siguió chapoteando en el mismo lugar durante un buen tiempo… y, de pronto, de tanto patalear y batir las ancas, la nata se fue convirtiendo en mantequilla. Sorprendida, la rana dio un salto y llegó hasta el borde del recipiente. Una vez fuera, pudo regresar a casa croando alegremente.

El esfuerzo perseverante no es la virtud suprema, ciertamente, pero sin él no puede arraigar en el carácter ningún valor humano de envergadura. No obstante, especialmente en tiempos o en ambientes de permisividad o de hedonismo -de aprecio excesivo del placer y de la comodidad-, el esfuerzo se convierte de por sí en una virtud notable. 

Se ha puesto de moda el término resiliencia, que vendría a significar más o menos lo mismo que la virtud de la fortaleza. Hablamos en el fondo de un valor humano decisivo para la formación del carácter y para contar con personas capaces de afrontar dificultades y adversidades, en quienes se pueda confiar para encomendarles responsabilidades, liderar grupos, sostener proyectos... Es también una clave importante para la educación emocional puesto que conlleva autodominio y es fuente de serenidad, de estabilidad y de equilibrio.

Si queremos enriquecer nuestro carácter, mejorar nuestras actitudes y comportamientos, es preciso luchar con perseverancia para corregir nuestros defectos. La nuestra es una naturaleza “herida” (son las consecuencias del pecado original, que tantos pensadores y pedagogos han constatado, atribuyéndolas a los más diversos factores y llegando a malentenderlas en muchos casos; Rousseau, por ejemplo, las refería a la vida en sociedad y a la propiedad privada). Por ello, es preciso el esfuerzo permanente y la apertura a la gracia divina para reconducir nuestra vida al bien, a la verdad y a la belleza, en lucha paciente contra nuestro defecto o defectos dominantes y fomentando la virtud de manera perseverante. 

Aquí encaja muy bien la afirmación de Viktor Frankl: “quien tiene un para qué encontrará y podrá soportar el cómo”. No se trata de no caer, sino, cuando se tiene un “para qué”, de no cansarse nunca de estar empezando siempre.

(Publicado en el semanario La Verdad el 19 de abril de 2024)

 

martes, 19 de marzo de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (97)

ASUMIR RESPONSABILIDADES CONCRETAS (IV)

 


            Es preciso encomendar responsabilidades a los hijos o alumnos para que aprendan poco a poco a pensar, decidir y actuar por propia iniciativa, ponderando el contenido y el valor de lo que se hace y sus consecuencias, y preocupándose por resolver eficazmente los problemas y las necesidades de los demás. 

            Se trata de proponer tareas accesibles que lleven a saborear el éxito y la satisfacción por lo que se hace bien y por el cumplimiento de las obligaciones y deberes. Serán normalmente tareas domésticas concretas o encargos en el aula de los que tendrá que responder.

            En los primeros años se tratará de que los niños adquieran determinados hábitos y de que la costumbre facilite posteriormente -a partir de los 7 años más o menos- la toma de decisiones personales con cierta reflexión y voluntariedad. Así, a los niños pequeños conviene presentarles ocasiones para tomar algunas decisiones, proponiéndoles elecciones que supongan poco riesgo y ayudándoles con pautas que faciliten la elección. Al principio bastará proponer dos posibilidades, por ejemplo: “¿Qué prefieres llevar al parque: el balón o la bici? ¿Qué ponemos de postre: manzana o yogur?¿Qué jersey quieres ponerte, el rojo o el azul? ¿Qué te parece que le compremos a tu hermano: un juguete o un puzzle? ...” 

            Más adelante se pasará a presentarles tres o más alternativas y, cuando elijan, se les pedirá que indiquen el porqué de su decisión. Razonar las decisiones les ayudará a no obrar de un modo caprichoso o impulsivo. Es bueno que el educador les nombre temporalmente encargados de alguna tarea; que los padres pidan sugerencias a los hijos para resolver alguna situación cotidiana a su alcance y que vayan participando paulatinamente en otras decisiones familiares, mientras observan cómo los padres sopesan ventajas e inconvenientes, cómo valoran riesgos, criterios morales o de otro tipo...

El afecto y el ejemplo de padres y hermanos será el mejor estímulo, y los límites y normas que se marcan en el hogar son un buen libro de instrucciones. Es preciso no sustituirles en lo que puedan hacer por sí mismos, animarles a que piensen las cosas antes y después de hacerlas, pedirles cuentas de lo que han hecho, que se preocupen por los demás y que vayan tomando conciencia poco a poco de que el bien que ellos no hagan se quedará sin hacer.

Conviene explicar en lo posible la razón o el propósito de lo que se les encomienda y el modo en que tienen que hacerlo. También las consecuencias que se seguirán de hacer bien y de hacer mal lo que se les encomienda. La claridad en este punto es fundamental; es preciso conocer las reglas para saber lo que se tiene que hacer y cómo, y para comprender por qué se ha actuado bien o mal. 

Será bueno que desarrollen la iniciativa y la constancia por medio de algún tipo de hobby o afición que suponga actividad, y no lo es en absoluto el recurso habitual a la televisión, la tablet, el móvil… ya que esto conduce a la pasividad y a la superficialidad.

No nacemos responsables. Se aprende a ser responsable ejercitando la constancia, la paciencia, el esmero, la generosidad, la sensibilidad hacia las necesidades de otros y, en definitiva… asumiendo responsabilidades concretas. 

(Publicado en el semanario La Verdad el 15 de marzo de 2024)

martes, 12 de marzo de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (96)

EDUCANDO EN LA RESPONSABILIDAD (III)



 
            Aprender a tomar decisiones de forma paulatina ayudará al niño o niña a afrontar sus necesidades y a darse cuenta de las necesidades de los demás. Para ello, a partir de los dos años y medio, más o menos, conviene crear un ambiente en el que los niños puedan tomar algunas decisiones que les afecten: elegir juegos, ropa, qué libro quiere que se le lea, qué desea merendar, qué fruta quieren y otras pequeñas acciones de su vida cotidiana, etc. Una vez hecha la elección, la debe llevar hasta el final, acabando lo que empezó, y no se le deben permitir conductas caprichosas. 

Es preciso empezar tempranamente con tareas adecuadas aumentando paulatinamente la dificultad según avanzan en edad: al principio, seguir las rutinas establecidas (lavarse los dientes, asearse antes de sentarse a comer, recoger los juguetes al terminar los juegos, dejar las cosas en su sitio, ayudar a poner la mesa…); asegurarse de que cuidan bien sus cosas y procuran no perderlas; a medida que avanzan iremos encomendándole tareas concretas (recoger la mesa, encargarse de poner el lavavajillas, ayudar a sus hermanos pequeños a vestirse, hacerse la cama…), y más tarde pedirle que proponga iniciativas para la vida familiar (participar en la programación de las actividades para el fin de semana, ideas para el álbum de fotos familiar, etc.)

Las tareas escolares tienen valor, sobre todo, porque ayudan a ejercitar la responsabilidad y a crear rutinas de trabajo en casa. Los padres deben marcar un horario y apreciar si este es suficiente o no, si conviene hacer breves descansos, si el niño es puntual o se relaja en exceso, si se centra o se distrae con otras cosas… No conviene que sean los padres los que le “hagan los deberes”, y no deben facilitarle en exceso las soluciones, sino que deben animar a que pregunte al profesor y aprenda a resolverlos por sí mismo. Es conveniente ponerse de acuerdo con el profesor o profesora acerca del cumplimiento de las tareas desde el principio. 

Para que vaya madurando en estos aspectos no hay que evitarle esfuerzos; tiene que aprender a resolver los problemas para los que esté capacitado y a pedir ayuda cuando es realmente necesario, contando siempre con el apoyo emocional de sus padres y maestros, pero aprendiendo a ser protagonista. En general se trata de no dárselo todo hecho, de que aprenda a conseguir metas algo difíciles por medio de su esfuerzo. Es muy importante reconocer, valorar y felicitar por todos los avances que se observen en el proceso.

Conviene que aprenda tempranamente a valorar y cuidar el orden, a obedecer las normas; debemos fomentar y alentar el gusto por el trabajo bien hecho, propiciar el autocontrol para que se acostumbre a dominar caprichos y a sobrellevar con buen ánimo estados y situaciones de frustración. No hay que dejarle tomar decisiones movido por las ganas y desganas, pues ello conduce a que la pereza domine su carácter.

Si se equivoca o precipita al elegir o decidir, conviene que experimente las consecuencias de su elección, aplicando, si es el caso, una corrección adecuada. Ello le servirá para ser más reflexivo y valorar aspectos positivos y negativos de lo que vaya a elegir. En todo caso, padres y educadores tenemos que estar cerca para ayudarles a tomar sus decisiones y a reflexionar antes y después de realizarlas.

 

(Publicado en el semanario La Verdad el 8 de marzo de 2024. 

Agradezco especialmente a la profesora Mariví Moreno, 

maestra de Educación infantil, sus aportaciones.)

viernes, 8 de marzo de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (95)

ELOGIO DE LA RESPONSABILIDAD (II)


Es preciso -porque hoy se echa en falta muy a menudo- hacer un elogio de la responsabilidad como objetivo educativo. Nos hallamos frente a uno de los valores humanos o virtudes más importantes en la educación de la personalidad. Ser una persona responsable marca la diferencia entre una vida mediocre y una vida que mira a la excelencia. En ella prima el deseo de orientarse al bien y difundirlo -cayendo en la cuenta de que “el bien que yo no haga se queda sin hacer”-, el afán de dejar este mundo mejor de lo que lo hemos encontrado y de perfeccionar el propio carácter para poder aportar lo mejor de uno mismo a los demás.

La responsabilidad no surge espontáneamente. Por ello, uno de los objetivos principales que debemos plantearnos los padres y educadores es que nuestros hijos o alumnos vayan integrándose de manera responsable en los diversos ámbitos de la vida, empezando por el escolar y el familiar: que sean capaces de cumplir con sus obligaciones, de asumir compromisos, de ayudar a otras personas en sus dificultades, de aportar iniciativas para el bien común. 

Ser responsable no sólo es cumplir lo que se nos manda. Eso sería mera obediencia (que no es poco); ser responsable es algo más, es tomar la iniciativa, esmerarse, saber elegir y decidir por uno mismo con todas las consecuencias. Requiere pensar bien antes de hacer algo, no eludir compromisos, acometerlos de la mejor manera posible y ser conscientes de que nuestras elecciones y decisiones tienen consecuencias que repercuten en los demás, consecuencias que, por ello, tenemos que asumir.

Una persona responsable no se conforma con obedecer y cumplir las reglas, ni con satisfacer los “mínimos”. Frente a la ley del mínimo esfuerzo muestra aceptación activa, diligencia y esmero: toma lo que se le encomienda como tarea propia y busca la mejor solución posible; hace suya la voluntad o la necesidad de quien se la demanda. No suele poner excusas ni se queja habitualmente. Por su deseo de hacer las cosas bien y por su capacidad de iniciativa pone los fundamentos de una verdadera creatividad, la de quien, en lugar de poner pegas, las resuelve lo mejor posible. No rehúye tareas que repercuten en beneficio ajeno, haciéndose digno de la confianza de los demás porque lo que hace procura hacerlo bien -lo mejor posible-, con iniciativa y con esmero. 

Es esa persona que “tira del carro” cuando los demás le necesitan, porque toma el bien de los demás como si dependiera de ella. Y esto caracteriza de manera primordial a una persona madura y positiva. Todos alabamos y agradecemos en los demás una servicialidad que va de la mano de una competencia profesional o técnica.

Si queremos educar a nuestros hijos o a nuestros alumnos en la responsabilidad hemos de fomentar en ellos una capacidad de autoexigencia que los lleve a no pactar con la vulgaridad, con la negligencia, con la pereza y la superficialidad. Librarles de las dificultades o de los sinsabores, realizar las cosas que por su edad debieran llevar a cabo por sí solos, es una manera segura de hacerles débiles, indecisos y, en definitiva, de frenar su desarrollo personal. Encanijarles.

   
            (Publicado en el Semanario La Verdad el 1 de marzo de 2024)

lunes, 24 de octubre de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (43)

EDUCACIÓN EN VALORES, EDUCACIÓN INTEGRAL

 


Venimos insistiendo en la importancia de una educación en valores, que ha de entenderse como formación integral de la persona, como un empeño no improvisado de ayudar a niños y jóvenes para que desarrollen una personalidad madura. En suma, como una educación no solo personalizada sino, sobre todo, personalizadora.

 La madurez personal es fruto del fomento de una creciente unidad interior, acorde con el orden y jerarquía de las capacidades naturales de la persona humana. Se pone de manifiesto en el equilibrio, el conocimiento bien fundado, la responsabilidad, la generosidad, la honestidad, la constancia…, valores humanos todos ellos que resultan del dominio de sí mismo y de un proyecto personal de vida sólido. Estos valores, integrados adecuadamente, vienen a configurar la urdimbre psicológica y moral de una persona y ofrecen el fundamento para la orientación de la propia vida hacia la verdad, el bien y la belleza. Y son por ello, además, la mejor inversión social.

El tipo de educación que proponemos exige una clarificación y un encuentro con valores que contribuyan al desarrollo de una personalidad rica en humanidad. ¿Qué es un valor, en el sentido al que aquí nos referimos? Yendo a lo esencial, podemos describirlo como un bien -algo que contribuye a la mejora del mundo y del propio ser humano- que nos atrae, que incide en nuestra existencia. 

Es, por un lado, algo objetivamente bueno: ideales, criterios de actuación, cualidades presentes en las cosas, virtudes y comportamientos que hacen mejor al ser humano… Pero por otro, también, viene a satisfacer deseos y necesidades de la persona, y por ello nos saca de la indiferencia, nos agrada e ilusiona, lo que implica una peculiar receptividad, una capacidad de asombro, una cierta sensibilidad.

Esto último es más importante de lo que parece. Nos encontramos a veces con personas -jóvenes en particular pero no solo ellos- que se resisten ante costumbres, tradiciones, principios morales: “son cosas de mayores”, “no me dice nada”, “eso está pasado”, “es un rollo”, “es una imposición que va contra mi libertad…”, escuchamos. Muchos padres y educadores en general se angustian -seguramente con razón- por la resistencia de sus hijos y alumnos a aceptar y hacer suyos determinados comportamientos, criterios o creencias.

Y es que cuando un principio moral no consigue dar forma al comportamiento desde el interior de uno mismo, orientando la lógica y las inclinaciones íntimas, tiende a imponerse desde el exterior, limitando y entorpeciendo un desarrollo humano que no es capaz de guiar. Más aún, tiende habitualmente a suscitar una reacción en contra. Sobre todo cuando se han dejado atrás los primeros años de edad, ese principio o norma moral, por buenos y convenientes que sean, pueden percibirse solo como algo impuesto, como una forma de violencia que choca con el propio afán de libertad. 

Por eso es muy importante cuidar desde muy temprano la capacidad receptiva en el proceso de aprendizaje, la capacidad de asombro y de escucha, la sensibilidad, el deseo de aprender, la experiencia de satisfacciones profundas que son fruto del esfuerzo y la constancia…; y no decidir o elegir “porque me gusta o no me gusta”, “tengo ganas o no”, “me apetece o no me apetece”, “lo hacen o no lo hacen los demás”… La educación actual tiende a fomentar la socialización de las generaciones jóvenes, pero ha olvidado a menudo su personalización.

   (Publicado en el semanario La Verdad el 21 de octubre de 2022)

 

 

viernes, 22 de abril de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (25)



FOMENTAR LOS VALORES HUMANOS EN LA INFANCIA


 

Veníamos diciendo que lo más importante que los padres deben dar a los hijos es la seguridad de su amor y de su aprecio. A partir del sentimiento de confianza básica se irá desarrollando su autoestima y, con la paulatina introducción de la conciencia del límite y de la realidad objetiva, se consolidará poco a poco su personalidad.

Volvamos ahora a la vivencia, receptividad y desarrollo de los valores humanos, que en los primeros años vienen fuertemente entrelazados con el desarrollo de los afectos y el aprendizaje de los primeros hábitos.

Recordemos que el valor y la virtud poseen tres aspectos o dimensionescognitivo (criterios, ideas claras...), emotivo (atractivo, pasión, ideal, deseo...) y conductual o práctico (realización efectiva, hábito arraigado, experiencia). La educación moral e integral de la persona no debe olvidar ninguno de esos tres aspectos que, adecuadamente integrados desde el principio, dan lugar a una interiorización y a un primer arraigo en la incipiente formación de la personalidad en el niño pequeño. 

Bueno, ¿y por dónde empezar? Obviamente, a partir de aquel o aquellos valores y actitudes para los que se está mejor dispuesto. A riesgo de simplificar, podemos distinguir tres fases al respecto, aunque cada una se apoya obviamente en el cimiento de la anterior:

-  Hasta los 3 años predominan la espontaneidad, la dependencia afectiva y un elemental egocentrismo. Pueden y deben empezar a arraigar desde los dos años algunos hábitos básicos (obediencia, rutinas de orden, autocontrol...)

-  De 4 a 7 años predomina la imitación y una mentalidad ‘contractual’ en la aceptación de normas (‘doy y me das’); puede ir arraigando la responsabilidad (asunción y realización de tareas...) y, a partir de los seis años, la generosidad y la reflexión.

-  De 8 a 12 años se acentúa el valor de la norma, y a la vez se empiezan a entender y reclamar seriamente los porqués. 

Y así, en los primeros años, la costumbre de obedecer a los mayores, de realizar determinados servicios en la casa, de recoger los juguetes o de ordenar la habitación, por ejemplo, pueden adquirirse muy tempranamente, como un juego o como un modo de dar y de recibir afecto, sobe todo al principio, y también como una norma que hay que cumplir. 

Posteriormente vendrán las explicaciones razonadas y los principios de convivencia. Las razones, cuando lleguen, encontrarán ya preparado el terreno de una conducta que resulta fácil de llevar cabo, gracias a las costumbres y hábitos adquiridos tempranamente. 

El niño, la niña, aprenden cuando actúan, cuando quieren conocer o conseguir algo. En su modo de comportarse y de pensar se da un predominio de lo afectivo y de la actividad. Comprenden cuando hacen, cuando participan activamente y obtienen algo positivo a cambio del esfuerzo realizado. El refuerzo afectivo del cariño y la aprobación de los padres es la herramienta educativa más poderosa de estos.

Sería un error querer ganar la estima del niño dándole facilidades o evitándole el esfuerzo de superarse a sí mismo, o de cumplir determinadas normas. No hay que darle las cosas hechas, sino enseñarle y ayudarle a conseguirlas; y brindar, con la actitud y con los gestos de agrado y de afecto, la experiencia de una satisfacción que confirme el valor de lo que ha realizado o ha intentado realizar por sí mismo.

(Publicado en el semanario La Verdad el 22 de abril de 2022)

martes, 21 de diciembre de 2021

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (9)

 

LA IMPORTANCIA DE LOS AMBIENTES EDUCATIVOS



            Se educa en valores humanos y virtudes en y desde la práctica, por medio del trabajo y la convivencia, especialmente por el trato habitual con personas que hacen brillar de algún modo la virtud en su ser y en su obrar. De ahí, entre otras cosas, el papel insustituible de los maestros. La experiencia nos enseña que se aprende a vivir de manera valiosa viendo cómo lo hacen otras personas que son referentes para nosotros (familiares, maestros, amigos, personas de referencia…). El psicólogo Albert Bandura llamó “modelado” a esta forma de aprendizaje.

Por otra parte, la convivencia es un cauce decisivo en la formación de la personalidad, en la educación emocional y moral de los niños y los jóvenes. Por ello es de la mayor importancia propiciar y cuidar al máximo ambientes sanos, ricos en motivaciones, experiencias y ejemplos adecuados, una convivencia que de manera fluida estimule a superarse, a ayudarse, a perseverar compartiendo esfuerzos, logros, fracasos, alegrías y sinsabores. 

El ambiente educativo, pensado previamente, cultivado y atendido de manera apropiada, constituye una vía implícita pero eficaz para suscitar y transmitir valores y actitudes a través de la práctica y del afecto, configurando un clima en el que se hallan referentes personales cercanos, generando una complicidad sana, solidaria y estimulante. A nadie se escapa la enorme influencia de las “compañías”, tanto para bien como para mal. Por ello conviene que en lo posible los padres “se adelanten” para que sus hijos se integren pronto en grupos en los que pueda surgir libre y espontánea una sana y positiva amistad.

Los vínculos emocionales de simpatía y amistad que se pueden suscitar en la familia, en el aula, en un grupo juvenil o de formación, por ejemplo, son un estímulo eficaz para aprender a gustar lo valioso y a detestar lo malo, lo injusto. Sólo en el clima de confianza y de ayuda que genera un ambiente amistoso y alegre se aprende la importancia y el valor del servicio. Los valores compartidos calan más y mejor porque los afectos sirven de estímulo y de vínculo ayudando a interiorizar comportamientos, criterios y valores. El sentido de pertenencia es fuente de seguridad y de autoestima.

El educador (maestro, padre, formador) ha de procurar que el niño o el joven llegue a ver en el compañero o en el hermano, no un rival, sino "otro como yo", un amigo o amiga que no me juzga, que me ayuda a aprender y a tener éxito, que pasa por lo mismo que yo y me comprende, que me anima y consuela cuando lo necesito, y a la recíproca. Por ello es fundamental procurar que el ambiente en el grupo y en la actividad de clase o en casa sea positivo y alegre.

Es importante que cada uno aprenda a sentirse responsable del bien de aquellos cuya amistad y camaradería comparte, con el fin de que la inserción en un grupo o en un ambiente no sea como la del camaleón, que se mimetiza en el anonimato, sino que ayude a la propia personalización asumiendo iniciativas y responsabilidades orientadas al bien común. 

Viene aquí perfectamente a cuento el famoso lema de los mosqueteros de Dumas: “Todos para uno y uno para todos”.


(Publicado en el semanario LA VERDAD el 26 de noviembre de 2021)


lunes, 29 de diciembre de 2014

Sobre la tutoría en educación


La tutoría es más que un asesoramiento profesional: consiste en descubrir al alumno sus puntos fuertes y débiles, sus buenos y malos hábitos, animarles, orientarles para que lleven a cabo su propio proyecto personal de vida. 
El profesor debe ayudar al alumno a establecer metas pequeñas y accesibles al final de cada sesión de tutoría.