Mostrando entradas con la etiqueta confianza básica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta confianza básica. Mostrar todas las entradas

martes, 21 de abril de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (171)

LA IMPORTANCIA DE LA CONFIANZA BÁSICA (II)

 


El sentimiento de “confianza básica” del que habla Erikson es imprescindible para cimentar una personalidad equilibrada. Durante los primeros meses de vida, hasta aproximadamente el año y medio, el niño necesita sentir que es el centro de atención, que es valioso y querido, a través del afecto y los cuidados que recibe. Esta seguridad, aunque inconsciente, le transmite que “merece la pena que exista”, porque alguien “importante” se lo demuestra con sus atenciones. 

La confianza básica es fundamento de la autoestima y de la futura adquisición de valores humanos. La manera en que el niño viva estos primeros vínculos influirá profundamente en cómo interpretará las experiencias y los mensajes posteriores, y en su capacidad para relacionarse con los demás y con el mundo. Mediante el sentimiento de confianza básica y la satisfacción de la necesidad de vinculación, arrimo y ternura, el niño experimenta que es digno de estima y aprende a confiar en los demás. Saber que es aceptado simplemente por existir le ayuda a percibirse como alguien valioso para los demás. 

Julián Marías, en su obra  Mapa del mundo personal, subraya que la relación entre el adulto y el niño es principalmente corporal, manifestándose especialmente en la caricia materna. Y es esencial que sea acariciado, porque la caricia va a ser el gran instrumento de personalización, que despierta, acelera, completa la constitución de la persona. No sólo la caricia con la mano, sino el contacto general, como pueden ser el beso, el abrazo o la lactancia: “Esto significa la personalización de la corporeidad. El cuerpo acariciado se interpreta como cuerpo personal. La frecuencia, intensidad y calidad de las caricias que recibe el niño son esenciales para la posesión de la personalidad propia y ajena. En casos favorables, siente a los demás como personas y se siente tal al ser acariciado. La condición amorosa se despierta y constituye en la niñez, desde los primeros días.” 

No menos importante que la caricia física es la “caricia verbal”. No es lo mismo hablar al niño con aspereza y despego que acariciarlo con la voz y la palabra, así como con la mirada y la sonrisa; en suma, con ternura y afecto. 

            Quien posee esta base emocional, que aporta una cierta solidez, podrá afrontar en su momento el “factor realidad” con sus límites, resistencias y posibles frustraciones. De esta forma, en torno al año y medio o los dos años -una vez asentado el sentimiento de confianza básica-, el niño comienza a comprender, que no es el “centro del mundo”. La demora en la satisfacción de sus necesidades y algunas frustraciones elementales le harán sentir de algún modo que los demás tienen también “sus derechos” e importancia, es decir su espacio personal, su dignidad y sus propios sentimientos, análogos a los suyos, con los que tendrá que aprender a contar.

            No haber desarrollado el sentimiento de confianza básica, con el vacío emocional que ello supone, lastrará el proceso de desarrollo emocional. Por decirlo así: si no me basta con “ser yo” para ser aceptado, tendré que “hacer” algo, ya sea sometiéndome a la voluntad de otros mediante una actitud pasiva, de inseguridad, sumisión y autoinculpación, o bien del modo contrario, haciéndome temer mediante manifestaciones permanentes de autoafirmación compensatoria propensas a un comportamiento agresivo. 


(Publicado en el semanario La Verdad el 17 de abril de 2026)

domingo, 22 de marzo de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (170)

LA IMPORTANCIA DE LA “CONFIANZA BÁSICA” (I)

 


Para el ser humano, vivir significa convivir y compartir la vida con otras personas. El ser humano nace biológicamente prematuro, a diferencia de otros animales que pueden valerse por sí mismos desde el nacimiento. Por ello, el primer hecho esencial en la vida de una persona es la familia, un entorno reducido de convivencia que responde gratuitamente a la vulnerabilidad innata del ser humano y procura su desarrollo mediante el cuidado mutuo y la distribución de tareas.

La familia, como ámbito inicial de convivencia, proporciona el sentimiento de confianza básica -término acuñado por E. Erikson-. Si esta confianza no se desarrolla, las carencias afectivas marcarán el desarrollo originando otras que dificultarán gravemente la vida de la persona.

El autoconcepto, es decir, la imagen que tenemos de nosotros mismos, comienza a formarse en los primeros meses de vida al percibir cómo nos valoran los demás. Dependiendo del trato que recibimos, nos sentimos de una manera u otra. Esta imagen se va perfilando con los años y los acontecimientos, dando lugar a una mayor o menor confianza en uno mismo  -la autoestima- que constituye la base de la personalidad.

Al analizar las necesidades primarias de los primeros años, no debemos caer en el reduccionismo de pensar que solo son biológicas. Es aún más fundamental aquello que confirma al ser humano como tal, como un sujeto con valor absoluto y fin en sí mismo. Por ello, surge una necesidad nuclear en todo ser personal, empezando por el recién nacido: la necesidad de afirmación del propio yo.

En los primeros años de la infancia, la educación empieza por garantizar la seguridad afectiva del niño. La base del desarrollo de su “confianza básica” la encontrará en el suelo firme de sus padres, que le protegen con la garantía de su amor mutuo y su protección. La relación estrecha con otras personas empieza como un don: otros nos han cuidado y atendido sin recibir nada a cambio. Esta experiencia es el cimiento sobre el que se configura nuestra imagen y la confianza en nosotros mismos. Si falta esta experiencia, es decir, si hay ausencia de esta certeza inicial alimentada por el apego y la atención temprana, nos percibimos como carentes de valor.

Ya en el seno materno la criatura mantiene una comunicación rica en mensajes con su madre. Como afirma Boris Cyrulnik, del encuentro del feto y su madre nace la vida psíquica. El primer mundo mental del feto será un mundo de representaciones organizadas alrededor del afecto transmitido a través de estas primeras sensaciones. Ese mensaje iniciado en el útero materno tiene su continuidad en todo el ritual de comunicación afectiva que se va produciendo en torno a la atención de las necesidades más primarias del bebé. El eje madre-hijo constituye así el vector afectivo donde confluyen todas las maneras de amar. El cuerpo de la madre, en cierta manera, es el crisol donde se sigue moldeando la indefinida conciencia del niño.

La tendencia o necesidad básica de toda persona es percibirse a sí misma como alguien digno de valor. Para Philiph Lersch, esto forma parte esencial de la pulsión básica de conservación individual. La satisfacción de esta necesidad es la que genera el sentimiento de “confianza básica”, imprescindible para asegurar una autoestima suficiente y una percepción sólida de la propia identidad.

(Publicado en el semanario La Verdad el 20 de marzo de 2026)

lunes, 11 de abril de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (24)

LA EDUCACIÓN DE LA AFECTIVIDAD EN LA INFANCIA

13 claves para conectar con un adolescente - Eres Mamá

Lo primero y más importante que los padres deben dar a los hijos es la seguridad de su amor y de su aprecio. Pero el primer requisito para ello es el de su presencia efectiva y su disponibilidad: verse, tratarse, hablar, escucharse... estar. En el ámbito familiar, el tiempo es ante todo un “tiempo disponible”. 

De cómo los padres hablen y presten atención al hijo, de las relaciones que mantengan con él y entre sí, depende el modo como el niño conocerá más tarde el mundo y a sí mismo, y desarrollará su conciencia, su sociabilidad y sus trabajos. Se entenderá, por ejemplo, a sí mismo como un ser que comete errores, pero que se abre cada vez a un amor más grande, o quedará apremiado para toda la vida por exigencias a las que no podrá corresponder. De igual modo, la primera imagen que los niños pequeños tendrán de Dios será precisamente el trato que reciben de sus padres, que será su referencia básica al respecto.

La vivencia, receptividad y desarrollo de los valores humanos están fuertemente entrelazados con los afectos. A partir de esta base se irá configurando la personalidad teniendo además en cuenta las experiencias, relaciones y decisiones que vendrán más adelante. 

El punto de partida, como decíamos, es brindar al niño seguridad y aprecio. Necesita percibir que es querido: atendido, comprendido, aceptado y valorado. Todo motivo para mejorar se basa para él inicialmente en el cariño y la ilusiónPor ello son de la mayor importancia las figuras de apego y referencia -lógicamente, los padres en primer lugar-, porque eadulto cercano es el intermediario entre el niño y la realidad en la que empieza a introducirse.

Paulatinamente se irán incrementando el discernimiento y la objetividad, pero se empieza por aprender de verdad aquello que se vive y se ve vivir a otros. De ahí la permanente importancia de los ejemplos y modelos, por el extraordinario poder educativo de la imitación. 

Y de ahí también, por ejemplo, el gran potencial educativo de las narraciones para el cultivo de los afectos y de los valores, porque en ellas se utilizan acontecimientos como si se hubieran vivido y por lo tanto se muestran como imitables. 

Por otra parte, leer un libro a los niños pequeños permite fortalecer los vínculos afectivos que ya existen desde el nacimiento, lo cual será la base para las relaciones que el pequeño establecerá con las demás personas a lo largo de su vida. Contarlo o leerle un cuento a un niño implica una actividad de apego y será uno de los momentos que atesore durante toda la vida, incluso inconscientemente.

Cuando una mamá le lee a su hijo, se está dando un encuentro muy íntimo, en el que su voz, la más próxima y cercana al bebé, lo acoge cariñosamente mientras narra historias, canta canciones… Cuando lo hace el papá a su vez, se refuerza de manera decisiva el sentimiento de autoestima por parte del niño o niña. Es un tiempo para compartir juntos que supone una dedicación exclusiva para él, lo que fomentará en el niño o niña la confianza en sí mismo.

 

(Publicado en el semanario La Verdad el 1 de abril de 2022)

viernes, 1 de abril de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (22)

LA IMPORTANCIA DE LA AUTOESTIMA


 

Una de las claves de la ‘educación afectiva’ es el desarrollo de una valoración ajustada de uno mismo. Ello implica conocer las propias fortalezas y debilidades de manera realista, mostrarse seguro de sí mismo en la realización de tareas y actividades y en la relación con los demás, de manera que al juzgar y al expresarse prevalezca la asertividad, así como una aceptación natural de las observaciones y las críticas. 

La imagen que tenemos de nosotros mismos, el autoconcepto, se empieza a adquirir en los primeros meses, al percibir cómo nos valoran los demás: según nos tratan, así nos sentimos. A partir de esa imagen, que vamos perfilando con el paso de los acontecimientos, adquirimos una mayor o menor confianza en nosotros mismos, a la que llamamos autoestima.

La autoestima está en la base de nuestra personalidad. Uno se siente capaz, valioso o, por el contrario, inseguro, indigno, poco valioso. Todo empieza con el sentimiento de confianza básica, sobre todo en el primer año y medio de nuestra vida. El bebé recibe el calor del cuerpo de la madre y sus cuidados amorosos y se siente en cierto modo “centro del universo”. La presencia o ausencia de este sentimiento básico influirá significativamente en el desarrollo emocional y social del niño. Según Erikson, desarrollar este sentimiento básico lleva a percibirse como alguien que “vale” para los demás; por el contrario, no haberlo hecho origina una imagen y valoración de sí mismo inestable e insegura. En consecuencia, la vida aparecerá como algo estimulante y positivo o, por el contrario, como algo negativo y hostil.

A continuación, a partir del año y medio, es bueno que sobrevenga la conciencia de los propios límites, darse cuenta de que hay que compartir nuestro escenario con otras personas que también reivindican su lugar y sus derechos, lo que irá aportando un sentido de la realidad y de los propios deberes, absolutamente necesario para evitar caer en el egocentrismo y la dependencia afectiva.

Las personas con alta autoestima tienen una visión de sí mismas bien articulada y positiva, se conocen mejor. Confían en sus fuerzas, capacidades y virtudes, por lo que se muestran activas, asertivas y motivadas para buscar el éxito; muestran mejor rendimiento en muchas áreas de su actividad y en sus relaciones. 

Las personas con baja autoestima, por su parte, muestran inseguridad acerca de sí mismas y en sus capacidades; son más inestables, dependen mucho del juicio ajeno, de hechos concretos, se sienten más vulnerables y muestran más dificultades para enfrentarse a la adversidad. Están más motivados por evitar el fracaso, el rechazo, la humillación, que por alcanzar el éxito. Son por ello más dependientes. 

Para ayudar a un niño o una niña a que mejore su autoestima, lo primero que hay que hacer es ganarse su confianza, asegurándole que nuestra estima es incondicional y que no depende de su éxito o fracaso. Ayudará responder a sus necesidades, jugar con él o ella, implicarle en las tareas de ayuda en casa, reconocer y alabar sus éxitos, ofrecerle ayuda adecuada -nunca excesiva-, alentarle a que se conozca y se acepte, a explorar y consolidar sus capacidades y, a partir de aquí, a que se arriesgue, con cierta cautela. El miedo sólo desaparece afrontando el miedo.

Es muy importante, en suma, aprender a tolerar la frustración. Pero de esto hablaremos seguidamente. 

 

               (Publicado en el semanario La Verdad el 18 de marzo de 2022)