NECESIDAD DE UNA EDUCACIÓN ALTERNATIVA
Quizás no hay mejor momento que al comenzar el curso para preguntarse por la función de la escuela. Las respuestas que se dan a esta cuestión suelen ser tan plurales como las variopintas experiencias de cada cual, las filosofías desde las que se piensa la educación o las ideologías desde las que se pretende utilizarla.
Sin embargo no hay que rehuir la pregunta: ¿Para qué ha de servir la educación? Ocurre que cuando nos negamos a pensar en la finalidad -el para qué- de la educación preocupándonos solo de los métodos -el cómo-, corremos el riesgo de convertir la acción educativa en simple proceso espontáneo. La actividad docente terminará siendo una actividad de “canto rodado” cuya única expectativa será “a ver qué pasa”, puesto que se excluye del pensamiento pedagógico el propósito, la meta a la que dirigir la acción educativa. Añádase el sentir general de las administraciones: “Aquí no vengáis con problemas”.
Preguntémonos pues: ¿A qué causa ha de servir la educación? ¿Qué valores derivarán de esa causa y en qué jerarquía? ¿Cómo ha de ser pensado y proyectado todo el sistema para convertirlo en trayecto verdaderamente educativo? ¿En qué han de coincidir las familias y el sistema educativo?
En nuestros días, no nos engañemos, son las ideologías las que prevalecen en el escenario cultural, y su sombra se proyecta sobre la educación. En el fondo late la idea del hombre como una variable más del proceso de producción, de la estructura social, del sistema político, de las ideologías de moda y de la lucha por el poder.
La respuesta que proponemos, en franca oposición a este escenario, es una educación al servicio de la causa del ser humano -hombre y mujer- como persona. Y la persona no es medio, ni instrumento para la consecución de ningún otro bien o propósito, puesto que es fin y valiosa en sí misma. A pesar de haberse convertido en lugar común, conviene recordar la afirmación de Kant: “En el reino de los fines, todo tiene precio o dignidad. Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente; en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y no admite nada equivalente, eso tiene dignidad”. La persona ni tiene precio, ni es sustituible por nada ni nadie equivalente. Se halla por encima de todo precio. Es sujeto de la máxima dignidad. Ya Séneca decía que “el hombre es sagrado para el hombre”.
Sin embargo, es preciso dar el paso siguiente: ¿Y por qué? ¿Acaso porque así lo determina el Estado? De hecho, es quien tiene la sartén por el mango… No olvidemos lo que afirmaba Hegel: “El principio primordial de un Estado es que no haya por encima de él ninguna razón, conciencia o sentido del derecho superior a lo que el propio Estado reconoce”. Según eso, no podría equivocarse y ningún criterio o autoridad estaría por encima de sus determinaciones. No habría, en fin, nada sagrado por encima del Estado (y de las voluntades que lo manejan, seamos realistas).
Las familias, corazón de la sociedad civil, no pueden inhibirse. Han de actuar ejerciendo su responsabilidad educativa con sus hijos, lo primero. Pero también participando en los centros escolares, apremiando a los poderes públicos y a los partidos que dicen representarlas. Y, desde luego, con su voto.
(Publicado en el semanario La Verdad el 11 de septiembre de 2026)