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lunes, 1 de diciembre de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (158)

CONSEJOS EDUCATIVOS DURANTE LA ADOLESCENCIA 

(CONTINUACIÓN)

 


            Venimos ofreciendo algunas pautas educativas para la educación de los adolescentes. Añadimos algunos consejos más.

·  No se puede educar sin establecer normas. Estas han de llevar poco a poco a los hábitos y a los criterios. Conviene distinguir entre las normas fundamentales, que a todos nos obligan (también al educador), y las secundarias, acerca de las que, llegada la adolescencia, podemos negociar de acuerdo con el grado de responsabilidad mostrado y con las circunstancias. 

            Adolescentes ensimismados que han pasado por una infancia en la que los adultos no han sabido, no han querido o no han podido poner límite a sus deseos y caprichos, son fuente de tensiones, inestabilidad, reacciones agresivas o cerrazón. Acaban llegando a esta época crucial de la vida sin valores humanos y sin la autodisciplina necesaria para la madurez, esa calidad humana que se proyecta en beneficio de los demás y conduce a una vida lograda.

·      Los padres deben anticiparse a la elección de amistades, procurando que desde un tiempo antes frecuenten ambientes conocidos y de confianza, aunque luego haya que respetar la elección de amigos propiamente dicha -a no ser que se aprecien inconvenientes notables, en cuyo caso hay que actuar drástica y prontamente-. 

            Los amigos juegan un papel muy importante en este momento. Por ello los padres deben aconsejar a sus hijos en el tema de la amistad. Es bueno ofrecer criterios acerca de lo que debe ser la amistad, de lo que debe esperarse de un amigo leal y verdadero, y de cómo llegar a serlo. Esta labor se facilita si la casa está abierta desde siempre a los amigos de los hijos. Si apreciamos que su influencia es negativa, hemos de prohibir cuanto antes que mantengan esa amistad. Es preciso advertir que aquí no hemos de juzgar a nadie sólo por intuiciones, gustos personales o por antipatías, sino con datos y razones bien fundadas, puesto que la amistad es uno de los valores fundamentales del adolescente. 

·       Particularmente en la adolescencia media, conviene que padres y educadores fomentemos siempre el optimismo en el joven, que aprenda a ver lo positivo en las situaciones adversas o en los contratiempos, que le transmitamos nuestra confianza en que es capaz de hacer muchas cosas valiosas, a pesar de fallos o de errores; que le impulsemos a la forja de un carácter franco y amable que le haga digno de la confianza ajena, que invitemos a la generosidad y a los nobles ideales. La rebeldía agresiva, si se produce, no se corregirá con autoritarismo sino con paciencia (mucha paciencia), calma, algo de humor y a la vez con una firme coherencia.

·      Es bueno, por ejemplo, que se proponga cada día hacer algo por los demás de manera desinteresada, dejar este mundo mejor de lo que lo ha encontrado, aunque ello suponga sacrificio. Que oriente su rebeldía hacia objetivos, causas e ideales valiosos. 

            Ayudará a esto el sano influjo de un ambiente juvenil donde esto se practique de forma habitual y en el que se le ofrezcan modelos y referentes de conducta, a la vez que un sentimiento de pertenencia y de identificación que le dé seguridad. Los padres deben colaborar para encontrar ambientes sanos donde se puedan integrar sus hijos preadolescentes. Dichos ambientes son fundamentales a la hora de ocupar el tiempo libre de forma adecuada e incluso formativa. 

(Publicado en el semanario La Verdad el 28 de noviembre de 2025)

miércoles, 2 de enero de 2013

UNA EDUCACION DE CALIDAD


UNA EDUCACIÓN DE CALIDAD

La educación es un proceso premeditado de mejora y maduración de las personas. La naturaleza humana presenta una inicial indigencia, abierta no obstante a un desarrollo perfectivo mediante el cultivo y fomento de sus capacidades. Lo que el instinto no concede al ser humano, ha de procurárselo la educación, con una diferencia: que así como en el animal el comportamiento del individuo se ajusta a lo que marca la especie, en el ser humano el proceder deseable consiste en el ejercicio responsable de la libertad, de acuerdo con el orden establecido por la búsqueda del bien, de la verdad y de la belleza, que no son fruto de sus deseos y apetitos, sino de la perfección a la que tiende cada persona en la medida en que se introduce en la realidad.

Por eso, una actuación es educativa si hace crecer en humanidad al ser humano y le acerca a su plenitud, incrementando su capacidad de verdad, de bien y de belleza. Se trata de un proceso de maduración, de formación paulatina de la personalidad de acuerdo con un orden de perfeccionamiento que sirve de pauta al deseo y al criterio humano. Es lo que observamos en esas personas que despuntan -decimos a menudo- por su “calidad humana”.

            Este desarrollo no es algo añadido a la naturaleza desde el exterior, sino un crecimiento cuyo protagonismo ha de ir asumiendo según su capacidad el propio sujeto humano que se educa. El sujeto humano no debe ser sustituido en el proceso de su formación, puesto que ésta acontece en el ámbito de su propia experiencia. Por eso, la acción educativa no es sino una ayuda encaminada a suscitar y fortalecer las posibilidades creativas de la libertad mediante la adquisición y cultivo de hábitos valiosos. Dichos hábitos -las virtudes- son fruto, núcleo y expresión al mismo tiempo del dominio de sí mismo que va desarrollando cada ser humano, cada persona.



Esta maduración de la personalidad, o personalización, supone una creciente unidad interior según el orden natural de las capacidades personales, a través del desarrollo pleno y armonioso de las virtualidades de la naturaleza humana. Ésta -la naturaleza racional-, a diferencia de las especies animales, es abierta. Y ello significa que, con sus decisiones libres y con la consolidación de sus hábitos intelectuales, morales y sensitivo-emocionales, cada persona se va afirmando a sí misma como sujeto y protagonista del contenido y de la orientación de su vida.

La naturaleza racional del hombre posibilita y reclama a la vez a cada individuo el logro, el ejercicio y el cultivo del protagonismo de su vida y de sus acciones, teniendo para ello como referencia prioritaria el perfeccionamiento real de sus potencialidades naturales.
           
Por todo ello, la madurez y la personalización significan una cierta plenitud psicológica y moral del ser humano, una elevación del ser en la persona, y una integridad que no se reduce a sumar aspectos de la vida en el proceso educativo -intelectual, ético, afectivo, físico, estético, social, etc.-, sino que implica integrarlos coherente y fecundamente -es decir, de forma ordenada- en el proceso de maduración de la persona. El resultado es una vida fecunda, y su manifestación el equilibrio y la armonía que resultan del dominio de uno mismo.

Uno de los aspectos esenciales del proceso educativo es la paulatina integración de la persona, a la vez receptiva y creativa, en ámbitos de encuentro y de convivencia que la enriquezcan humanamente, empezando por la familia en la que es llamada a la existencia. Es en la familia donde se hace más posible una educación personalizada y personalizadora. Sin el fundamento previo y la colaboración cotidiana de una educación familiar cuidada, la labor escolar será escasamente eficaz. Conviene que los objetivos educativos de la escuela y de la familia sean los mismos en lo esencial, y que ambas intervengan ayudándose mutuamente, siendo la escuela la prolongación delegada del esfuerzo y la responsabilidad de los padres en la formación humana de sus hijos.

Actualmente se identifica de forma apresurada la calidad de la educación con la incorporación y protagonismo en ella de las nuevas tecnologías, de los idiomas extranjeros y de la facilidad para encajar en el tejido productivo y económico de la sociedad. No son malas herramientas si se identifica el perfeccionamiento humano con la eficacia, pero es esto último lo que debe ser sometido a debate.

La labor educativa personalizadora ha de tender a unificar, debe esforzarse por fomentar en la persona la unidad interior, aunque para ello se cultiven diferentes cualidades. En el panorama de la llamada cultura postmoderna, proclive a la dispersión, la relativización de los valores de sentido, el pragmatismo y la inestabilidad, la educación, en expresión muy certera de V. García Hoz, “corre el riesgo de convertirse en una suma de actividades y de aprendizajes inconexos e incompletos que, en lugar de integrar a la persona humana, la disgregan, oscureciendo el sentido de la vida y debilitando la capacidad de ordenación de la propia vida en medio de una multitud de solicitaciones”. A.J.