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martes, 23 de diciembre de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (159)

PAUTAS PARA LA EDUCACIÓN DE ADOLESCENTES

Página 2 | Imágenes de Adolescentes estudiando clase - Descarga gratuita en  Freepik            

            Junto con todo lo anterior, conviene no dejar de lado el aspecto religioso en esta edad. Precisamente ahora se puede entender muy bien el alcance de la experiencia personal de encuentro con Dios. Debemos rezar por ellos, también Dios es su Padre y los quiere. San Ambrosio decía a Santa Mónica cuando ésta pedía ayuda para su hijo Agustín: “Dios no dejará que se pierda el hijo de tantas lágrimas”.            

    Conviene hacer ver que las normas morales o los mandamientos religiosos no son obstáculos sino formas de potenciar la maduración personal y el respeto por lo que tiene valor, una defensa para los más débiles y una ayuda para caminar a pesar de la propia debilidad. Las normas favorecen el orden (el desorden no conduce a la creatividad sino a la pereza). Decía Paul Claudel que la juventud no está hecha para la mediocridad sino para el heroísmo, y remachaba J. M. Timon-David: “Si al joven se le pide poco no da nada, pero si se le pide mucho da más de lo que se le pide.”

            A veces puede parecer que predicamos en el desierto o que escribimos en el agua, que no nos hacen caso. Pero no es así. Es frecuente que a la oposición típica hacia los padres, siga años más tarde un cambio de perspectiva, cuando se acerca el momento de asumir responsabilidades en la vida –sobre todo familiares-. Aquél referente discutido vuelve a ser punto de referencia a partir del cual los hijos se replantean lo que deben y no deben hacer, y viene el pensamiento: “¿Qué hacían mis padres en esta situación?”, o incluso este otro: “¡Qué razón tenían…!” 

Si aquella referencia existió en su día, la mirada de los que se inician en la edad adulta suele volverse hacia ella; y cuando se recuerda el amor desinteresado, la honestidad, la sinceridad y la coherencia de los padres durante aquellos años difíciles, se vuelve a tener en cuenta… ¡y cuántas veces fructifica! Santa Teresa de Calcuta decía a los padres: «No os preocupéis si vuestros hijos no os escuchan. Os están observando todo el día».

Si hubiera que sintetizar en pocas claves la tarea educadora de los padres hacia sus hijos adolescentes, propondríamos las siguientes:

1ª. Tener idea clara de qué es lo que hace madura a una persona y apuntar siempre en esa dirección, con tacto pero sin claudicar.

2ª. Situarse a su nivel: Necesitan ser comprendidos, respetados, escuchados, tratados paulatinamente como adultos. No convertirse en un aleccionador pertinaz; es mejor el ejemplo paciente.

3ª. Aceptación incondicional de su persona, siendo justos y estimulantes al mismo tiempo con ellos. Nunca descalificar a la persona y que sientan que pueden confiar en nosotros pase lo que pase. Que sepan que pueden volver siempre… estén como estén.

5ª. Evitar las comparaciones, con otras personas o con nosotros mismos.

6ª. Dar razones oportunas de nuestra fe con sencillez ante las requisitorias de los jóvenes, sabiendo que más de una vez pueden reprocharnos nuestras debilidades o incoherencias, y a veces con razón.

7ª. Favorecer su integración en ambientes juveniles sanos, donde diversión, amistad, formación y religiosidad sean vividas de forma natural y entusiasta, y puedan hallar referentes que a menudo se resisten a reconocer en casa.

6ª. Sobre todo: Paciencia, paciencia, paciencia…      

(Publicado en el semanario La Verdad el 19 de diciembre de 2025) 

lunes, 1 de diciembre de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (158)

CONSEJOS EDUCATIVOS DURANTE LA ADOLESCENCIA 

(CONTINUACIÓN)

 


            Venimos ofreciendo algunas pautas educativas para la educación de los adolescentes. Añadimos algunos consejos más.

·  No se puede educar sin establecer normas. Estas han de llevar poco a poco a los hábitos y a los criterios. Conviene distinguir entre las normas fundamentales, que a todos nos obligan (también al educador), y las secundarias, acerca de las que, llegada la adolescencia, podemos negociar de acuerdo con el grado de responsabilidad mostrado y con las circunstancias. 

            Adolescentes ensimismados que han pasado por una infancia en la que los adultos no han sabido, no han querido o no han podido poner límite a sus deseos y caprichos, son fuente de tensiones, inestabilidad, reacciones agresivas o cerrazón. Acaban llegando a esta época crucial de la vida sin valores humanos y sin la autodisciplina necesaria para la madurez, esa calidad humana que se proyecta en beneficio de los demás y conduce a una vida lograda.

·      Los padres deben anticiparse a la elección de amistades, procurando que desde un tiempo antes frecuenten ambientes conocidos y de confianza, aunque luego haya que respetar la elección de amigos propiamente dicha -a no ser que se aprecien inconvenientes notables, en cuyo caso hay que actuar drástica y prontamente-. 

            Los amigos juegan un papel muy importante en este momento. Por ello los padres deben aconsejar a sus hijos en el tema de la amistad. Es bueno ofrecer criterios acerca de lo que debe ser la amistad, de lo que debe esperarse de un amigo leal y verdadero, y de cómo llegar a serlo. Esta labor se facilita si la casa está abierta desde siempre a los amigos de los hijos. Si apreciamos que su influencia es negativa, hemos de prohibir cuanto antes que mantengan esa amistad. Es preciso advertir que aquí no hemos de juzgar a nadie sólo por intuiciones, gustos personales o por antipatías, sino con datos y razones bien fundadas, puesto que la amistad es uno de los valores fundamentales del adolescente. 

·       Particularmente en la adolescencia media, conviene que padres y educadores fomentemos siempre el optimismo en el joven, que aprenda a ver lo positivo en las situaciones adversas o en los contratiempos, que le transmitamos nuestra confianza en que es capaz de hacer muchas cosas valiosas, a pesar de fallos o de errores; que le impulsemos a la forja de un carácter franco y amable que le haga digno de la confianza ajena, que invitemos a la generosidad y a los nobles ideales. La rebeldía agresiva, si se produce, no se corregirá con autoritarismo sino con paciencia (mucha paciencia), calma, algo de humor y a la vez con una firme coherencia.

·      Es bueno, por ejemplo, que se proponga cada día hacer algo por los demás de manera desinteresada, dejar este mundo mejor de lo que lo ha encontrado, aunque ello suponga sacrificio. Que oriente su rebeldía hacia objetivos, causas e ideales valiosos. 

            Ayudará a esto el sano influjo de un ambiente juvenil donde esto se practique de forma habitual y en el que se le ofrezcan modelos y referentes de conducta, a la vez que un sentimiento de pertenencia y de identificación que le dé seguridad. Los padres deben colaborar para encontrar ambientes sanos donde se puedan integrar sus hijos preadolescentes. Dichos ambientes son fundamentales a la hora de ocupar el tiempo libre de forma adecuada e incluso formativa. 

(Publicado en el semanario La Verdad el 28 de noviembre de 2025)

lunes, 27 de octubre de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (153)

 

¿EDUCAR EN LA ADOLESCENCIA? (V)

 


A menudo se escucha a educadores -por lo general profesores y padres un tanto o muy desesperanzados en el fondo- que en la adolescencia lo que procede es orientar para la capacitación profesional e insistir sobre todo en el aprendizaje de las habilidades y competencias técnicas -idiomas, tecnología de la información y la comunicación, inteligencia artificial…-, porque lo importante es ofrecer herramientas para un futuro que es cada vez más inmediato y cambiante. 

A algunos les parece que intentar educar -no solo adiestrar e instruir- en la etapa adolescente, para la familia y para la escuela, ya es llegar tarde. Eso sí, a muchos padres y profesores les preocupa, en todo caso, que la adolescencia adquiera un tono de excesiva rebeldía, que se lleven a cabo conductas de riesgo, que pese demasiado la influencia de malas compañías… Y en esto, a menudo es verdad, se llega tarde.

Pero la experiencia, el contexto social y cultural presente -al que venimos aludiendo-, y el sentido común dicen que la adolescencia es un momento esencial y álgido para ahondar en la acción educativa. Y es todo un reto. Esta llamada “segunda edad de oro del aprendizaje” -obviamente la primera es la infancia, en la que se ponen las bases- es la última gran oportunidad para adquirir hábitos, consolidar o cribar criterios, empezar a asumir ciertos compromisos e ir configurando de manera más contrastada una escala personal de valores, que guíe su incipiente personalidad. 

Del educador -¡también del padre y la madre, aunque no es fácil muchas veces!- se espera que oriente y acompañe al adolescente en su personal proceso de autoconocimiento y en sus primeras tomas de decisiones. No que le sustituya, ni que “le lleve de la mano” porque “sabe lo que le conviene”. Entre otras cosas, lo normal es que su figura de autoridad haya ido menguando según avanza la pubertad de los hijos, y son estos los que tienen que ir aprendiendo a tomar sus propias decisiones, incluso a riesgo de equivocarse. Pero sí habrá que estar cerca y atentos para ofrecer consejo, consuelo o calma cuando se nos pida, y nunca avasallando o negándoles la iniciativa. 

¿Cómo? Con firmeza, tacto y paciencia. Sobre la base de haber ganado su confianza, es preciso que el padre y la madre traten de empatizar con su hijo o hija, y de establecer una relación afectiva abierta a posibles confidencias, dejándoles tomar decisiones, ayudándole a reflexionar acerca de ellas y autocorregirse llegado el caso. Habrá que seguir poniendo límites, ciertamente, sobre lo más esencial, y negociar en otras cosas de menor trascendencia. En ocasiones habrá que “hacer la vista gorda”, con paciencia, a la espera de que recapaciten.

A pesar de lo que se ha dicho, es también verdad que hay adolescentes que no se limitan a confiar sus problemas personales solo a los amigos de su misma edad; algunos confiesan que su mejor confidente es su padre, su madre o cierto profesor o tutor, porque es quien más y mejor le escucha, le acepta y orienta en sus dudas y zozobras, a pesar de todo. 

Pero esta confianza hay que empezar a ganársela mucho antes, a lo largo de la infancia. En realidad, la educación en la edad adolescente empieza en los años que la preceden; solo puede darse sobre la base de lo trabajado durante la infancia.

         (Publicado en el semanario La Verdad el 24 octubre 2025)

viernes, 20 de junio de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (142)

ADICTOS (II): EL PELIGRO DE LA PORNOGRAFÍA


Dejar un vicio no es fácil, requiere mucho esfuerzo y trabajo personal. Pero puede superarse, se puede salir de ahí. A diferencia de las drogas, el hábito de la pornografía tiene un periodo de recuperación menos severo, pero de todas formas es un proceso arduo, requiere perseverancia y compañía. ¿Cómo pueden los padres intervenir al respecto?

Es fundamental reconocer que dejar un vicio requiere fuerza de voluntad, constancia y apoyo. Aunque el proceso de recuperación puede ser más rápido que en otras adicciones sigue siendo desafiante y requiere perseverancia.

Lo ideal es actuar mucho antes, de manera preventiva, para que los hijos desarrollen una estabilidad emocional y una sana autoestima. Ello requiere estar presentes física y emocionalmente, sin agobiar, de forma natural, desde la primera infancia hasta la adolescencia: que sea habitual hablar juntos de muchas cosas, tanto trascendentes como intrascendentes, favoreciendo una comunicación natural y fluida. Dedicarse tiempo para estar juntos, escucharse, cambiar impresiones, comentar acontecimientos, aportar juicios de valor… Una vez que esto se da, es más sencillo trasladar con palabras y con el ejemplo una forma de valorar a las personas de ambos sexos con respeto y delicadeza. Los hijos deben percibir en sus padres un trato afable y respetuoso, que les sirva como referencia para sus propias relaciones y para valorar a las demás personas.

Cuando los hijos se acercan a la pubertad, es importante hablar con ellos sobre el sexo y la afectividad, abordando posibles informaciones o actitudes inadecuadas que puedan haber recibido. Este diálogo debe ser claro, afectuoso y sin prejuicios, anticipándose en lo posible a posibles situaciones problemáticas. Es preferible anticiparse a llegar demasiado tarde. El propósito es que si ellos ven escenas inadecuadas de tipo sexual o escuchan alusiones, comentarios o juicios inconvenientes, no tengan problema en comentarlo y en pedir criterio o consejo al respecto. También es muy importante conversar acerca de las malas compañías.

Es esencial transmitir que se desaprueban las malas conductas pero no a la persona, para garantizar que se sientan aceptados y motivados para cambiar, llegado el caso. 

Si ya se ha desarrollado un hábito, es básico hacerles entender que la pornografía afecta el cerebro produciendo dopamina en grandes cantidades, lo que modifica las conexiones neuronales, distorsiona el pensamiento y dificulta la toma de decisiones. Este impacto puede causar un comportamiento dependiente, poco razonable y más rudo en las relaciones. Reconocer la gravedad del problema y buscar ayuda son los primeros pasos hacia el cambio.

Cuando se descubre que un hijo está viendo pornografía, es importante actuar con calma, corregir la conducta y evitar generar vergüenza o culpa excesiva, para mantener la confianza y el diálogo abierto. Más que culpabilizar por las conductas negativas, lo efectivo es fomentar hábitos positivos que motiven cambios duraderos: ayudar a otras personas en dificultad, por ejemplo.

El proceso de superar un vicio o una adicción no es inmediato. Las recaídas son parte esperada del progreso y no deben interpretarse como fracasos. Lo importante es tener la disposición de volver a empezar y mantener un enfoque constante en construir una vida más saludable y con mejores decisiones. En resumen, la prevención, el apoyo familiar, la educación emocional y la perseverancia son fundamentales para abordar el peligro de la pornografía. Cambiar conductas no deseadas requiere empatía, paciencia y confianza en que siempre es posible comenzar de nuevo.

(Publicado en el semanario La Verdad el 13 de junio de 2025)

lunes, 11 de noviembre de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (120)

EL QUIJOTE Y LA FECUNDA CERCANÍA DEL MAESTRO



El Quijote se puede leer, entre otras maneras, como una parábola de la transformación de Sancho, un hombre zafio y de difícil convivencia, en una persona sensible cuya vida se va puliendo como si Don Quijote, en el papel de educador, le hubiera ido poco a poco infundiendo algo de su alma.

 

En el cap. XI de la Iª parte, Cervantes presenta la delicadeza cordial del caballero y junto a ella la basta grosería del escudero. Unos cabreros invitan a ambos a compartir su comida. Sentado a la rústica mesa, dice Don Quijote:

 

«—Por que veas, Sancho, el bien que en sí encierra la andante caballería, y cuán cerca están los que en cualquier ministerio della se ejercitan de venir brevemente a ser honrados y estimados del mundo, quiero que aquí a mi lado y en compañía desta buena gente, te sientes, y que seas una mesma cosa conmigo, que soy tu amo y natural señor; que comas en mi plato y bebas por donde yo bebiere, porque de la caballería andante se puede decir lo mesmo que del amor se dice: que todas las cosas igualan».

 

Difícilmente se descubrirá otro lugar donde Sancho muestre su natural zafio, cuando a las palabras afectuosas del caballero contesta sin rubor:

 

«—¡Gran merced! —dijo Sancho—; pero sé decir a vuestra merced que como yo tuviese bien de comer, tan bien y mejor me lo comería en pie y a mis solas como sentado a par de un emperador. Y aun, si va de decir verdad, mucho mejor me sabe lo que como en mi rincón sin melindres ni respetos, aunque sea pan y cebolla, que los gallipavos de otras mesas donde me sea forzoso mascar despacio, beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar ni toser si me viene gana, ni hacer otras cosas que la soledad y la libertad traen consigo».

 

Sin embargo, en el cap. XII de la 2ª parte vemos ya a un Sancho distinto, capaz de apreciar la nobleza del caballero. Y ¿cuál es el secreto de tan maravillosa transformación? Él mismo confiesa a su señor:

 

«—Cada día, Sancho —dijo Don Quijote—, te vas haciendo menos simple y más discreto.

—Sí, que algo se me ha de pegar de la discreción de vuesa merced —respondió Sancho—; que las tierras que de suyo son estériles y secas, estercolándolas y cultivándolas vienen a dar buenos frutos; quiero decir que la conversación de vuesa merced ha sido el estiércol que sobre la estéril tierra de mi seco ingenio ha caído; la cultivación, el tiempo que ha que le sirvo y comunico; y con esto espero dar frutos de mí que sean de bendición, tales que no desdigan ni deslicen de los senderos de la buena crianza que vuesa merced ha hecho en el agostado entendimiento mío».

 

Raramente se encontrará otro lugar en el que con más claridad y llaneza el sentido común habla de la acción educativa a través de la proximidad de un maestro de vida.  ¿A qué arte se ha debido esta notable transformación? No es otro que la presencia, el ejemplo y la comunicación con el “maestro” Don Quijote, estímulo constante que pacientemente ha obrado en la disposición de Sancho.


(Publicado en el semanario La Verdad el 8 de noviembre de 2024)

martes, 5 de noviembre de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (119)

    LAS ARTES DEL BUEN MAESTRO (II)


Un buen maestro o maestra ha de aspirar a ciertas metas personales hacia las que dirigir continuamente su trabajo; son disposiciones o artes relativas a su saber y sus actitudes que se adquieren y afianzan a través del propio quehacer. Ya hemos hablado del saber; nos referimos ahora a las actitudes. Entre las esenciales cabe destacar:

1.- Compromiso educativo, entrega personal. Educar no es un trabajo más, Consiste en ayudar a ser a unas personas, transmitirles vida y ayudarles a llenarla de sentido. Ello requiere vinculación personal, ejemplaridad, ofrecer la propia experiencia de vida como referente. 

2.- Capacidad de silencio. Reflexionar sobre el propio trabajo, su sentido y su desarrollo. Dedicar tiempo a pensar en cada uno de los alumnos.

3.- Condescendencia o empatía. Ponerse sinceramente en el lugar del otro para ver las cosas como él o ella las ve, juzgándolo desde su intención y situándose a su nivel; atender a su ritmo para razonar, animar y corregir. Aceptarle como persona antes que por sus resultados. Da más fuerza sentirse amado que sentirse fuerte.

4.- Comunicabilidad, apertura, amabilidad. Capacidad de percibir, de escuchar sin juzgar ni excusarse. Mostrarse sincero, accesible y receptivo. La amabilidad y la sonrisa suscitan confianza: Se atraen más moscas con un dedal de miel que con un barril de vinagre. 

5.- Capacidad de suscitar autonomía. No se trata de modelar al alumno a nuestra imagen y semejanza, sino de orientarle para que vaya bastándose a sí mismo paulatinamente, para que acepte la responsabilidad de sus actos y se determine a ejercitar su voluntad, a pensar y decidir por sí mismo, según su grado de madurez. Escribe Spaemann: “No se fíe el educador (padres, maestros) de las manifestaciones de ternura y de reconocimiento del educando. No son por sí mismos indicadores de logro educativo. Lo es que sean capaces de dirigirse al bien y a la verdad por sí solos.”

6.- Firmeza. Dominio de las propias reacciones y capacidad para encajar y superar las dificultades que sobrevienen. No se trata de frialdad, dureza o inflexibilidad, sino de calma, energía y entereza. Darse y amar sin mendigar el cariño de los alumnos.

7.- Paciencia (con los alumnos y consigo mismo): Saber esperar, no exigir la satisfacción inmediata de nuestros deseos y objetivos. No cansarse nunca de estar empezando siempre que sea necesario, aprendiendo a sacar lecciones y propósitos de mejora tras el fracaso, el cansancio o la contrariedad; dar (y darse) nuevas oportunidades. Se hace lo que se puede.

8.- Fe en el propio trabajo y (sobre todo) en Dios. Sólo si se cree que el propio trabajo -educar- merece la pena, aunque no siempre se vean los resultados, puede haber entusiasmo y motivación para contagiar deseos de mejora a los alumnos. 

En realidad somos instrumentos en manos de Dios, que quiere el bien de sus hijos. Él es el verdadero Maestro y nosotros somos colaboradores y portadores del amor del mejor de los maestros. El oficio de educador (padre o docente) es en el fondo una estupenda vocación cristiana.

Contagiemos y cuidemos las vocaciones a la educación, manifestemos su belleza y no las enjaulemos con apriorismos metodológicos, ideológicos o económicos. Como dice un aforismo oriental: “Si quieres escuchar el canto de los pájaros, no compres una jaula, planta un árbol”.

   (Publicado en el semanario La Verdad el 1 de noviembre de 2024)

miércoles, 8 de mayo de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (101)

 

URDIMBRE DE UNA PERSONALIDAD VALIOSA


El fin básico de una educación integral de la persona es desarrollar un carácter maduro, estable, fundado en virtudes, en hábitos que aportan entereza, generosidad, responsabilidad, amabilidad, hondura de pensamiento, honestidad... Es preciso fomentar para ello una creciente unidad interior, acorde con el orden y jerarquía de las capacidades naturales del ser humano y fruto de un efectivo autodominio personal. 

Platón distinguía dos clases de valentía: el coraje de emprender y el coraje de perseverar, y consideraba este último -cuando se orienta al bien- la coronación de la paideia, de la educación. Ciertamente, la constancia, la perseverancia en el bien, configura la urdimbre psicológica y moral de una personalidad valiosa. 

La perseverancia entraña espíritu de superación permanente, prontitud, asiduidad y regularidad en el trabajo personal y en la actividad colectiva; firmeza en las propias convicciones y compromisos y en la dedicación y organización del propio tiempo. Supone poner los medios precisos para llevar a cabo las propias decisiones y alcanzar lo que uno se ha propuesto a pesar de eventuales dificultades o pérdidas de motivación. Se trata, en fin, de concluir bien lo que se ha emprendido. Decía Víctor Hugo que es en la continuidad, en la perseverancia en la búsqueda del bien, donde se reconoce a un alma grande.

Muchas piedras extraordinariamente duras, con el tiempo, al ser arrastradas por la corriente del río acaban por pulir sus aristas y convertirse en cantos rodados, de superficie fina y formas redondeadas y suaves. Seguramente conocemos a personas, famosas o no, a quienes las dificultades les han ayudado a pulir su carácter, a forjar una rica personalidad, a vencerse a sí mismas y superarse: en el deporte, el trabajo, ante las dificultades o calamidades a que a veces trae la vida… 

¿Y cómo forjar este valor humano tan importante? Veamos algunas pistas:

1)    Entusiasmarse con ideales que alienten e impulsen a mejorar, a superarse y a coronar el esfuerzo personal.

2)    Querer pocas cosas pero de verdad. No hace falta tener ideas geniales, pero es imprescindible que las que uno tenga las realice. La sabiduría popular nos advierte de que “el que mucho abarca, poco aprieta”.

3)    No fantasear: realismo, no dejarse llevar por la imaginación, distrayéndose. Centrar nuestra atención en lo que estamos haciendo en el momento presente. “A cada día le basta su afán”.

4)    Asistir a los compromisos y actividades puntualmente, con asiduidad y regularidad, afrontar las tareas y deberes sin dejarse llevar de las ganas y las desganas.

5)    Terminar con esmero las actividades que se emprenden, apreciar el trabajo bien hecho, no por perfeccionismo sino como una mejor manera de ofrecer un servicio y un beneficio a otras personas.

6)    Paciencia, no desesperanzarse ante las dificultades. Volver a empezar, sin cansancio, tras los posibles fracasos o contrariedades.

7)    Tomar como modelos de conducta a personas que destaquen por su constancia y capacidad de superación; ayudarse de personas que por medio de la exigencia y el afecto nos estimulen a vencernos a nosotros mismos para “sacar nuestro mejor yo”, y a reavivar nuestro empeño si caemos.

Un ejemplo concreto: cultivar tempranamente el hábito lector frente al abuso de pantallas y dispositivos diseñados expresamente para engancharse a la inmediatez, para cambiar constantemente y en el fondo para fomentar la inconstancia y la superficialidad.

          (Publicado en el semanario La Verdad el 26 de abril de 2024)

domingo, 19 de noviembre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (85)

SABER MANDAR CON ENTEREZA (y III)

 


Calma, energía y entereza en el ejercicio de la autoridad al educar, venimos diciendo. La entereza implica serenidad, un dominio de las propias emociones para pensar y decidir con tranquilidad, sin perder el norte. 

La firmeza puede exigir en ocasiones renunciar al placer de sentirse amado. El educador debe amar, indispensablemente; pero nunca mendigar el cariño de los niños o jóvenes. Hace falta entereza para soportar con serenidad posibles vacíos afectivos de parte del educando -porque a nadie le agrada demasiado que le corrijan, admitámoslo-, e incluso el rencor momentáneo que se suscita en ellos al corregirles o denegarles alguna cosa. Pero a la larga el niño terminará admirando la rectitud del educador que supo hacer lo que debía con abnegación, respeto y paciencia. Acabará reconociendo que este no buscaba ser alabado o incluso correspondido, sino el crecimiento y superación personal del educando; su bien, en definitiva.

Es necesario procurar ponerse en el lugar del hijo o alumno para intentar comprender cómo se siente y lo que de verdad necesita. “¿Cómo me hubiera sentado a mí si me dicen esto así?...” Ello nos ayudará a buscar una forma más “humana” y prudente en el trato, aunque no por ello, necesariamente, más “blanda”.

Seguro que algunas veces meteremos la pata, por exceso o por defecto. No dejemos de pedir perdón si hemos hecho daño al corregir o al ordenar (o al no hacerlo), y procuremos dejar claro el criterio e intentarlo de nuevo una y otra vez. No se pierde con ello autoridad; al contrario, quedará bien claro que no actuamos por quedar bien nosotros, o por imponernos, sino porque buscamos el bien, lo justo, lo más conveniente.

Importante: es verdad que el educador ha de cultivar determinadas actitudes y valores humanos para dar ejemplo. No puede decir una cosa o pedirla a los demás si luego él mismo no la hace vida propia. Pero no hay que esperar a “ser perfecto” para orientar y exigir educando. Primero, porque nunca llegaremos a la perfección, y si esperamos a ser excelentes en aquello que pedimos o exigimos a otros, acabaremos por no mandar nada debido a nuestros fallos o limitaciones. Pensaremos, por ejemplo, que no debemos pedir a nuestros hijos o alumnos que sean ordenados si nosotros no conseguimos serlo. Pero no se trata de ser perfectos, sino de no cansarse nunca de luchar por llegar a serlo, de no rendirse aspirando a mejorar en nuestros defectos y limitaciones (el desorden en este caso). Si ellos nos ven intentarlo una y otra vez, aunque nos cueste, entenderán que el orden es algo importante.

El educador sólo podrá esperar de los niños y los jóvenes lo que a diario se esfuerza por conquistar sobre sí mismo. No porque haya triunfado sobre sus defectos, sino porque no se cansa de luchar para vencerlos. Ese no rendirse es ya el mejor ejemplo. Se trata de una “lucha” consigo mismo, de intentar superarse. Es el arte de volver a empezar, de no cansarse nuca de estar empezando siempre, sin perder el buen humor y la paciencia. 

Además, estas limitaciones propias, reconocidas pero combatidas, pueden ser un privilegiado medio para comprender y acompañar y a los hijos o alumnos en sus reticencias, dificultades o cansancios. Se trata de “luchar” junto a ellos. No tanto de ser “admirable” cuanto, sobre todo, de ser imitable.

  (Publicado en el semanario La Verdad el 17 de noviembre de 2023)

domingo, 12 de noviembre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (84)

SABER MANDAR: CALMA Y ENERGÍA (II)


 

Calma, energía y entereza. Tres actitudes o disposiciones ineludibles para ejercer la autoridad en la educación. Tres ingredientes de la necesaria firmeza que ello conlleva. 

Se ha dicho que la calma es la majestad de la fuerza. Ha de ser la condición necesaria que ha de preceder a todo mandato. Cuando los nervios fallan no se está en condiciones de ejercer la autoridad. Calma: es mejor hablar que gritar, reprender sin insultar ni humillar, mandar sin atropellar, atendiendo al ritmo de maduración del niño o del joven, a su temperamento (si es muy primario y perdemos la calma tendremos una mala contestación casi asegurada, si es muy secundario puede sentirse herido, o “guardárnosla” ahondando en sentimientos de revancha, y la herida perdurará por bastante tiempo, y en todo caso se interpretará que estamos descargando nuestro mal humor o prepotencia, sin entender otros motivos e intenciones). 

También hay que estar atentos a las circunstancias (conviene no emplear el mismo tono en público o en privado, no aludir a cosas que le hieran o humillen particularmente, no se debe corregir cuando hay demasiada tensión emocional…)

No hay que pedir imposibles, seguramente convendrá disimular ciertos fallos de poca importancia para intervenir sólo en el momento más oportuno. Conviene reducir las órdenes al mínimo. No se trata de controlar y ahogar las energías naturales del niño o del joven, sino de orientarlas al mayor bien. María Montessori decía que hay que observarlo todo, y corregir poco y a su debido tiempo.

No hay que asfixiar las energías naturales, la iniciativa. Cuando un niño o niña se siente asfixiado, aplastado por un aluvión de normas y reproches, se encoge, pierde autoestima, se pone a la defensiva y cae con facilidad en el disimulo y la mentira, adquiere un hastío devastador frente a toda norma, deber y principio.

Como es lógico, esto se aprende. A veces nos pasaremos, otras nos quedaremos cortos… Pero debemos poner todo nuestro cuidado en actuar con la mejor intención y no perder los estribos ni las formas... ni el cariño.

      Hablemos ahora de la energía. Se trata de saber hacerse querer y respetar. Ha de ir acompañada de respeto, tacto y condescendencia. La energía, volvemos a insistir, no estará en gritar, insultar, mirar de forma amenazante… Se trata de:

a) Mandar sin suplicar. Convendrá dulcificar algunas órdenes, pero ha de haber órdenes. La obediencia no se mantiene ante una persona insegura de sí misma, carente de determinación en las decisiones de importancia. Es un modo de dar valor a lo que es preciso hacer.

b) Mandar sin discutir. Cuando no conviene detenerse en explicaciones o no existe seguridad de ser entendido en ese instante por el niño, no hay que aceptar réplicas. Se debe buscar otro momento, más sereno, para aclarar en privado la situación.

c) Mandar con claridad. Directrices claras y adaptadas a la edad, la inteligencia y receptividad del niño. Evitar expresiones ambiguas o que carezcan de la necesaria convicción.

d) Mantener lo mandado. No cambiar las órdenes a capricho, ni emplear diferente rigor según el humor que se tenga en cada momento, ni establecer diferencias injustas. Desigualdades y rectificaciones desconciertan. Una vez tomada una medida hay que mantenerla; la falta de perseverancia en esta actitud debilita la autoridad. Si el niño no merecía una corrección, por ejemplo, no había que habérsela impuesto, y si la merecía debe cumplirla. Hace falta entereza para no claudicar ante una momentánea pérdida de afecto. La tendencia a modificar las órdenes hace pensar que éstas dependen del capricho del educador. 

Calma para no pasarse de la raya de manera irracional y abusiva; y firmeza para no pararse antes de tiempo y caer en la veleidad y en la indecisión. La firmeza bien administrada da seguridad.

Nunca se insistirá lo bastante en la importancia de cuidar mucho las condiciones mencionadas. Esmerarse en ello, no cansarse de intentar actuar así no sólo es educativo para nuestros hijos o alumnos. Evidentemente, nosotros mismos, educadores, nos estaremos autoeducando, puesto que estaremos puliendo nuestro propio carácter. 

 (Publicado en el semanario La Verdad el 3 de noviembre de 2023)


jueves, 7 de febrero de 2013

APRENDER A APRENDER

Aprender a aprender:


Uno de los mejores consejos que pueden acompañar al estudiante, a todos los que se afanan por aprender -y por enseñar-, es: 

"NO CANSARSE NUNCA DE ESTAR EMPEZANDO SIEMPRE"

Pero nada ayuda a aprender tanto como el ejemplo, el consejo, la atención y la benevolencia de un maestro, de un educador empeñado en suscitar en el que aprende el deseo de perfección, de engendrar la belleza y el bien y el encuentro con la verdad.
Llegar a amar lo que se hace hasta hacerlo por amor.

Para ambos es necesario cultivar la constancia, la paciencia, la fe en un bien que los supera a los dos, maestro y aprendiz, 
y que mueve el deseo más profundo de todo corazón humano.

No dar nada hecho: 
animar al que se educa a que lo haga -lo conquiste en dura y paciente lucha- y lo aprenda por sí mismo.
Esperando el amanecer de la propia superación.
Sólo vale lo que cuesta.

Os dejo, amigos, este enlace: disfrutadlo.