PISA ’25: EL TIEMPO DEL MAQUILLAJE HA TERMINADO
La actualidad nos sorprende cada día con nuevas calamidades y escándalos. En ese trajín, unas noticias sepultan a otras y asuntos decisivos caen en el olvido. Uno de ellos es el lamentable estado de la educación en nuestra Comunidad, en España y en buena parte de Occidente. Deberíamos preguntarnos por qué.
Los resultados de PISA provocaron -¿quién se acuerda ya…?- titulares de catástrofe educativa. La evaluación ha permitido comparar sistemas, medir tendencias y revelar diferencias entre comunidades autonómicas en España que, en algunos casos, equivalen a dos cursos escolares. Matemáticas, Lectura y Ciencias registran retrocesos históricos. Pero no estamos ante una competición territorial, sino ante una fractura de la igualdad y la eficacia educativas.
Sin embargo, el problema más grave no es la caída, sino la indiferencia posterior. La actualidad enterrará pronto el escándalo y las administraciones responderán con gestos cosméticos. Que la Comisión Sectorial de Educación -Ministerio y Comunidades- ni siquiera incluyera PISA en su agenda, pocos días después de publicarse, ilustra una voluntad institucional de pasar página antes de comprender lo ocurrido.
También amenaza el error de diagnóstico. Inmigración, pantallas, financiación o ratios pueden influir, pero convertirlos en explicación total permiten eludir responsabilidades. El deterioro hunde sus raíces en una crisis más profunda: Occidente -y nuestros gobernantes- ha olvidado qué significa educar. La transmisión de una herencia cultural, la búsqueda de la verdad y la formación moral e intelectual han cedido ante el relativismo, la ideología y una pedagogía obsesionada con lo inmediato, cómodo y aparente. Y con un control burocrático agobiante.
Las reformas, desde la LOGSE hasta la LOMLOE, han cambiado normas sin alterar los fundamentos. Siguen pendientes la formación, selección y evaluación del profesorado y la dirección escolar. Mientras, el docente pierde autoridad y queda reducido a burócrata o animador; el alumno recibe facilidades para aprobar, pero menos oportunidades para aprender porque no se forma bien en lo esencial. Ninguna tecnología sustituye el encuentro con un educador competente ni ningún método reemplaza el esfuerzo sostenido.
La educación tampoco debe convertirse en trinchera lingüística o ideológica. Cuando la escuela sirve a identidades políticas, modas doctrinales o intereses corporativos, el bien del alumno queda relegado. Tampoco basta con aumentar el gasto: sin evaluación, exigencia y rendición de cuentas, más recursos pueden financiar los mismos errores.
Salir de esta tempestad exige algo más que otra ley o más presupuesto. Requiere un diálogo sereno, libre de sectarismos, que recupere los fines antes de multiplicar los medios. Educar es ayudar a crecer hacia la madurez mediante una herencia cultural, la autoridad responsable del adulto y la libertad esforzada del joven. Frente al presentismo, la inmediatez, las ideologías, y el síndrome de Peter Pan hacen falta raíces, maestros, responsabilidad y paciencia: la recompensa de la cultura nunca es instantánea.
PISA ofrece, al menos, una oportunidad para distinguir lo esencial de lo superfluo. Si familias, docentes, administraciones y sociedad recuperan la pasión por enseñar, el valor del conocimiento y la dignidad del esfuerzo, aún será posible corregir el rumbo. Pero el tiempo del maquillaje ha terminado. La educación no necesita otra coartada, sino verdad, coraje y una reacción colectiva antes de que las grietas se conviertan en desmoronamiento.
(Publicado en el semanario La Verdad el 23 de octubre de 2026)
