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viernes, 5 de abril de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (98)


           SI CADA UNO LIMPIA SU ACERA, LA CALLE ESTARÁ LIMPIA


Los padres y educadores deben educar gradualmente en la capacidad de esfuerzo y la responsabilidad, evitando actitudes permisivas a la vez que el rigorismo.

El niño/a necesita saber lo que debe o no debe hacer, así como las consecuencias de incumplir lo acordado. Es imprescindible dictar las normas desde el afecto, formulándolas de manera positiva a ser posible, no siempre a modo de prohibiciones (que también deberán darse en ocasiones y quedar claras), motivándolas según la edad y disposición del niño, con el fin de que comprenda los motivos y para que piense y decida por sí mismo, y no actúe solo por miedo al castigo.  

En una conducta responsable lo adecuado es realizar lo que se encomienda con diligencia pero sin precipitación, con puntualidad y con esmero, sin descuidar los detalles. Es importante centrarse en la tarea, no andar disperso o distraerse cuando se realiza (por eso es importante, por ejemplo, que haya orden y tranquilidad en el lugar y durante los tiempos dedicados al estudio y el trabajo personal). Cuando el trabajo o la tarea haya concluido, ha de informarse enseguida a quien lo encomendó o lo supervisa: si se ha cumplido el objetivo o han surgido dificultades, incidencias…; y si ha surgido algún problema, no limitarse a exponerlo, sino insinuar soluciones a quien tiene que decidir.

            Suele decirse, con razón, que “en educación, lo que no se evalúa se devalúa”, por ello hay que valorar el modo en que realizan su trabajo, no impidiendo que, llegado el caso, puedan experimentar sus limitaciones e incluso posibles equivocaciones, con el fin de que adquieran experiencia y criterio por ellos mismos. En este sentido, conviene no privarles de padecer las consecuencias desagradables de sus acciones por falta de atención, de interés o por precipitación (gastar la paga sin criterio, no hacer a tiempo las tareas, mentir, dejarse llevar por la pereza o el egoísmo...) 

            Al corregir hay que tener en cuenta las circunstancias y la intención, conviene hacerlo con firmeza pero sin humillar al niño, buscando más la causa que la culpa -aunque si la ha habido, conviene señalarla-, aclarando que es su conducta inadecuada la que nos disgusta pero que le seguimos queriendo igual y que confiamos en sus posibilidades de mejora. Hay que desterrar las descalificaciones del tipo: "¡Ya sabía que lo ibas a hacer mal" o "¡eres un inútil!"

            El educador no ha de olvidar el reconocimiento positivo, felicitando y mostrando satisfacción acerca de lo bien hecho, valorando también la intención y el esfuerzo. Conviene que estemos atentos a las buenas conductas para reforzarlas y alabarlas con frecuencia. A veces nos olvidamos de reconocer las cosas que han hecho bien y las buenas intenciones. Esto mata la ilusión por hacer nuevas tareas y se produce en el niño o el joven un lamentable descenso de su autoestima.  

            Los educadores somos modelos insustituibles en el proceso de adquisición de hábitos responsables, por ello hemos de mostrar ejemplo de autoexigencia personal, de alegría por el cumplimiento de las obligaciones y de preocupación sincera hacia las necesidades de otras personas. 

            Es este un capítulo esencial en la formación de la personalidad. No olvidemos que si cada uno limpia su trozo de acera y afronta sus responsabilidades con decisión, estaremos cambiando el mundo: la calle estará limpia. 

(Publicado en el semanario La Verdad el 5 de abril de 2024)

lunes, 8 de enero de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (89)

LA MOTIVACIÓN Y LA CORRECIÓN: LOS INCENTIVOS


 

            La formación del carácter –y más en particular del criterio y de la voluntad- es indispensable para que el niño o el joven alcance el dominio de sí mismo. En este marco conviene reflexionar sobre el papel y la importancia de ciertas ayudas externas como el premio y el castigo.

            Premios y castigos han de entenderse como medios convenientes para promover la automotivación, ese impulso que mueve a la persona desde dentro por propia decisión. En principio, es preferible siempre el premio al castigo, pero hay veces en que es preciso corregir. Pero elogios y reproches, premios y castigos, no se pueden suministrar de forma indiscriminada, sin tener en cuenta las personalidad de los niños y los jóvenes.

En el ámbito escolar, Hunnicut y Thomson pusieron en relación la aplicación de estos incentivos con la índole temperamental de los alumnos, clasificados en extravertidos e introvertidos. 

La conclusión a la que llegaron fue que los individuos que más progresaban en el aprendizaje eran los alumnos extravertidos a los que se incentivaba con castigos cuando era preciso (eran propensos a relajarse y a obrar a la ligera en cuanto se les dejaba de exigir).

En segundo lugar se colocaron los introvertidos a los que se elogiaba cuanto iban haciendo (estaban necesitados de estima y reconocimiento). 

            En cambio, descendían mucho en su rendimiento tanto los alumnos extravertidos que eran elogiados (se confiaban y distraían fácilmente) como los introvertidos censurados (eran inseguros y faltos de confianza).

            Un verdadero educador no cree en los castigos, sino en la capacidad que tiene el que los recibe para reformar su conducta. Son medios que pretenden rectificar, corregir, y suelen ser eficaces para evitar conductas, y no tanto para fomentarlas (el miedo al castigo no anima a hacer el bien). Es por amor y mediante el cultivo de la virtud como se logran vencer verdaderamente los hábitos negativos. San Juan Bosco aconsejaba a sus colaboradores: “Nunca castiguéis sino después de haber agotado todos los recursos”. Pero los castigos son convenientes cuando se saben aplicar bien.

Establecimiento de normas

            El castigo presupone la existencia de normas. Éstas ayudan a la voluntad y a los afectos a dirigirse a lo que está bien, defienden al bien frente a la pereza, la inconstancia, la superficialidad y la malicia. La norma tiene que facilitar la adquisición del hábito, y ésta la de las actitudes, valores humanos y virtudes. No olvidemos que la naturaleza humana -lastrada por las consecuencias del pecado original- tiende a lo fácil si no se ejercita oportunamente y si no encuentra el apoyo de obligaciones que mueven al cumplimiento del deber.

            Las normas tienen que ser pocas y claras, han de ser bien explicadas y comprendidas. Las hay más esenciales, innegociables, que sostienen las prioridades del proyecto educativo familiar o escolar, y que afectan a todos, incluso al educador. Las hay también ocasionales o secundarias, acerca de las que se puede transigir en función de las circunstancias, si se considera conveniente. El incumplimiento deliberado de las normas es el que ha de ser más propiamente objeto de castigo o corrección.

      (Publicado en el semanario La Verdad el 29 de diciembre de 2024)