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lunes, 9 de septiembre de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (111)

PEDAGOGÍA VISIBLE Y EDUCACIÓN INVISIBLE



       La persona humana es un ser digno pero inacabado, y la educación consiste en introducir en la realidadal ser humano para que crezca hacia su plenitud. Afirmaba Hesíodo (s. VII a. Jc.) que “la educación ayuda al hombre a ser lo que es capaz de ser”. Entendida, así pues, como una ayuda dirigida a la formación y el perfeccionamiento del ser humano, la educación es un arte, un saber hacer de índole esencialmente moral.

        La pedagogía, por su parte, es un saber, una reflexión científica acerca de la educación: su contenido, su finalidad, sus medios y recursos. Se basa por un lado en una antropología que expresa qué es el ser humano y su desarrollo perfectivo, y por otro en la experiencia y el saber extraído de la investigación acerca del quehacer educativo.

       Víctor García Hoz, gran pedagogo y maestro, distinguía entre una “pedagogía visible” y una “educación invisible”, necesarias y complementarias entre sí: “La pedagogía visible nos da indicaciones precisas, aunque parciales, que hacen referencia a aquellos elementos de la vida humana que le dan consistencia, como el esqueleto da consistencia al organismo y le permite mantenerse en pie, o como las venas y arterias son los caminos claros que ha de seguir la sangre en su movimiento circulatorio. La educación invisible es como la desconocida trama de los distintos elementos que se manifiestan en algo tan importante pero tan difícil de situarlos en un espacio determinado como la salud, la vitalidad, el brío ante las dificultades.”

El fin de la educación es contribuir a la formación de una personalidad madura, es decir equilibrada y fecunda; y esta personalización, como decía otro gran maestro y pedagogo, Abilio de Gregorio, tiene lugar mediante el encuentro con los valores de sentido y con su cultivo. Se trata, como decía Platón, de “enseñar a mirar” para que el ser humano aprenda a conocer el bien y a orientar hacia él su vida;  ayudarle a crecer en libertad, en capacidad de autodeterminación, ayudarle a configurar su carácter mediante la virtud. 

El fin de la pedagogía es aportar luz y criterio al quehacer educativo. Pero no desde los axiomas impolutos de un saber meramente teórico, sino desde la práctica de una educación que ha de vérselas con una naturaleza humana herida por el pecado original y asediada por una multitud de solicitaciones que amenazan con disgregarla y desorientarla.

            El pedagogo se mueve preferentemente en el ámbito de las estrategias y de los medios; el maestro en el ámbito de los fines y de la vida. Por eso, se ha dicho, el pedagogo tiene seguidores, el maestro discípulos. 

A Don Bosco, por ejemplo, en una época de fervor por la pedagogía sistemática (Pestalozzi, Froebel, etc.), le preguntaron acerca del método empleado con sus jóvenes para evaluar la consistencia de su obra. Él respondía que no entendía de sistemas: simplemente amaba a aquellos muchachos y los quería acercar a Dios. Pero sabía muy bien lo que hacía, cómo y por qué; fue el creador del método preventivo dirigido a un alumnado carente de oportunidades al que buscaba conducir hacia la auténtica dignidad humana. 

            Difícilmente tendremos los buenos pedagogos que hoy necesitamos si antes no han sido auténticos maestros.


        (Publicado en el semanario La Verdad el 6 de septiembre de 2024)

lunes, 8 de enero de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (89)

LA MOTIVACIÓN Y LA CORRECIÓN: LOS INCENTIVOS


 

            La formación del carácter –y más en particular del criterio y de la voluntad- es indispensable para que el niño o el joven alcance el dominio de sí mismo. En este marco conviene reflexionar sobre el papel y la importancia de ciertas ayudas externas como el premio y el castigo.

            Premios y castigos han de entenderse como medios convenientes para promover la automotivación, ese impulso que mueve a la persona desde dentro por propia decisión. En principio, es preferible siempre el premio al castigo, pero hay veces en que es preciso corregir. Pero elogios y reproches, premios y castigos, no se pueden suministrar de forma indiscriminada, sin tener en cuenta las personalidad de los niños y los jóvenes.

En el ámbito escolar, Hunnicut y Thomson pusieron en relación la aplicación de estos incentivos con la índole temperamental de los alumnos, clasificados en extravertidos e introvertidos. 

La conclusión a la que llegaron fue que los individuos que más progresaban en el aprendizaje eran los alumnos extravertidos a los que se incentivaba con castigos cuando era preciso (eran propensos a relajarse y a obrar a la ligera en cuanto se les dejaba de exigir).

En segundo lugar se colocaron los introvertidos a los que se elogiaba cuanto iban haciendo (estaban necesitados de estima y reconocimiento). 

            En cambio, descendían mucho en su rendimiento tanto los alumnos extravertidos que eran elogiados (se confiaban y distraían fácilmente) como los introvertidos censurados (eran inseguros y faltos de confianza).

            Un verdadero educador no cree en los castigos, sino en la capacidad que tiene el que los recibe para reformar su conducta. Son medios que pretenden rectificar, corregir, y suelen ser eficaces para evitar conductas, y no tanto para fomentarlas (el miedo al castigo no anima a hacer el bien). Es por amor y mediante el cultivo de la virtud como se logran vencer verdaderamente los hábitos negativos. San Juan Bosco aconsejaba a sus colaboradores: “Nunca castiguéis sino después de haber agotado todos los recursos”. Pero los castigos son convenientes cuando se saben aplicar bien.

Establecimiento de normas

            El castigo presupone la existencia de normas. Éstas ayudan a la voluntad y a los afectos a dirigirse a lo que está bien, defienden al bien frente a la pereza, la inconstancia, la superficialidad y la malicia. La norma tiene que facilitar la adquisición del hábito, y ésta la de las actitudes, valores humanos y virtudes. No olvidemos que la naturaleza humana -lastrada por las consecuencias del pecado original- tiende a lo fácil si no se ejercita oportunamente y si no encuentra el apoyo de obligaciones que mueven al cumplimiento del deber.

            Las normas tienen que ser pocas y claras, han de ser bien explicadas y comprendidas. Las hay más esenciales, innegociables, que sostienen las prioridades del proyecto educativo familiar o escolar, y que afectan a todos, incluso al educador. Las hay también ocasionales o secundarias, acerca de las que se puede transigir en función de las circunstancias, si se considera conveniente. El incumplimiento deliberado de las normas es el que ha de ser más propiamente objeto de castigo o corrección.

      (Publicado en el semanario La Verdad el 29 de diciembre de 2024)