viernes, 17 de junio de 2011

EL VERDADERO AMOR: "Ella no sabe quién soy yo, pero yo todavía sé muy bien quién es ella"


      Reproduzco aquí un cuento/historia que he recogido de la web del Equipo Ágora. Si lo comento, lo estropeo.
     
      Un hombre de cierta edad vino a la clínica donde trabajo, para curarse una herida en la mano. Tenía bastante prisa, y mientras se curaba, le pregunté qué era eso tan urgente que tenía que hacer.
      Me dijo que tenía que ir a una residencia de ancianos para desayunar con su mujer que vivía allí. Me contó que llevaba algún tiempo en ese lugar y que tenía un Alzheimer muy avanzado.
      Mientras terminaba de vendar la herida, le pregunté si ella se alarmaría en caso de que él llegara tarde esa mañana.
      - No, me dijo, ella ya no sabe quién soy. Hace ya casi cinco años que no me reconoce.
     Entonces le pregunté extrañado:
     - ¿Y si ya no sabe quién es usted, por qué esa necesidad de estar con ella todas las mañanas?
     Me sonrió, y dándome una palmadita en la mano, me dijo: 
     - "Ella no sabe quién soy yo, pero yo todavía sé muy bien quién es ella".
     Tuve que contener mi emoción, y mientras el anciano salía pensé: "Esa es la clase de amor que quiero para mi vida; el verdadero amor es la aceptación de todo lo que el otro es, de lo que ha sido, de lo que será, y de lo que ya nunca podrá ser”.

martes, 14 de junio de 2011

FORUNIVER DE VERANO



PRESENTACIÓN
FORUNIVER es una Escuela de valores humanos que pretende suscitar el encuentro con los valores de sentido –los que pueden llenar el corazón humano-. Se ofrece como un ámbito de encuentro y de amistad en el que se dan cita profesores, alumnos y profesionales de diferentes campos para reflexionar juntos sobre un tema esencial, en este caso: “LA DIGNIDAD HUMANA …ESA DESCONOCIDA”.
En nombre de todos cuantos hemos puesto nuestro entusiasmo mejor en esta aventura ilusionante, te envío nuestra invitación más cordial.
FORUNIVER es una amistad que crece. Te esperamos. No vengas solo/a.
Gaudeamus!
           Andrés Jiménez Abad, director pedagógico.

Más información en: www.equipoagora.es

Dignidad humana y filosofía

Enlace a un artículo que suscribo de la cruz a la raya
http://dignidadhumana.blogspot.com/2007/04/filosofa-y-defensa-de-la-vida.html

14.4.07

Filosofía y defensa de la vida

El cuidado y respeto a la vida humana puede ser estudiado desde muchas vertientes y disciplinas. La reflexión tiene como propio un estudio racional integrador respecto al conjunto de las ciencias. Por este motivo puede ser de interés elaborar un análisis filosófico acerca de una realidad tan importante como es, en definitiva, el respeto a nosotros mismos. La biología, la medicina o la sociología tienen sus propios métodos. La filosofía tiene el suyo: esforzarse por emplear el sentido común abriendo los ojos a la realidad, tal y como es, sin miedo a liberarse de prejuicios.

La naturaleza humana tiene unas características evidentes. No se trata ahora de pormenorizarlas, cosa que sería propia de un estudio antropológico más amplio. Toda naturaleza tiene un modo de ser en parte permanente. El ser humano tiene una naturaleza biográfica. Se trata de un ser con libertad y responsabilidad limitadas, pero inalienables. Esta libertad y esta responsabilidad actúan en un organismo vivo, sujeto a leyes y condiciones particulares. La libertad propia se manifiesta desde un cuerpo con el que se une. La libertad humana opera en una materia con unas características morfológicas determinadas por la genética. Sin embargo la libertad no pesa un gramo y, si bien necesita de una base de operaciones fisiológicas, no es fisiológica en sí misma. La libertad tiene una cierta dependencia y una cierta independencia respecto al cuerpo; como una hoja respecto a su árbol. Pero si la libertad quiere ser hoja de nadie, como las caídas en otoño, se acaba agostando.

La naturaleza humana es la propia de un ser con libertad moral. La duda que puede plantearse es si el individuo humano lo es cuando no está capacitado para ejercer su libertad. Aristóteles aclara una idea capital: Una naturaleza se posee no cuando se ejercen los actos propios de ella; sino cuando se tienen las capacidades para hacerlos. Estas capacidades pueden no estar operativas, transitoria o definitivamente, como ocurre en múltiples casos: una persona que duerme, que tiene alguna discapacidad, que enferma, un anciano o un nonato. Negar la naturaleza humana por una disminución de actividades supone adoptar una actitud eugenésica.

Otra de las primeras cuestiones que pueden abordarse es la entidad de la naturaleza y su relación con la cultura. La cultura supone una transformación creativa de las naturalezas que nos rodean, así como de la nuestra propia. La historia forma, por tanto, un factor clave en las relaciones entre cultura y naturaleza. El paso del tiempo no es por sí solo un factor determinante en la mejora de la cultura. Las tremendas guerras del siglo XX lo han puesto de manifiesto. La cultura tiene por misión mejorar la naturaleza y para esto requiere de una condición previa: respetarla. La suplantación de la naturaleza por la cultura es una negación de la cultura misma.

A la hora de comprender la entidad de la naturaleza humana se pueden contemplar múltiples cuestiones. Existen dos enfoques opuestos: el del interés y el del respeto. El ser humano, todo ser humano, merece ser tratado desde el respeto y no desde el utilitarismo. En la medida en que el respeto al ser humano, en cualquiera de sus fases y circunstancias, prima sobre la utilidad y la manipulacióninteresada estamos construyendo una cultura más humana y solidaria. De lo contrario la sociedad se va transformado en una selva donde los fuertes oprimen e incluso anulan a los más débiles. Por ejemplo, la esclavitud ha sido –y todavía es- una llaga dolorosa en nuestro mundo.

En todas las polémicas bioéticas que surgen hoy existe una clara disyuntiva: El predominio de la propia autonomía sobre la naturaleza o el respeto a la naturaleza al que debe subordinarse la autonomía o libertad propia. Lo que honradamente cabe observar es que la autonomía o libertad propia surge de la naturaleza humana; no ocurre al revés. Nadie ha elegido tener dos brazos y un solo corazón.

Planteadas así las cosas parece que sería lógico que el respeto primara sobre el interés en las relaciones humanas. Muchas veces ocurre así; pero también con frecuencia constatamos ataques severos a la condición humana como es la práctica habitual, extendida y permitida por muchos gobiernos, del aborto voluntario. Ésta y otras muchas lacras sociales nos hacen preguntarnos por los cimientos del respeto a la vida humana. El respeto sin más fundamentación se muestra transgredido e ineficaz.

La filosofía no parece una disciplina muy práctica para solucionar problemas tan vitales, donde se ponen en juego cuestiones tan importantes como la salud o la economía. Pero, querámoslo o no, los hombres nos movemos por ideas y el estudio honesto sobre las ideas acerca de nuestra propia naturaleza es indispensable para construir un mundo más civilizado.

Cabe pensar que la filosofía no es una ciencia exacta y que pueden deducirse tantas conclusiones como filosofías. Las filosofías, como las setas, no son todas igualmente saludables. Por sus resultados se pueden conocer. Aquí consideramos correcta la filosofía que, en el respeto a la realidad, nos hace ser mejores personas al mover a ponernos en el lugar de los más indefensos.

sábado, 4 de junio de 2011

La belleza interior

(Palabas de despedida en el acto de graduación de los alumnos de 2º de Bachillerato, IES BASOKO, 3 junio 2011)

 
           En la obra de Pérez Galdós, Marianela, la protagonista le pregunta al ciego al que guía si sabe distinguir el día y la noche. Él contesta: 'Es de día cuando estamos juntos tú y yo; es de noche cuando nos separamos...'
      En la novela, Marianela es una joven deforme por un accidente que tuvo de pequeña. Solo su amigo ciego podía ver la belleza de su ser interior, sin quedarse en la superficialidad de la cara y el cuerpo contrahechos. La ceguera de los ojos físicos había proporcionado luz a sus ojos interiores para ver a los demás. No juzgaba por la impresión sensible o desde la vanidad, juzgaba acerca de la belleza según la talla moral de la persona.

       Interesante forma de apreciar el mundo. Una lección serena para una sociedad como la nuestra –esa que, ya mayores de edad o casi…, os disponéis a afrontar desde hoy- tan preocupada por las apariencias y el cuidado estético, y paradójicamente tan superficial en el cultivo y el aprecio de la interioridad.
       Vemos, en efecto, cómo muchas mujeres y cada vez más hombres tienen la tendencia a encajar en el molde de “belleza” establecido por las tendencias sociales de la época.
       El propósito de esta interminable búsqueda, y el objeto para el cual se busca, suelen ser olvidados: ¿Qué belleza se busca? ¿La del aparecer o la del ser? ¿La del cuerpo o la del corazón?
       Vemos hoy en día rostros con sonrisas artificiales, operaciones quirúrgicas para evitar las arrugas, liposucciones, inyecciones de silicona para moldear cuerpos que no tienen otro defecto que el desgaste natural del tiempo. Nos han vendido una imagen de mujer, en la que se valora su apariencia…, pero se olvida uno de “ella” -de la persona- (y lo mismo pasa con el hombre). A fuerza de ver modelos esbeltas, sin ningún defecto externo, con medidas casi imposibles... hemos aceptado que el ideal de belleza que nos permite entrar por la puerta grande del mundo es parecerse a un prototipo de muñeca (o muñeco) de juguete.
       Y aunque muchos tal vez asentimos al oír ideas como estas, e incluso criticamos el uso que se hace de la mujer en la publicidad, al final también nosotros identificamos juventud y belleza, porque nuestro ideal estético también se reduce a menudo a lo superficial y sensible. ¿Dónde está la luz del día interior del que hablaba el ciego a Marianela? ¿Por qué no la vemos?
       Porque esa luz hay que buscarla con ojos interiores, en silencio, y en la quietud que permite descubrir lo invisible, lo que es realmente valioso.
       El rostro de un hombre o de una mujer que ha sido marcado por las numerosas tormentas de la vida puede ser hermoso. Sea cual sea su edad, la belleza de una mujer que ha resistido las dificultades de la vida brilla con un esplendor que irradia ternura y majestad. Hay rostros de mujeres ancianas y de hombres tallados por el paso de los años que transmiten algo que no se vende, que no puede aportarnos una inyección de botox: una belleza pacífica, serena. Esa belleza –a diferencia de la otra- crece con el tiempo, porque el tiempo aquilata y purifica lo que nos hace grandes: la sabiduría y la capacidad de amar que posee el ser humano.
       Por eso un rostro anciano puede ser atractivo. Quizás detrás de esos ojos compasivos, se esconden muchas lágrimas, detrás de esas arrugas no maquilladas se oculta mucho dolor porque el amor es donación, es buscar el bien objetivo del otro, olvidarse a menudo de uno mismo; y por eso, muy a menudo, el amor duele. El amor no es un maquillaje que se quita por la noche; su huella en la persona es indeleble y no se borra, al contrario, se acentúa con el paso del tiempo.

       La vida del hombre o de la mujer que ha aprendido las lecciones de la vida es verdaderamente hermosa, aunque su cabello luzca blanco, o tiemblen ya sus manos.

      Sí, es verdad. Hay una belleza que una mirada simple no puede captar. Porque “lo esencial es invisible a los ojos, y sólo se ve bien con el corazón.” (St. Exupéry)
      Marianela le preguntaba al ciego si sabía distinguir el día y la noche. «Es de día cuando estamos juntos tú y yo; es de noche cuando nos separamos». Es Marianela la que hace bello el día, sin darse cuenta tal vez. Y es su ausencia la que priva al ciego de la luz. ¿No habéis pensado que todo lo que aprendáis de bueno y de valioso en la vida os compromete a hacer un mundo mejor y más bello... para los demás, para quienes se encuentren con vosotros en el camino de la vida?

      Hay una página –entre otras muchas magníficas- en El Quijote, que encierra una lección de sabiduría de la que quiero hoy hacerme eco para vosotros, y que tiene mucho que ver con esa belleza interior de la que os hablo.

       La cruel chanza de unos duques les lleva a conceder a Sancho Panza el gobierno de una ínsula.  Don Quijote se apresta a ofrecer consejo a su escudero para enfrentarse a ese mundo de responsabilidades y desafíos que le espera.

      “Primeramente, ¡oh hijo!, -le dice- has de temer a Dios, porque en el temerle está la sabiduría y siendo sabio no podrás errar en nada. Lo segundo, has de poner los ojos en quién eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey… (y acabó reventando)

      »Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores, porque viendo que no te avergüenzas, ninguno se pondrá a avergonzarte, y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio… No hay para qué tener envidia a los que padres y abuelos tienen que son príncipes y señores, porque la sangre se hereda y la virtud se gana, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale.” (II parte, Capítulo XLII)

Sé perfectamente que estas recomendaciones a algunos les parecerán hilarantes, y hasta ofensivas. Como decía aquel torero: “Tiene que haber de tó”.

Me he atrevido sin embargo a hablaros de la belleza del corazón, porque es lo que deseo -como maestro que me gustaría haber sido vuestro- para vosotros y con toda mi alma. Mirad: el humilde es feliz con todo. El soberbio no es feliz con nada.

Ayer mismo hablaba con un amigo a quien muchos de vosotros sé que tenéis un gran aprecio; y a propósito de mis sentimientos hacia vosotros, con los que me gustaría representar a todos y cada uno de mis compañeros profesores –y también a vuestros padres-, me decía: “No esperes ni desees que sean tus alumnos los que te lo agradezcan. Que tu mayor gozo sea que un día lo haga alguno de sus hijos.” Que fueran ellos –vuestros hijos-, los que un día nos agradecieran lo que hicimos –o intentamos hacer- por sus padres, por vosotros.

Amigos míos, indignaos, pero no acampéis en la indignación. Aspirad a mejorar y embellecer el mundo, sí, pero empezad por vosotros mismos. Dentro.

Hasta siempre.