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domingo, 21 de junio de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (179)

VALORES HUMANOS Y EDUCACIÓN DEL CARÁCTER


PADRES E HIJOS EN LA ESCUELA. - Centro Davinci

            

        La educación o formación del carácter es, en su versión más consistente, una formación integral -inteligencia, voluntad, afectividad- e integradora, centrada en la persona y articulada a través de la formación en valores humanos o virtudes. 

            La persona cuyo carácter está basado en el cultivo de las virtudes tiene capacidad para autodeterminarse por el bien, de buscar en todo momento la verdad y de contemplar y gozarse en la belleza. 

            La educación del carácter responde a un planteamiento propuesto ya por Sócrates, Platón, Aristóteles y los estoicos, entre otros, que hunde sus raíces en los conceptos de virtud, bien, felicidad y “paideia” (educación, cultura, ciudadanía) que ha impregnado la cultura occidental a lo largo de la historia. A este planteamiento hay que añadir la perspectiva y fundamentación cristiana, basada en la dignidad de la persona y en la que sobresale la primacía del amor, entendido como entrega y servicio al bien de las personas y del bien común. 

            La Psicología cognitiva de segunda generación, que admite el papel fundamental de las emociones, la Psicología Positiva y la Neurociencia aportan fundamento científico a este enfoque o modelo ético-educativo, en el cual el “buen carácter” no se reduce al conocimiento del bien y de la verdad sino que es una orientación íntegra de la persona a los valores más nobles. 

            No somos moralmente buenos por solo razonar moralmente bien, sino que se requiere además obrarmoralmente bien. Para lograr un comportamiento moral es precisa la integración de las capacidades de la persona. Importa la razón, pero también las emociones, saber obrar y obrar bien de hecho, cultivando la dimensión física y la espiritual de la persona, la dimensión individual y la social. La enseñanza, propiamente dicha ha de incluir aspectos cognitivos, emocionales y éticos.

            Hay que contar, como es obvio, con el papel de las familias, que es insustituible, básico y previo a cualquier tarea escolar. Pero es también tarea fundamental del centro educativo la integración del cultivo de los conocimientos y destrezas y la formación de los valores humanos que configuran el “buen carácter”. La organización y el ethos del centro educativo no son neutros ni indiferentes hacia la formación en valores humanos. El clima moral de la escuela es decisivo y debería ser consistente con los valores recogidos en un proyecto educativo orientado a la formación integral de la persona. 

Es responsabilidad de los padres -su derecho y su obligación- asegurarse de que la labor del centro educativo sea coherente con el proyecto educativo familiar. Por ello su elección de centro y su colaboración habitual con este debería tener tal aspecto como fundamental. También es responsabilidad de las familias posicionarse en el ámbito político, a través de todos los cauces posibles y adecuados, con el fin de asegurar que su protagonismo educativo es respetado y asegurado por las autoridades y por la administración educativa. 

Tal vez esta observación parezca utópica, pero habría que preguntase si no se deberá a la negligencia generalizada de nuestra sociedad civil, tan pasiva y servil ante el “pensamiento único dominante”, y a la ausencia de los laicos católicos en la vida pública. Nunca es tarde para reaccionar y organizarse. La visita a España de León XIV también era para recordar estas cosas.

(Publicado en el semanario La Verdad el 19 de junio de 2026)

martes, 1 de noviembre de 2022

LA PERSONA HUMANA Y SU DIGNIDAD. APUNTES PARA UNA FUNDAMENTACIÓN DE LA MORAL.

LA PERSONA HUMANA Y SU DIGNIDAD


 

1) ¿Qué significa ser ‘persona humana’?

Adelantemos una descripción que puede servirnos de pauta para iniciar una respuesta a esta importante pregunta: 

Una persona es un ser dotado de naturaleza racional, único e irrepetible, y llamado a configurar su propia vida de acuerdo con el desarrollo responsable de su libertad. 

La libertad consiste en poder disponer de uno mismo, en ser dueño de las propias decisiones y elecciones. 

Por eso, la persona es responsable del contenido y de la orientación de su vida, porque con sus elecciones va dando pasos en una dirección o en otra: si elijo un trabajo u otro, si decido vivir en una ciudad o en otra, si decido aceptar a determinadas personas como amigos míos o no... 

Esto es así porque el ser humano, la persona, es un ser racional. La libertad es una cualidad propia de los seres racionales. 

La racionalidad –que caracteriza por igual a los seres humanos, hombres y mujeres- abarca dos facultades muy importantes: la inteligencia (que es la capacidad de entender y comprender) y la voluntad (que es la capacidad de querer y decidir. A su vez, dentro de la voluntad se sitúan la libertad y la responsabilidad).

- Gracias a su inteligencia, o capacidad de comprender, el ser humano puede conocerse a sí mismo, y también la realidad, y valorarla. 

- Gracias a su voluntad o capacidad de querer, el ser humano, las personas, podemos tomar decisiones en las cuales cada uno de nosotros tenemos la iniciativa, pero contando siempre con la realidad, que a veces no se puede cambiar. Al tener la iniciativa sobre su vida, cada persona se hace responsable y dueña del contenido de sus decisiones, para bien y para mal. 

Y esto sólo lo podemos hacer los seres racionales, las personas. Por eso la persona posee un valor -una dignidad- superior al resto de los seres de la creación, ya que éstos no pueden disponer de sí mismos de forma responsable. Si un perro se salta un semáforo en rojo, por ejemplo, no tiene sentido ponerle una multa, porque no puede comprender que ha cometido una infracción. 


                                                            


2) La dignidad de la persona humana

Hay dos formas de entender el valor de algo: la dignidad y el precio. La dignidad es propia de las personas. El precio es el valor que nosotros damos las cosas cuando queremos cambiarlas por otra cosa; es decir, cuando son prescindibles. 

Se llama dignidad al valor que reconocemos en alguien –en las personas- porque es único, irrepetible, e insustituible. La dignidad es la más alta forma de valor. Por eso decimos que un ser humano no es simplemente “algo” sino “alguien”. 

Tan indigno es tratar a una persona como si fuera una cosa como lo es tratar algo -un ser no personal: dinero, una cualidad, una idea, un animal…- como si fuera alguien, un ser humano.

Una persona no tiene precio, tiene valor en sí misma, dignidad. Cuando a una persona se le pone un precio –y se la convierte en mercancía que se compra y se vende- estamos haciendo una injusticia; la estamos reduciendo a la condición de objeto, de cosa, más o menos útil, más o menos agradable según los intereses de otros o de las circunstancias.

 Pero lo que hace distinto a un ser humano de otros tipos de seres no es propiamente el ejercicio o el grado de desarrollo de sus capacidades o facultades específicas, sino el hecho mismo de poseerlas. No se es “más o menos” persona por ser más o menos culto, ni se deja de ser persona durante el sueño, o a causa de una enfermedad degenerativa. Por la misma razón, el individuo humano que aún no ha nacido, pero que ya es un ser distinto de sus padres, puede ser llamado (debe ser considerado) persona con toda propiedad.

Para la fe cristiana, además, cada ser humano es digno por ser amado singularmente por Dios, por ser “a imagen y semejanza” suya, un “yo” o un “tú” llamado a entrar en comunión con Él. La noción de persona, de hecho, surge históricamente cuando la teología cristiana de los primeros tiempos intentaba explicar el misterio de la Santísima Trinidad. El Dios de los cristianos es eminentemente un ser personal: Alguien, no una fuerza anónima, natural o sobrenatural. Por analogía con el Ser divino se empezó a concebir también al ser humano como “persona”. La categoría jurídica de persona -ser sujeto de derechos y deberes según la ley- es muy posterior y carece de este significado ontológico. Por lo demás, obviamente, la pertinencia de la noción de persona no depende de su origen teológico.


                                                                             


3) Dignidad ontológica y dignidad moral


Pero ahora tenemos que precisar un poco más el concepto de dignidad. Hay dos tipos fundamentales de dignidad:

1) La dignidad ontológica o intrínseca, que es la que poseen los seres humanos, las personas, por el simple hecho de ser personasToda persona es digna; tiene dignidad personal, sea como sea, y haga lo que haga. Es el tipo de dignidad del que habíamos hablado hasta ahora. El reconocimiento de esta dignidad es lo que propiamente se denomina respeto.

2) Pero hay un segundo tipo de dignidad, que depende de lo que nos merecemos por nuestra conducta. Hablamos entonces de dignidad adquirida o, también, de dignidad moral. Es el valor que adquiere y merece una persona como fruto de sus acciones morales, de sus actitudes y sus pensamientos. 

Todos los humanos somos igualmente personas, y por eso todo ser humano, de acuerdo con su dignidad ontológica, ha de ser respetado, aunque no haya hecho nada para merecerlo. Y por eso una persona sigue siendo digna cuando está enferma y no se puede valer por sí misma, o cuando tiene un accidente que le impide realizar determinadas operaciones… Todas las personas, sólo por ser personas, tienen la misma dignidad (ontológica).

Pero sí podemos ser más o menos dignos moralmente. Una persona digna moralmente es aquella en la que las virtudes van definiendo su manera de ser y de actuar, su personalidad. Hablamos entonces de una persona honrada, justa, recta, buena, equilibrada, amable, prudente, leal, valiente... 

Una persona indigna moralmente es aquella cuyas acciones indignas, sus vicios, van definiendo su personalidad. Y entonces hablamos de personas deshonestas, injustas, malas, egoístas, retorcidas, cínicas, traidoras, cobardes, violentas, resentidas, vengativas, etc. 

Todos tenemos que ser conscientes de que somos portadores de una dignidad excelente: somos personas. Debemos valorar esta dignidad (ontológica) y hacerla brillar en nuestras acciones, debemos reconocerla en los demás y tratarles de acuerdo con ella (es decir, con respeto). A.J.

      

jueves, 2 de diciembre de 2021

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (4)

LA VIRTUD: ¿TODAVÍA?

Sostenía Aristóteles que el fin de la educación consiste en enseñar a desear lo deseable, lo valioso. Es decir, en orientar los deseos para dirigirlos hacia todo aquello que contribuye a la excelencia ética.

Es de gran importancia para ello conocer la índole de los sentimientos y los afectos en general, su origen y su naturaleza, en uno mismo y en los demás, para comprender lo que expresan, y orientarlos a lo que merece ser deseado y estimado, ya que determinadas acciones deben ser realizadas no por ser gustosas o apetecibles sino por ser buenas, aunque no se tenga ganas o apetezca lo contrario. 

De ahí la importancia de los hábitos, estructuras psicológicas que ofrecen consistencia y solidez, a la vez que dotan de eficiencia a nuestras capacidades: hábitos cognitivos e intelectuales, afectivos y ejecutivos, hábitos éticos o morales sobre todo. Hablamos, en suma, de "virtudes" (hoy suele emplearse el término "fortalezas" -strengths-, pero su significado es muy parecido al de los términos clásicos areté, virtus). 

La virtud consiste en orientar nuestra vida al bien; es un modo ordenado de amar las cosas y a las personas (ordo amoris, en expresión de San Agustín). Es preciso querer el bien y realizarlo de manera habitual. Las normas procuran un mínimo indispensable para orientar la conducta y para evitar el mal, pero por sí solas no aseguran el bien obrar. 

La virtud es una disposición estable, un hábito positivo que aumenta nuestro poder y libertad, que hace penetrante y seguro nuestro conocimiento, que otorga estabilidad, equilibrio y densidad a nuestro querer, liberándolo de las mudanzas de la emoción y fortaleciéndolo ante las dificultades. De la educación y orientación de los hábitos depende el desarrollo y la configuración del carácter y de la personalidad (ethos)desde la infancia. 

Una formación integral de la persona incluye que los aprendizajes estén bien integrados. Dirigida al desarrollo equilibrado de todas las dimensiones de la persona humana y de su actividad, no se trata de “saber de todo” ni de desarrollar “un gran número de habilidades y destrezas”. Se trata de configurar una escala de valores, de prioridades en función de las cuales se juzga y se actúa congruentemente, de acuerdo con lo más valioso. 



Valores y objetivos educativos han de estar integrados, jerarquizados de manera congruente. Me contaba una maestra que un día durante el recreo una de sus pequeñas alumnas, de unos 7 años, lloraba desconsoladamente. Al preguntarle por qué, la niña le contestó: “-Es que nos han dicho en clase que no se deben tirar los alimentos que sobran. Y también que en muchas cosas de comer ponen cosas malas, que se llaman “E” y “C” (edulcorantes, conservantes…) Pero es que mi mamá me ha dado para almorzar un bollycao y aquí pone que tiene esas cosas. Y no me lo puedo comer…, ¡pero es que tampoco lo puedo tirar! (sollozo inconsolable).

La formación moral ha de guiar al resto de las facetas y ámbitos de la educación, pero antes es esencial comprender la índole y la fuente de la dignidad de la persona para establecer y articular los fines y los medios adecuados para su formación. Sin vacíos y de manera congruente.

(Publicada en el semanario LA VERDAD, 22 octubre 2021)

jueves, 12 de enero de 2012

LAS DOS MIRADAS SOBRE EL SER HUMANO (y II / II)


En la primera parte de este breve ensayo, llamábamos ‘mentalidad’ a un modo más o menos sistemático de entender la vida y la realidad, vigente de forma un tanto difusa en un momento histórico o cultural determinado. Y decíamos, según esto, que numerosos síntomas del presente parecen revelar la existencia, a grandes rasgos, de dos mentalidades contrapuestas, de dos miradas muy diferentes a la hora de considerar al ser humano y su valor. La primera, de la que hicimos una descripción fenomenológica, era la mirada pragmática. Hablemos ahora un poco de la segunda.

La mirada personalista, abierta al ser de las cosas

         No se trata de menospreciar o dejar a un lado la eficacia en la consideración de las personas, las cosas y los acontecimientos, sino de subordinarla al descubrimiento de la verdad y al respeto por la dignidad que poseen las personas por sí mismas, con independencia de su utilidad.

         Esta forma de contemplar el mundo y lo humano reconoce que hay una realidad que nos es dada de algún modo -interesante asunto, averiguar este modo en que la realidad nos es dada-. En el encuentro con esta realidad que no es un simple correlato de nuestro hacer o de nuestros deseos, sino algo previo y que nos supera y nos desborda, el ser humano tiene que dejarse asombrar. Aristóteles, como es sabido, decía que la filosofía nació precisamente de este asombro, que lleva al ser humano a preguntarse “por qué”.

         Esta mirada contemplativa y abierta a la realidad es respetuosa -decía Heidegger que el respeto consiste en “dejar ser al ser”-. Para la mirada utilitarista y pragmática la “verdad” sólo podía ser lo que responde o se adecua a la voluntad de poder: lo efectivo, lo hecho, los resultados. Ahora la verdad consiste en la adecuación del propio juicio y pensamiento al ser que constituye a cada cosa.

         No hay inconveniente en reconocer que dependemos de esa realidad que es “más grande” que nosotros. De hecho, cada uno va tomando conciencia a lo largo de sus primeros años de existencia de que forma parte de esa realidad, se encuentra a sí mismo “existiendo”. Ninguno de nosotros se ha dado el ser a sí mismo, sino que nos ha sido dado.

Aparece la persona

         Y otra cosa que advertimos con el paso del tiempo, y notablemente a través de la adolescencia, es que cada uno de nosotros es un ser irrepetible y único, que ocupa un lugar singular. Mi vida es mía, de una forma inequívoca. Dependemos de otros seres, evidentemente, pero no por ello dejamos de ser distintos de los otros, de las demás cosas. Estamos, en cierto modo, “en medio” del mundo –percibimos la realidad como algo que nos circunda y nos envuelve-, pero ejercemos nuestra existencia de forma propia y singular.

         Según esto, conocer es descubrir que se “se nos dan” cosas, que están “ahí”, ante nosotros, en la realidad, y averiguar lo que son. Ahora bien, juzgar esto –la realidad, las cosas, nuestro mismo existir– como algo positivo y que nos permite subsistir y aprender, desarrollar nuestras potencialidades de conocimiento, de acción, de relación, es captar su “bondad”. Y la captación de algo como bueno, como un cierto don que se nos concede, es el punto de partida del amor.

         Amar, inicialmente, es apreciar, valorar positivamente, “bendecir” algo. Y una vez descubierto su valor, contribuir libremente a su incremento, a su perfección.

         Pero otro dato que surge en el transcurso de nuestra experiencia acerca de “la vida”, de la realidad, es que nosotros también podemos y necesitamos aportar algo, intervenir, modificándola. Y que al hacerlo, de algún modo nos hacemos también a nosotros mismos, “crecemos”.

         Cada ser humano, a través de su experiencia y de su reflexión, se va descubriendo a sí mismo como “sujeto”, como alguien único en el mundo, responsable del contenido y de la orientación de sus acciones, con relación a sí mismo y con relación a las cosas y a las demás personas. Ser “alguien” no es lo mismo que ser “algo”. Cada ser humano es un “alguien” único, en desarrollo dinámico, dotado de una naturaleza o modo de ser constitutivo, pero también de una capacidad de iniciativa, y que se va perfilando a sí mismo en virtud de las propias decisiones y acciones, y de las relaciones con los demás. No dejamos de ser dependientes. Necesitamos las aportaciones ajenas.

No somos autosuficientes, pero a la vez podemos llegar a ser en gran medida dueños de nuestras acciones, protagonistas de nuestra propia vida. Somos responsables, somos libres. Esto es lo nuclear en toda persona. Una persona es un ser único e irrepetible, dotado de naturaleza racional (de inteligencia y voluntad), llamado a desarrollar su vida haciendo un uso responsable de su libertad.

Los otros sujetos humanos son “otros como yo”, y por consiguiente dotados de la misma singularidad, y merecedores del mismo respeto. Es decir, no se les puede tratar como si sólo fueran “algo”, porque cada uno de ellos es alguien.

Respeto, colaboración y ayuda mutua hacen que la convivencia humana sea fuente de vínculos recíprocos, y que la persona sea lo nuclear en la vida social: lo más importante en la sociedad son las personas, que son fines y nunca meros medios al servicio de otra cosa, ni siquiera del bien social.

Una persona es valiosa por sí misma, por el hecho de ser alguien. Su ser no se agota en su hacer; somos más que lo que hacemos. Y el modo de obrar sigue al modo de ser. Lo más fascinante del ser humano es que es “más grande” por dentro que por fuera. No son sus obras las que le hacen grande sino ese núcleo interior –íntimo- del que brotan los actos humanos. El yo. Esa intimidad es además la fuente de las novedades que el ser humano aporta al mundo.

Responsabilidad y tiempo

La acción respetuosa sobre el mundo circundante es un deber moral, puesto que ese mundo es la morada de los seres humanos. Quien atenta contra esa morada, atenta contra el ser humano. El dominio sobre la naturaleza no es –no debe ser- explotación, sino cultivo responsable llamado a hacer del mundo un lugar habitable y humanizado, en el que sea posible y positivo compartir la vida.

Para la mirada pragmática, el tiempo es “oro”.  Para la mirada abierta al ser, es mucho más. Es vida, desarrollo del propio ser, tarea, ocasión de dar y de encontrar sentido. Dar el propio tiempo es darse a sí mismo. El tiempo vital, el que brota de la intimidad, es ámbito de comunión, de relación humana y fuente de valor moral: “El tiempo que perdiste por tu flor –se dice en El principito- es lo que hace que tu flor sea tan importante… Eres responsable para siempre de lo que has domesticado, eres responsable de tu rosa.”

Las cosas que amamos, a las que dedicamos el tiempo de nuestra vida, se hacen más cercanas y más queridas, son rescatadas del anonimato, son “nuestras”; pero no como meros objetos de consumo o de posesión, sino en el sentido de lo que forma parte de la propia vida, de lo íntimo.

La mirada abierta al ser nos permite considerar al ser humano, hombre y mujer -de acuerdo con su naturaleza constitutiva- de un modo más hondo y enriquecedor. Superando reduccionismos, se dirige a una realidad que traspasa la apariencias y lo superficial, y que es fuente de un alto valor: de dignidad.

Esta mirada, esta mentalidad, es la que nos permite descubrir lo que significa ser persona. La que nos impulsa (obliga) a respetar a toda persona, incluido uno mismo. La que nos lleva a descubrir que la felicidad, la plenitud a la que aspira todo ser humano, se alcanza por medio de la autodonación libre y amorosa.  A.J. 


Ainhoa Fernández del Rincón, cooperante española secuestrada en el Sáhara, y querida amiga. Su entrega y dedicación por las demás personas es un testimonio vivo de la dignidad humana.

martes, 10 de enero de 2012

LAS DOS MIRADAS SOBRE EL SER HUMANO (I/II)


Entendemos aquí ‘mentalidad’ como un modo más o menos sistemático de entender la vida y la realidad, vigente de forma un tanto difusa en un momento histórico o cultural determinado. Según esto, puede decirse que numerosos síntomas del presente parecen revelar la existencia, a grandes rasgos, de dos mentalidades contrapuestas, de dos miradas muy diferentes a la hora de considerar al ser humano y su valor.

Pragmatismo

Por un lado está la que llamaríamos mirada o mentalidad pragmática, que puede caracterizarse como un modo de considerar las cosas y los acontecimientos según un cálculo de intereses y de utilidad. La realidad sería el ámbito de realización de los intereses humanos, en el que el hombre está llamado a ejercer un control y un dominio efectivo sobre las cosas. Saber acerca de las cosas sería una forma de poder. En expresión de Tomás Hobbes, “conocer una cosa significa saber qué se puede hacer con ella cuando se tiene”.

La meta de la vida humana según esta visión sería el éxito, la consecución de los propios proyectos. El ser humano se hace a sí mismo digno en la medida en que satisface sus necesidades y deseos, en que consigue hacerse a sí mismo autosuficiente, no carecer de lo que desea o necesita –aquí ya no sería nada fácil distinguir entre necesidad y deseo-. Para ello dispone de poderosos instrumentos: la economía, la ciencia, la política, la técnica… Además, la naturaleza, el entorno formado por los seres que rodean al hombre, queda reducida a una mera fuente de recursos, a un stock de bienes de consumo y transformación para su aprovechamiento y explotación inmediatos. Una de las expresiones más rotundas de esta mentalidad es el mercantilismo que, al extender criterios y procedimientos del mercado a los demás ámbitos de la vida humana, ha sustituido el valor de las cosas por su precio. Una de las formas más extendidas de medir el valor de algo (un negocio, una empresa, un objeto, un producto, etc.) es averiguar si “la gente” está dispuesta a pagar dinero por ello.

En este planteamiento, también las relaciones humanas son valoradas por su utilidad. Las demás personas adquieren un valor en la medida en que resultan útiles, en que se hacen valer por sus cualidades, éxitos, fortalezas, medios económicos, posición social, poder político… Y así pueden ser susceptibles de envidia y de admiración, pero también de uso y eventual sustitución, pueden ser rivales en la lucha por el poder o el triunfo o socios que, mientras lo aconseje la eventual confluencia de intereses, trabajan por su logro o incremento.

En El principito, Antoine de Saint-Exupèry presenta a un joven  príncipe que, descantado y a la búsqueda de alguien de quien hacerse amigo, llega a una serie de planetas solitarios cuyos habitantes –un rey, un vanidoso, un geógrafo, un bebedor, un hombre de negocios…- no ven en el pequeño visitante sino a un súbdito, un admirador, un explorador, una molesta interrupción en sus negocios… Es decir, sólo lo contemplan en tanto en cuanto presenta o no para ellos una utilidad. Tras dialogar con cada uno de ellos, el principito abandona sus planetas porque en ellos “no hay lugar para dos”. Se da cuenta de que no es valorado por sí mismo, por ser él, una persona única con la que es posible entablar una relación de amistad, no utilitarista. A nadie se le escapa que esta parábola alude a que un modo reduccionista de considerar al ser humano es fuente de desencuentros, conflictos, malentendidos, abusos, injusticias a pequeña o gran escala. Y de una gran soledad y falta de sentido.

Para esta mirada pragmática acerca de la vida, el tiempo es medido también por su utilidad. El tiempo es oro, un capital que se gasta al utilizarlo y que no debe desperdiciarse en cosas inútiles, sino que ha de invertirse de forma rentable. “Ganar tiempo” sería hacer negocios, producir más, tener más cosas, vivir deprisa. El propio libro que acabamos de mencionar –en el que aparece, por ejemplo, un vendedor de pastillas que calman la sed y permiten ahorrar tiempo, pero que impiden disfrutar de un tranquilo paseo hacia una fuente–, u otros como Momo, de Michael Ende, insisten en una visión más profunda sobre el tiempo, que posee un tipo de valor más hondo que el económico y material.

La mirada del pragmatismo, en suma, es febril, vertiginosa. Y también superficial, incapaz de ofrecer fundamento a proyectos vitales de envergadura. Es correr muy deprisa hacia no se sabe dónde, viajar en aviones, naves y trenes de alta velocidad cuyo destino, en el fondo, se desconoce. “La nuestra, dijo Einstein, es una época de medios perfectos y de metas confusas”.
(Continuará)




miércoles, 28 de septiembre de 2011

UN DESARROLLO A LA MEDIDA DEL SER HUMANO


Conviene hacer una distinción inicial entre desarrollo y desarrollismo. El primero es un término que se aplica básicamente al crecimiento económico, entendido como el aumento de la producción y de la capacidad de consumo para el mayor número de seres humanos. En un sentido más amplio, más humano y tal vez menos tenido en cuenta, debiera considerarse el desarrollo auténtico como la elevación integral de la condición humana, de todo el ser humano y de todas las personas.
El desarrollismo, por su parte, es una concepción económica que propugna la necesidad de que la economía crezca indefinidamente, y asegura que ello reportará la acumulación generalizada de bienes y servicios, con lo que los seres humanos serán paulatinamente más felices. Esta felicidad, por lo demás, se entiende como “calidad de vida” interpretada generalmente en términos de bienestar material. Esta concepción se apoya en el auge de la tecnología y en sus posibilidades para potenciar y organizar a gran escala, incluso globalmente, la actividad humana sobre las fuentes y los cauces de la riqueza en el planeta.
Tras la revolución industrial, y por encima del enfrentamiento entre el modelo económico capitalista y el socialista, existía a lo largo de todo el siglo XX –hasta la década de los 70 aproximadamente- un fundamental acuerdo entre ambos acerca de la “concepción desarrollista” y sobre la necesidad de que la economía creciera indefinidamente. Las discrepancias venían al afirmar si quien podría lograr más adecuadamente tal propósito era el libre mercado o la economía centralizada bajo el control estatal.
El desarrollismo, como modelo económico y como mentalidad, puede resumirse, aun a riesgo de caer en la simplificación, en los siguientes postulados:


1)      El planeta es una fuente inagotable de recursos
2)      El desarrollo consiste en el proceso de crecimiento económico seguido por los llamados “países desarrollados”
3)      Dicho proceso es posible en todos los países del mundo
4)      Existe una correlación entre desarrollo y satisfacción de las necesidades del ser humano
5)      Como la racionalidad humana puede disponer absolutamente de una naturaleza cuyas leyes han sido descubiertas, el progreso de la humanidad se abre a un horizonte ilimitado.


La racionalidad ilustrada
Quizás pueda afirmarse que la raíz última de las dificultades sociales y ecológicas de las que se ha venido adquiriendo conciencia en las últimas décadas se halla en no haber reconocido límites al poder del hombre y de creer que todos los problemas se pueden resolver por medio de la ciencia y de la técnica. Tras esta convicción late un modelo de racionalidad, el ilustrado, que sitúa a cierto tipo de hombre -el triunfador en el terreno económico y en el público en general, y varón para más señas- como dominador absoluto de todo lo real, armado con un arsenal científico con el que dirige una mirada pragmática  al mundo y que ve en él un ámbito susceptible de dominio y, por lo tanto, un campo de rivalidades en el que la solidaridad encaja difícilmente. El mundo no tiene otro sentido para esta mirada que el servir a la voluntad de poder de seres humanos que se consideran o pretenden ser autosuficientes. En suma, como decía Tomás Hobbes al concluir el Renacimiento, el hombre vendría a ser “un lobo para el hombre”.
Pero el precio del triunfo a ultranza de los dominadores es la sangre, la miseria y la humillación de los vencidos. A nadie se escapa que el siglo XX, cumbre del desarrollo histórico en lo económico y en lo técnico, ha sido también, literalmente, el más sangriento de la historia.
Este modo de entender el crecimiento económico tiende a no considerar la relevancia moral de la naturaleza y del medio vital humano, así como a generar desigualdades y discriminaciones entre personas y pueblos por sus limitadas posibilidades para acceder al nivel de bienestar de los más beneficiados.
Seguramente ningún ser humano elige libremente vivir en la miseria y en la marginación. Y sin embargo, el mundo en el que vivimos ofrece un panorama dantesco cuajado de desequilibrios, en el que los pueblos ricos son cada vez más ricos y los pobres tienden a ser cada vez más miserables. La quinta parte más rica tiene unos ingresos 150 veces superiores a los ingresos de la quinta parte más pobre. Hemos construido un mundo en el que el 25% de la población mundial dispone y consume el 70% de la energía, el 75% de los metales, el 85% de la madera y el 60% de los alimentos.
Si en este marco se hace ya difícil para muchos seres humanos concebible el mundo como un lugar habitable, hay que añadir también que un proceso indefinido se hace imposible, entre otras cosas, porque los recursos del planeta son finitos y se ven en todo este proceso muy seriamente amenazados. 
El proceso de globalización de la economía, a pesar de sus aspectos positivos, ha agudizado la exclusión de amplias regiones geográficas, como las regiones subsaharianas, países iberoamericanos y otros países asiáticos; ha puesto en el umbral de la marginación a numerosos colectivos humanos como los jóvenes sin formación, los ancianos solos, los enfermos que no pueden valerse por sí mismos, las mujeres que no han podido acceder a títulos de propiedad, a unos estudios y una formación cualificados y las familias que dependen de ellas, las poblaciones que no disponen de recursos económicos o no disponen de medios para rentabilizarlos, etc., así como a muchas y variadas culturas y tradiciones. Y también a los no nacidos. Es el gran grupo de la humanidad perdedora.
El endeble desarrollo de los pueblos más deprimidos económicamente, el amplio y diverso panorama de la marginación social y cultural, y a la vez el complejo mundo del consumismo desenfrenado entre los más favorecidos, vienen a ser algunas de las grandes objeciones al modelo globalizador de la economía. Buena parte –si no la práctica totalidad- de los conflictos armados más recientes, y de los vigentes, tampoco es ajena a este complejo estado de cosas. 
La presente crisis financiera, en fin, montada sobre un pragmatismo sin referencias morales serias, no hace sino delatar que algo en el fondo de este modelo economicista ilustrado está podrido y muy podrido. Estamos ante una “reducción ad absurdum” planetaria, en la que se pone de manifiesto que una economía y una política sin moral -sin una moral verdadera, que haga justicia a la naturaleza y dignidad de todo ser humano- son una fuente de destrucción. Corrupción pura y dura.


Un desarrollo humano sostenible
 En las últimas dos décadas ha surgido con fuerza una línea de reflexión que ha planteado un modelo alternativo de desarrollo, que ha dado en llamarse “desarrollo humano” o también “desarrollo sostenible”. Este último término fue acuñado en 1987 por la Comisión Brundtland, amparada por la ONU. La idea de fondo consiste en mantener el desarrollo económico, pero de manera que concuerde con las necesidades del hombre –de toda la persona y de todas las personas- y de la naturaleza. 
         Se trata de un nuevo modelo de desarrollo que podemos caracterizar del siguiente modo:


- Un desarrollo integral: abarcando necesaria e indispensablemente el ámbito cultural, el económico y el medioambiental. 

-   Un desarrollo endógeno: no indiferenciado sino planteado a partir de la situación, de las necesidades y las posibilidades concretas de cada pueblo, y favoreciendo su protagonismo e identidad propia.

-  Un desarrollo sostenible: instaurando la disciplina del largo plazo, la visión de armonía y de conjunto. Lento, puesto que el crecimiento rápido es generador de nuevas dependencias entre pueblos. Que asegure el digno y libre desarrollo de las generaciones futuras.



           La superación de las situaciones marcadas por un economicismo que reduce el valor de las cosas, del trabajo y de la persona a su mera dimensión económica y de utilidad, exige la convicción decisiva de la primacía de la persona.

      No se puede hablar de desarrollo auténtico si éste resulta inhumano, pobre en solidaridad. La compensación de las carencias y dependencias de los países y de las personas más pobres hasta que aquéllas desaparezcan es la primera medida de cualquier forma de solidaridad. "El desarrollo, si quiere ser auténticamente humano, necesita, en cambio, dar espacio a la gratuidad". Se necesitan "unos ojos nuevos y un corazón nuevo, que superen la visión materialista de los acontecimientos humanos y que vislumbren en el desarrollo ese «algo más» que la técnica no puede ofrecer". (Benedicto XVI, Caritas in veritate)

        Es preciso replantearse que la interdependencia de la familia humana hace de la solidaridad, no un condimento o un maquillaje del desarrollo humano, sino su condición indispensable. Sin solidaridad, sin gratuidad, sin una defensa efectiva de la dignidad de toda persona humana, no puede existir una elevación real de la condición humana. Todos de un modo u otro somos responsables. “Las campanas doblan por mí”… (John. Doone).   A.J.



viernes, 23 de septiembre de 2011

El fundamento último




A la persona humana, que lo es desde su concepción hasta su muerte natural, le son inherentes unos bienes y valores esenciales para su realización: la vida, la verdad, la libertad, la asignación de los productos y medios materiales necesarios para su subsistencia, la posibilidad del matrimonio y de la familia, la capacidad de la relación y participación social y política, la posibilidad de formación y acción cultural, la salud y la capacidad de buscar la realidad y de vivir de acuerdo con ella.
Pero, ¿de dónde le viene a cada persona la razón de que nadie pueda violar los derechos que le pertenecen como tal, e incluso que ni ella misma pueda renunciar a ellos ni alterarlos? ¿De sí misma? ¿Es que cada hombre, en su concreta individualidad, es el último fin para sí mismo? Dos evidencias se oponen a ello: la de la condición social de la persona humana, que le es innata por naturaleza, y la de la finitud, no sólo de cada hombre, sino de la humanidad entera. El hombre ni es origen de sí mismo, ni, por tanto, su último fin. Cada hombre es criatura de Dios y participa de la misma humana dignidad que sus hermanos. De ahí le viene la última y decisiva razón de la dignidad de su persona, el fundamento objetivo de los derechos y tareas que como tal le pertenecen.
Se impone un movimiento emergente de humanización, basado en el reconocimiento del valor inherente a la naturaleza humana y a todo ser personal, del que nadie debe ser excluido. Cada ser humano es de algún modo responsable del bien de sus semejantes. Si alguien atenta contra la dignidad humana de un ser humano inocente, atenta también contra la mía, porque es la misma. Como escribió John Doone: “Ningún hombre es una isla, completo en sí mismo, sino un fragmento del continente. Si el mar arrebata una parte de la tierra, es Europa la que pierde, como si se tratara de la casa de tus amigos o de la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque yo formo parte de la humanidad. No preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti.”