sábado, 12 de noviembre de 2011

LA VERDAD NOS IMPORTA, Y MUCHO




El tema de la verdad es uno de los más olvidados en momentos históricos de crisis y desorientación general. Así ocurre, por ejemplo, en épocas en las que lo útil, o lo que lleva al triunfo, se considera más valioso que dar con la verdad. Es lo que acontecía, por ejemplo, en Atenas en el siglo V a. Jc., cuando se extendió la enseñanza de los sofistas, maestros de la elocuencia y del arte de convencer, para quienes lo importante de una argumentación o de un razonamiento no era que fuese verdadero o que se basara en lo que era justo, sino que resultase convincente al auditorio. Para ello bastaba con acudir a palabras bellas o a fórmulas de persuasión eficaces, aunque fuesen falsas o inicuas. La verdad se vio sustituida por la fuerza persuasiva de las opiniones.
Ante un panorama que llevaba a la corrupción de los ciudadanos y a la degeneración de la democracia ateniense, Sócrates propuso otra forma de mirar al mundo y de resolver los problemas de la ciudad. La llamó filosofía. Y de su labor se siguió la aparición de los filósofos más grandes de Grecia: Platón y Aristóteles, entre otros. Será sobre todo con Sócrates y con Platón cuando se empezará a considerar la filosofía (y la ciencia) como una indagación rigurosa y apasionada para saber lo que las cosas son. Es decir, como una búsqueda racional de la verdad.
Hoy, como entonces, se cruzan multitud de opiniones diversas acerca de casi todos los asuntos humanos. No faltan tampoco los sofistas en nuestro tiempo. Su influencia es sin embargo mucho mayor, porque los medios de comunicación pueden difundir cualquier opinión con mayor eficiencia que nunca. Por eso es tiempo de pensar en la importancia de que la verdad sea el criterio supremo acerca del valor de nuestros conocimientos y de nuestras más importantes inquietudes. Porque saber es conocer lo que las cosas son de verdad.
Nos interesa la verdad acerca de todo. Porque averiguar la verdad acerca de algo, es saber lo que ese algo es realmente. Averiguar la verdad de un acontecimiento por ejemplo, es saber qué es realmente lo que ocurrió. Como apunta J. R. Ayllón: “¿Qué hace bueno el diagnóstico de un médico? ¿Qué hace buenas la decisión de un árbitro y la sentencia de un juez? Sólo esto: la verdad. Por eso, una vida digna sólo se puede sostener sobre el respeto a la verdad.”
No es indiferente el hecho de que las cosas sean lo que son y que, al saber en qué consisten, podamos atenernos a ellas; o que no lo sean, y que no sepamos entonces a qué atenernos. No es lo mismo, por ejemplo, que un alimento esté intoxicado o que sea perfectamente sano, que tal persona en la que confío sea leal o no lo sea. De lo que sabemos depende nuestro modo de vivir.

No es sólo una cuestión teórica
Pero en la búsqueda de la verdad se pone en juego absolutamente todo el ser humano, no es un asunto meramente teórico sino que afecta a toda nuestra vida. Preguntarse por la verdad y por el modo de alcanzarla es preguntarse por el modo de no engañarnos acerca de los asuntos cotidianos, pero también por el acceso a las grandes cuestiones, aquellas en las que se pone en juego lo más profundo y lo más auténtico de nosotros mismos.
Es claro que hay asuntos o aspectos de la realidad que tienen una mayor importancia que otros, y por eso la verdad que podamos alcanzar en el conocimiento de esos temas o aspectos será más o menos importante, de acuerdo con ello. No es humano, ni siquiera es posible de modo permanente, vivir en falso. Fallar en la vida es la mayor frustración, y frustrar la vida es la mayor de las tragedias posibles.


Hablamos de la realidad

Hay algo que se da por supuesto cuando se adquiere un conocimiento sobre cualquier aspecto de la realidad, tanto si se trata de algo espectacular y trascendente como si se trata de algo pequeño y cotidiano, y es que ese conocimiento es verdadero.

Mientras se da por supuesto que aquello que sabemos y conocemos –no lo que creemos saber simplemente, sino lo que nos consta que es así- es verdadero, todo va bien. Pero no siempre acertamos al intentar conocer ciertas cosas, y esto con frecuencia es fruto de un gran esfuerzo de aprendizaje, de observación o de reflexión. Y no todos lo llevan a cabo. Por supuesto, a menudo nos vemos obligados a rectificar en cuestiones que pensábamos que eran de una manera y luego han resultado ser de otra. Por ejemplo, pensábamos que el 6 de diciembre había clase y caemos en la cuenta de que no es así, o que tal persona que decía querernos, en realidad se estaba aprovechando de nosotros, etc. La ignorancia y el error, la apariencia y el afán de poder “rodean” a la verdad por todos lados.
Sin embargo, si lo pensamos bien, la verdad misma no desaparece. Cuando advertimos haber cometido un error, no es que antes lo que pensábamos fuera verdadero y ahora ya no lo sea. Cuando advertimos un error lo hacemos ante una verdad que lo desmiente, que lo hace inaceptable. Dicho de otro modo, nos “desengañamos”. Estábamos engañados al tomar como verdadero lo que en realidad era falso, y salimos de nuestro error porque hemos averiguado la verdad.
Conocer algo es acceder a lo que ese algo es. Si, por ejemplo, advertimos ciertos síntomas inhabituales en nuestra salud que podrían ser los de una enfermedad, buscamos que alguien que sabe acerca del asunto, normalmente un médico, nos diagnostique lo que realmente nos pasa, y nos indique qué remedio o tratamiento puede acabar con la enfermedad y con sus síntomas. Vivimos en función de lo que conocemos; si no nos atenemos a lo que son las cosas, nuestra vida, que discurre en relación con ellas, resultará inviable.
Conocer y saber es alcanzar la verdad acerca de algo de manera bien fundada. Todas las formas de conocimiento que están a nuestro alcance nos ofrecen algún aspecto de la realidad, y podemos decir que sabemos o conocemos una cosa cuando sabemos de verdad lo que es o, dicho de otro modo, cuando sabemos lo que es realmente.
Un pensamiento nuestro, una suposición, cualquier idea o juicio que no fuese verdadero, no sería propiamente un conocimiento. Conocemos algo cuando conocemos la verdad acerca de ello. Tomar como verdadero algo que no lo es, es lo que llamamos un error, una propuesta que no se ve confirmada por la realidad, que no se adecua a ésta. Así, “2+2 = 7” no sería un conocimiento, sino, en todo caso, un mero pensamiento, erróneo, claro está.
Si es esencial al conocimiento –y a la vida humana- dar con la verdad acerca de cualquier acontecimiento o asunto, lo es más en el caso de aquellas grandes cuestiones de las que dependen muchas otras; esas que llamamos las “cuestiones últimas”, como la dignidad humana, qué significa ser persona, las grandes cuestiones morales o las relativas al sentido de la vida, a la existencia y naturaleza de Dios, etc.
Es especialmente importante buscar y alcanzar la verdad acerca de las cuestiones cruciales de la existencia, y avanzar hacia la fuente de la que mana el sentido y el valor de la realidad, aquello que hace a las cosas ser lo que son, su fundamento último. A eso es a lo que siempre se llamó sabiduría.

No es lo mismo, no.
Lo básico en todo esto es comprender que no es indiferente que una afirmación sea verdadera o falsa, esto es, que responda o no a la realidad. Por ejemplo, no nos es indiferente que el diagnóstico del médico acerca de nuestro estado de salud sea erróneo o no, que la persona a la que amamos nos corresponda o no; no nos comportamos de igual modo ante un agresor que ante un amigo, etc.
La diferencia entre lo verdadero y lo falso, atenerse a la realidad de las cosas, ha de ser independiente de nuestros gustos e intereses.  Hay veces en las que la verdad (la realidad) no es como a nosotros nos gustaría. No aceptarlo es no querer madurar, algo parecido a lo que pasa con esos “adolescentes” de cincuenta años que no aceptan la realidad y viven frustrados por no querer descabalgarse de sus deseos o de sus apetitos.
Todo esto parecería elemental, pero en muchas ocasiones se mezclan los sentimientos y las pasiones, y enturbian la capacidad de juicio.
Por lo demás, a veces hay cuestiones que no son nada fáciles. Hay cosas que tomamos por verdaderas y en realidad no lo son, sólo lo parecen. O podemos ser engañados por otros, que mienten, tergiversan hechos, ocultan datos... No faltan quienes desconfían de poder hallar la verdad y prefieren otras alternativas: seguir sus apetencias, o el parecer de la mayoría, dejarse llevar por la moda o por la persuasión con la que el mensaje se presenta, tener sólo en cuenta lo que resulte útil, etc. Es decir, que se puede ser infiel a la realidad, a veces de forma inevitable –en el caso de un error involuntario, por ejemplo-, pero también otras de forma deliberada.
Pero hay más aún. Se puede conocer la verdad acerca de un hecho o sobre el valor de una acción, pongamos por caso, y no ser consecuente con lo que se sabe. Una persona puede tener muy claro que no debe ser desleal, pero quizás murmura de sus amigos ante otras personas. Es decir, no es lo mismo conocer la verdad que vivir de acuerdo con ella. Hace falta para ello una disposición moral a menudo costosa.
Además está el relativismo. La pretensión de que la verdad es algo puramente subjetivo: cada cual tiene “su” verdad, que normalmente no tiene por qué coincidir y no coincide con la de los demás. Y por lo tanto no habría pautas universales de conocimiento ni de conducta para todos los seres humanos. Lo malo del relativismo es que no se presenta como una postura “relativa”, sino “absoluta”: “es verdad que cada uno tiene ‘su’ verdad…, con lo que se incurre en contradicción. Al relativista le importa el relativismo, porque piensa que el relativismo es verdadero. Esto es tan interesante  que tendremos que volver despacio sobre ello en otra ocasión. Pero volvamos a lo que nos preocupaba: que no es lo mismo –ni posible–  que algo sea verdadero y falso al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto.
El interés por la verdad es constitutivo de la inteligencia, de toda inteligencia humana, pero también también de la persona misma en todo su dinamismo vital. No podemos conocer ni vivir sin verdad.
Pongamos algunos ejemplos:
Si voy a unos almacenes y pido un reproductor de DVD y me traen varios aparatos convencionales para reproducir cintas, puedo precisar: “-La verdad es que yo quería un aparato que sirva para DVD”. Con ello deseo aclarar a qué se ajustaba mi petición.
Supongamos que en el informativo de la televisión se ofrece esta noticia: “Se ha esclarecido por fin la verdad acerca de la desaparición del joven actor...” Con ello se da a entender que se ha averiguado lo que ocurrió en realidad y que nos lo van a contar tal y como fue.
Otro ejemplo, éste quizás más cercano. El profesor de Filosofía puso un examen la semana pasada y preguntó los requisitos de una buena definición. Lo habíamos tratado en clase y pude consultar además dos libros al respecto. Además yo había estudiado, no soy tonto y me lo sabía de miedo. He puesto en el examen lo que se pedía y... ¡va, y me suspende! Pido revisión del examen al profesor, que vuelve a corregirlo y reconoce que se ha equivocado al calificar. La verdad estaba de mi lado.
Decía San Agustín que “algunos pueden engañar, pero a ninguno nos gusta ser engañados”. Es decir, que todos aspiramos a saber la verdad y contamos con ella, aunque no siempre la alcancemos o estemos dispuestos a aceptarla.



No se puede saber todo completamente, pero…
Ya hemos advertido que conocer las cosas completamente, hasta el fondo, es muy difícil y en muchos casos imposible. Todos los caminos de la realidad no pueden ser recorridos totalmente, y menos aún por una sola persona. Nuestras verdades –los conocimientos verdaderos que podemos alcanzar- no son completas normalmente, y en ocasiones aparecen mezcladas con errores. Hay otras cosas que no sabremos nunca.
Es verdad, hay diferentes caminos en la realidad. La realidad es, por así decir, poliédrica. Podemos averiguar cosas distintas acerca de lo mismo. Pero si lo averiguado se corresponde con la realidad, no puede existir contradicción en ello. Lo que normalmente ocurre es que muchas verdades son complementarias de otras. Por ejemplo: puedo averiguar que tal persona es de raza negra, que tiene un excelente humor, que su edad es de 41 años, que su religión es la musulmana, que trabaja como abogada, que es madre de tres hijos, que tiene problemas con la hipoteca de su casa o que es muy feliz en su matrimonio… Todo ello son facetas acerca de la misma persona, de las cuales podemos tener mayor o menor conocimiento. Pero ninguna de ellas invalida a las demás. La verdad es, por expresarlo con el título de un gran libro, “sinfónica”.
No lo sabemos todo acerca de todo. Obvio. La realidad nos pone límites, y nuestro conocimiento también los tiene, pero éste puede ir alcanzando “zonas de verdad” sobre las cuales podemos comprender el mundo y a nosotros mismos hasta cierto punto, y todo lo que podamos averiguar posteriormente vendrá a completar esas zonas y a clarificarlas –en eso consiste la educación, el avance de las culturas y de la propia humanidad-. Pero nunca una verdad podrá contradecir o excluir a otra.
Pretender que la verdad es inalcanzable –aunque haya cosas que no averiguaremos nunca- significa cortar el vínculo entre la inteligencia y la realidad. Defender esa vinculación que abre a los seres humanos a la sabiduría y los libra del error y de la ignorancia, y les hace confiar entre sí, es tarea de la Filosofía (amor al saber), pero también afecta a todos los órdenes en los que discurre nuestra vida, porque la verdad es condición del conocimiento, y fuente de sentido y de orientación para la vida. Sólo con ella el mundo puede ser habitable.
Suele decirse que “errar es humano”, y así es; pero sólo es plenamente humano vivir en la verdad. Además, dicho sea de paso, el error supone en todo caso la existencia de la verdad.
Buscar la verdad es desear saber, querer encontrarla. Pero para saber a qué atenerse en la vida, y para vivir de acuerdo con lo que las cosas son, hace falta amar y buscar la verdad, e incluso defenderla. La verdad se esconde del que no la ama. Pero aún así, a veces nos sale al encuentro inesperadamente y de forma tozuda. No aceptarla es querer vivir en otro mundo, y un síntoma de inmadurez.
La ignorancia implica ausencia de libertad, incapacidad para afrontar el mundo de forma inteligente, realista. Más aún si es consentida. Uno de los mayores errores de nuestro tiempo es pensar que la democracia es incompatible con la verdad. La única forma de superar el error y la ignorancia es el binomio indisoluble formado por el conocimiento y la humildad. No olvidemos aquello que alguien dijo: ser humilde no es sino aceptar la verdad. A.J.


jueves, 27 de octubre de 2011

Amigo Vujicic, grandes verdades

¿Recordáis El circo de la Mariposa? Aquí va un vídeo con el protagonista. Nunca viene mal volver a lo esencial.
Él da en el clavo. 


Que lo disfrutéis, amigos míos.


Entrad aquí:http://www.youtube.com/embed/FDA41c6SGb0

martes, 4 de octubre de 2011

Persona masculina, persona femenina


La persona humana es coesencialmente alma y cuerpo, formando ambas dimensiones una unidad sustancial, un solo ser.
El cuerpo humano es constitutivo de la persona y es su  expresión. El cuerpo manifiesta además una modalización decisiva: es masculino o femenino, ya desde su configuración cromosómica y genética. Pero al mismo tiempo sirve de cauce expresivo,  pasando  por  el dimorfismo morfológico y fisiológico correlativo en el varón y en la mujer-, y así uno y otra se expresan como tales a través de su corporalidad distintiva. La corporalidad sexuada modula también el modo de sentir, querer y pensar. La persona entera es masculina o femenina.
Esta dualidad en el modo de ser persona mostrada por el cuerpo de hombre o de mujer se ve ahondada significativamente en la generación sexual, basada en la diferenciación corporal –anatómica y fisiológica- masculina y femenina.
            Ciertas cualidades decisivas en toda persona madura parecen más peculiares del modo de ser persona masculino y otras del modo de ser persona femenino. Hay, por ejemplo, un modo masculino de ejercer la ternura, distinto en la mujer; del mismo modo que hay un modo femenino de ejercer la firmeza, distinto en el varón. Que exista una cierta inclinación hacia determinadas disposiciones no significa exclusividad en su adquisición y ejercicio. El modo de ser masculino parece más capaz de aportar una tendencia a la exactitud y la racionalización, la técnica, el dominio sobre las cosas, la capacidad de proyectos a largo plazo. El modo femenino de ser persona muestra una mayor espontaneidad para el conocimiento de las personas, la delicadeza y el matiz en el trato, la capacidad de atender a lo concreto, la generosidad, la intuición en el raciocinio, la tenacidad...
Ello no supone un “reparto” de cualidades, y menos aún una distinción de rango o dignidad, sino una predisposición natural a la complementariedad, al respeto y a la ayuda mutua.  No es que existan cualidades masculinas y femeninas, sino un diferente modo de cultivarlas y de mostrarlas, masculino y femenino,  que  induce a la colaboración entre las personas de uno y otro sexo.
La dualidad varón-mujer afecta, así pues, a la persona entera: cuerpo, afectividad, racionalidad, conducta; y por lo tanto también a la cultura y a la vida social, reflejo y objetivación en buena medida de la subjetividad personal.
La persona humana es varón o mujer, en referencia recíproca y complementariedad radical. La persona en cuanto varón es para la mujer, y en cuanto mujer es para el varón. Ser en el cuerpo varón o mujer significa que la persona humana se ofrece en reciprocidad mediante una forma de vida en complementariedad, en convivencia íntima, mediada por la mutua referencia corporal sexuada, pero basada en la libre donación mutua y  en la comunión de las personas.
       Intentar vivir sin contar con nuestra dimensión físico-biológica es intentar romper la unidad constitutiva del ser humano. La ruptura con lo biológico no libera de ataduras, antes bien conduce a lo patológico.



Amor y sexualidad humana

            Venimos diciendo que la persona entera es afectada por su naturaleza sexuada de mujer o de varón.  La vida humana, por otra parte, y de forma radical, es una realidad unitaria, porque es radicalmente la vida de un sujeto individual, que luego se enriquece operativamente por medio de sus relaciones cuando éstas son equilibradas, sinérgicas, creativas. Pero como en la naturaleza humana existen dimensiones y elementos distintos, es preciso configurar la propia vida y la personalidad mediante una adecuada integración. Como en otros aspectos de la realidad, la integración y unidad de lo diverso es lo que llamamos orden o jerarquía.

Y lo mismo que ocurre con el resto de las dimensiones y estratos de la personalidad humana, la integración de todas las dimensiones de la sexualidad no es fácil. Es una jerarquía en la que las partes se complementan y ayudan mutuamente aportando lo que es propio de cada una para dar lugar a lo que es propio de la persona: la unidad de vida para la propia donación en el amor.

La unidad y el equilibrio personal implican una ordenación, una jerarquía efectiva, de todas las dimensiones de la sexualidad humana: la biológica, la afectiva y la personal.

La subordinación (en este caso de la dimensión biológica y la afectiva a la dimensión personal) no destruye el dinamismo de los elementos o dimensiones inferiores, sino que los eleva al darles un sentido que supera las posibilidades que tienen por separado: como la piedra que se convierte en cimiento, el espacio que se convierte en hogar, el esfuerzo que se convierte en trabajo, la caricia que se convierte en símbolo de cercanía y compenetración entre dos personas. La subordinación de todas las dimensiones de la naturaleza humana a la dimensión estrictamente personal tiene lugar de forma culminar en el amor de oblación. El amor hecho donación de sí mismo da sentido profundamente humano al diálogo sexual.

DIMENSIÓN BIOLÓGICA
a)  Dimorfismo sexual, ligado a la función reproductiva: complementariedad
b)  En la especie humana no existe dependencia total de los individuos con respecto a las pautas de la especie, pero sí una tendencia sensible básica
c)   Es cauce y expresión de la individualidad y de la intimidad personal
d)   Su satisfacción es el goce o deleite (bienestar o placer fisiológico)
 DIMENSIÓN AFECTIVA
a)   Engloba emociones, sentimientos, necesidades, estados de ánimo, impulsos
b)    A través de la afectividad se expresan y captan necesidades, actitudes y deseos, y también aspectos interiores de las personas
c)    Enamoramiento: estado de ánimo o sentimiento generalizado de ilusión, de necesidad emocional y de valoración optimista de la persona amada
d)    Su satisfacción constituye el gozo o alegría (bienestar o placer emocional)
DIMENSIÓN PERSONAL
a) Encuentro interpersonal, comunicación: ámbito de intimidad compartida
b)  Amor personal (conyugal): donación mutua
c)    Procreación: La donación mutua y la comunión personal se convierten en potencial ámbito de acogida a un nuevo ser personal
d)   Su satisfacción es la felicidad compartida (bienestar o placer espiritual de la comunión amorosa, gozo)
e) Toda la dinámica fisiológica y afectiva se hace cauce para el don recíproco de las personas

Una vida afectivo-sexual madura consiste fundamentalmente en vivir armónica y profundamente toda la potencialidad del amor conyugal, como donación mutua, en beneficio común y en apertura a la vida.

Ambas personas, hombre y mujer, se entregan recíprocamente para compartir lo que son y lo que tienen, y para abrirse al don que reciben gratuitamente como coronación de su donación mutua, convertida en comunidad de vida.

Pero como nadie puede dar lo que no tiene, se precisa como condición previa el dominio de uno mismo. Y éste dominio sólo es verdadero cuando se confirma libremente en el obrar mediante un compromiso acorde con la naturaleza constitutiva de un ser que es persona. Sí, hablamos de lo que los clásicos llamaban virtud. La ética no es en el fondo sino el arte de vivir orientándose hacia el bien.


En la vida sexual, muy a menudo, no se tiene en cuenta el aspecto moral, lo cual hace que la sexualidad corra el peligro de despersonalizarse, y en lugar de convertirse en un modo de enriquecimiento humano, queda reducido a un factor de cosificación, de manipulación y de tristeza. A.J.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

UN DESARROLLO A LA MEDIDA DEL SER HUMANO


Conviene hacer una distinción inicial entre desarrollo y desarrollismo. El primero es un término que se aplica básicamente al crecimiento económico, entendido como el aumento de la producción y de la capacidad de consumo para el mayor número de seres humanos. En un sentido más amplio, más humano y tal vez menos tenido en cuenta, debiera considerarse el desarrollo auténtico como la elevación integral de la condición humana, de todo el ser humano y de todas las personas.
El desarrollismo, por su parte, es una concepción económica que propugna la necesidad de que la economía crezca indefinidamente, y asegura que ello reportará la acumulación generalizada de bienes y servicios, con lo que los seres humanos serán paulatinamente más felices. Esta felicidad, por lo demás, se entiende como “calidad de vida” interpretada generalmente en términos de bienestar material. Esta concepción se apoya en el auge de la tecnología y en sus posibilidades para potenciar y organizar a gran escala, incluso globalmente, la actividad humana sobre las fuentes y los cauces de la riqueza en el planeta.
Tras la revolución industrial, y por encima del enfrentamiento entre el modelo económico capitalista y el socialista, existía a lo largo de todo el siglo XX –hasta la década de los 70 aproximadamente- un fundamental acuerdo entre ambos acerca de la “concepción desarrollista” y sobre la necesidad de que la economía creciera indefinidamente. Las discrepancias venían al afirmar si quien podría lograr más adecuadamente tal propósito era el libre mercado o la economía centralizada bajo el control estatal.
El desarrollismo, como modelo económico y como mentalidad, puede resumirse, aun a riesgo de caer en la simplificación, en los siguientes postulados:


1)      El planeta es una fuente inagotable de recursos
2)      El desarrollo consiste en el proceso de crecimiento económico seguido por los llamados “países desarrollados”
3)      Dicho proceso es posible en todos los países del mundo
4)      Existe una correlación entre desarrollo y satisfacción de las necesidades del ser humano
5)      Como la racionalidad humana puede disponer absolutamente de una naturaleza cuyas leyes han sido descubiertas, el progreso de la humanidad se abre a un horizonte ilimitado.


La racionalidad ilustrada
Quizás pueda afirmarse que la raíz última de las dificultades sociales y ecológicas de las que se ha venido adquiriendo conciencia en las últimas décadas se halla en no haber reconocido límites al poder del hombre y de creer que todos los problemas se pueden resolver por medio de la ciencia y de la técnica. Tras esta convicción late un modelo de racionalidad, el ilustrado, que sitúa a cierto tipo de hombre -el triunfador en el terreno económico y en el público en general, y varón para más señas- como dominador absoluto de todo lo real, armado con un arsenal científico con el que dirige una mirada pragmática  al mundo y que ve en él un ámbito susceptible de dominio y, por lo tanto, un campo de rivalidades en el que la solidaridad encaja difícilmente. El mundo no tiene otro sentido para esta mirada que el servir a la voluntad de poder de seres humanos que se consideran o pretenden ser autosuficientes. En suma, como decía Tomás Hobbes al concluir el Renacimiento, el hombre vendría a ser “un lobo para el hombre”.
Pero el precio del triunfo a ultranza de los dominadores es la sangre, la miseria y la humillación de los vencidos. A nadie se escapa que el siglo XX, cumbre del desarrollo histórico en lo económico y en lo técnico, ha sido también, literalmente, el más sangriento de la historia.
Este modo de entender el crecimiento económico tiende a no considerar la relevancia moral de la naturaleza y del medio vital humano, así como a generar desigualdades y discriminaciones entre personas y pueblos por sus limitadas posibilidades para acceder al nivel de bienestar de los más beneficiados.
Seguramente ningún ser humano elige libremente vivir en la miseria y en la marginación. Y sin embargo, el mundo en el que vivimos ofrece un panorama dantesco cuajado de desequilibrios, en el que los pueblos ricos son cada vez más ricos y los pobres tienden a ser cada vez más miserables. La quinta parte más rica tiene unos ingresos 150 veces superiores a los ingresos de la quinta parte más pobre. Hemos construido un mundo en el que el 25% de la población mundial dispone y consume el 70% de la energía, el 75% de los metales, el 85% de la madera y el 60% de los alimentos.
Si en este marco se hace ya difícil para muchos seres humanos concebible el mundo como un lugar habitable, hay que añadir también que un proceso indefinido se hace imposible, entre otras cosas, porque los recursos del planeta son finitos y se ven en todo este proceso muy seriamente amenazados. 
El proceso de globalización de la economía, a pesar de sus aspectos positivos, ha agudizado la exclusión de amplias regiones geográficas, como las regiones subsaharianas, países iberoamericanos y otros países asiáticos; ha puesto en el umbral de la marginación a numerosos colectivos humanos como los jóvenes sin formación, los ancianos solos, los enfermos que no pueden valerse por sí mismos, las mujeres que no han podido acceder a títulos de propiedad, a unos estudios y una formación cualificados y las familias que dependen de ellas, las poblaciones que no disponen de recursos económicos o no disponen de medios para rentabilizarlos, etc., así como a muchas y variadas culturas y tradiciones. Y también a los no nacidos. Es el gran grupo de la humanidad perdedora.
El endeble desarrollo de los pueblos más deprimidos económicamente, el amplio y diverso panorama de la marginación social y cultural, y a la vez el complejo mundo del consumismo desenfrenado entre los más favorecidos, vienen a ser algunas de las grandes objeciones al modelo globalizador de la economía. Buena parte –si no la práctica totalidad- de los conflictos armados más recientes, y de los vigentes, tampoco es ajena a este complejo estado de cosas. 
La presente crisis financiera, en fin, montada sobre un pragmatismo sin referencias morales serias, no hace sino delatar que algo en el fondo de este modelo economicista ilustrado está podrido y muy podrido. Estamos ante una “reducción ad absurdum” planetaria, en la que se pone de manifiesto que una economía y una política sin moral -sin una moral verdadera, que haga justicia a la naturaleza y dignidad de todo ser humano- son una fuente de destrucción. Corrupción pura y dura.


Un desarrollo humano sostenible
 En las últimas dos décadas ha surgido con fuerza una línea de reflexión que ha planteado un modelo alternativo de desarrollo, que ha dado en llamarse “desarrollo humano” o también “desarrollo sostenible”. Este último término fue acuñado en 1987 por la Comisión Brundtland, amparada por la ONU. La idea de fondo consiste en mantener el desarrollo económico, pero de manera que concuerde con las necesidades del hombre –de toda la persona y de todas las personas- y de la naturaleza. 
         Se trata de un nuevo modelo de desarrollo que podemos caracterizar del siguiente modo:


- Un desarrollo integral: abarcando necesaria e indispensablemente el ámbito cultural, el económico y el medioambiental. 

-   Un desarrollo endógeno: no indiferenciado sino planteado a partir de la situación, de las necesidades y las posibilidades concretas de cada pueblo, y favoreciendo su protagonismo e identidad propia.

-  Un desarrollo sostenible: instaurando la disciplina del largo plazo, la visión de armonía y de conjunto. Lento, puesto que el crecimiento rápido es generador de nuevas dependencias entre pueblos. Que asegure el digno y libre desarrollo de las generaciones futuras.



           La superación de las situaciones marcadas por un economicismo que reduce el valor de las cosas, del trabajo y de la persona a su mera dimensión económica y de utilidad, exige la convicción decisiva de la primacía de la persona.

      No se puede hablar de desarrollo auténtico si éste resulta inhumano, pobre en solidaridad. La compensación de las carencias y dependencias de los países y de las personas más pobres hasta que aquéllas desaparezcan es la primera medida de cualquier forma de solidaridad. "El desarrollo, si quiere ser auténticamente humano, necesita, en cambio, dar espacio a la gratuidad". Se necesitan "unos ojos nuevos y un corazón nuevo, que superen la visión materialista de los acontecimientos humanos y que vislumbren en el desarrollo ese «algo más» que la técnica no puede ofrecer". (Benedicto XVI, Caritas in veritate)

        Es preciso replantearse que la interdependencia de la familia humana hace de la solidaridad, no un condimento o un maquillaje del desarrollo humano, sino su condición indispensable. Sin solidaridad, sin gratuidad, sin una defensa efectiva de la dignidad de toda persona humana, no puede existir una elevación real de la condición humana. Todos de un modo u otro somos responsables. “Las campanas doblan por mí”… (John. Doone).   A.J.



sábado, 24 de septiembre de 2011

EL SEÑUELO DE LA EXCELENCIA EDUCATIVA


Por Abilio de Gregorio

Son muchos los centros escolares que, ante el período de nuevas matriculaciones, hacen pública su oferta poniendo de relieve su culto a la excelencia educativa. Sin embargo, tal como están las actuales vigencias de pensamiento, exhibir la escarapela de la excelencia supone levantar en ciertos ambientes sospechas de elitismo, de competitividad, de insensibilidad social, de servilismo capitalista y otras lindezas.

Se hace uso inconsciente de ese resentimiento moral de la zorra de la fábula de Esopo ante las uvas: ”¡están verdes!”. Es este el mismo empeño deconstructor y el mismo mecanismo reduccionista que ya denunciaba A. Finkielkraut en “La derrota del pensamiento” al poner de relieve el imperio del relativismo que reduce la cultura a folklore.

Efectivamente, si entendemos la cultura como cultivo del espíritu, tal como la define la modernidad, habrá que aceptar que hay cultivos más elaborados que otros y habrá sujetos, individuos o colectividades, más cultivados que otros y habrá sujetos que, lejos de ocuparse del cultivo del espíritu, se han preocupado sólo de dar respuestas a las pulsiones más primarias y elementales de la naturaleza humana. Claro, la concepción clásica de cultura podría determinar la consideración de unas culturas como superiores a otras en función de las facultades humanas cultivadas en cada caso, y ello favorecer un colonialismo o imperialismo cultural. Para evitar el riesgo, lo más eficaz era acudir a la relativización del concepto. Cultura se definió entonces como el conjunto de todas las formas, o los patrones, explícitos o implícitos, a través de los cuales se expresa una determinada colectividad. Se termina asimilando el concepto de cultura al de costumbre o al de vigencia social en una determinada colectividad[1] y, en consecuencia, todas las culturas son igual de valiosas. Estaría, en consecuencia, en el mismo rango cualitativo cultural tirar la cabra desde el campanario con motivo de la fiesta del pueblo, que el concierto de Año nuevo de Viena. “Un par de botas equivale a Shakespeare”, como censura Finkielkraut.

Lejos queda este vaciamiento posmoderno de la vieja formulación del aquel ideal griego de educación como “areté” o excelencia, entendido como esfuerzo por abrazar lo específicamente humano en su totalidad, como soberanía del espíritu, la máxima excelencia denominada “kalokagatía (lo perfectamente bello y bueno) en el pensamiento pedagógico de la Grecia clásica tal como nos lo describe en su ya clásico tratado “Paideia” W. Jaeger. Es precisamente esa soberanía del espíritu la marca diferencial de la “aristeia”, de los mejores, de la excelencia, vinculada en el pensamiento griego al cultivo de la virtud.

Resulta, por lo tanto, de un grosero reduccionismo definir la calidad y la excelencia de un centro educativo por la capacidad de responder a las demandas y a las expectativas de sus clientes, tal como se establece tanto en modelos de estimación de calidad ISO, como EFQM, como en el Malcom Baldrige, de aplaudida circulación en los últimos años por los establecimientos educativos con aspiraciones de reconocimiento de excelencia.

Cuando planteamos, pues, la excelencia como valor, por lo tanto como objetivo educativo, estamos haciendo referencia no sólo a la presencia de lo que es bueno, sino a la presencia de lo mejor; a la búsqueda y logro de la perfección. Hablamos, pues, de la calidad en grado o nivel superior, de la superior calidad o bondad que hace digno de aprecio y estimación a lo que caracterizamos como “excelente”.

Y, puesto que la educación es un proceso perfectivo, determinaríamos la  excelencia educativa por el  mayor “valor añadido” a la personalidad, el aumento de las competencias y capacidades de un sujeto para afrontar la tarea de llevar a término (perfeccionar) su condición radical de persona en toda su integridad.

Es así como la idea de excelencia remite a la idea de perfección, en el sentido raíz del “per-facio”, -llevar a término sin interrupción- y, por lo tanto, a la idea de acabado y de totalidad. La excelencia, pues, se opone al conformismo, a la “chapuza” de las cosas a medias y de cualquier manera, a la condescendiente actitud por la cual se busca adaptar el medio al educando en vez de dotarlo de instrumentos para que sea él quien se adapte al medio y lo transforme si es necesario.

Esa educación blanda y barata de mínimos, de bisutería y baratija, de simples indicios, de grosera espontaneidad en la expresión y en el trato puede ser la causa de la cultura de quiosco, del zapping intelectual, del pensamiento anémico y de las conductas amorfas que caracterizan a muchos de nuestros contemporáneos. Frente a ello se sitúa la pedagogía del “magis”[2] tan presente en el pensamiento ignaciano de los Ejercicios Espirituales: No es suficiente con lo bueno; es preciso empeñarse en lo mejor. Más de lo normal; más de lo acostumbrado. “¿Qué más puedo hacer para en todo amar y servir?”, podría ser también el lema de toda excelencia educativa.

Es la pedagogía de llegar siempre hasta el final, hasta la última gota de mis posibilidades,  del trabajo bien hecho, del “no cansarse nunca de estar empezando siempre”, como decía Tomás Morales.




[1] .- Resulta estridente y no es fácil acostumbrarse a expresiones de uso frecuente en los medios de comunicación como “la cultura del botellón”, “cultura hiperconsumista”, “cultura del altruismo indoloro”, “cultura del pelotazo”, etc.

[2] .- Obsérvese la ironía: el “magis” está en la raíz semántica de “magíster”, maestro, mientras que en la raíz de “minister”, ministro, está la partícula adverbial “minus”.



viernes, 23 de septiembre de 2011

El fundamento último




A la persona humana, que lo es desde su concepción hasta su muerte natural, le son inherentes unos bienes y valores esenciales para su realización: la vida, la verdad, la libertad, la asignación de los productos y medios materiales necesarios para su subsistencia, la posibilidad del matrimonio y de la familia, la capacidad de la relación y participación social y política, la posibilidad de formación y acción cultural, la salud y la capacidad de buscar la realidad y de vivir de acuerdo con ella.
Pero, ¿de dónde le viene a cada persona la razón de que nadie pueda violar los derechos que le pertenecen como tal, e incluso que ni ella misma pueda renunciar a ellos ni alterarlos? ¿De sí misma? ¿Es que cada hombre, en su concreta individualidad, es el último fin para sí mismo? Dos evidencias se oponen a ello: la de la condición social de la persona humana, que le es innata por naturaleza, y la de la finitud, no sólo de cada hombre, sino de la humanidad entera. El hombre ni es origen de sí mismo, ni, por tanto, su último fin. Cada hombre es criatura de Dios y participa de la misma humana dignidad que sus hermanos. De ahí le viene la última y decisiva razón de la dignidad de su persona, el fundamento objetivo de los derechos y tareas que como tal le pertenecen.
Se impone un movimiento emergente de humanización, basado en el reconocimiento del valor inherente a la naturaleza humana y a todo ser personal, del que nadie debe ser excluido. Cada ser humano es de algún modo responsable del bien de sus semejantes. Si alguien atenta contra la dignidad humana de un ser humano inocente, atenta también contra la mía, porque es la misma. Como escribió John Doone: “Ningún hombre es una isla, completo en sí mismo, sino un fragmento del continente. Si el mar arrebata una parte de la tierra, es Europa la que pierde, como si se tratara de la casa de tus amigos o de la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque yo formo parte de la humanidad. No preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti.”