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viernes, 10 de febrero de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (56)

EL GRAN HERMANO EDUCADOR




En ocasiones anteriores hemos insistido en la necesidad de que las familias ejerzan su autoridad en el ámbito educativo y que asuman que tienen mucho que decir y hacer ante el establecimiento -imposición más bien- de las políticas educativas que tienen como objetivo a sus hijos e hijas. 

En la exhortación Familiaris consortio, S. Juan Pablo II advertía que “las familias deben ser las primeras en procurar que las leyes y las instituciones del Estado no sólo no ofendan, sino que sostengan y defiendan positivamente los derechos y los deberes de la familia. En este sentido las familias deben crecer en la conciencia de ser «protagonistas» de la llamada «política familiar», y asumir la responsabilidad de transformar la sociedad; de otro modo las familias serán las primeras víctimas de aquellos males que se han limitado a observar con indiferencia.” (n. 44)

Por desgracia, lo que se decía en 1981 se ha cumplido. En parte por pasividad, en parte también porque en los últimos años los mensajes que se han multiplicado a través de publicaciones, producciones audiovisuales, medidas políticas y económicas, incluso en los propios ámbitos educativos (escuelas de magisterio por ejemplo), han puesto bajo sospecha al principio y han negado abiertamente después la capacidad de las familias para definir los proyectos educativos dirigidos a sus hijos e hijas.  

Abilio de Gregorio lo decía de manera precisa y verdadera: “Se ha pretendido extender entre los padres un sentimiento de incapacidad para educar a sus hijos -“A nosotros nadie nos preparó para ser padres...”, “educar hoy es muy difícil...”-. Durante un tiempo se han exhibido caricaturas de la intervención educadora de los padres modelo “Verano azul”, quién sabe si para justificar la necesidad de poner a los hijos en manos de los distintos “Chanquetes” que ofrecen las ideologías. Se niega abiertamente el derecho de los padres a elegir la educación que desean para sus hijos fuera del ámbito familiar. No faltan, incluso, quienes en un falso alarde de defensa de la familia preconizan medidas sociales de sustitución de la misma, como puede ser la de habilitar los centros escolares durante la mayor parte del día, todos los días de la semana y casi todos los meses del año, con el fin de que los padres pongan a sus hijos en manos de funcionarios.” Todo esto, añadimos, planificando un “estado de bienestar” para que los padres no tengan más remedio que salir fuera del hogar a trabajar para poder llegar a fin de mes o para mantener su nivel de vida. Tranquilos: mientras, el Gran Hermano cuida de nuestros hijos.

Se viene a sentenciar que es a la sociedad -a los gobernantes- a quien corresponde establecer cuál es el modelo de persona a formar en los centros escolares y aun en la misma familia, ya que esta solo sería una pieza secundaria de la sociedad. El Estado es la suprema autoridad ética y educativa y los padres quedan reducidos a meros usuarios del sistema.

Si además, paradójicamente, se considera subsidiaria del Estado cualquier iniciativa privada en materia de educación, como hizo la Ley Maravall (LODE) en 1985 (¿cabe mayor perversión o subversión de los principios y de las palabras que utilizarlos en el sentido justamente contrario de su significado?), parece lógico que los padres se conviertan por este camino en correas de transmisión de la voluntad de los gobernantes dentro de su propio hogar. 


      (Publicado en el semanario La Verdad el 10 de febrero de 2023)

jueves, 29 de septiembre de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (39)

EDUCACIÓN Y MANIPULACIÓN

 


En nuestras reflexiones anteriores, bajo la expresión “emergencia educativa” acuñada por Benedicto XVI, hemos insistido en una preocupación por la mentalidad dominante en nuestros días y sus claves a la hora de pensar y actuar, puesto que se trata de un horizonte ambiguo y en el fondo demoledor que busca propagarse a través de la acción educativa. 

Para los inspiradores de esa mentalidad la educación es poder, directamente, y su actividad no es propiamente educadora sino de manipulación. La cosa no es nueva, sin rubor lo decía ya Gil de Zárate, impulsor de uno de los primeros planes de estudio en España, el de 1850: “La cuestión de la enseñanza es cuestión de poder: el que enseña, domina; puesto que enseñar es formar hombres amoldados a las miras del que los adoctrina.”

Estas palabras siguen siendo consigna para algunos políticos que buscan “penetrar en el tejido social” a través de las leyes educativas, como dijo en su día el exministro Maravall. Precisamente, en la llamada “Ley Maravall” (LODE, 1985) se afirmaba que “los estados han asumido la provisión del derecho a la educación como un servicio publico prioritario”, precisando que la educación ha de considerarse un atributo propio del Estado, no de las familias ni de otras instancias sociales.

Los núcleos de poder con pretensiones totalitarias niegan el derecho y la responsabilidad de los padres para elegir y promover el tipo de educación que consideren adecuado para sus hijos. Para ellos la educación no es la ayuda que los padres deben proporcionar a sus hijos para alcanzar la madurez, sino una función que ha de controlar el poder político para forjar ciudadanos a su medida y criterio. Porque detrás de esta “preocupación” hay, no lo olvidemos, un modelo de escuela (“única, pública, laica”…), pero también de sociedad y de persona, que recuerda aquel “somos constructores de almas” del que hablaba Stalin.

Es fundamental ser conscientes de este panorama y de lo que está en juego; no es solo la transformación de las estructuras políticas sino el perjuicio al que pueden verse sometidos niños y jóvenes en el marco de un sistema educativo ideologizado. 

Por ello urge reorientar la educación de acuerdo con su verdadera razón de ser: como ayuda a la personalización del ser humano, para que la persona sea cada vez más persona y más completa frente a instancias que pretenden hacerla más productiva y consumidora, más útil al sistema, más sumisa y manejable; en una palabra, como venimos diciendo, manipularla.

Sólo una educación de verdad centrada en la persona entendida en toda su integridad -una educación personalizadora- es capaz de ofrecer un sentido adecuado a la presencia y acción del ser humano en el mundo, priorizando la ayuda a las personas para que alcancen su madurez humana, su capacidad de tomar decisiones verdaderamente libres y responsables, orientadas al bien, a la verdad y a la belleza. 

El verdadero fin de la educación no debe ser la transformación de las estructuras sociales, como se repite hoy hasta la saciedad, sino promover personalidades capaces de dar fundamento y orientación humanizadora a esas estructuras.

       (Publicado en el semanario La Verdad el 23 de septiembre de 2022)