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jueves, 19 de enero de 2023

BENEDICTO XVI Y LA BELLEZA


Bóvedas de la Sagrada Familia. Barcelona

Afirmaba el papa Benedicto XVI en su viaje a Barcelona para consagrar la basílica de la Sagrada Familia, que la belleza es la gran necesidad del ser humano y la verdad la raíz de la que brota lo mejor de nuestras vidas. Verdad y belleza son el fruto del amor que Dios nos tiene. Ambas nos descubren el sentido de la vida, nos muestran la evidencia del misterio del Amor, las dos ponen ante nuestra mirada no sólo la inmensidad del infinito, sino sobre todo la cercanía de un Dios que jamás nos abandona, un Dios que es Logos y que es Amor, que nos conoce y que no puede ni quiere dejar de amar.

Sin embargo, si miramos a nuestro alrededor, observaremos que determinadas manifestaciones artísticas se alejan diametralmente de la belleza que es el esplendor de lo real. A menudo, bajo capa de apariencias atrayentes pero corruptoras, se nos ofrecen propuestas presuntamente artísticas que atentan contra las aspiraciones más nobles del corazón humano.

En su discurso de Rímini, en septiembre de 2002, el entonces cardenal Ratzinger no dejó de afrontar esta forma de seducción que pugna contra la aspiración del hombre a la Belleza y sugieren que nada en nuestra vida tiene sentido verdadero. Afirmaba lo siguiente: 

“… La mentira emplea también otra estratagema: la belleza falaz, falsa, que ciega y no hace salir al hombre de sí mismo para abrirlo al éxtasis de elevarse a las alturas, sino que lo aprisiona totalmente y lo encierra en sí mismo. 

“Es una belleza que no despierta la nostalgia por lo Indecible, la disponibilidad al ofrecimiento, al abandono de uno mismo, sino que provoca el ansia, la voluntad de poder, de posesión y de mero placer. Es el tipo de experiencia de la belleza al que alude el Génesis en el relato del pecado original: Eva vio que el fruto del árbol era «bello», bueno para comer y «agradable a la vista». La belleza, tal como la experimenta, despierta en ella el deseo de posesión y la repliega sobre sí misma. ¿Quién no reconocería, por ejemplo en la publicidad, esas imágenes que con habilidad extrema están hechas para tentar irresistiblemente al hombre a fin de que se apropie de todo y busque la satisfacción inmediata en lugar de abrirse a algo distinto de sí?”

En otra ocasión, en su discurso los artistas en la Capilla Sixtina en noviembre de 2009, se refirió también a ese tipo de arte que  “asume el rostro de la obscenidad, de la trasgresión o de la provocación”. Y seguía constatando que: 

“…con demasiada frecuencia, la belleza de la que se hace propaganda es ilusoria y falaz, superficial y cegadora hasta el aturdimiento y, en lugar de sacar a los hombres de sí y abrirles horizontes de verdadera libertad, empujándoles hacia lo alto, los encarcela en sí mismos y los hace ser todavía más esclavos, quitándoles la esperanza y la alegría”.

El arte es camino para el ser humano, pero en él se pueden producir también manifestaciones engañosas que pueden desviarle de su vocación al Infinito. Por eso es preciso que los artistas respondan con entusiasmo y fortaleza a su primigenia vocación a la belleza. 

Es preciso destacar la profunda sintonía que existe entre estas claves del pensamiento del cardenal Ratzinger con el de san Juan Pablo II. Este último, en su Carta a los artistas, les invitaba a abrirse a una fuente de inspiración que estimule su creatividad: 

“Esta inspiración -les decía- la recibe el artista a través de una "iluminación interior", que moviliza las energías de la mente y el corazón cuando se compromete incondicionalmente con el bien y con lo bello y hace de algún modo la experiencia del Absoluto…” 

Les deseaba así que su trabajo "contribuya a la consolidación de una auténtica belleza que, casi como un destello del Espíritu de Dios, transfigure la materia, abriendo las almas al sentido de lo eterno.”

Es tiempo de confusión en lo estético. Parece que se ha perdido el sentido de la belleza, por la deriva cultural (más bien “anticultural”) presente. Pero la profunda necesidad del corazón humano, abierto a una esperanza de belleza definitiva que colme su capacidad de amor y de esperanza o trascendencia, reclama la revitalización del arte cristiano. La tarea no es fácil. Así lo recordaba Benedicto XVI en Rímini:

“El arte cristiano se encuentra hoy (y quizás en todos los tiempos) entre dos fuegos: 

- debe oponerse al culto de lo feo, que nos induce a pensar que todo, que toda belleza es un engaño y que solamente la representación de lo que es cruel, bajo y vulgar, sería verdad y auténtica iluminación del conocimiento; 

- y debe contrarrestar la belleza falaz que empequeñece al hombre en lugar de enaltecerlo y que, precisamente por este motivo, es mentira.”


Y es entonces, concluyendo sus magníficas reflexiones, cuando recuerda el pensamiento de Dostoievski de que “la belleza salvará al mundo”.

"Es bien conocida la famosa pregunta de Dostoievski: «¿Nos salvará la Belleza?». Pero en la mayoría de los casos se olvida que Dostoievski se refiere aquí a la belleza redentora de Cristo. Debemos aprender a verlo. Si no lo conocemos simplemente de palabra, sino que nos traspasa el dardo de su belleza paradójica, entonces empezamos a conocerlo de verdad, y no sólo de oídas. Entonces habremos encontrado la belleza de la Verdad, de la Verdad redentora. 

Nada puede acercarnos más a la Belleza, que es Cristo mismo, que el mundo de belleza que la fe ha creado y la luz que resplandece en el rostro de los santos, mediante la cual se vuelve visible su propia luz."

sábado, 17 de diciembre de 2022

NATURALEZA (HUMANA) Y CULTURA: ALGUNAS PRECISIONES BÁSICAS





 
INTRODUCCIÓN

El 22 de septiembre de 2011, el papa Benedicto XVI se dirigía al Parlamento Federal de Alemania, desarrollando el que para algunos comentaristas, como John L. Allen, era “el mejor discurso de su pontificado”.

En él, el pontífice tomaba pie en una extendida conciencia ecológica para recordar que también existe una naturaleza humana, que sirve de referente para la comprensión del ser humano y para el comportamiento ético. La complacencia inicial de los presentes se tornó al parecer en nerviosismo por parte de algunos al apreciar la lógica impecable de la argumentación. ¿Qué es lo que hay en la raíz del concepto de naturaleza humana? ¿Por que es tan importante reflexionar acerca de él en nuestro tiempo?

“La importancia de la ecología es hoy indiscutible. Debemos escuchar el lenguaje de la naturaleza y responder a él coherentemente. Sin embargo, quisiera afrontar seriamente un punto que –me parece– se ha olvidado tanto hoy como ayer: hay también una ecología del hombre. También el hombre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo. El hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza, y su voluntad es justa cuando él respeta la naturaleza, la escucha, y cuando se acepta como lo que es, y admite que no se ha creado a sí mismo. Así, y sólo de esta manera, se realiza la verdadera libertad humana.” 

La naturaleza está a disposición del ser humano, no como un montón de desechos esparcidos al azar, o como una ley implacable que anula la libertad del hombre, sino como un don en el que se aprecia una estructura intrínseca  que permite que el hombre descubra las orientaciones que se deben seguir para su propio perfeccionamiento humano y el del mundo.

Es conveniente esclarecer qué ha de entenderse con el concepto de naturaleza, en especial cuando nos referimos a la naturaleza humana, a la hora de comprender al ser humano, de fundamentar moralmente su comportamiento y de ofrecer pautas realistas para la acción educadora.

Vamos a dividir esta exposición en tres partes y una reflexión final. La primera parte será para exponer qué se entiende por naturaleza, la segunda para explicar qué es la cultura y en qué sentidos puede entenderse la palabra “cultura”. La tercera, para poner en relación “naturaleza” y “cultura”, especialmente en el caso del ser humano. Terminaremos con unas reflexiones a modo de consecuencias o de conclusiones, a la vista de todo lo anterior.

Pero esto sólo es el principio. El tema es fascinante y daría muchísimo más para pensar, conversar, incluso debatir, ya que es uno de los más importantes que se plantean en nuestro tiempo (aunque mucha gente no se ha parado a pensar en ello).



1. “NATURALEZA”

La palabra naturaleza proviene del latín “natura” (del verbo “nascor”, nacer), y se refiere al conjunto de las cosas que han “nacido”, que han sido engendradas o generadas. En griego, “natura” se dice “physis”, y de ahí palabras como “física”, “fisiología…”

En este sentido hablamos de la Naturaleza para referirnos al entorno universal del que nosotros formamos parte: el conjunto de las cosas, de los seres vivos, el mundo, la realidad que está a nuestro alrededor… Y así decimos, por ejemplo que la Naturaleza preside el ciclo de las estaciones, que ella ha dotado a los animales de sus capacidades e instintos, o que se presenta a nuestros ojos y ante nuestra vida como un escenario asombroso, magnífico, que tenemos que aprender a comprender y en el que tenemos que aprender a vivir…

Suele añadirse, con más o menos claridad, que la naturaleza contiene en su seno un “orden”, unas leyes “físicas” y biológicas, cuyo conocimiento es el objeto de las llamadas “ciencias naturales o de la naturaleza”, por ejemplo. La ley de la gravedad, entre otras muchas, que estudia la Física mecánica, estarían en este caso. Pero también están los procesos según los cuales los seres vivos crecen, se relacionan y reproducen, se desarrollan de forma saludable… La Química y la Biología pueden ser aventuras llenas de asombrosos descubrimientos. Dichas leyes son “fijas” y estables.

En sus orígenes, la Filosofía –que no se diferenciaba de la Ciencia- surgió entre los griegos como el estudio racional -lo más sistemático posible- de la Naturaleza, de la “physis”, del origen de todas las cosas, del orden (“kosmos”) que las preside…

Poco después, pensando que cada cosa tiene un modo de ser que lo caracteriza y lo define, y que la constituye desde el principio, se empezó a llamar “naturaleza” a ese “modo constitutivo de ser” propio de cada cosa, incluido el ser humano también. En este sentido, “naturaleza” es sinónimo de “esencia”, “especie” o “índole”. Es… lo que esa cosa es. Hablamos así de que, por ejemplo, es propio del fuego el quemar, del agua el mojar, del ojo el ver, del oído el oír, de las plantas y de los seres vivos un conjunto de procesos de nutrición, crecimiento, reproducción, pautas de comportamiento… Cada tipo de cosa (un perro, un árbol, una nube, un metal, el hombre…) tiene “su naturaleza”, su modo propio de ser.

Esta “naturaleza”, en cada tipo de cosa, incluye las propiedades y operaciones características que lo definen. Dichas propiedades y operaciones pueden ser variadísimas. Cuando un conjunto de seres coinciden en tener las mismas características en lo fundamental, reconocemos que poseen la misma naturaleza. Por ejemplo, los estados físicos: sólido, líquido, gaseoso… hay seres de naturaleza sólida, etc. Pero también puede referirse a los animales de la misma especie (perros, gatos, trigo, abeto, rosal, etc.) Se trata, obviamente, de un término que suele utilizarse en sentidos muy amplios.

En cierto modo, suele precisarse un poco este término para referirse al modo de ser que las cosas tienen “de suyo”, “desde su origen”, de manera innata, o incluso “genéticamente”. 



2. LA NATURALEZA HUMANA

En el caso del ser humano -que es algo especial porque su naturaleza es extraordinariamente abierta, rica y fecunda (luego diremos algo de por qué es así…)- su naturaleza constitutiva, su esencia, se ha definido así: El ser humano es el “animal racional”. La definición es de Aristóteles, filósofo y científico del s. IV a. Jc., uno de los más grandes de toda la historia. Esta es una definición muy escueta, pero si se profundiza en lo que quiere decir, tiene un significado muy profundo.

Todos los seres humanos, hombres y mujeres, a pesar de muchas diferencias secundarias o menos importantes, coincidimos en esto. Somos “animales racionales”.

Esto abarca lo biológico, lo físico y lo químico (somos “animales”, lo cual incluye también muchas cosas en común con las plantas en general, e incluso con los seres inertes, puramente físicos, pues también en nuestra naturaleza encontramos cualidades comunes con las piedras –nuestro cuerpo está formado por elementos químicos…-, los mamíferos –nos desplazamos, nos reproducimos vivíparamente, vemos, oímos, recordamos, tenemos apetitos y tendencias…-, los vegetales –respiramos, asimilamos elementos externos y los metabolizamos…-, etc.)

Pero nos diferenciamos de los demás seres, tanto vivos como inertes, por nuestra racionalidad: podemos pensar de manera inteligente, comprender, reflexionar (inteligencia), y podemos elegir, tomar decisiones de manera autónoma (libertad), somos responsables por lo tanto de lo que decidimos…, podemos apreciar la belleza y contribuir a ella, podemos actuar de manera deliberada para alcanzar objetivos y producir objetos…, nos organizamos en comunidades de iguales (sociabilidad)… Hay “algo” decisivo que rebasa lo biológico en el ser humano (es a lo que se ha llamado “espíritu”). Pero vayamos poco a poco.

A diferencia de otros seres, nuestra naturaleza humana (racional, aunque sin dejar de ser “animal”) nos abre mucho “espacio” para que individualmente concibamos (con inteligencia) y organicemos (con voluntad libre) nuestra vida. “Lo individual” es altamente significativo en la especie humana, mientras que en el resto de los seres vivos “domina (biológicamente) la especie” por así decir, la cual marca sus pautas de comportamiento a los individuos (cada especie tiene sus “instintos característicos”).

Los seres humanos no estamos tan ”atados” a nuestras necesidades biológicas, aunque las tengamos. Las leyes físicas, químicas o biológicas nos afectan en cuanto “animales”; pero -sin dejar de estar sujetos a las leyes físicas- en cuanto racionales podemos actuar con un margen asombroso de autonomía.

Las demás especies vivientes siguen un proceso de adaptación al medio, mientras que en el caso del ser humano ocurre algo sorprendente: puede transformar y de hecho ha transformado el medio -contando siempre con sus leyes constitutivas- para adaptarlo a sus necesidades y proyectos, dotándolo de significados nuevos.

Además, puede decirse que si conocemos el comportamiento y la naturaleza de un animal, conocemos básicamente la de todos sus congéneres de la misma especie. Pero esto no es así en el caso de los seres humanos. Quien conozca a un amigo tuyo, sólo con eso no puede tener idea suficiente de quién o cómo eres tú o las demás personas. Nuestra individualidad es altamente significativa.

En este sentido, también, se ve lo que queremos decir cuando decimos que el ser humano -cada hombre, cada mujer- no es simplemente “algo”, sino “alguien”, significativo y relevante como individuo, por sí mismo.

Nuestra naturaleza racional nos dota de una capacidad asombrosa para ejercer un protagonismo a la hora de “vivir” nuestra vida, la cual es mucho más que “biología”: Nuestra vida es también “biografía”, una historia personal única.



3. “CULTURA”

El término “cultura” procede del latín también: del verbo “coleo, colere”, cultivar. Y, efectivamente, significa el “cultivo”, la acción transformadora y de cuidado que el ser humano lleva a cabo, ya que en virtud de su naturaleza racional no sólo se somete y se adapta a las condiciones dominadas por el orden físico de su entorno, sino que interviene de manera activa, autónoma, creativa, llegando a configurar un “entorno humano”, a partir del natural, pero marcado por el sello original de la inventiva y la creación libre, inteligente, de la que está dotado. Es la diferencia que apreciamos entre un campo salvaje (este término proviene de selva) y un campo cultivado, roturado y ordenado por la acción humana.

¿Qué es, primariamente, pues, la cultura? Es la acción “cultivadora”, transformadora, que el ser humano realiza sobre el mundo y también sobre sí mismo. Esto último es muy interesante: también podemos -y necesitamos- cultivarnos a nosotros mismos (es el ámbito, por ejemplo, de la educación, de la ética, de la formación artística, etc.)

La cultura viene a ser entonces todo lo que los seres humanos han producido -lo ‘artificial’- para adaptarse y sobre todo para transformar su entorno físico (natural) y hacer su vida posible a la vez que más humana: la técnica, las leyes, la ciencia, la cocina, el dinero, la música, las instituciones sociales, los remedios médicos etc.

La cultura es el cultivo de lo humano en el propio hombre y en el mundo.

Suele precisarse más aún: se distingue entre la civilización y la culturapropiamente dicha. Aunque también pueden entenderse como sinónimos, civilización se refiere más a los aspectos técnicos y materiales de lo que los hombres han aportado al mundo -la industria, los inventos, las herramientas, etc.-, mientras que cultura se reserva más bien para los aspectos espirituales: arte, costumbres, educación, moral, tradiciones, pensamientos, creencias, valores… Pero esta distinción no nos afecta demasiado por ahora.



4. LO NATURAL Y LO CULTURAL EN EL SER HUMANO

Así entendido, lo cultural se “contrapone” a lo “natural” -a lo innato, a lo que al ser humano le viene dado de antemano-, para referirse a lo que el hombre ha producido “artificialmente” con sus manos, con su esfuerzo; lo que ha sido aportado y construido por él. 

Algunos, a partir de Aristóteles, hablan de que el ser humano ha ido configurando como una “segunda naturaleza”, refiriéndose con ello al entorno social y cultural en el que éste nace y vive, y a través del cual divisa, a veces un tanto distorsionado, el ámbito original del que procede. También se habla de una “segunda naturaleza” en el ámbito subjetivo, cuando un individuo, a partir de su constitución biogenética original, va configurando en sí mismo un carácter o una personalidad que es fruto de sus elecciones y decisiones, de los acontecimientos, aprendizajes y experiencias que protagoniza, que le van afectando a lo largo de su vida y que pasan a definir también en gran medida su comportamiento y su manera de pensar y de sentir.

Aquí surge un buen debate, al menos aparente, cuando se contrapone lo natural originario -lo dado, lo innato-, por un lado, y lo artificial o cultural –lo adquirido, lo aprendido- por otro. Así lo entendía, entre otros, Rousseau.

Pero la cosa no es tan simple, porque también puede decirse que en el modo constitutivo de ser del hombre, en su esencia o naturaleza, se da una apertura a lo cultural por la presencia de la racionalidad -de la inteligencia y de la voluntad o libertad, singularmente-, de manera que la cultura viene a ser, por así decir, la culminación y perfeccionamiento de la naturaleza humana.

Por ello no es ninguna contradicción afirmar que la naturaleza humana, por ser racional, es “cultural”: Como el ser humano no nace especializado biológicamente para adaptarse a un medio propio, ha de adaptar la naturaleza externa a sí mismo, a sus expectativas, necesidades y proyectos, transformándola. Y por medio de esta transformación puede “humanizar”, hacer habitable y perfeccionar el mundo, y a la vez cultivar su propia naturaleza, perfeccionándose y realizándose a sí mismo por medio de la educación, de la convivencia, del trabajo, del arte o de la virtud.

Además, según lo anterior, puede entenderse la naturaleza y lo natural como el ámbito de perfeccionamiento que corresponde a cada cosa -y al ser humano- según su modo de ser. Y, por lo mismo, “antinatural” sería lo que atenta contra su perfeccionamiento propio, lo que lo violenta o corrompe. Por ejemplo, es natural,para el ser humano, que haga uso de su razón cultivando el saber, y de su sensibilidad hacia la belleza admirando un paisaje o escuchando una hermosa canción o una sinfonía. Por el contrario, sería antinatural utilizar al ser humano como animal de carga u objeto de explotación económica (esclavitud). Lo mismo que sería antinatural para un vaso utilizarlo como martillo -como lo que no es-: se clavaría peor el clavo y seguramente acabaría por quebrarse el vaso.



5. CONCLUYENDO...

El ser humano se va “construyendo a sí mismo”, en cierto modo, a partir de su naturaleza, de su modo constitutivo de ser: tiene que contar con ella. No puede “crecer” como pájaro ni como encina. No es esa su naturaleza. Sólo puede crecer como ser humano, y tiene que hacerlo además, ya que su naturaleza, aunque le da unas pautas importantes, deja un espacio libre a la autodeterminación, a la relación con los demás, a la educación, a las experiencias de la vida...

Alguien ha dicho que el hombre y la mujer ‘no nacen, se hacen’… Pero el ser humano no puede hacerse a sí mismo de la nada. Entre otras cosas porque “de la nada, nada sale”. Aunque su naturaleza es libre y abierta, es la naturaleza de un ser humano, y tiene que contar con ella, apoyarse en ella, desarrollarla. La naturaleza humana es un don originario, pero es también una tarea y una caja de sorpresas. Marca a cada uno un criterio de crecimiento adecuado: el ser humano es “más plenamente humano” cuando -a partir de su naturaleza inacabada pero potencialmente cuajada de prodigios- desarrolla sus capacidades, cuando ejerce su libertad de manera constructiva, cuando es capaz de aportar al mundo su sello personal, su pensamiento y su sensibilidad, embelleciéndolo y perfeccionándolo, entrando en relación de amistad, de amor, de servicio y de colaboración con otros seres humanos...

Pero el éxito en esta aventura no está garantizado de antemano. Por eso para el ser humano vivir es siempre un riesgo, una aventura moral. Ya que por el uso que haga de su libertad es capaz de lo mejor y de lo peor. Es la cara y la cruz de su libertad.

Es responsabilidad de cada hombre, de cada mujer, hacer del ejercicio de su libertad una aportación de más y mejor humanidad -calidad humana- a los demás y a sí mismo: descubrir la verdad y comunicarla (conocimiento, ciencia, saber…), amar el bien y transmitirlo (servicio, amabilidad, convivencia, compromiso y ayuda voluntaria…), aportar belleza al mundo (arte, alegría, amor, generosidad…), aprender a dar y a recibir de los demás, caminar hacia metas de sentido, hacer tangible y ‘abrazable’ en lo posible una felicidad que sin embargo nos impulsa más allá de nosotros mismos… Vivir. Cultivar, cuidar, elevar al propio ser hacia lo mejor de sí. A.J.




jueves, 29 de septiembre de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (39)

EDUCACIÓN Y MANIPULACIÓN

 


En nuestras reflexiones anteriores, bajo la expresión “emergencia educativa” acuñada por Benedicto XVI, hemos insistido en una preocupación por la mentalidad dominante en nuestros días y sus claves a la hora de pensar y actuar, puesto que se trata de un horizonte ambiguo y en el fondo demoledor que busca propagarse a través de la acción educativa. 

Para los inspiradores de esa mentalidad la educación es poder, directamente, y su actividad no es propiamente educadora sino de manipulación. La cosa no es nueva, sin rubor lo decía ya Gil de Zárate, impulsor de uno de los primeros planes de estudio en España, el de 1850: “La cuestión de la enseñanza es cuestión de poder: el que enseña, domina; puesto que enseñar es formar hombres amoldados a las miras del que los adoctrina.”

Estas palabras siguen siendo consigna para algunos políticos que buscan “penetrar en el tejido social” a través de las leyes educativas, como dijo en su día el exministro Maravall. Precisamente, en la llamada “Ley Maravall” (LODE, 1985) se afirmaba que “los estados han asumido la provisión del derecho a la educación como un servicio publico prioritario”, precisando que la educación ha de considerarse un atributo propio del Estado, no de las familias ni de otras instancias sociales.

Los núcleos de poder con pretensiones totalitarias niegan el derecho y la responsabilidad de los padres para elegir y promover el tipo de educación que consideren adecuado para sus hijos. Para ellos la educación no es la ayuda que los padres deben proporcionar a sus hijos para alcanzar la madurez, sino una función que ha de controlar el poder político para forjar ciudadanos a su medida y criterio. Porque detrás de esta “preocupación” hay, no lo olvidemos, un modelo de escuela (“única, pública, laica”…), pero también de sociedad y de persona, que recuerda aquel “somos constructores de almas” del que hablaba Stalin.

Es fundamental ser conscientes de este panorama y de lo que está en juego; no es solo la transformación de las estructuras políticas sino el perjuicio al que pueden verse sometidos niños y jóvenes en el marco de un sistema educativo ideologizado. 

Por ello urge reorientar la educación de acuerdo con su verdadera razón de ser: como ayuda a la personalización del ser humano, para que la persona sea cada vez más persona y más completa frente a instancias que pretenden hacerla más productiva y consumidora, más útil al sistema, más sumisa y manejable; en una palabra, como venimos diciendo, manipularla.

Sólo una educación de verdad centrada en la persona entendida en toda su integridad -una educación personalizadora- es capaz de ofrecer un sentido adecuado a la presencia y acción del ser humano en el mundo, priorizando la ayuda a las personas para que alcancen su madurez humana, su capacidad de tomar decisiones verdaderamente libres y responsables, orientadas al bien, a la verdad y a la belleza. 

El verdadero fin de la educación no debe ser la transformación de las estructuras sociales, como se repite hoy hasta la saciedad, sino promover personalidades capaces de dar fundamento y orientación humanizadora a esas estructuras.

       (Publicado en el semanario La Verdad el 23 de septiembre de 2022)

miércoles, 18 de mayo de 2022

LA NATURALEZA DE LAS COSAS

 

 


Hablar de la naturaleza de cada cosa es referirse al modo constitutivo de ser de esa cosa, a lo que esa cosa es. Y reparar en lo evidente: que las cosas son lo que son. Y no, no es ninguna tontería decir esto.

 

         Viene a cuento porque hoy lo más evidente está siendo cuestionado con saña. Por ejemplo, debido a la lente deformadora que ofrecen los medios de difusión, parece que no está tan claro que un hombre es un hombre y que una mujer es una mujer; o que un individuo de la especie humana es una persona humana, o que sólo el matrimonio entre hombre y mujer es matrimonio... Se trata de cuestiones morales, especialmente sensibles a la verdad del ser de las cosas y del ser humano. Tal vez por eso la retórica y las ideologías se esfuerzan tanto en sembrar la duda y en cambiar el significado de las palabras. Perdida la referencia de lo que las cosas son, no queda claro si determinados hechos son naturales (buenos) o antinaturales (malos). Es la dictadura del relativismo.

 

         Para Aristóteles, “natural” no es lo espontáneo sin más, sino lo que corresponde a una cosa según la perfección a la que está llamada. Por ejemplo, no es natural andar por la calle haciendo el pino, o correr los 100 metros lisos a la pata coja. Al final las articulaciones se resienten y se acaban deformando. Usar un vaso para clavar una punta no es natural, porque no está de acuerdo con la naturaleza del vaso: no se clava bien la punta y termina por romperse el vaso. Para el ser humano, que es algo más que biología, lo natural es ir vestido y no desnudo por la calle, porque el hombre es el animal racional, y vivir de forma racional (eso incluye también la voluntad y el amor) es lo natural para el comportamiento.

 

         Al conjunto de las exigencias que se derivan de la dignidad de toda persona, que exige que se la comprenda y se la trate con respeto (como a alguien, y no como algo que se puede manipular o convertir en mercancía), se le denomina ley moral natural, norma objetiva de comportamiento.

 

         También hablamos de “naturaleza” para referirnos al conjunto de las cosas, a la realidad y a los procesos físicos y vitales que permean y estructuran el mundo. Comprender qué es “la naturaleza” así entendida, implica reconocer que el conjunto de las cosas, incluyendo en ellas al ser humano, tiene su modo de ser propio y específico, y que alterarlo –si ello no está en el orden de su perfección propia– falsea la realidad, acaba por desorientar y hacer la existencia confusa, aberrante e inhóspita. Esto es lo que hace que la Ecología, si se entiende bien, sea algo muy importante desde el punto de vista ético. Respetar y cuidar el medio ambiente, en el fondo, es cuidar la morada de los seres humanos, al hombre mismo y a los seres que comparten con nosotros la existencia.

 

         Si además uno se pregunta “por qué” las cosas son como son, y aprecia que hay un orden que las vincula y jerarquiza, acaba planteándose si no habrá “Alguien” que las hecho así, y se enlaza así con el dato revelado de la Creación divina. 

         Ha escrito Benedicto XVI: “No se puede pedir a los jóvenes que respeten el medio ambiente si no se les ayuda en la familia y en la sociedad a respetarse a sí mismos: el libro de la naturaleza es único, tanto en lo que concierne al ambiente como a la ética personal, familiar y social. Los deberes respecto al ambiente se derivan de los deberes para con la persona, considerada en sí misma y en su relación con los demás. Es preciso salvaguardar el patrimonio humano de la sociedad. Este patrimonio de valores tiene su origen y está inscrito en la ley moral natural, que fundamenta el respeto de la persona humana y de la creación.” (XLIII Jornada Mundial de la Paz. 1 de enero de 2010.)  A.J.

martes, 30 de diciembre de 2014

LA PERSONA Y EL ESTADO MODERNO


       La cohesión social, uno de los aspectos del bien común, no debe implicar una absorción de la responsabilidad personal en la sociedad global ni en el Estado. La consecución del bien común debe conducir necesariamente a un mayor grado de personalización porque la persona es el principio, el sujeto y el fin de la vida social.

         El Estado moderno tiende al control y a la concentración de todos los poderes en la Administración pública, asfixiando la vitalidad del tejido social y de las asociaciones intermedias entre la persona y el Estado. De ahí la necesidad de entidades y grupos con finalidades económicas, familiares, culturales, educativas, lúdicas, profesionales, etc., que gocen de autonomía respecto del poder político, y que se organicen como comunidades vivas, de modo que sus miembros sean tratados como personas y se vean estimulados a tomar parte activa en ellas. La sociedad no es un aglomerado de individuos, sino una ‘sociedad de sociedades’, una unidad de orden compuesta por realidades sociales que se vinculan de forma subsidiaria y solidaria. Entre ellas es prioritaria la familia.


         
         La vitalidad social depende en última instancia de la responsabilidad de las personas concretas; parte de esta responsabilidad y tiende a incrementarla. La mera acumulación de bienes y servicios como rendimiento eficaz de las estructuras sociales no basta para proporcionar la felicidad al ser humano.

         Benedicto XVI señala la incapacidad del Estado para suplir el amor: “No hay orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor. Quien intenta desentenderse del amor se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre. Siempre habrá sufrimiento que necesite consuelo y ayuda. Siempre habrá soledad. Siempre se darán también situaciones de necesidad material en las que es indispensable una ayuda que muestre un amor concreto al prójimo. El Estado que quiere proveer a todo, que absorbe todo en sí mismo, se convierte... en una instancia burocrática que no puede asegurar lo más esencial que el hombre afligido –cualquier ser humano- necesita: una entrañable atención personal.” (Deus caritas est, n. 28)

         La justicia no dispensa de la caridad, y a su vez la caridad no dispensa tampoco de la justicia, sino que la exige y la asume; pero además la trasciende para hacerse cercanía y atención personal, cosa que una entidad meramente administrativa o una ley jamás podrán ofrecer.