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lunes, 26 de febrero de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (92)

EL CASTIGO EDUCATIVO. PAUTAS (III)

 


El castigo educativo o corrección es conveniente y eficaz si se entiende como una consecuencia que sigue a una actitud inadecuada en el educando. Persigue hacerle entender que el comportamiento adecuado y consecuente es responsabilidad suya, y hemos de procurar siempre que sea una ayuda para favorecer su autocontrol.

El castigo busca corregir la conducta inadecuada. Nunca es suficiente por sí mismo para dar lugar al buen comportamiento, ya que este no debe ni puede ser consecuencia del temor sino del aprecio por el bien y del sentido del deber. Por ello, como ya se ha dicho, el castigo ha de ir precedido de unas normas y advertencias claras y asequibles, ha de ser coherente e ir acompañado de amor, de sentido común y de firmeza. Por lo demás, como principio educativo, es preferible acudir al elogio y reconocimiento del buen comportamiento que a la sanción y la represión del inadecuado. Pero a veces será necesario corregir; tan contraproducente es el rigorismo como el permisivismo.

Hemos advertido ya que nunca nuestra impaciencia o mal humor han de traducirse en un castigo. Este nunca debe ser provocado por nuestro enfado ya que sería recibido como una especie de venganza o desquite, como una reacción agresiva y no como una pauta educadora. 

El castigo o la corrección deben ser inmediatos si se quiere disuadir de una conducta, pero conviene evitar el apasionamiento por ambas partes, ya que se pierde objetividad y se puede caer en la desproporción. Por eso, a veces, si educador y educando están bajo la presión del enfado, conviene demorarlo un poco (“luego vienes a hablar conmigo sobre esto”) para pedir explicaciones, si es el caso, y explicar con calma el porqué de la sanción. Conviene que el infractor pueda explicarse con cierta calma y que esté en condiciones de valorar adecuadamente lo que hizo. 

La corrección ha de ser proporcionada a la gravedad de la falta, a la intención del niño, a las circunstancias y a los efectos que puedan seguirse. Los castigos no deben ser excesivos pero tampoco insignificantes, han de suponer un esfuerzo pero han de ser asequibles (se deben poder llevar a cabo). Y también han de mantenerse. Es importante que el educando sepa que “lo que se dice se hace”. Advertir de un castigo y luego no cumplirlo resta eficacia a la corrección y a la autoridad del educador. No tiene mucho sentido decir, por ejemplo: “si no apruebas, te quedas sin vacaciones”, si luego, por las incomodidades que el castigo vaya a suponer, no se cumple. De inmediato, y en el futuro, el recurso a la sanción dejará de ser eficaz. Conviene, por consiguiente, ser sobrios en las amenazas (o advertencias) y firmes en la aplicación.

Firmeza, así pues, en mantener la sanción, pero también, en determinadas situaciones, flexibilidad cuando se percibe un sincero y convincente cambio de conducta. A veces, si se aprecia un cambio en los propósitos o en la actitud (arrepentimiento, dolor por lo que hizo, sincero deseo de mejorar…), se puede atenuar o levantar el castigo, manifestando nuestro reconocimiento por el cambio de disposición. Esta flexibilidad cuando se constata la mejora de la conducta sancionada puede convertirse en incentivo positivo para consolidar tal mejora.

      (Publicado en el semanario La Verdad el 9 de febrero de 2024)

domingo, 5 de noviembre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (83)

SABER MANDAR: LA FIRMEZA (I)



        En un modelo de educación personalizadora, que pretende ayudar en su maduración a niños y jóvenes fomentando el desarrollo armónico de sus capacidades, y orientarles a la verdad, al bien y a la belleza, uno de los aspectos esenciales es el ejercicio de la autoridad por parte del educador, que se traduce en muchas ocasiones, lisa y llanamente, en saber mandar. (Sí ya sé, que a ciertos oídos esto suena algo fuerte, pero a lo mejor ello tiene que ver con las carencias de nuestro sistema educativo y aun de la mentalidad socialmente dominante).

Se insiste mucho en distinguir la autoridad del autoritarismo: que alguien tenga que hacer las cosas porque lo digo yo y punto, actitudes agresivas y de imposición, incluso acudir a ciertas formas de violencia, aunque sea verbal o emocional, son actitudes que todos, con razón, consideramos contraproducentes y rechazables.

Pero a veces por evitar un error se cae en el opuesto, el del permisivismo, cediendo a caprichos, chantajes emocionales, a la propia inseguridad e incluso al cansancio. Cuando se llega cansado a casa del trabajo o de hacer la compra, por ejemplo, lo más sencillo es decir “sí” a cualquier capricho o ceder simplemente para tener la fiesta en paz. Es todo un reto ser lo suficientemente pacientes y fuertes como para decir “no” cuando hay que decirlo, y hacerlo de modo que no se desencadene una bronca que estropee más las cosas.

La clave es la firmeza. Estamos ante una de las grandes virtudes del educador. Es posible que haya personas que por temperamento o por haber tratado de cerca con personas muy equilibradas y firmes, sepan serlo de forma natural y espontánea. Pero lo más normal es aprender en la práctica, a menudo cometiendo errores y casi siempre de forma costosa. Sin embargo, de nuestra firmeza de hoy dependerá directamente la fuerza de voluntad y el autodominio de nuestros hijos y alumnos mañana.

A veces la exigencia firme se distorsiona por exceso o por falta de claridad, y se cae en el rigorismo autoritario. Y otras un extremo lleva a otro y, por cansancio, por la influencia de un entorno cultural hedonista o por falta de criterio, se cae en la tolerancia excesiva. Tan malo es lo uno como lo otro.

La firmeza es la virtud por la que se mantiene el equilibrio, se dominan las reacciones y se superan las dificultades que sobrevienen. Es muy importante no confundirla con frialdad, dureza o inflexibilidad, y esto importa porque, si no se anda con cuidado, siempre se acaba haciendo daño y nunca ayuda. Por el contrario, la firmeza verdadera implica calma, energía y entereza. Expliquemos con algún detalle en qué consisten estas tres actitudes.

Empecemos por la calma. Consiste en el dominio de la situación; conlleva objetividad y ánimo sereno. Es fuente de claridad en el juicio y en la decisión. Requiere dominio interior, comedimiento en el gesto, la palabra y la mirada. Para ello es muy necesario el examen propio, el silencio reflexivo. Aquello de contar hasta cien… o más, si es preciso. Conviene examinarse con regularidad para caer en la cuenta y enmendarse cuando haga falta. No pasa nada por pedir perdón, al contrario.

Algo más diremos aún, pero por los límites del espacio disponible lo dejamos para la siguiente ocasión. Calma. 


     Publicado en el semanario La Verdad el 27 de octubre de 2023.

miércoles, 25 de enero de 2012

Un homenaje a los profes de Secundaria


¿Por qué la sociedad espera que los profesores resuelvan los problemas 
que ella crea y no resuelve?

Por ejemplo:
FAMILIAS ROTAS O DESESTRUCTURADAS, 
PERMISIVISMO EN CONSUMO Y BANALIZACIÓN DEL SEXO, 
HEDONISMO,
POLÍTICA DEL AVESTRUZ ANTE LOS BOTELLONES 
Y EL CONSUMO DE DROGAS Y DE ALCOHOL, 
SERIES DE TELEVISIÓN CUYOS "HEROES" (?) SON EJEMPLOS ANTIEDUCATIVOS, PERSECUCIÓN DE LAS HUMANIDADES Y DE LA RELIGIÓN CATÓLICA
ANTINATALIDAD,
CRISIS DE AUTORIDAD
PRAGMATISMO, UTILITARISMO
EXTRAPUNITIVISMO...
¿SEGUIMOS...?