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lunes, 27 de octubre de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (153)

 

¿EDUCAR EN LA ADOLESCENCIA? (V)

 


A menudo se escucha a educadores -por lo general profesores y padres un tanto o muy desesperanzados en el fondo- que en la adolescencia lo que procede es orientar para la capacitación profesional e insistir sobre todo en el aprendizaje de las habilidades y competencias técnicas -idiomas, tecnología de la información y la comunicación, inteligencia artificial…-, porque lo importante es ofrecer herramientas para un futuro que es cada vez más inmediato y cambiante. 

A algunos les parece que intentar educar -no solo adiestrar e instruir- en la etapa adolescente, para la familia y para la escuela, ya es llegar tarde. Eso sí, a muchos padres y profesores les preocupa, en todo caso, que la adolescencia adquiera un tono de excesiva rebeldía, que se lleven a cabo conductas de riesgo, que pese demasiado la influencia de malas compañías… Y en esto, a menudo es verdad, se llega tarde.

Pero la experiencia, el contexto social y cultural presente -al que venimos aludiendo-, y el sentido común dicen que la adolescencia es un momento esencial y álgido para ahondar en la acción educativa. Y es todo un reto. Esta llamada “segunda edad de oro del aprendizaje” -obviamente la primera es la infancia, en la que se ponen las bases- es la última gran oportunidad para adquirir hábitos, consolidar o cribar criterios, empezar a asumir ciertos compromisos e ir configurando de manera más contrastada una escala personal de valores, que guíe su incipiente personalidad. 

Del educador -¡también del padre y la madre, aunque no es fácil muchas veces!- se espera que oriente y acompañe al adolescente en su personal proceso de autoconocimiento y en sus primeras tomas de decisiones. No que le sustituya, ni que “le lleve de la mano” porque “sabe lo que le conviene”. Entre otras cosas, lo normal es que su figura de autoridad haya ido menguando según avanza la pubertad de los hijos, y son estos los que tienen que ir aprendiendo a tomar sus propias decisiones, incluso a riesgo de equivocarse. Pero sí habrá que estar cerca y atentos para ofrecer consejo, consuelo o calma cuando se nos pida, y nunca avasallando o negándoles la iniciativa. 

¿Cómo? Con firmeza, tacto y paciencia. Sobre la base de haber ganado su confianza, es preciso que el padre y la madre traten de empatizar con su hijo o hija, y de establecer una relación afectiva abierta a posibles confidencias, dejándoles tomar decisiones, ayudándole a reflexionar acerca de ellas y autocorregirse llegado el caso. Habrá que seguir poniendo límites, ciertamente, sobre lo más esencial, y negociar en otras cosas de menor trascendencia. En ocasiones habrá que “hacer la vista gorda”, con paciencia, a la espera de que recapaciten.

A pesar de lo que se ha dicho, es también verdad que hay adolescentes que no se limitan a confiar sus problemas personales solo a los amigos de su misma edad; algunos confiesan que su mejor confidente es su padre, su madre o cierto profesor o tutor, porque es quien más y mejor le escucha, le acepta y orienta en sus dudas y zozobras, a pesar de todo. 

Pero esta confianza hay que empezar a ganársela mucho antes, a lo largo de la infancia. En realidad, la educación en la edad adolescente empieza en los años que la preceden; solo puede darse sobre la base de lo trabajado durante la infancia.

         (Publicado en el semanario La Verdad el 24 octubre 2025)

martes, 3 de diciembre de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (123)

EL VERDADERO AMOR ES EXIGENTE


 

Es un hecho cargado de razones que solo educa el que ama; y que amar es mucho más que sentimiento: es querer el bien para alguien. Pero esto supone a menudo exigir y exigirse.

Así lo expresa bellamente el poeta Pedro Salinas:


“Perdóname por ir así buscándote 

tan torpemente, dentro de ti. 

Perdóname el dolor, alguna vez. 

Es que quiero sacar 

de ti tu mejor tú. 

Ese que no te viste y que yo veo 

nadador de tu fondo, preciosísimo. 

Y cogerlo y tenerlo yo en alto 

como tiene el árbol la luz última 

que le ha encontrado al sol.”

 

No por azar el poema puede interpretarse como referido al amor y a la educación. En ambos casos se busca potenciar, hacer crecer lo mejor del otro: “tu mejor tú”. Y en ambos, también, esa búsqueda activa puede conllevar “el dolor, alguna vez”. Por un lado, porque a amar y a educar se aprende; la búsqueda en el interior del otro a veces es torpe porque implica un conocimiento profundo que solo se alcanza en el poco a poco, quizás equivocándose y corrigiendo la mirada y el juicio de valor, pidiendo perdón –“perdóname”, empieza diciendo el poeta-, aprendiendo a apreciar mejor las intenciones, los condicionamientos, los matices y la hondura que conforman el sentir, las palabras y las acciones de la otra persona.

Por otro lado, porque la auténtica búsqueda del bien puede significar corregir, decir ‘no’ y reprender. La mirada amorosa advierte a veces que algo debe corregirse y mejorarse, precisamente porque se busca el bien del otro. Y entonces será necesario exigirle que no se conforme con la mediocridad o la comodidad, que luche, que aspire a lo mejor de sí –“sacar de ti tu mejor tú”–, que cumpla sus compromisos y obligaciones, que no pacte con sus ganas y desganas, que ponga atención y esmero en lo que hace, que vuelva a empezar tras el error o el fracaso, que luche por superarse y sacar y dar lo mejor de sus capacidades…

El verdadero amor es clarividente y, lo mismo en el buen amante que en el buen educador, no se queda en la superficie ni en la utilidad inmediata, sino que busca lo esencial, eso que es ”invisible a los ojos” y solo ve bien el corazón –“nadador de tu fondo, preciosísimo”-… porque solo se conoce a fondo lo que se ama. Y es que amar significa atender, comprender, aceptar, valorar…, lo cual requiere tiempo, respeto, mesura, paciencia, humildad, limpieza de intención… y firmeza. 

La firmeza es la virtud por la que se dominan las reacciones, se guarda el equilibrio y se superan las dificultades que sobrevienen. Implica calma, ánimo sereno, autodominio, saber mandar y mantener lo mandado…

Pero la exigencia en el educar ha de tener siempre un porqué y, sobre todo, debe ser siempre amorosa. No se trata de exigir por exigir. Una exigencia sin amor es insoportable, lo mismo que el amor sin exigencia -la permisividad- es rechazable porque no educa. Exigencia y afecto han de ir juntos; más aún, han de ser las dos caras de la misma moneda. Y “la moneda” es querer, por encima de todo, el bien del educando: Porque te amo te exijo, busco “tu mejor tú”, y no espero menos de ti. 

 (Publicado en el semanario La Verdad el 29 de noviembre de 2024)


domingo, 24 de noviembre de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (122)

EL AMOR QUE EDUCA


Nuestra vida no se nos dio hecha. Cada uno de nosotros, al nacer, hubo de ser acogido, cuidado, atendido. La naturaleza humana, a diferencia de lo que ocurre en los demás animales, presenta un cúmulo de necesidades que es preciso satisfacer y de capacidades que es necesario ayudar a cultivar. 

La vida de cada ser humano es un don y a la vez una tarea en la que es imprescindible la ayuda de otros para subsistir y para aprender, para conocer el mundo y conocernos a nosotros mismos. Pero este desarrollo es un crecimiento paulatino cuyo protagonismo ha de ir asumiendo el propio ser humano. A esto es a lo que a grandes rasgos llamamos educación.

Aristóteles definía el amor como querer el bien para alguien. Si esto es así, ayudar a una persona a sacar lo mejor de sí misma es una forma concreta y efectiva de amor. No hablamos de una efusión del sentimiento sino de algo más profundo: de un compromiso para facilitar el crecimiento de otros en humanidad, acercándoles un legado (la cultura) que les ayude a situarse en la realidad de manera lúcida, y haciendo que este aprendizaje les faculte para que sean hombres y mujeres en quienes se pueda confiar. 

La educación pasa por el compromiso activo del educador para servir a otros y orientarlos al bien, a la verdad y a la belleza, enriqueciendo así su vida y el mundo alrededor. A quien sabe educar le llamamos maestro, maestra. La palabra “maestro” viene de “magis”, y “magister” es el que sabe más, el que tiene más experiencia en una actividad. Quien destaca y está en condiciones de dirigir y orientar. 

El maestro sabe acerca de lo que enseña y, si ello le entusiasma y le importan sus alumnos, encontrará el modo de contagiarlo. “Sólo podemos hacer a los educandos partícipes de lo que a nosotros mismos nos colma” (Spaemann). Pero además, al exponer lo que sabe, el maestro procura generar un clima afectivo en el cual el educando se sienta atendido, comprendido, aceptado y valorado. Y esto es amor del bueno.

El amor que educa excluye el mero “cumplimiento” de una obligación. El maestro no se conforma con los mínimos -la chapuza- sino que aspira a los máximos -la obra “maestra”-; atesora sabiduría, magnanimidad (tensión del ánimo hacia grandes cosas), generosidad, disponibilidad… La autoridad moral -ese prestigio que genera confianza- es esencial en el amor que educa. Gracias a ella el discípulo se ve animado a hacer algo que al principio no le apetecía o no quería hacer.

El amor que educa ve “dentro”, otea el futuro y es capaz de atisbar ese “mejor yo” que a menudo ni siquiera el discípulo ve en sí mismo, desalentado tal vez por sus fracasos.

El amor que educa es exigente, a veces dice no y corrige, porque busca hacer capaz de lo mejor al otro. Es exigente consigo mismo en primer lugar, para dar lo mejor y suscitarlo en el otro. Se sobrepone ante las dificultades, los fracasos, las desganas, el egoísmo y la vulgaridad. Se atreve con lo difícil porque sabe que no hay gozo más noble que el de la superación de las propias limitaciones para ofrecer a los demás lo mejor de sí, y además se alegra sinceramente cuando estos le superan.


(Publicado en el semanario La Verdad el 22 de noviembre de 2024)

martes, 5 de noviembre de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (119)

    LAS ARTES DEL BUEN MAESTRO (II)


Un buen maestro o maestra ha de aspirar a ciertas metas personales hacia las que dirigir continuamente su trabajo; son disposiciones o artes relativas a su saber y sus actitudes que se adquieren y afianzan a través del propio quehacer. Ya hemos hablado del saber; nos referimos ahora a las actitudes. Entre las esenciales cabe destacar:

1.- Compromiso educativo, entrega personal. Educar no es un trabajo más, Consiste en ayudar a ser a unas personas, transmitirles vida y ayudarles a llenarla de sentido. Ello requiere vinculación personal, ejemplaridad, ofrecer la propia experiencia de vida como referente. 

2.- Capacidad de silencio. Reflexionar sobre el propio trabajo, su sentido y su desarrollo. Dedicar tiempo a pensar en cada uno de los alumnos.

3.- Condescendencia o empatía. Ponerse sinceramente en el lugar del otro para ver las cosas como él o ella las ve, juzgándolo desde su intención y situándose a su nivel; atender a su ritmo para razonar, animar y corregir. Aceptarle como persona antes que por sus resultados. Da más fuerza sentirse amado que sentirse fuerte.

4.- Comunicabilidad, apertura, amabilidad. Capacidad de percibir, de escuchar sin juzgar ni excusarse. Mostrarse sincero, accesible y receptivo. La amabilidad y la sonrisa suscitan confianza: Se atraen más moscas con un dedal de miel que con un barril de vinagre. 

5.- Capacidad de suscitar autonomía. No se trata de modelar al alumno a nuestra imagen y semejanza, sino de orientarle para que vaya bastándose a sí mismo paulatinamente, para que acepte la responsabilidad de sus actos y se determine a ejercitar su voluntad, a pensar y decidir por sí mismo, según su grado de madurez. Escribe Spaemann: “No se fíe el educador (padres, maestros) de las manifestaciones de ternura y de reconocimiento del educando. No son por sí mismos indicadores de logro educativo. Lo es que sean capaces de dirigirse al bien y a la verdad por sí solos.”

6.- Firmeza. Dominio de las propias reacciones y capacidad para encajar y superar las dificultades que sobrevienen. No se trata de frialdad, dureza o inflexibilidad, sino de calma, energía y entereza. Darse y amar sin mendigar el cariño de los alumnos.

7.- Paciencia (con los alumnos y consigo mismo): Saber esperar, no exigir la satisfacción inmediata de nuestros deseos y objetivos. No cansarse nunca de estar empezando siempre que sea necesario, aprendiendo a sacar lecciones y propósitos de mejora tras el fracaso, el cansancio o la contrariedad; dar (y darse) nuevas oportunidades. Se hace lo que se puede.

8.- Fe en el propio trabajo y (sobre todo) en Dios. Sólo si se cree que el propio trabajo -educar- merece la pena, aunque no siempre se vean los resultados, puede haber entusiasmo y motivación para contagiar deseos de mejora a los alumnos. 

En realidad somos instrumentos en manos de Dios, que quiere el bien de sus hijos. Él es el verdadero Maestro y nosotros somos colaboradores y portadores del amor del mejor de los maestros. El oficio de educador (padre o docente) es en el fondo una estupenda vocación cristiana.

Contagiemos y cuidemos las vocaciones a la educación, manifestemos su belleza y no las enjaulemos con apriorismos metodológicos, ideológicos o económicos. Como dice un aforismo oriental: “Si quieres escuchar el canto de los pájaros, no compres una jaula, planta un árbol”.

   (Publicado en el semanario La Verdad el 1 de noviembre de 2024)

lunes, 26 de febrero de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (92)

EL CASTIGO EDUCATIVO. PAUTAS (III)

 


El castigo educativo o corrección es conveniente y eficaz si se entiende como una consecuencia que sigue a una actitud inadecuada en el educando. Persigue hacerle entender que el comportamiento adecuado y consecuente es responsabilidad suya, y hemos de procurar siempre que sea una ayuda para favorecer su autocontrol.

El castigo busca corregir la conducta inadecuada. Nunca es suficiente por sí mismo para dar lugar al buen comportamiento, ya que este no debe ni puede ser consecuencia del temor sino del aprecio por el bien y del sentido del deber. Por ello, como ya se ha dicho, el castigo ha de ir precedido de unas normas y advertencias claras y asequibles, ha de ser coherente e ir acompañado de amor, de sentido común y de firmeza. Por lo demás, como principio educativo, es preferible acudir al elogio y reconocimiento del buen comportamiento que a la sanción y la represión del inadecuado. Pero a veces será necesario corregir; tan contraproducente es el rigorismo como el permisivismo.

Hemos advertido ya que nunca nuestra impaciencia o mal humor han de traducirse en un castigo. Este nunca debe ser provocado por nuestro enfado ya que sería recibido como una especie de venganza o desquite, como una reacción agresiva y no como una pauta educadora. 

El castigo o la corrección deben ser inmediatos si se quiere disuadir de una conducta, pero conviene evitar el apasionamiento por ambas partes, ya que se pierde objetividad y se puede caer en la desproporción. Por eso, a veces, si educador y educando están bajo la presión del enfado, conviene demorarlo un poco (“luego vienes a hablar conmigo sobre esto”) para pedir explicaciones, si es el caso, y explicar con calma el porqué de la sanción. Conviene que el infractor pueda explicarse con cierta calma y que esté en condiciones de valorar adecuadamente lo que hizo. 

La corrección ha de ser proporcionada a la gravedad de la falta, a la intención del niño, a las circunstancias y a los efectos que puedan seguirse. Los castigos no deben ser excesivos pero tampoco insignificantes, han de suponer un esfuerzo pero han de ser asequibles (se deben poder llevar a cabo). Y también han de mantenerse. Es importante que el educando sepa que “lo que se dice se hace”. Advertir de un castigo y luego no cumplirlo resta eficacia a la corrección y a la autoridad del educador. No tiene mucho sentido decir, por ejemplo: “si no apruebas, te quedas sin vacaciones”, si luego, por las incomodidades que el castigo vaya a suponer, no se cumple. De inmediato, y en el futuro, el recurso a la sanción dejará de ser eficaz. Conviene, por consiguiente, ser sobrios en las amenazas (o advertencias) y firmes en la aplicación.

Firmeza, así pues, en mantener la sanción, pero también, en determinadas situaciones, flexibilidad cuando se percibe un sincero y convincente cambio de conducta. A veces, si se aprecia un cambio en los propósitos o en la actitud (arrepentimiento, dolor por lo que hizo, sincero deseo de mejorar…), se puede atenuar o levantar el castigo, manifestando nuestro reconocimiento por el cambio de disposición. Esta flexibilidad cuando se constata la mejora de la conducta sancionada puede convertirse en incentivo positivo para consolidar tal mejora.

      (Publicado en el semanario La Verdad el 9 de febrero de 2024)

miércoles, 24 de enero de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (90)

VALOR EDUCATIVO DEL CASTIGO: LA CORRECCIÓN (I)

 


    A la hora de educar es necesario establecer unas normas y determinar ciertos límites de comportamiento. Es en este marco donde tiene cabida el castigo, la corrección educativa. El castigo ha de entenderse como corrección de la conducta e incentivo para la reflexión y la autodeterminación del educando, tiene valor educativo cuando contribuye directa o indirectamente a la rectificación voluntaria del comportamiento. 

    Los límites son inherentes a las normas, especifican lo que no se tiene que hacer. Son pautas claras acerca de lo aceptable o inaceptable, dan seguridad acerca de lo que se puede/debe y no se puede/debe hacer. Poner límites no es controlar autoritariamente a los hijos, es crear unos lazos invisibles de protección, tanto para la integridad física como la emocional. Da seguridad, como decimos. Más aún, no poner límites puede llegar a ser la mayor de las violencias, porque el hijo puede sentirse no mirado, no existente. 

    Un castigo o una reprimenda ha de ayudar al niño a pensar en lo que ha hecho, en por qué no hizo lo que debía y en qué es lo que tiene que hacer. Por eso ha de ser propiamente una “corrección” y ha de tener una finalidad positiva. Corregir es rectificar. El castigo sirve para cortar y corregir una conducta inadecuada, pero por sí solo no basta para obrar bien. Ha de ir precedido y acompañado por otras motivaciones e incentivos.

    Todos vivimos dentro de unas normas y de ciertos límites. También el educador ha de ponerse límites y nunca ha de mostrar un comportamiento arbitrario. 

    Jamás nuestra impaciencia o mal humor han de traducirse en un castigo. Este no ha de ser motivado nunca por nuestro enfado, ya que sería recibido como una especie de venganza o desquite y nunca como una pauta educativa. Tampoco ha de ser algo así como un refuerzo del estatus del educador sobre el niño o joven para mantenerle en su sitio o para que sepa quién manda aquí. Se trata de un medio para conseguir la mejora de la conducta, nunca puede ser un medio para dejar patente el poder de los padres, ni el equivalente a un código penal familiar. Una corrección educativa de ningún modo ha de ser vejatoria o humillante. Esto lleva al resentimiento, no a la modificación verdadera de la conducta. 

Nuestro mensaje no ha de ser nunca que él es malo, sino que hizo una cosa mala que no podemos aprobar. Y que estamos seguros de que será capaz de hacer las cosas bien y de lograr metas muy valiosas si se lo propone de verdad.

El niño ha de percibir que se busca su corrección y su bien, no su perjuicio o humillación, y que no por ello se le deja de querer sinceramente. Hemos de hacerle ver que nos duele castigarle, y que nuestra estima por él no ha disminuido por haber tenido que corregirle. Pero esto conlleva también firmeza y entereza, mantener lo mandado. 

En alguna ocasión hemos recordado a Gabriela Mistral, la gran educadora chilena: “Para corregir no hay que temer. El peor maestro es el maestro con miedo. Todo puede decirse; pero hay que dar con la forma. La más acre reprimenda puede hacerse sin deprimir ni envenenar un alma. Aligérame, Señor, la  mano en el castigo y suavízamela más en la caricia. ¡Reprenda con dolor para saber que he corregido amando!".

        (Publicado en el semanario La Verdad el 19 de enero de 2024)

domingo, 19 de noviembre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (85)

SABER MANDAR CON ENTEREZA (y III)

 


Calma, energía y entereza en el ejercicio de la autoridad al educar, venimos diciendo. La entereza implica serenidad, un dominio de las propias emociones para pensar y decidir con tranquilidad, sin perder el norte. 

La firmeza puede exigir en ocasiones renunciar al placer de sentirse amado. El educador debe amar, indispensablemente; pero nunca mendigar el cariño de los niños o jóvenes. Hace falta entereza para soportar con serenidad posibles vacíos afectivos de parte del educando -porque a nadie le agrada demasiado que le corrijan, admitámoslo-, e incluso el rencor momentáneo que se suscita en ellos al corregirles o denegarles alguna cosa. Pero a la larga el niño terminará admirando la rectitud del educador que supo hacer lo que debía con abnegación, respeto y paciencia. Acabará reconociendo que este no buscaba ser alabado o incluso correspondido, sino el crecimiento y superación personal del educando; su bien, en definitiva.

Es necesario procurar ponerse en el lugar del hijo o alumno para intentar comprender cómo se siente y lo que de verdad necesita. “¿Cómo me hubiera sentado a mí si me dicen esto así?...” Ello nos ayudará a buscar una forma más “humana” y prudente en el trato, aunque no por ello, necesariamente, más “blanda”.

Seguro que algunas veces meteremos la pata, por exceso o por defecto. No dejemos de pedir perdón si hemos hecho daño al corregir o al ordenar (o al no hacerlo), y procuremos dejar claro el criterio e intentarlo de nuevo una y otra vez. No se pierde con ello autoridad; al contrario, quedará bien claro que no actuamos por quedar bien nosotros, o por imponernos, sino porque buscamos el bien, lo justo, lo más conveniente.

Importante: es verdad que el educador ha de cultivar determinadas actitudes y valores humanos para dar ejemplo. No puede decir una cosa o pedirla a los demás si luego él mismo no la hace vida propia. Pero no hay que esperar a “ser perfecto” para orientar y exigir educando. Primero, porque nunca llegaremos a la perfección, y si esperamos a ser excelentes en aquello que pedimos o exigimos a otros, acabaremos por no mandar nada debido a nuestros fallos o limitaciones. Pensaremos, por ejemplo, que no debemos pedir a nuestros hijos o alumnos que sean ordenados si nosotros no conseguimos serlo. Pero no se trata de ser perfectos, sino de no cansarse nunca de luchar por llegar a serlo, de no rendirse aspirando a mejorar en nuestros defectos y limitaciones (el desorden en este caso). Si ellos nos ven intentarlo una y otra vez, aunque nos cueste, entenderán que el orden es algo importante.

El educador sólo podrá esperar de los niños y los jóvenes lo que a diario se esfuerza por conquistar sobre sí mismo. No porque haya triunfado sobre sus defectos, sino porque no se cansa de luchar para vencerlos. Ese no rendirse es ya el mejor ejemplo. Se trata de una “lucha” consigo mismo, de intentar superarse. Es el arte de volver a empezar, de no cansarse nuca de estar empezando siempre, sin perder el buen humor y la paciencia. 

Además, estas limitaciones propias, reconocidas pero combatidas, pueden ser un privilegiado medio para comprender y acompañar y a los hijos o alumnos en sus reticencias, dificultades o cansancios. Se trata de “luchar” junto a ellos. No tanto de ser “admirable” cuanto, sobre todo, de ser imitable.

  (Publicado en el semanario La Verdad el 17 de noviembre de 2023)

domingo, 12 de noviembre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (84)

SABER MANDAR: CALMA Y ENERGÍA (II)


 

Calma, energía y entereza. Tres actitudes o disposiciones ineludibles para ejercer la autoridad en la educación. Tres ingredientes de la necesaria firmeza que ello conlleva. 

Se ha dicho que la calma es la majestad de la fuerza. Ha de ser la condición necesaria que ha de preceder a todo mandato. Cuando los nervios fallan no se está en condiciones de ejercer la autoridad. Calma: es mejor hablar que gritar, reprender sin insultar ni humillar, mandar sin atropellar, atendiendo al ritmo de maduración del niño o del joven, a su temperamento (si es muy primario y perdemos la calma tendremos una mala contestación casi asegurada, si es muy secundario puede sentirse herido, o “guardárnosla” ahondando en sentimientos de revancha, y la herida perdurará por bastante tiempo, y en todo caso se interpretará que estamos descargando nuestro mal humor o prepotencia, sin entender otros motivos e intenciones). 

También hay que estar atentos a las circunstancias (conviene no emplear el mismo tono en público o en privado, no aludir a cosas que le hieran o humillen particularmente, no se debe corregir cuando hay demasiada tensión emocional…)

No hay que pedir imposibles, seguramente convendrá disimular ciertos fallos de poca importancia para intervenir sólo en el momento más oportuno. Conviene reducir las órdenes al mínimo. No se trata de controlar y ahogar las energías naturales del niño o del joven, sino de orientarlas al mayor bien. María Montessori decía que hay que observarlo todo, y corregir poco y a su debido tiempo.

No hay que asfixiar las energías naturales, la iniciativa. Cuando un niño o niña se siente asfixiado, aplastado por un aluvión de normas y reproches, se encoge, pierde autoestima, se pone a la defensiva y cae con facilidad en el disimulo y la mentira, adquiere un hastío devastador frente a toda norma, deber y principio.

Como es lógico, esto se aprende. A veces nos pasaremos, otras nos quedaremos cortos… Pero debemos poner todo nuestro cuidado en actuar con la mejor intención y no perder los estribos ni las formas... ni el cariño.

      Hablemos ahora de la energía. Se trata de saber hacerse querer y respetar. Ha de ir acompañada de respeto, tacto y condescendencia. La energía, volvemos a insistir, no estará en gritar, insultar, mirar de forma amenazante… Se trata de:

a) Mandar sin suplicar. Convendrá dulcificar algunas órdenes, pero ha de haber órdenes. La obediencia no se mantiene ante una persona insegura de sí misma, carente de determinación en las decisiones de importancia. Es un modo de dar valor a lo que es preciso hacer.

b) Mandar sin discutir. Cuando no conviene detenerse en explicaciones o no existe seguridad de ser entendido en ese instante por el niño, no hay que aceptar réplicas. Se debe buscar otro momento, más sereno, para aclarar en privado la situación.

c) Mandar con claridad. Directrices claras y adaptadas a la edad, la inteligencia y receptividad del niño. Evitar expresiones ambiguas o que carezcan de la necesaria convicción.

d) Mantener lo mandado. No cambiar las órdenes a capricho, ni emplear diferente rigor según el humor que se tenga en cada momento, ni establecer diferencias injustas. Desigualdades y rectificaciones desconciertan. Una vez tomada una medida hay que mantenerla; la falta de perseverancia en esta actitud debilita la autoridad. Si el niño no merecía una corrección, por ejemplo, no había que habérsela impuesto, y si la merecía debe cumplirla. Hace falta entereza para no claudicar ante una momentánea pérdida de afecto. La tendencia a modificar las órdenes hace pensar que éstas dependen del capricho del educador. 

Calma para no pasarse de la raya de manera irracional y abusiva; y firmeza para no pararse antes de tiempo y caer en la veleidad y en la indecisión. La firmeza bien administrada da seguridad.

Nunca se insistirá lo bastante en la importancia de cuidar mucho las condiciones mencionadas. Esmerarse en ello, no cansarse de intentar actuar así no sólo es educativo para nuestros hijos o alumnos. Evidentemente, nosotros mismos, educadores, nos estaremos autoeducando, puesto que estaremos puliendo nuestro propio carácter. 

 (Publicado en el semanario La Verdad el 3 de noviembre de 2023)


domingo, 5 de noviembre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (83)

SABER MANDAR: LA FIRMEZA (I)



        En un modelo de educación personalizadora, que pretende ayudar en su maduración a niños y jóvenes fomentando el desarrollo armónico de sus capacidades, y orientarles a la verdad, al bien y a la belleza, uno de los aspectos esenciales es el ejercicio de la autoridad por parte del educador, que se traduce en muchas ocasiones, lisa y llanamente, en saber mandar. (Sí ya sé, que a ciertos oídos esto suena algo fuerte, pero a lo mejor ello tiene que ver con las carencias de nuestro sistema educativo y aun de la mentalidad socialmente dominante).

Se insiste mucho en distinguir la autoridad del autoritarismo: que alguien tenga que hacer las cosas porque lo digo yo y punto, actitudes agresivas y de imposición, incluso acudir a ciertas formas de violencia, aunque sea verbal o emocional, son actitudes que todos, con razón, consideramos contraproducentes y rechazables.

Pero a veces por evitar un error se cae en el opuesto, el del permisivismo, cediendo a caprichos, chantajes emocionales, a la propia inseguridad e incluso al cansancio. Cuando se llega cansado a casa del trabajo o de hacer la compra, por ejemplo, lo más sencillo es decir “sí” a cualquier capricho o ceder simplemente para tener la fiesta en paz. Es todo un reto ser lo suficientemente pacientes y fuertes como para decir “no” cuando hay que decirlo, y hacerlo de modo que no se desencadene una bronca que estropee más las cosas.

La clave es la firmeza. Estamos ante una de las grandes virtudes del educador. Es posible que haya personas que por temperamento o por haber tratado de cerca con personas muy equilibradas y firmes, sepan serlo de forma natural y espontánea. Pero lo más normal es aprender en la práctica, a menudo cometiendo errores y casi siempre de forma costosa. Sin embargo, de nuestra firmeza de hoy dependerá directamente la fuerza de voluntad y el autodominio de nuestros hijos y alumnos mañana.

A veces la exigencia firme se distorsiona por exceso o por falta de claridad, y se cae en el rigorismo autoritario. Y otras un extremo lleva a otro y, por cansancio, por la influencia de un entorno cultural hedonista o por falta de criterio, se cae en la tolerancia excesiva. Tan malo es lo uno como lo otro.

La firmeza es la virtud por la que se mantiene el equilibrio, se dominan las reacciones y se superan las dificultades que sobrevienen. Es muy importante no confundirla con frialdad, dureza o inflexibilidad, y esto importa porque, si no se anda con cuidado, siempre se acaba haciendo daño y nunca ayuda. Por el contrario, la firmeza verdadera implica calma, energía y entereza. Expliquemos con algún detalle en qué consisten estas tres actitudes.

Empecemos por la calma. Consiste en el dominio de la situación; conlleva objetividad y ánimo sereno. Es fuente de claridad en el juicio y en la decisión. Requiere dominio interior, comedimiento en el gesto, la palabra y la mirada. Para ello es muy necesario el examen propio, el silencio reflexivo. Aquello de contar hasta cien… o más, si es preciso. Conviene examinarse con regularidad para caer en la cuenta y enmendarse cuando haga falta. No pasa nada por pedir perdón, al contrario.

Algo más diremos aún, pero por los límites del espacio disponible lo dejamos para la siguiente ocasión. Calma. 


     Publicado en el semanario La Verdad el 27 de octubre de 2023.