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miércoles, 2 de abril de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (135)

MAMÁ, QUIERO SER INFLUENCER (y III)

 


Una respuesta educativa ante el fenómeno de la irrupción de los influencers y de la dependencia emocional hacia las pantallas y redes sociales, tan extendido hoy, ha de ser consciente de la fuerza del emotivismo que caracteriza la mentalidad dominante y su repercusión en la educación de niños y jóvenes y en la maduración de las personas en general.

Lo primero a tener en cuenta es que los educadores tengamos claro qué tipo de persona queremos que sean nuestros hijos o alumnos y por qué, lo que ha de llevar a plantear para ellos una “saludable educación del carácter”.

En esta línea, se tratará de educar para el autodominio. Ser dueño de uno mismo es otra forma de decir libertad. Esta no consiste en hacer lo que me apetece, dejándose llevar de las emociones y de los estímulos agradables de manera irreflexiva, sino en elegir lo mejor tras haberlo pensado bien (deliberación, juicio de valor) y haberlo decidido (voluntad).

La reflexión, la responsabilidad y la constancia son aspectos básicos de una personalidad equilibrada y madura. La persona madura es la que piensa, decide y actúa por sí misma, frente a la inmadurez de quienes dejan que sean otros -a través de dispositivos y pantallas en este caso- los que piensen, decidan y actúen por uno mismo. 

Algunas pautas importantes pueden ser:

1) Actuar después de haber reflexionado, y no reaccionando impulsivamente frente a los estímulos de agrado y desagrado: con otras palabras, párate y piensa antes de actuar; y piensa también después de haber actuado: “por qué ha ocurrido esto o aquello, cómo debería haber actuado...”

2) Entrenar en el fortalecimiento de la voluntad: afrontar las dificultades y el desagrado, vencer la pereza, el inmediatismo (no reaccionar impulsivamente ante los estímulos, aplazar la satisfacción de los deseos), valorar la sobriedad, resistirse a los caprichos, aprender a decir y a aceptar el “no”. John Stuart Mill, uno de los padres de la psicología moderna, decía: “De quienes no se han negado nunca una cosa lícita, no se puede esperar con seguridad que se nieguen cosas ilícitas”. Una persona con voluntad, con personalidad, que sabe retrasar las recompensas, es más dueña de sí, es más fuerte y llegará más lejos que una persona inteligente. 

Aldo Naourien su libro Padres permisivos, hijos tiranos, afirma: "Los padres deben ser educadores,deben saber, por amor a sus hijos, fijar límites y establecer prohibiciones, sin intentar justificarse ni seducir. El cariño no está reñido con la firmeza, la reclama incluso. Deben encauzar esa considerable energía del niño desde la primera infancia para que pueda crecer, controlar su energía y aprender a utilizarla. Educar es ofrecer seguridad, orientar; pero también es frustrar. A menudo digo a los padres que deben resignarse a no ser unos padres ‘amados’ por sus hijos."

            3) Los adultos (padres y educadores) no debemos ser dependientes del móvil o de las redes y las pantallas; no tengamos el móvil delante ni parezcamos enganchados a él ante nuestros educandos. Centremos nuestra atención en las personas con las que estamos y hablamos, obsequiándoles nuestro tiempo, nuestra paciencia... Dediquemos tiempo a los hijos para que no se busquen sucedáneos virtuales. Enseñemos a conectar con los amigos, con quienes queremos, en la vida real. Ofrezcamos alternativas valiosas para el tiempo de ocio: salidas a la naturaleza, encuentros frecuentes con familias amigas con las que se sintoniza en valores, celebraciones familiares, actividades de voluntariado, asistencia a representaciones teatrales, cultivo de la lectura en el ámbito familiar, etc.


(Publicado en el semanario La Verdad el 28 de marzo de 2025)

lunes, 26 de febrero de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (92)

EL CASTIGO EDUCATIVO. PAUTAS (III)

 


El castigo educativo o corrección es conveniente y eficaz si se entiende como una consecuencia que sigue a una actitud inadecuada en el educando. Persigue hacerle entender que el comportamiento adecuado y consecuente es responsabilidad suya, y hemos de procurar siempre que sea una ayuda para favorecer su autocontrol.

El castigo busca corregir la conducta inadecuada. Nunca es suficiente por sí mismo para dar lugar al buen comportamiento, ya que este no debe ni puede ser consecuencia del temor sino del aprecio por el bien y del sentido del deber. Por ello, como ya se ha dicho, el castigo ha de ir precedido de unas normas y advertencias claras y asequibles, ha de ser coherente e ir acompañado de amor, de sentido común y de firmeza. Por lo demás, como principio educativo, es preferible acudir al elogio y reconocimiento del buen comportamiento que a la sanción y la represión del inadecuado. Pero a veces será necesario corregir; tan contraproducente es el rigorismo como el permisivismo.

Hemos advertido ya que nunca nuestra impaciencia o mal humor han de traducirse en un castigo. Este nunca debe ser provocado por nuestro enfado ya que sería recibido como una especie de venganza o desquite, como una reacción agresiva y no como una pauta educadora. 

El castigo o la corrección deben ser inmediatos si se quiere disuadir de una conducta, pero conviene evitar el apasionamiento por ambas partes, ya que se pierde objetividad y se puede caer en la desproporción. Por eso, a veces, si educador y educando están bajo la presión del enfado, conviene demorarlo un poco (“luego vienes a hablar conmigo sobre esto”) para pedir explicaciones, si es el caso, y explicar con calma el porqué de la sanción. Conviene que el infractor pueda explicarse con cierta calma y que esté en condiciones de valorar adecuadamente lo que hizo. 

La corrección ha de ser proporcionada a la gravedad de la falta, a la intención del niño, a las circunstancias y a los efectos que puedan seguirse. Los castigos no deben ser excesivos pero tampoco insignificantes, han de suponer un esfuerzo pero han de ser asequibles (se deben poder llevar a cabo). Y también han de mantenerse. Es importante que el educando sepa que “lo que se dice se hace”. Advertir de un castigo y luego no cumplirlo resta eficacia a la corrección y a la autoridad del educador. No tiene mucho sentido decir, por ejemplo: “si no apruebas, te quedas sin vacaciones”, si luego, por las incomodidades que el castigo vaya a suponer, no se cumple. De inmediato, y en el futuro, el recurso a la sanción dejará de ser eficaz. Conviene, por consiguiente, ser sobrios en las amenazas (o advertencias) y firmes en la aplicación.

Firmeza, así pues, en mantener la sanción, pero también, en determinadas situaciones, flexibilidad cuando se percibe un sincero y convincente cambio de conducta. A veces, si se aprecia un cambio en los propósitos o en la actitud (arrepentimiento, dolor por lo que hizo, sincero deseo de mejorar…), se puede atenuar o levantar el castigo, manifestando nuestro reconocimiento por el cambio de disposición. Esta flexibilidad cuando se constata la mejora de la conducta sancionada puede convertirse en incentivo positivo para consolidar tal mejora.

      (Publicado en el semanario La Verdad el 9 de febrero de 2024)

miércoles, 24 de enero de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (90)

VALOR EDUCATIVO DEL CASTIGO: LA CORRECCIÓN (I)

 


    A la hora de educar es necesario establecer unas normas y determinar ciertos límites de comportamiento. Es en este marco donde tiene cabida el castigo, la corrección educativa. El castigo ha de entenderse como corrección de la conducta e incentivo para la reflexión y la autodeterminación del educando, tiene valor educativo cuando contribuye directa o indirectamente a la rectificación voluntaria del comportamiento. 

    Los límites son inherentes a las normas, especifican lo que no se tiene que hacer. Son pautas claras acerca de lo aceptable o inaceptable, dan seguridad acerca de lo que se puede/debe y no se puede/debe hacer. Poner límites no es controlar autoritariamente a los hijos, es crear unos lazos invisibles de protección, tanto para la integridad física como la emocional. Da seguridad, como decimos. Más aún, no poner límites puede llegar a ser la mayor de las violencias, porque el hijo puede sentirse no mirado, no existente. 

    Un castigo o una reprimenda ha de ayudar al niño a pensar en lo que ha hecho, en por qué no hizo lo que debía y en qué es lo que tiene que hacer. Por eso ha de ser propiamente una “corrección” y ha de tener una finalidad positiva. Corregir es rectificar. El castigo sirve para cortar y corregir una conducta inadecuada, pero por sí solo no basta para obrar bien. Ha de ir precedido y acompañado por otras motivaciones e incentivos.

    Todos vivimos dentro de unas normas y de ciertos límites. También el educador ha de ponerse límites y nunca ha de mostrar un comportamiento arbitrario. 

    Jamás nuestra impaciencia o mal humor han de traducirse en un castigo. Este no ha de ser motivado nunca por nuestro enfado, ya que sería recibido como una especie de venganza o desquite y nunca como una pauta educativa. Tampoco ha de ser algo así como un refuerzo del estatus del educador sobre el niño o joven para mantenerle en su sitio o para que sepa quién manda aquí. Se trata de un medio para conseguir la mejora de la conducta, nunca puede ser un medio para dejar patente el poder de los padres, ni el equivalente a un código penal familiar. Una corrección educativa de ningún modo ha de ser vejatoria o humillante. Esto lleva al resentimiento, no a la modificación verdadera de la conducta. 

Nuestro mensaje no ha de ser nunca que él es malo, sino que hizo una cosa mala que no podemos aprobar. Y que estamos seguros de que será capaz de hacer las cosas bien y de lograr metas muy valiosas si se lo propone de verdad.

El niño ha de percibir que se busca su corrección y su bien, no su perjuicio o humillación, y que no por ello se le deja de querer sinceramente. Hemos de hacerle ver que nos duele castigarle, y que nuestra estima por él no ha disminuido por haber tenido que corregirle. Pero esto conlleva también firmeza y entereza, mantener lo mandado. 

En alguna ocasión hemos recordado a Gabriela Mistral, la gran educadora chilena: “Para corregir no hay que temer. El peor maestro es el maestro con miedo. Todo puede decirse; pero hay que dar con la forma. La más acre reprimenda puede hacerse sin deprimir ni envenenar un alma. Aligérame, Señor, la  mano en el castigo y suavízamela más en la caricia. ¡Reprenda con dolor para saber que he corregido amando!".

        (Publicado en el semanario La Verdad el 19 de enero de 2024)