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lunes, 7 de octubre de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (115)

EDUCADORES CON VOCACIÓN Y CON OFICIO (II)

 


Nos veníamos preguntando si la vocación de maestro es algo innato o adquirido. Tener vocación a algo es sin duda una cuestión personal, que brota del propio interior. 

A menudo uno se siente llamado a dedicarse a algo cuando descubre una situación de necesidad que reclama esfuerzo, generosidad, dedicación… y considera que “el bien que yo no haga se quedará sin hacer”. Y así, desde una sensibilidad, una fina conciencia moral y una disposición generosa, puede surgir una llamada a la responsabilidad, a entregar tiempo, afán, vida; una vocación de servicio, en fin. Aquí se cumple aquello de Viktor E. Frankl: “Quien tiene un para qué, es capaz de encontrar el cómo”.

Aunque puede darse una predisposición favorable, se trata en el fondo de una cuestión de actitud y, como decíamos, puede adquirirse con el oficio, como consecuencia del trabajo y del esmero convertidos en hábito (de la satisfacción por el trabajo bien hecho), del interés por las personas concretas, de la conciencia de estar realizando algo de gran valor. A veces surge porque un día “se vio” algo admirable en otras personas que se convirtieron en referentes –“siempre recordaré a mi maestro o maestra…”-; pero también puede aparecer cuando se da a compartir aquello que nos entusiasma, surge a través de la experiencia, de eso que se llama “el oficio”.  Conocemos casos elocuentes de docentes que con la práctica y la experiencia que da el oficio, le han tomado gusto y lo desempeñan con eficiencia y satisfacción (y también lo contrario, claro).

Así pues, la vocación de educador puede tener sin duda algo de innato, una predisposición en la que se dan ciertas dotes de simpatía, orden mental y capacidad de comunicación y persuasión…; pero es también algo que se adquiere, a veces tempranamente, admirando el quehacer de otras personas a las que se toma como referentes, por ejemplo, o a veces como fruto de una experiencia concreta -una explicación o un consejo ofrecidos oportunamente a alguien, tal vez…-. Al igual que la amistad y otras disposiciones importantes, la vocación a la docencia puede surgir de manera más o menos espontánea, obviamente, pero en todo caso es necesario cultivarla de manera consciente.

Dando lo mejor de uno mismo, esforzándose por hacer bien lo que se hace, procurando la excelencia en el servicio a otros, es fácil que surjan el agrado y la pasión. Como suele decirse, lo deseable es que la inspiración, cuando llega, nos encuentre trabajando. Decía Víctor García Hoz que lo bien hecho educa, pero ocurre a la vez que llegar a hacer las cosas bien produce asimismo agrado a quien las realiza, y se les toma aún más afición. Y el resultado (a menudo también la causa) es que se hacen las cosas con más amor -no de cualquier manera o por cumplir, sino con esmero y cuidado, con delicadeza y con exquisitez- y sobre todo por amor: porque nos importan los alumnos, se les valora y estima, y por ello se busca ofrecerles lo mejor de uno mismo.

Para saber educar es necesario amar, ver el bien que yace en el fondo del niño o joven y, ganándose su confianza, ayudarle a que él lo descubra también. Que sea él mismo capaz de hacer germinar la semilla de verdad, belleza y bien que late en su interior. Y esto de ningún modo se improvisa.

 

      (Publicado en el semanario La Verdad el 4 de octubre de 2024)

lunes, 9 de septiembre de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (111)

PEDAGOGÍA VISIBLE Y EDUCACIÓN INVISIBLE



       La persona humana es un ser digno pero inacabado, y la educación consiste en introducir en la realidadal ser humano para que crezca hacia su plenitud. Afirmaba Hesíodo (s. VII a. Jc.) que “la educación ayuda al hombre a ser lo que es capaz de ser”. Entendida, así pues, como una ayuda dirigida a la formación y el perfeccionamiento del ser humano, la educación es un arte, un saber hacer de índole esencialmente moral.

        La pedagogía, por su parte, es un saber, una reflexión científica acerca de la educación: su contenido, su finalidad, sus medios y recursos. Se basa por un lado en una antropología que expresa qué es el ser humano y su desarrollo perfectivo, y por otro en la experiencia y el saber extraído de la investigación acerca del quehacer educativo.

       Víctor García Hoz, gran pedagogo y maestro, distinguía entre una “pedagogía visible” y una “educación invisible”, necesarias y complementarias entre sí: “La pedagogía visible nos da indicaciones precisas, aunque parciales, que hacen referencia a aquellos elementos de la vida humana que le dan consistencia, como el esqueleto da consistencia al organismo y le permite mantenerse en pie, o como las venas y arterias son los caminos claros que ha de seguir la sangre en su movimiento circulatorio. La educación invisible es como la desconocida trama de los distintos elementos que se manifiestan en algo tan importante pero tan difícil de situarlos en un espacio determinado como la salud, la vitalidad, el brío ante las dificultades.”

El fin de la educación es contribuir a la formación de una personalidad madura, es decir equilibrada y fecunda; y esta personalización, como decía otro gran maestro y pedagogo, Abilio de Gregorio, tiene lugar mediante el encuentro con los valores de sentido y con su cultivo. Se trata, como decía Platón, de “enseñar a mirar” para que el ser humano aprenda a conocer el bien y a orientar hacia él su vida;  ayudarle a crecer en libertad, en capacidad de autodeterminación, ayudarle a configurar su carácter mediante la virtud. 

El fin de la pedagogía es aportar luz y criterio al quehacer educativo. Pero no desde los axiomas impolutos de un saber meramente teórico, sino desde la práctica de una educación que ha de vérselas con una naturaleza humana herida por el pecado original y asediada por una multitud de solicitaciones que amenazan con disgregarla y desorientarla.

            El pedagogo se mueve preferentemente en el ámbito de las estrategias y de los medios; el maestro en el ámbito de los fines y de la vida. Por eso, se ha dicho, el pedagogo tiene seguidores, el maestro discípulos. 

A Don Bosco, por ejemplo, en una época de fervor por la pedagogía sistemática (Pestalozzi, Froebel, etc.), le preguntaron acerca del método empleado con sus jóvenes para evaluar la consistencia de su obra. Él respondía que no entendía de sistemas: simplemente amaba a aquellos muchachos y los quería acercar a Dios. Pero sabía muy bien lo que hacía, cómo y por qué; fue el creador del método preventivo dirigido a un alumnado carente de oportunidades al que buscaba conducir hacia la auténtica dignidad humana. 

            Difícilmente tendremos los buenos pedagogos que hoy necesitamos si antes no han sido auténticos maestros.


        (Publicado en el semanario La Verdad el 6 de septiembre de 2024)