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martes, 15 de julio de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (145)

EL ARTE DE ESCRIBIR EN LAS ALMAS

           

      El verano avanza y los centros escolares cierran por vacaciones. La prensa en general, pasada ya la EvAU, se ha referido ocasionalmente a las recientes oposiciones para el profesorado. Por ello no estará de más reflexionar sobre el valor e importancia de la profesión docente. 

Muchas profesiones en general se aplican sobre objetos. Y eso está muy bien. Pero un educador tiene como preocupación principal a la persona irrepetible, necesitada de ayuda y de orientación, en la que puede influir aportando conocimiento e intentando a la vez potenciar su libertad. Cosa nada fácil.

La sociedad, las familias y las instituciones delegan la educación en los docentes, que tienen que asumir esta responsabilidad y, si no logran el éxito, normalmente se les recrimina. Además, los acelerados cambios en el sistema educativo (leyes, normas, instrucciones, procedimientos, metodologías, formas de organización y de gestión), los casos de desestructuración familiar, el impacto de las redes sociales… hacen que muchos docentes se sientan agobiados, con falta de tiempo, de formación, de seguridad y de fuerzas.  

A esto hay que añadir que nunca ha sido tan burocrático el currículo como en la actualidad. Pero la mejora del sistema educativo, entendida como enseñar más y mejor a la mayor cantidad posible de alumnos, permitiendo que cada uno de ellos aprenda todo lo que le permiten su capacidad y su esfuerzo…, si se produce alguna vez, no va a llegar nunca de la mano del papeleo. La educación no mejorará porque se obligue a los docentes a planificar al detalle cuánto enseñan, registrar con minuciosidad lo que los alumnos hacen o no y aplicar para su evaluación centenares de criterios. El maestro debe dedicar su tiempo a sus alumnos, no tanto a sus papeles, y menos aún a los papeles de otros cuya razón de ser, precisamente, es la existencia de unos papeles de utilidad más que dudosa.

Pero frente a esto y a otras muchas cosas, la profesión docente posee en su naturaleza algo muy positivo: es una de las dedicaciones profesionales potencialmente más vocacionales. 

La docencia, como recuerda la profesora Maica González Torres, se puede entender como trabajo (Job), en el que prima el aspecto económico, como una forma de ganarse la vida y un cierto bienestar. Se puede entender también como carrera (Career), como una forma de desarrollar la propia trayectoria personal con su dosis de autoestima, legítima por supuesto. Pero también puede asumirse como vocación (Calling), en cuyo caso adquiere un significado ético y afectivo, se ve dotada de utilidad social o moral y se convierte en fuente de realización personal. 

Cuando se entiende de esta última manera (sin despreciar las otras dos, que tienen su importancia relativa), se produce una mayor implicación en la tarea docente. Seguramente todos hemos conocido a muchos profesores y profesoras que asumen de este modo su labor educativa, suelen ser aquellos que siempre recordamos. Pero al mismo tiempo que esto puede ser una fuente de motivación, también es una fuente de posibles frustraciones. Quien más se implica es más vulnerable.

Decía Platón que la preocupación y tarea del maestro es en el fondo “poder escribir en las almas”. Respaldar al profesorado para que “no muera la ilusión” incluye reconocer que su trabajo, a pesar de todo, merece mucho la pena. 


(Publicado en el semanario La Verdad el 4 de julio de 2025)

 

 

lunes, 3 de febrero de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (128)

«APUNTA ALTO. TRABAJA DURO»: EL ÉXITO EDUCATIVO DE ESTONIA (II)

 


            El éxito escolar de Estonia ha llamado la atención de los expertos. Contrasta con el tono mediocre instalado mayoritariamente en los países de la OCDE, sobre todo en los sistemas educativos de Occidente, entre los que se encuentra el español. De ahí que nos detengamos en destacar algunas claves que marcan esta diferencia.  

           En Estonia no se pierde el tiempo discutiendo si hay que centrarse en los contenidos o en las competencias. Se apuesta por ambos tipos de conocimiento sin detrimento de ninguno. El currículo nacional establece competencias generales que los niños deben adquirir a determinadas edades, como habilidades matemáticas específicas, junto con competencias sociales y digitales generales. 

Hay alrededor de un 10 por ciento de escuelas concertadas. Estas reciben la misma asignación que otras escuelas para sus gastos, pero además los padres pueden aportar recursos hasta cierto nivel. Pueden tener una orientación especial o una pedagogía diferente y son apreciadas por ofrecer alternativas, que sirven de estímulo general. Todos suman.

El plan de estudios común es exigente. La autonomía organizativa y curricular de los centros (profesorado, directores, familias) es moderada por la existencia de pruebas diagnósticas después de cuarto y séptimo grado, y de exámenes nacionales obligatorios después del noveno. Tras el Bachillerato, hay una reválida, básica para la admisión a la Universidad.

Estonia apostó por la digitalización a todos los niveles cuando logró su independencia de la URSS. Sin embargo, el plan de estudios no prescribe metodologías ni herramientas específicas, como ChatGPT u otras, para alcanzar estas competencias. La decisión sobre cómo integrar estas tecnologías en el aula se deja al criterio de los profesores.

Como en la mayoría de los países europeos, Estonia tiene escasez de profesores. La población está disminuyendo lentamente y los salarios de los profesores no podían ser muy elevados, por lo que era difícil atraer a los mejores estudiantes y contratar más y mejores maestros. Sin embargo, ser maestro ha sido visto históricamente como una contribución esencial a la nación y las autoridades se propusieron hace una década invertir esfuerzos en la calidad de la formación del profesorado y en que crezca aún más la consideración social hacia su desempeño. 

Esta formación sigue pautas tradicionales, apostando por lo esencial: rigor en el conocimiento de las distintas áreas de conocimiento y en competencias didácticas para hacer más eficaz y significativo el aprendizaje. El modelo curricular estonio hace hincapié en la autonomía de los profesores y en su alta cualificación. Por puro sentido común se ha dejado al margen toda contaminación ideológica. 

Confiar en los profesores implica darles autonomía pero también dotarles de las competencias y conocimientos necesarios. Se da más importancia a la formación del profesorado en competencias digitales en lugar de imponer a las escuelas instrucciones de arriba abajo sobre las herramientas digitales. Este enfoque garantiza que los profesores también sean responsables y estén bien preparados para usarlas de forma eficaz.

            Y no es de poca importancia otro matiz: Las herramientas digitales y la IA se utilizan para liberarlos en lo posible de las tareas rutinarias y administrativas. Las autoridades tienen muy claro que la burocracia no puede asfixiar ni distraer al maestro de su tarea principal: la transmisión eficaz de conocimientos y el apoyo al esfuerzo del alumnado. 

(Publicado en el semanario La Verdad el 31 de enero de 2025)

sábado, 7 de diciembre de 2024

¿HACIA UN DESBARAJUSTE EDUCATIVO? ESCRITO DESDE LA TRINCHERA DEL AULA

QUO FUGIS, EDUCATIO?

 

LUIS E. ÍÑIGO

Historiador e inspector de Educación.

 

EL DEBATE. 7 / 12 / 2024

(Extracto)

 

Damià Bardera, es un profesor de secundaria catalán que acaba de publicar un libro en el que denuncia la cruda realidad de la educación en Cataluña y el malestar de su profesorado. El título de la obra constituye ya toda una proclama: Incompetències bàsiques: Crònica d'un desgavell educatiu (Incompetencias básicas: Crónica de un desbarajuste educativo). El titular de la entrevista que le ha realizado El Mon, es elocuente: «La escuela, como institución —dice el profesor—, ha abdicado de enseñar».

Se me objetará que nunca como ahora han proclamado las leyes educativas tan alto y tan claro ese objetivo. Y quien así lo afirme tendrá razón. Pero la cuestión no es lo que dicen las leyes educativas, sino lo que se hace en las escuelas. Y nunca como en nuestros días ha habido tanta distancia entre lo que se dice y lo que se hace.

Afirma el profesor Bardera que debería exigirse más a los aspirantes a ejercer la profesión docente, pues al igual que nadie se indigna de que a los futuros médicos se les pidan notas altas para entrar en la Facultad de Medicina, porque la población quiere ser operada debidamente cuando lo necesita, tampoco deberíamos hacerlo cuando de lo que se trata es de enseñar debidamente. Y es cierto. En los últimos años la enseñanza pública apenas selecciona a sus docentes; primero, porque el nivel de los egresados de las facultades y escuelas de magisterio ha caído en picado, lo que obliga a los tribunales que juzgan las pruebas de acceso a ser menos selectivos si no quieren dejar las plazas sin cubrir, y segundo, porque es tan alto el número de docentes que se necesita que incluso los que obtienen un cero en las pruebas de la oposición acaban trabajando, antes o después, como interinos.

Asevera también que la práctica política de las últimas décadas, desde que la educación básica obligatoria se extendió a los 16 años y los profesores de secundaria tienen a todos los alumnos en sus aulas, ha apostado por el autoengaño. La expresión es mía, no suya, pero creo que no puede llamarse de otra manera a exigir cada vez menos a quienes aspiran a recibir el título de Graduado en ESO, maquillando unas cifras cuya única meta parece ser no que los alumnos aprendan más, sino que las tasas de fracaso escolar y de abandono escolar temprano se acerquen a los objetivos europeos que nos hemos comprometido a alcanzar. Ocultamos así los problemas, no los resolvemos, y los problemas que no se resuelven tienden, con el tiempo, a agravarse.

Y denuncia también el profesor Bardera algo muy importante: el exceso de burocracia. Nada más cierto. La mejora del sistema educativo, si es que se produce alguna vez, entendida como enseñar más y mejor a la mayor cantidad posible de alumnos, permitiendo que cada uno de ellos aprenda todo lo que le permiten su capacidad y su esfuerzo, no va a llegar nunca de la mano del papeleo. Y nunca ha sido tan burocrático nuestro currículo como en la actualidad. ¿Cuándo entenderán nuestros políticos, y sus pedagogos de cabecera, que la educación no va a mejorar porque se obligue a los docentes a planificar al detalle cuanto enseñan, registrar con minuciosidad de entomólogo lo que los alumnos hacen y aplicar para su evaluación centenares de criterios que hasta el menos avispado de los padres sabe que no hay tiempo material para valorar de forma adecuada? Lo que funciona en la cabeza de un experto [Interrumpo, perdón: ¿"experto" o "teórico", más bien?] casi nunca funciona en un aula real, con un par de docenas de niños de una diversidad creciente y cada vez más compleja. El maestro debe dedicar su tiempo a sus alumnos, no a sus papeles, y menos aún a los papeles de otros que hallan su razón de ser precisamente en la existencia de esos papeles de utilidad más que dudosa. (…)




 

domingo, 24 de noviembre de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (122)

EL AMOR QUE EDUCA


Nuestra vida no se nos dio hecha. Cada uno de nosotros, al nacer, hubo de ser acogido, cuidado, atendido. La naturaleza humana, a diferencia de lo que ocurre en los demás animales, presenta un cúmulo de necesidades que es preciso satisfacer y de capacidades que es necesario ayudar a cultivar. 

La vida de cada ser humano es un don y a la vez una tarea en la que es imprescindible la ayuda de otros para subsistir y para aprender, para conocer el mundo y conocernos a nosotros mismos. Pero este desarrollo es un crecimiento paulatino cuyo protagonismo ha de ir asumiendo el propio ser humano. A esto es a lo que a grandes rasgos llamamos educación.

Aristóteles definía el amor como querer el bien para alguien. Si esto es así, ayudar a una persona a sacar lo mejor de sí misma es una forma concreta y efectiva de amor. No hablamos de una efusión del sentimiento sino de algo más profundo: de un compromiso para facilitar el crecimiento de otros en humanidad, acercándoles un legado (la cultura) que les ayude a situarse en la realidad de manera lúcida, y haciendo que este aprendizaje les faculte para que sean hombres y mujeres en quienes se pueda confiar. 

La educación pasa por el compromiso activo del educador para servir a otros y orientarlos al bien, a la verdad y a la belleza, enriqueciendo así su vida y el mundo alrededor. A quien sabe educar le llamamos maestro, maestra. La palabra “maestro” viene de “magis”, y “magister” es el que sabe más, el que tiene más experiencia en una actividad. Quien destaca y está en condiciones de dirigir y orientar. 

El maestro sabe acerca de lo que enseña y, si ello le entusiasma y le importan sus alumnos, encontrará el modo de contagiarlo. “Sólo podemos hacer a los educandos partícipes de lo que a nosotros mismos nos colma” (Spaemann). Pero además, al exponer lo que sabe, el maestro procura generar un clima afectivo en el cual el educando se sienta atendido, comprendido, aceptado y valorado. Y esto es amor del bueno.

El amor que educa excluye el mero “cumplimiento” de una obligación. El maestro no se conforma con los mínimos -la chapuza- sino que aspira a los máximos -la obra “maestra”-; atesora sabiduría, magnanimidad (tensión del ánimo hacia grandes cosas), generosidad, disponibilidad… La autoridad moral -ese prestigio que genera confianza- es esencial en el amor que educa. Gracias a ella el discípulo se ve animado a hacer algo que al principio no le apetecía o no quería hacer.

El amor que educa ve “dentro”, otea el futuro y es capaz de atisbar ese “mejor yo” que a menudo ni siquiera el discípulo ve en sí mismo, desalentado tal vez por sus fracasos.

El amor que educa es exigente, a veces dice no y corrige, porque busca hacer capaz de lo mejor al otro. Es exigente consigo mismo en primer lugar, para dar lo mejor y suscitarlo en el otro. Se sobrepone ante las dificultades, los fracasos, las desganas, el egoísmo y la vulgaridad. Se atreve con lo difícil porque sabe que no hay gozo más noble que el de la superación de las propias limitaciones para ofrecer a los demás lo mejor de sí, y además se alegra sinceramente cuando estos le superan.


(Publicado en el semanario La Verdad el 22 de noviembre de 2024)

lunes, 18 de noviembre de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (121)

SUPERAR EL DESALIENTO

 


No podemos considerar la figura y el papel esencial del educador, del docente en concreto, sin referirnos a un hecho que se da con relativa frecuencia, quizás hoy más que en otras épocas. Educar no es fácil, sin duda, y a veces las compensaciones no son inmediatas ni frecuentes. Antes bien, se tiene la impresión de que se espera del educador que resuelva casi todos los problemas del tejido social, supliendo carencias familiares, sociales y políticas. Paradójicamente, la valoración social de la profesión docente parece haber perdido en buena medida su tradicional estimación.

La autoestima tampoco está siempre garantizada. No es de extrañar que las limitaciones y actitudes personales de los alumnos, la influencia de un entorno disolvente, la dejadez de algunas familias, la posible falta de entendimiento y colaboración entre los propios educadores, las propias limitaciones y contratiempos, hagan caer en ocasiones a no pocos maestros, humanos al fin, en el desaliento.

Así, un estudio impulsado por el diario “Éxito Educativo”, la plataforma “Educar es Todo” y la Universidad a Distancia de Madrid reflejaba que la autopercepción de los docentes en relación con su salud mental no es buena. El trabajo, basado en las respuestas de más de 3.800 profesionales, refleja que el 28,4% se autopercibe en un estado emocional asociable a una depresión moderada o severa, cifra que se eleva hasta casi el 40% entre quienes cuentan con menos de 15 años de experiencia.


El principal obstáculo para el desempeño de su labor sería:

Ambiente, compañeros, 8%

El equipo directivo, 2%

Las nuevas tecnologí­as, 1%

Falta compromiso de estudiantes, 21%

Familias y su comportamiento, 18%

Cambios legislativos, 26%

Trabajo burocrático, 25%

 

Interesante: vemos que más del 50% de los encuestados asegura que los principales son de carácter burocrático y legislativo, lo que reclama simplificar los asfixiantes procedimientos administrativos. En cuanto a los factores que creen más influyentes entre los estudiantes, sitúan en primer lugar a las redes sociales (95%), las familias (90%), y los medios de comunicación (75%). Pero solo uno de cada diez cree que las familias poseen una capacidad de influencia educativa considerable. Es llamativo que el 60% de los docentes siente que su labor profesional no es valorada y carece de reconocimiento social. Debiera ser una prioridad de las autoridades educativas que esto cambie. Y también de las familias, muy significativamente.

Es un problema social, y no pequeño. ¿Cómo hemos de afrontarlo los propios docentes? Obviamente: hay que decirlo y bien alto. Pensemos también que el cansancio de la voluntad no se presenta solo porque surjan los obstáculos, sino porque éstos llegan a ocultar la meta a nuestra mirada. Entonces es preciso recordar y reavivar el sentido de lo que hacemos, mantener viva la conciencia del valor de la educación. 

Es fundamental también el apoyo de compañeros que comparten las mismas inquietudes y experiencias de alegría y de cansancio y que, en lugar de acumular sus lamentos a los nuestros, conteniendo tal vez su propia necesidad de consuelo, nos recuerdan la humilde pero gran maravilla, el tesoro que encierra nuestra vocación de maestros. 

A los creyentes nos queda sobre todo el recurso a la fe en Dios y en todo el bien que hemos querido sembrar. Hemos de aprender a amar con un Amor más grande que nuestro amor; somos cauce e instrumento en sus manos.


(Publicado en el semanario La Verdad el 15 de noviembre de 2024)

lunes, 11 de noviembre de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (120)

EL QUIJOTE Y LA FECUNDA CERCANÍA DEL MAESTRO



El Quijote se puede leer, entre otras maneras, como una parábola de la transformación de Sancho, un hombre zafio y de difícil convivencia, en una persona sensible cuya vida se va puliendo como si Don Quijote, en el papel de educador, le hubiera ido poco a poco infundiendo algo de su alma.

 

En el cap. XI de la Iª parte, Cervantes presenta la delicadeza cordial del caballero y junto a ella la basta grosería del escudero. Unos cabreros invitan a ambos a compartir su comida. Sentado a la rústica mesa, dice Don Quijote:

 

«—Por que veas, Sancho, el bien que en sí encierra la andante caballería, y cuán cerca están los que en cualquier ministerio della se ejercitan de venir brevemente a ser honrados y estimados del mundo, quiero que aquí a mi lado y en compañía desta buena gente, te sientes, y que seas una mesma cosa conmigo, que soy tu amo y natural señor; que comas en mi plato y bebas por donde yo bebiere, porque de la caballería andante se puede decir lo mesmo que del amor se dice: que todas las cosas igualan».

 

Difícilmente se descubrirá otro lugar donde Sancho muestre su natural zafio, cuando a las palabras afectuosas del caballero contesta sin rubor:

 

«—¡Gran merced! —dijo Sancho—; pero sé decir a vuestra merced que como yo tuviese bien de comer, tan bien y mejor me lo comería en pie y a mis solas como sentado a par de un emperador. Y aun, si va de decir verdad, mucho mejor me sabe lo que como en mi rincón sin melindres ni respetos, aunque sea pan y cebolla, que los gallipavos de otras mesas donde me sea forzoso mascar despacio, beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar ni toser si me viene gana, ni hacer otras cosas que la soledad y la libertad traen consigo».

 

Sin embargo, en el cap. XII de la 2ª parte vemos ya a un Sancho distinto, capaz de apreciar la nobleza del caballero. Y ¿cuál es el secreto de tan maravillosa transformación? Él mismo confiesa a su señor:

 

«—Cada día, Sancho —dijo Don Quijote—, te vas haciendo menos simple y más discreto.

—Sí, que algo se me ha de pegar de la discreción de vuesa merced —respondió Sancho—; que las tierras que de suyo son estériles y secas, estercolándolas y cultivándolas vienen a dar buenos frutos; quiero decir que la conversación de vuesa merced ha sido el estiércol que sobre la estéril tierra de mi seco ingenio ha caído; la cultivación, el tiempo que ha que le sirvo y comunico; y con esto espero dar frutos de mí que sean de bendición, tales que no desdigan ni deslicen de los senderos de la buena crianza que vuesa merced ha hecho en el agostado entendimiento mío».

 

Raramente se encontrará otro lugar en el que con más claridad y llaneza el sentido común habla de la acción educativa a través de la proximidad de un maestro de vida.  ¿A qué arte se ha debido esta notable transformación? No es otro que la presencia, el ejemplo y la comunicación con el “maestro” Don Quijote, estímulo constante que pacientemente ha obrado en la disposición de Sancho.


(Publicado en el semanario La Verdad el 8 de noviembre de 2024)

martes, 5 de noviembre de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (119)

    LAS ARTES DEL BUEN MAESTRO (II)


Un buen maestro o maestra ha de aspirar a ciertas metas personales hacia las que dirigir continuamente su trabajo; son disposiciones o artes relativas a su saber y sus actitudes que se adquieren y afianzan a través del propio quehacer. Ya hemos hablado del saber; nos referimos ahora a las actitudes. Entre las esenciales cabe destacar:

1.- Compromiso educativo, entrega personal. Educar no es un trabajo más, Consiste en ayudar a ser a unas personas, transmitirles vida y ayudarles a llenarla de sentido. Ello requiere vinculación personal, ejemplaridad, ofrecer la propia experiencia de vida como referente. 

2.- Capacidad de silencio. Reflexionar sobre el propio trabajo, su sentido y su desarrollo. Dedicar tiempo a pensar en cada uno de los alumnos.

3.- Condescendencia o empatía. Ponerse sinceramente en el lugar del otro para ver las cosas como él o ella las ve, juzgándolo desde su intención y situándose a su nivel; atender a su ritmo para razonar, animar y corregir. Aceptarle como persona antes que por sus resultados. Da más fuerza sentirse amado que sentirse fuerte.

4.- Comunicabilidad, apertura, amabilidad. Capacidad de percibir, de escuchar sin juzgar ni excusarse. Mostrarse sincero, accesible y receptivo. La amabilidad y la sonrisa suscitan confianza: Se atraen más moscas con un dedal de miel que con un barril de vinagre. 

5.- Capacidad de suscitar autonomía. No se trata de modelar al alumno a nuestra imagen y semejanza, sino de orientarle para que vaya bastándose a sí mismo paulatinamente, para que acepte la responsabilidad de sus actos y se determine a ejercitar su voluntad, a pensar y decidir por sí mismo, según su grado de madurez. Escribe Spaemann: “No se fíe el educador (padres, maestros) de las manifestaciones de ternura y de reconocimiento del educando. No son por sí mismos indicadores de logro educativo. Lo es que sean capaces de dirigirse al bien y a la verdad por sí solos.”

6.- Firmeza. Dominio de las propias reacciones y capacidad para encajar y superar las dificultades que sobrevienen. No se trata de frialdad, dureza o inflexibilidad, sino de calma, energía y entereza. Darse y amar sin mendigar el cariño de los alumnos.

7.- Paciencia (con los alumnos y consigo mismo): Saber esperar, no exigir la satisfacción inmediata de nuestros deseos y objetivos. No cansarse nunca de estar empezando siempre que sea necesario, aprendiendo a sacar lecciones y propósitos de mejora tras el fracaso, el cansancio o la contrariedad; dar (y darse) nuevas oportunidades. Se hace lo que se puede.

8.- Fe en el propio trabajo y (sobre todo) en Dios. Sólo si se cree que el propio trabajo -educar- merece la pena, aunque no siempre se vean los resultados, puede haber entusiasmo y motivación para contagiar deseos de mejora a los alumnos. 

En realidad somos instrumentos en manos de Dios, que quiere el bien de sus hijos. Él es el verdadero Maestro y nosotros somos colaboradores y portadores del amor del mejor de los maestros. El oficio de educador (padre o docente) es en el fondo una estupenda vocación cristiana.

Contagiemos y cuidemos las vocaciones a la educación, manifestemos su belleza y no las enjaulemos con apriorismos metodológicos, ideológicos o económicos. Como dice un aforismo oriental: “Si quieres escuchar el canto de los pájaros, no compres una jaula, planta un árbol”.

   (Publicado en el semanario La Verdad el 1 de noviembre de 2024)

lunes, 28 de octubre de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (118)

LAS ARTES DEL BUEN MAESTRO (I)

 



No hay educación posible sin maestros verdaderos, personas dotadas de autoridad moral (“auctoritas”, capacidad de dar auge, de ayudar al crecimiento) que con su modo de vivir y de tratar enseñan a crecer en humanidad. Esa autoridad se expresa en un cierto prestigio que emana de la confianza que inspiran. Y esta, a su vez, brota de una disposición de servicio cualificado que se realiza a través a) de su saber y b) de su actitud.

En su interna tensión por sacar de sus educandos “su mejor yo”, el maestro ha de aspirar a una serie de metas personales hacia las que dirigir continuamente su trabajo. No son cualidades o requisitos previos ya logrados, condiciones sine qua non para dedicarse a la tarea de educar; son más bien aspiraciones a las que no deja de tender día a día, disposiciones o artes que se adquieren e incrementan a través del propio quehacer.

a) Empecemos por el ámbito del saber.

1.- Lo primero es saber a dónde hay que ir: tener una idea clara de lo que significa la educación de las personas; conocimiento fundado de la finalidad de su quehacer. Esto implica una visión profunda y verdadera del ser humano y de lo que le ayuda a mejorar y madurar como persona.

2.- Saber -gusto y dominio a la vez- acerca de su ámbito de conocimiento, vivirlo con entusiasmo para entusiasmar a través de él. Ello implica curiosidad intelectual, lleva a querer saber más y mejor, a la actualización permanente, a relacionar la materia o ámbito con los aconteceres de cada día, con otros saberes próximos, a suscitar preguntas y retos. Saber relacionar con el entorno esos saberes es hacer ver a los alumnos por qué es interesante conocerlos, qué repercusiones tienen a nuestro alrededor, en nuestra vida y en la de los demás; en definitiva, es hacer pertinentes esos saberes

A veces damos demasiadas respuestas a preguntas que no se han planteado previamente, respuestas que no son pertinentes; son respuestas impertinentes, irrelevantes y absurdas para los alumnos –un “rollo” o un “peñazo”, en terminología estudiantil–. 

3.- Saber cómo es el alumno, y a dónde puede llegar. Lo que conlleva un acercamiento personal a su situación, actitudes, posibilidades y limitaciones. Saber escuchar y percibir su disposición.

4.- Saber cómo y cuándo se puede y se debe intervenir. Prudencia y tacto para aprovechar ocasiones propicias, para esperar el momento más oportuno y solventar las situaciones imprevistas. Decía Montessori que el educador lo observa todo, pero corrige poco y a su debido tiempo.

5.- Conocer ciertas destrezas y habilidades pedagógicas: conocimiento de las características propias de la edad de los alumnos, algunas técnicas (dinámicas de grupo, de intermediación, etc.); pero teniendo en cuenta que “no existen enfermedades, sino enfermos” y, por lo tanto, que los conocimientos generales solo son válidos en la medida en que se encarnan en el caso particular. 

Solo entonces, cuando se dominan y aplican estos conocimientos y habilidades, tiene sentido la didáctica de la asignatura. Existe el peligro de sobrevalorar este aspecto, de priorizar los métodos según modas y tendencias, a veces de modo acrítico. No son los métodos los que hacen bueno al maestro, es el maestro quien hace buenos los métodos.

     (Publicado en el semanario La Verdad el 25 de octubre de 2024)

lunes, 21 de octubre de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (117)

LA TAREA DOCENTE


Nuestros niños y jóvenes no serán mejores estudiantes, profesionales, padres de familia o «simplemente» personas por el mero hecho de que les transmitamos conocimientos, les entrenemos en competencias y les hablemos en abstracto de los valores. Los idiomas, las habilidades y los conocimientos sin duda son necesarios, pero la maduración personal no puede forjarse más que por cercanía con personas que sirven de referencia, ganan nuestra confianza y nos enseñan a vivir con su ejemplo.

Durante años he tenido ocasión de colaborar en cursos para la formación inicial del profesorado en Educación Secundaria. En ellos, al presentar mis objetivos, decía a los participantes que mi propósito principal era desengañarles de su intención de dedicarse a la docencia… a no ser que lo quisieran de verdad, es decir, que estuvieran dispuestos a vivir con pasión la tarea de enseñar y por lo tanto a pasarlo mal, llegado el caso. La cosa iba un poco en broma… pero también muy en serio. 

La trascendencia del oficio de educador, sobre todo si se dirige a niños y jóvenes, no es comparable a un medio como cualquier otro de ganarse el sueldo. En el sentido de nuestras reflexiones anteriores, se trata de una cuestión de “vocación” (ya sea innata o adquirida pero siempre cultivada), entraña compromiso y una gran responsabilidad. 

A veces la tarea educadora es ingrata, muchas veces no se ven resultados palpables de manera inmediata. Exigir (y exigirse), fomentar la excelencia humana suele ser costoso, porque nuestra naturaleza -la de los educandos lo mismo que la del educador- está inclinada a lo fácil, a lo agradable, a lo cómodo. Todos nos cansamos.

El trabajo de un educador, incluso si es ejemplar, no busca -ni suele recibir a menudo- un feedback inmediato. No vive del aplauso o la felicitación del alumno. Es más, los profesores que esperan una gratificación instantánea son más susceptibles de acabar quemados. A menudo el maestro tendrá que soportar la indiferencia aparente o incluso una desafección inmediata de sus alumnos, que solo con el paso del tiempo será vencida o reemplazada por actitudes más agradecidas. La experiencia nos ha sorprendido con antiguos alumnos que, años después, manifestaban gratitud y gozo al recordar aquellas clases, aunque en su día, el profesor no percibiera precisamente tal actitud…

La formación humana es fruto del contagio personal de actitudes y conocimientos, de criterios y virtudes a través de la relación directa con personas significativas, exigentes y pacientes al mismo tiempo, que son rostro visible del afán de verdad, de bien y de belleza, capaces de despertar el gusto por aprender, que atesoran entusiasmo por las cosas y sobre todo por las personas. Que se cansan, sí, pero vuelven a la carga porque saben que sirven a un bien mayor que ellos mismos. Toda verdadera educación, independientemente del área de conocimiento, se sustenta en la calidad humana de los maestros.

Todas estas reflexiones, nacidas de la experiencia, tienen el propósito de despertar la vocación a la docencia si acaso estuviera latente en alguno de nuestros lectores. Porque hoy más que nunca nuestros niños y jóvenes, nuestra sociedad en su conjunto, necesitan verdaderos maestros dispuestos a influir para bien en la personalidad de sus educandos desde la autenticidad de su vida y su trabajo, de su preparación y de su actitud. Pocas tareas hay tan hermosas.

         (Publicado en el semanario La Verdad el 18 de octubre de 2024)

martes, 15 de octubre de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (116)

   “BASTA UN PROFESOR -UNO SOLO-…”

 


El educador no es un animador sociocultural, ni un monitor de juegos, lo cual no significa que no intente hacer amena su labor, pero el objetivo final no es la diversión sino el crecimiento personal. El auténtico educador sabe que el amor, la comprensión y la confianza no excluyen la exigencia. Últimamente se ha hablado mucho de procurar que los chicos “se lo pasen muy bien en el centro escolar”, que lo más importante es “que sean felices”…, y no es que haya que ir a la escuela “a pasarlo mal”, desde luego. Pero la educación es un impulso hacia lo mejor de la persona, y esto no suele lograrse, también, sin esfuerzo, sin sacrificio. 

La importancia del buen educador es decisiva; prolonga la tarea del padre y de la madre. Ganándose la confianza de sus alumnos, y mediante una labor generosa, sabia y exigente, los guía y ayuda a crecer a como seres humanos, para que lleguen a ser lo mejor que puedan ser. Y a este es a quien se llama con propiedad maestro, maestra. A la vez que se ocupa de la transmisión del saber, se afana en la educación del carácter de sus alumnos, de su voluntad, de sus disposiciones emocionales. 

Daniel Pennac es un célebre escritor actual cuya etapa escolar no fue fácil ni para él, ni para sus padres y educadores (vamos, que al principio su vida escolar y su rendimiento fueron un desastre). Así lo cuenta en su libro Mal de escuela. Pero de manera sorprendente pasó algo que cambió todo. Lo dice el propio Pennac: «Basta un profesor —¡uno solo!— para salvarnos de nosotros mismos y hacernos olvidar a todos los demás».

Detrás del impacto favorable que puede sacudir la inercia y el letargo de muchos estudiantes, en el maestro suele esconderse una gran generosidad, autoexigencia y capacidad de sacrificio. Esas disposiciones hacen posible que se convierta en guía y facilitador del aprendizaje, desempeñando un papel fundamental al orientarles en su proceso de crecimiento académico y humano. 

En alguna ocasión hemos citado a Aristóteles cuando afirmaba que «educar es hacer deseable lo valioso». El maestro ha de hacer que el educando quiera, y no simplemente querer que el educando haga; no sólo busca que realice buenas acciones, sino la repercusión positiva de estas sobre quien las realiza; que al aprender y actuar, el educando se haga una persona más valiosa, más digna de confianza, y que él mismo sea consciente de ello. 

Un maestro no solo transmite conocimientos —que también, y ha de hacerlo lo mejor posible — sino que a través de esa tarea de transmisión actúa a la vez como mentor —Mentor fue quien educó a Telémaco durante la larga ausencia de su padre, Ulises, tomándose el término como el de preceptor y consejero sabio y experimentado—. Esta faceta se dirige a orientar y brindar apoyo y consejo a sus alumnos, en lo posible de manera personal. Educar supone trasladar al niño o joven una convicción: «Tú eres mucho mejor de lo que crees y eres capaz de mucho más de lo que imaginas».

Hacen falta educadores así. Y es muy importante que quienes piensen en dedicarse a esta profesión se hayan parado a reflexionar en su trascendencia con la suficiente antelación y hondura. Merece la pena.

 (Publicado en el semanario La Verdad el 11 de octubre de 2024)

lunes, 7 de octubre de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (115)

EDUCADORES CON VOCACIÓN Y CON OFICIO (II)

 


Nos veníamos preguntando si la vocación de maestro es algo innato o adquirido. Tener vocación a algo es sin duda una cuestión personal, que brota del propio interior. 

A menudo uno se siente llamado a dedicarse a algo cuando descubre una situación de necesidad que reclama esfuerzo, generosidad, dedicación… y considera que “el bien que yo no haga se quedará sin hacer”. Y así, desde una sensibilidad, una fina conciencia moral y una disposición generosa, puede surgir una llamada a la responsabilidad, a entregar tiempo, afán, vida; una vocación de servicio, en fin. Aquí se cumple aquello de Viktor E. Frankl: “Quien tiene un para qué, es capaz de encontrar el cómo”.

Aunque puede darse una predisposición favorable, se trata en el fondo de una cuestión de actitud y, como decíamos, puede adquirirse con el oficio, como consecuencia del trabajo y del esmero convertidos en hábito (de la satisfacción por el trabajo bien hecho), del interés por las personas concretas, de la conciencia de estar realizando algo de gran valor. A veces surge porque un día “se vio” algo admirable en otras personas que se convirtieron en referentes –“siempre recordaré a mi maestro o maestra…”-; pero también puede aparecer cuando se da a compartir aquello que nos entusiasma, surge a través de la experiencia, de eso que se llama “el oficio”.  Conocemos casos elocuentes de docentes que con la práctica y la experiencia que da el oficio, le han tomado gusto y lo desempeñan con eficiencia y satisfacción (y también lo contrario, claro).

Así pues, la vocación de educador puede tener sin duda algo de innato, una predisposición en la que se dan ciertas dotes de simpatía, orden mental y capacidad de comunicación y persuasión…; pero es también algo que se adquiere, a veces tempranamente, admirando el quehacer de otras personas a las que se toma como referentes, por ejemplo, o a veces como fruto de una experiencia concreta -una explicación o un consejo ofrecidos oportunamente a alguien, tal vez…-. Al igual que la amistad y otras disposiciones importantes, la vocación a la docencia puede surgir de manera más o menos espontánea, obviamente, pero en todo caso es necesario cultivarla de manera consciente.

Dando lo mejor de uno mismo, esforzándose por hacer bien lo que se hace, procurando la excelencia en el servicio a otros, es fácil que surjan el agrado y la pasión. Como suele decirse, lo deseable es que la inspiración, cuando llega, nos encuentre trabajando. Decía Víctor García Hoz que lo bien hecho educa, pero ocurre a la vez que llegar a hacer las cosas bien produce asimismo agrado a quien las realiza, y se les toma aún más afición. Y el resultado (a menudo también la causa) es que se hacen las cosas con más amor -no de cualquier manera o por cumplir, sino con esmero y cuidado, con delicadeza y con exquisitez- y sobre todo por amor: porque nos importan los alumnos, se les valora y estima, y por ello se busca ofrecerles lo mejor de uno mismo.

Para saber educar es necesario amar, ver el bien que yace en el fondo del niño o joven y, ganándose su confianza, ayudarle a que él lo descubra también. Que sea él mismo capaz de hacer germinar la semilla de verdad, belleza y bien que late en su interior. Y esto de ningún modo se improvisa.

 

      (Publicado en el semanario La Verdad el 4 de octubre de 2024)

lunes, 30 de septiembre de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (114)

EDUCADORES CON VOCACIÓN Y CON OFICIO (I)


 

Varias veces hemos recordado, recuperando una fecunda tradición clásica, que la acción educativa consiste en ayudar a introducirse en la realidad suscitando la virtud, la orientación de la persona al bien. Y que esta actividad es una de las más nobles y necesarias de la vida. 

Por eso, quien la realiza, un buen educador, un maestro auténtico, es una personalidad en cierto modo única, singular. El intento de encontrar un perfil común del profesorado suele ser una tarea difícil -ya se sabe, “cada maestrillo tiene su librillo”-, si bien se pueden apuntar algunas cualidades deseables, de las que hablaremos más adelante. 

Habría que tener en cuenta esto a la hora de proponer mejoras educativas que atienden sobre todo a las metodologías, y dar a estas el valor que realmente tienen: no despreciarlas ni sacralizarlas. Como suele decirse, las modas, también las pedagógicas, son lo primero en pasar de moda; y lo esencial es la calidad de los maestros. No son los métodos los que “hacen” bueno al maestro, es el maestro quien hace buenos los métodos.

Viene esto a cuento oportunamente, ya que se empieza a percibir hoy una “crisis de educadores”, de maestros en el sentido más noble de la palabra. 

No es maestro quien ostenta un título -muchos títulos no aseguran lo que dicen certificar-, sino quien acierta a orientar a otros en el proceso de su maduración personal. Y para esto suele decirse a menudo que “hace falta tener vocación”…

Se habla mucho, en efecto, de lo buenos que son aquellos profesionales a los que se les nota que “tienen vocación”: médicos, enfermeros o enfermeras, quienes atienden amablemente al público, investigadores, etc.; por supuesto, quienes optan por una consagración religiosa y la viven con autenticidad. Pero también, frecuentemente, quienes ejercen con entusiasmo la profesión de educador. En todos ellos se percibe un denominador común no fácil de definir pero que se nota siempre. 

La vocación se ha considerado como una especie de “llamada divina” a la que ciertas personas se ven de algún modo predestinadas. Esto, que parece más propio de la entrega religiosa, es menos perceptible en otros tipos de “profesiones”. Y sin embargo suele decirse que la primera condición de un buen profesor es que tenga vocación, es decir, que le apasione y goce con la tarea de enseñar y que se le note. Vale, y eso, ¿en qué se nota? Pues en que no se conforma con cumplir, sino que aspira a desempeñar su trabajo lo mejor posible. En el fondo hablamos de alguien que lo realiza por amor, es decir, no porque le puede reportar a cambio compensaciones económicas, sociales o afectivas, por ejemplo, sino de forma en cierto modo gratuita, porque goza realizándolo, y porque eso que hace, y a quien se lo dedica, le importan por sí mismos.

Un docente que soporta su tarea con mera resignación difícilmente puede entusiasmar ni suscitar el deseo de aprender y, por lo tanto, le será muy penoso enseñar. El buen profesor o profesora es aquel a quien le gusta su materia, le gusta enseñarla y le importan sus alumnos. 

Y esto, ¿es algo innato o adquirido? Tal vez obedezca a una inclinación temprana, pero también puede surgir de una actividad que se ha convertido en gozosa mediante la práctica y “el oficio”. 

    (Publicado en el semanario La Verdad el 27 de septiembre de 2024)

sábado, 21 de septiembre de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (113)

¿CRISIS DE EDUCADORES?


 

Aunque algunos se empeñan en confiar la mejora del sistema educativo a los cambios legislativos, a metodologías interesantes pero magnificadas, a la incorporación masiva de nuevas tecnologías en las aulas y a una creciente burocracia que acaba siendo asfixiante para los docentes, lo cierto y comprobado es que el factor esencial de toda mejora en educación depende de la buena selección y formación del profesorado. Y -no menos importante- de que haya una activa y coherente colaboración entre los centros escolares y las familias.

Es un hecho contrastado por varios informes internacionales –a partir especialmente de los informes  Mckinsey de 2007 y 2010, y del Estudio TALIS (Teaching and Learning International Survey) de 2013- que los sistemas educativos mejoran si mejoran los profesores. También si mejora la dirección de los centros. 

Con una mala ley -de esto sabemos bastante en España-, si se tienen buenos profesores, pueden llegar a hacerse cosas estupendas; mientras que con una ley buena, si no se tienen buenos profesores, ello resultará imposible. El informe Mckinsey afirmaba que la calidad de un sistema educativo nunca es superior a la calidad de su profesorado.

No es cuestión ya de recursos económicos ni de introducir masivamente las nuevas tecnologías. Más aún, estas, convertidas en prevalecientes, están en tela de juicio por producir efectos negativos para el desarrollo cognitivo, para la maduración moral y para una adecuada socialización. Precisamente en esto la tarea de los educadores sigue siendo insustituible. 

El problema de fondo -no nos cansaremos de insistir en ello- es si sabemos o no a dónde queremos ir al educar. Ello supone una concepción adecuada de la naturaleza humana y del desarrollo personal hacia la madurez -lo que hemos llamado una educación “personalizadora”-. Y esto es esencial tanto en la vocación de educador como en la formación y selección del profesorado.

Por eso no es descabellado afirmar que seguramente lo que padecemos hoy no es una crisis de educación, sino de educadores. 

Desde hace más de una década se venían alzando voces de advertencia acerca de que en los años 20 de este siglo se jubilarían en España unos 300.000 profesores, aquellos que se incorporaron a la docencia en los 80 del siglo pasado. Era preciso -se avisaba ya entonces- pensar con calma y rigor en el proceso de reposición de tales plazas, porque una improvisación en este punto podría convertirse en un acceso precipitado de personas cuya cualificación no estuviera asegurada suficientemente o que concurrieran al mundo educativo simplemente buscando un puesto de trabajo como podría serlo cualquier otro. Y hoy es lo que está pasando en muchos casos, en gran medida por una política educativa de cortos vuelos que solo atiende a la inmediatez y al electoralismo.

Pero hay que insistir en que no es este un problema solo de “recursos humanos” -de orquestar a tiempo una oferta pública de empleo docente, por ejemplo- sino de atender al aspecto más importante de cuantos configuran el sistema educativo: la calidad del profesorado. (Sí, en general saben inglés, y se manejan bien con las TIC, pero no se trata de eso… Hablamos de aquello que decía Santiago Arellano: “vir bonus docendi peritus”, una persona honesta que sabe enseñar.) 


(Publicado en el semanario La Verdad el 20 de septiembre de 2024)