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lunes, 15 de mayo de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (67)

REFLEXIÓN FRENTE A MANIPULACIÓN

 


En un contexto de manipulación mediante políticas educativas ideológicamente sesgadas se hace indispensable el cultivo de la reflexión en niños y jóvenes. Un comportamiento digno del ser humano es aquél en el que ha habido deliberación y elección; es decir, aquél del que uno es responsable porque, tras valorarlo, ha decidido llevarlo a cabo.

Una persona madura y equilibrada es aquella que, entre otras cosas, piensa, decide y actúa por sí misma. No siempre lo que “nos hace sentirnos bien” es bueno realmente sino sólo en apariencia… y a menudo las apariencias engañan. Conviene ser conscientes de los estímulos que provocan en nosotros determinados comportamientos y reacciones, a veces de modo irreflexivo. Y de que quien maneje dichos estímulos puede manipularnos. 

            La sociedad ejerce una “presión” sobre la conducta individual mediante normas, usos, costumbres y sanciones de muchos tipos. Dicha presión se ejerce habitualmente mediante elementos externos de carácter persuasivo -televisión, radio, redes sociales, publicidad, leyes, películas, series, personajes famosillos…- que influyen en la manera de pensar y sentir de la gente configurando criterios y costumbres, modificando y estableciendo valores, creencias o estilos de vida. 

Pero ocurre que los “valores sociológicos”, las vigencias imperantes en un momento dado, no son siempre auténticos “valores morales” que respetan y favorecen la dignidad de las personas. Por ejemplo, el éxito social y el poder adquisitivo son hoy valores sociológicos indiscutibles, pero no constituyen valores morales auténticos si a cambio exigen falta de honestidad, codicia, violencia, envidia, vanidad, etc. O ciertas prácticas y programas escolares que se hacen pasar como “educación afectivo-sexual” pero que encierran un auténtico envilecimiento.

            Por consiguiente, es muy importante que al decidir o elegir no lo hagamos “porque me gusta o no me gusta”, “tengo ganas o no”, “me apetece o no me apetece”, “lo hacen o no lo hacen los demás”…, sino porque poseemos datos veraces acerca del asunto, juzgamos según criterios consistentes y valores que dignifican al ser humano, prevemos las consecuencias que se van a seguir y tomamos la decisión que consideramos mejor para todos. 

            Una educación personalizadora exige el cultivo de la reflexión, una menor dependencia emocional ante influencias persuasivas y una lectura inteligente y ponderada de las mismas. En un juicio de valor es necesario considerar racionalmente 1) el contenido de las acciones, afirmaciones, eslóganes, etc.: si es o no correcto y justo, si está o no a la altura de la dignidad de las personas; 2) la finalidad o intención que lo sustenta; y 3) las circunstancias que conlleva -repercusiones, connotaciones, medios de los que se sirve, etc.- Es decir, se trata de que pensemos, juzguemos y decidamos reflexionando, y no simplemente “sintiendo”, “deseando”, “imaginando”, dejándonos llevar perezosamente... 

Si nuestras decisiones no son iluminadas por una valoración inteligente, desencadenarán mecanismos e impulsos afectivos no controlados -de deseo o de agresividad sobre todo-, a los que seguirá un tipo de conducta masificada, dependiente, pobre e irresponsable. Serán reacciones emocionales, ganas, simpatías, antipatías…, no elecciones reales, bien pensadas y elegidas. 

En realidad, en las simples reacciones no hay libertad sino esclavitud, dependencia; nos arrastran. Son seducidas y provocadas reactivamente por estímulos desencadenantes. Y una conciencia que decide habitualmente solo según sus emociones y reacciones es fácilmente manipulable.

          (Publicado en el semanario La Verdad el 12 de mayo de 2023)