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jueves, 23 de mayo de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (103)

CONOCIMIENTO, COMPETENCIAS, IDEOLOGÍA Y MEDIOCRIDAD.



Todas las leyes educativas, al menos desde la ley Moyano (1857) hasta las últimas, consideran la educación integral como un objetivo de la educación en sus etapas obligatorias. Es decir, que se busca dotar a todos los alumnos de las herramientas necesarias para desempeñarse en la vida activa, lo cual implica necesariamente el dominio de una serie de conocimientos, habilidades (competencias), hábitos y valores. 

Se pretende en la actualidad (cuando menos de palabra) que el currículo escolar asuma todas esas dimensiones si quiere responder a la complejidad de la actual sociedad, adecuándolo a las circunstancias cambiantes y a las expectativas de cada momento. Pero una educación de veras integral no es tanto una educación que cultiva todos los ámbitos del conocimiento y la actividad, como la que fomenta la unidadinterior de la persona y su maduración mediante todos ellos.

En 1996 se publicó el denominado “Informe Delors” para la UNESCO, titulado La educación encierra un tesoro, en el que se planteaban los cuatro pilares de la educación del siglo XXI: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a ser y a convivir. La educación debía incluir, sin exclusión, el aprendizaje de conocimientos y los basados en destrezas, actitudes, hábitos y valores. 

Pero las “expectativas del momento” priorizan hoy las “competencias o desempeños”, las habilidades, el saber hacer. Así se muestra en la importancia que “organismos expertos” otorgan a los factores no cognitivos en el rendimiento escolar, y que bajo expresiones como “desarrollo personal, social y profesional”, suelen presentarse entre nosotros como superadores del aprendizaje de conocimientos, como si este diera lugar, no a la valoración del mérito, la capacidad y el esfuerzo personal, sino a una segregación conducente a la desigualdad social.

La actual política educativa y lo que Inger Enkvist llama “la nueva pedagogía” apuestan así por una educación abiertamente “no cognitiva”, que consideran “revolucionaria y progresista”, inclusiva, feminista, orientada a un mundo globalizado y cambiante, conducente a la implicación social y orientada al tejido productivo, a la participación y la transformación social.

En un análisis llevado a cabo por Borghans y Schils (2012) sobre los resultados de PISA -esa auditoría educativa realizada por la OCDE, que viene mostrando tozudamente algunos agujeros de la “nueva pedagogía”- constataron que, además del empeoramiento general de los resultados, algunos alumnos tienden a responder peor que otros en las últimas preguntas, mientras que otros perseveran respondiendo con la misma intensidad y empeño que al inicio de la prueba. Además constataron que este factor no estaba relacionado con el nivel de la competencia lectora, matemática y científica evaluadas directamente, y vincularon el decaimiento en el interés y en el empeño con factores no cognitivos que repercuten sobre el rendimiento futuro y el desarrollo personal y profesional. 

Entre nosotros, Balart y Cabrales (2014) denominaron a este factor con el término “perseverancia”, y constataron que España puntuaba en este factor significativamente por debajo de la media de la OCDE. Advirtieron también diferencias significativas entre las comunidades autónomas, lo que llevó a concluir que un mismo sistema educativo, el español, obtiene diferentes resultados no solo en las destrezas cognitivas, sino también en valores humanos como la mencionada perseverancia. 

Dice el profesor Ignacio del Villar que nuestra educación está lastrada de ideología y mediocridad… Razón no le falta.


   (Publicado en el semanario La Verdad el 17 de mayo de 2024)

 

lunes, 16 de octubre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (81)

EDUCAR EN HÁBITOS Y VALORES



La verdadera educación es la que tiene como centro y razón de ser a la persona. Y lo demás, en el mejor de los casos, vendría a ser un sucedáneo y, en el peor, una forma más o menos velada de manipulación.

La persona humana es un ser en desarrollo -un hacerse-, pero a partir de una naturaleza dada de antemano: la naturaleza humana. Es necesario el desarrollo de las capacidades innatas y de otras muchas adquiridas para alcanzar una vida lograda.

En el primer libro de la Ética a Nicómaco escribe Aristóteles que "una golondrina no hace verano, ni un solo día; y así tampoco hace venturoso y feliz un solo día o un poco de tiempo". La cita alude a que, según piensa el filósofo griego, la felicidad, el fin o meta de la vida humana, implica estabilidad y continuidad. 

De modo semejante, en la consolidación del carácter o de la “personalidad aprendida” por medio de la educación, se precisa el arraigo y la consolidación de las acciones humanas en forma de hábitos. Más aún, como ha recordado José Antonio Marina, la educación vendría a consistir en último término en la adquisición de hábitos valiosos.

Hace falta la repetición para la consolidación del hábito, pero hay que ir más allá del mero ejercicio mecánico de las acciones, ya que son los valores (entendidos como especificaciones del bien) los que dan sentido al hábito, dan significado a cada acción y horizonte educativo a toda actividad. 

Los hábitos integrados en constelaciones de sentido y significado -valores- contribuyen activamente al crecimiento educativo del ser humano. Orientar la consolidación de hábitos hacia bienes relevantes favoreciendo su interiorización y la libre búsqueda del saber, de la justicia, la solidaridad, la compasión, etc., es formar una personalidad valiosa, favorecer el autodominio y la magnanimidad, crecer en humanidad y aportar humanidad al mundo. 

Los hábitos y los valores han permanecido en la vida escolar cotidiana, sin duda más que en los discursos pedagógicos académicos y oficiales. Están presentes en la comprensión y orientación adecuada de un vida sana, de una convivencia saludable. 

En el orden de la educación, los hábitos:

a)    Hacen al alumno más eficaz, más hábil. Los hábitos, fruto de un ejercicio continuado, hacen más fácil, precisa y gozosa la actividad.

b)     Aportan calidad humana a la persona cuando son generados desde el sentido que da un valor asumido; entonces son, propiamente hablando, virtudes.

c) Los hábitos son capacitadores y potenciadores de la construcción de la personalidad, del carácter. No son un repertorio de automatismos ciegos sino disposiciones integradas en la persona.

d) Los hábitos propician la autonomía de la persona: lejos de considerarlos como una forma de dependencia a rutinas y a automatismos, los hábitos abren la puerta a la construcción de una personalidad libre y responsable, dueña de sí misma.

      Uno de los principales fines de la educación es colaborar a que el educando vaya construyendo referentes de interpretación de la realidad que contribuyan a su perfeccionamiento como persona. Por ello es tarea de la escuela enseñar a pensar, a juzgar, a captar lo valioso.


          (Publicado en el semanario La Verdad el 13 de octubre de 2023)

lunes, 15 de mayo de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (67)

REFLEXIÓN FRENTE A MANIPULACIÓN

 


En un contexto de manipulación mediante políticas educativas ideológicamente sesgadas se hace indispensable el cultivo de la reflexión en niños y jóvenes. Un comportamiento digno del ser humano es aquél en el que ha habido deliberación y elección; es decir, aquél del que uno es responsable porque, tras valorarlo, ha decidido llevarlo a cabo.

Una persona madura y equilibrada es aquella que, entre otras cosas, piensa, decide y actúa por sí misma. No siempre lo que “nos hace sentirnos bien” es bueno realmente sino sólo en apariencia… y a menudo las apariencias engañan. Conviene ser conscientes de los estímulos que provocan en nosotros determinados comportamientos y reacciones, a veces de modo irreflexivo. Y de que quien maneje dichos estímulos puede manipularnos. 

            La sociedad ejerce una “presión” sobre la conducta individual mediante normas, usos, costumbres y sanciones de muchos tipos. Dicha presión se ejerce habitualmente mediante elementos externos de carácter persuasivo -televisión, radio, redes sociales, publicidad, leyes, películas, series, personajes famosillos…- que influyen en la manera de pensar y sentir de la gente configurando criterios y costumbres, modificando y estableciendo valores, creencias o estilos de vida. 

Pero ocurre que los “valores sociológicos”, las vigencias imperantes en un momento dado, no son siempre auténticos “valores morales” que respetan y favorecen la dignidad de las personas. Por ejemplo, el éxito social y el poder adquisitivo son hoy valores sociológicos indiscutibles, pero no constituyen valores morales auténticos si a cambio exigen falta de honestidad, codicia, violencia, envidia, vanidad, etc. O ciertas prácticas y programas escolares que se hacen pasar como “educación afectivo-sexual” pero que encierran un auténtico envilecimiento.

            Por consiguiente, es muy importante que al decidir o elegir no lo hagamos “porque me gusta o no me gusta”, “tengo ganas o no”, “me apetece o no me apetece”, “lo hacen o no lo hacen los demás”…, sino porque poseemos datos veraces acerca del asunto, juzgamos según criterios consistentes y valores que dignifican al ser humano, prevemos las consecuencias que se van a seguir y tomamos la decisión que consideramos mejor para todos. 

            Una educación personalizadora exige el cultivo de la reflexión, una menor dependencia emocional ante influencias persuasivas y una lectura inteligente y ponderada de las mismas. En un juicio de valor es necesario considerar racionalmente 1) el contenido de las acciones, afirmaciones, eslóganes, etc.: si es o no correcto y justo, si está o no a la altura de la dignidad de las personas; 2) la finalidad o intención que lo sustenta; y 3) las circunstancias que conlleva -repercusiones, connotaciones, medios de los que se sirve, etc.- Es decir, se trata de que pensemos, juzguemos y decidamos reflexionando, y no simplemente “sintiendo”, “deseando”, “imaginando”, dejándonos llevar perezosamente... 

Si nuestras decisiones no son iluminadas por una valoración inteligente, desencadenarán mecanismos e impulsos afectivos no controlados -de deseo o de agresividad sobre todo-, a los que seguirá un tipo de conducta masificada, dependiente, pobre e irresponsable. Serán reacciones emocionales, ganas, simpatías, antipatías…, no elecciones reales, bien pensadas y elegidas. 

En realidad, en las simples reacciones no hay libertad sino esclavitud, dependencia; nos arrastran. Son seducidas y provocadas reactivamente por estímulos desencadenantes. Y una conciencia que decide habitualmente solo según sus emociones y reacciones es fácilmente manipulable.

          (Publicado en el semanario La Verdad el 12 de mayo de 2023)

viernes, 3 de febrero de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (55)

EDUCAR Y VIVIR AL TUNTÚN



En 2023 conoceremos los resultados de la última edición del Informe PISA que lleva a cabo la OCDE para evaluar las competencias de los jóvenes de 15 años al final de su etapa educativa obligatoria. Las pruebas pretenden medir “la evolución del conocimiento y las habilidades de los estudiantes en un contexto de proliferación de las TIC, y su capacidad para responder a las demandas de un mundo en constante cambio”.

La anterior edición se centró especialmente en la competencia lectora, clave de todo aprendizaje. Los resultados mostraban en general carencias muy llamativas. España y Navarra en particular reflejaban un nivel preocupantemente bajo, ambas por debajo del promedio global; España en el puesto 23 del conjunto, y Navarra en el 14 de entre las 17 comunidades españolas. 

Se nos dirá tal vez que no es culpa de la educación que tenemos, sino de la deriva social generalizada. Pero la educación no puede limitarse a ser un reflejo de las carencias sociales y culturales del momento, y mucho menos ha de contribuir a ellas. 

Los responsables de desarrollar y aplicar las leyes tienen en su mano tomar decisiones tendentes ante todo a la formación integral de niños y jóvenes, en la cual la comprensión lectora es una de las claves principales. Los educadores pueden y deben hacer mucho también. Debe preocupar asimismo que los padres ofrezcan tiempo y dedicación a sus hijos para leer y jugar con ellos, para hablar, para escuchar... Y en PISA hay también algunos indicadores que lo confirman.

Hace no mucho escribía Susanna Tamaro sobre la dificultad de asumir la función paterna con relación a los hijos e hijas adolescentes. Lo que decía vale para todos los responsables de la educación:

“La generación que hoy se asoma a la pubertad (a menudo formada por hijos únicos de padres separados que trabajan todo el día) es quizá la primera criada por niñeras electrónicas: televisión, videojuegos, redes sociales... 

            (…) Hay soledad, demasiada soledad entre estos adolescentes. Una soledad poblada de contactos y amigos virtuales, de distracciones y solicitaciones sonoras. Han crecido en un desierto de valores que los vuelve confusos y aburridos. Se diría que ninguno ha rozado jamás su núcleo esencial, que ninguno se ha formulado preguntas fundamentales sobre el significado de la vida: “¿Quién soy?”, “¿por qué estoy aquí?”, “¿qué está bien y qué está mal?”.

            Instar a los adolescentes, a responder a estas preguntas es quizá el primer paso que los adultos podemos dar para restablecer en ellos aquellas nociones de dignidad e integridad que, al crecer, tendrán que conquistar si no quieren verse expuestos a la humillación de una vida vivida ‘al tuntún’.”

El problema principal hoy no es que todos tengan acceso a las nuevas tecnologías, que hablen varios idiomas, que se capaciten para integrarse en el sistema productivo o que desarrollen eficazmente una mayor ambición por enriquecerse. El mayor problema es que las grandes cuestiones de la vida se están quedando fuera de la educación. A esto contribuye la actual fiebre utilitarista y la postergación de las humanidades y la formación religiosa en las recientes leyes de Educación. Y si, además, nuestros chavales no saben leer bien… 

Sería terrible que la educación se haya convertido en un seductor espejismo en medio de un “desierto de valores”, “de una vida vivida al tuntún”.


      (Publicado en el semanario La Verdad el 3 de febrero de 2023)

viernes, 18 de noviembre de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (47)

EDUCAR ES OFRECER CLAVES DE SENTIDO



La función principal de la familia, decíamos, es introducir a los hijos en los ámbitos más valiosos de la realidad, en el universo de los valores de sentido. Estos valores esenciales no se “explican” sino que se aprenden, decían los griegos. Y se aprenden respirando el “clima” que se comparte con personas valiosas, buenas; viéndolas vivir y viviendo con ellas. 

Son los padres, responsables directos del bien de sus hijos pequeños, quienes tienen el deber y el derecho de definir, con la palabra y con la vida, cuáles son los valores desde y para los que se les ha de educar. El papel de la institución escolar y del sistema educativo en su conjunto consiste en colaborar cualificadamente en dicha tarea, sin traicionarla.

Una educación personalizadora, por encima de la transmisión de destrezas y recursos orientados al éxito económico y social, es la que procura asegurar la presencia e interiorización de los valores de sentido y la maduración de una personalidad “sólida”, creativa y generosa. En ella, el verdadero maestro tiene como misión proponer significados que permitan al educando aprender a valorar la realidad, a las personas y su propia interioridad, capacitándole para hacer opciones libres y lúcidas de acuerdo con auténticos valores de sentido.

Y esto, ¿en qué asignatura se “enseña”? En todas. Desde el momento en que un maestro se sitúa delante de un educando le está diciendo: “el mundo es así”, como decía Hannah Arendt. Pero también, por el modo en que le trata, le atiende y le valora, le está diciendo: “así eres tú”. Porque en la educación el amor precede al conocimiento; ese amor que busca el bien de la otra persona y que limpia el cristal de la razón por el que ha de pasar la luz de la verdad hasta lo más profundo de la persona.

Por ello, más relevantes aún que los conocimientos -sin duda indispensables-, son los criterios y referentes que tales conocimientos configuran en el educando, pues desde ellos aprenderá a comprender, juzgar y actuar. Tales criterios dependen mucho de los referentes de interpretación que aplique el profesor en su área respectiva de conocimiento y también del clima de confianza, respeto y estímulo que suscita con su actitud de educador.

A este respecto, lo medular de la educación católica es hacer creíble de manera experiencial que el ser humano encuentra pleno sentido en su encuentro y relación con el Dios vivo, que es también el fundamento de la realidad creada. 

Ello implica, por un lado, ofrecer al educando una “matriz cognitiva cristiana” en la que se descubre la presencia de Dios en la realidad según lo específico de todas las áreas de conocimiento; para que desde ella comprenda, interprete e interactúe creativa y responsablemente con toda la realidad. 

Y por otro, requiere el cultivo de una vida interior intensa, donde sea posible la experiencia del encuentro personal y la intimidad con Dios y el compromiso de amor al prójimo. Sería alevoso que se limitara a ofrecer una religión sentimentaloide, superficial e inútil, que arrojase a la vida a nuestros jóvenes sin defensas morales porque la doctrina más excelsa que les propone es la de “colorea la chancleta de Jesús y ten un gesto solidario con tus compañeros y compañeras”. Por ejemplo.


(Publicado en el semanario La Verdad el 18 de noviembre de 2022)

sábado, 5 de noviembre de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (45)

EDUCACIÓN Y ESCALA DE VALORES




La personalización que da contenido y hondura a la tarea de educar tiene lugar mediante el encuentro con los valores de sentido y con su cultivo. Ahora bien, el ser humano, aunque presenta diferentes dimensiones, es radi­calmente un ser unitario y, como tal, exige orden, complementariedad, articulación y orientación coherente en su obrar, porque el obrar sigue al ser, es su expresión; y por ello el modo de obrar ha de estar en consonancia con el modo de ser.

Recuperemos algunas reflexiones anteriores. Hemos señalado ya que en la persona humana se aprecian tres dimensiones principales, constitutivas de su naturaleza y jerarquizadas de acuerdo con ella, y que son el fundamento de una escala de valores centrada en la persona, tomada esta en su integridad:biológica, psico-social y trascendente. El crecimiento personal, la personalización, consiste propiamente en el ordenado cultivo de estas dimensiones.

·  Las necesidades y tendencias de tipo biológico miran a la supervivencia del individuo, los bienes que las satisfacen son los valores vitales, cuya adquisición y disfrute da lugar al placer, que es más bien inmediato, relativamente intenso y de corta duración. (Incluye los valores “económicos”, los relativos al alimento y la salud, el bienestar, el cobijo…)

·  Las necesidades psicoafectivas son relativas a la estima y la pertenencia, a la necesidad de autoafirmación y seguridad; los bienes que las satisfacen son los valores socioafectivos, cuya presencia da lugar a la alegría y la autoestima; presentan menos intensidad pero más duración que los anteriores. (Compañerismo, seguridad, empatía, prestigio, diversión, etc.) Estos dos tipos de valor (los vitales y los afectivos) son los llamados “valores de situación”. 

·  Y por encima de todos ellos, vinculados a la necesidad de sentido, se hallan los valores trascendentes o “valores de sentido”, que miran más allá de uno mismo, y se hallan vinculados a la necesidad de autodonación de la persona (no son poseídos; se entrega uno a ellos); son la clave de una vida lograda. Es importante advertir que el sentido es trascendente o si no, no hay sentido, y que el estado consiguiente a la satisfacción de la humana necesidad de sentido es precisamente lo que llamamos felicidad.

De acuerdo con esta jerarquía, los valores de situación no deben suplantar nunca a los valores de sentido. El vacío exis­tencial o el desafecto de una persona no pueden ser satisfechos nunca por una oferta de bienes económicos por muy abundantes que éstos se­an. El estado de satisfacción tiene lugar solamente cuando se produce la adecuación entre la tendencia y el bien que le corresponde. “Ni se pueden satisfacer las necesidades primarias biológicas con bienes intelectuales, estéticos o espirituales, por muy sublimes que sean, ni se pueden satisfacer las necesidades afectivas o las trascendentes con bienes de consumo” (Abilio de Gregorio). 

La unidad de la vida personal reclama un desarrollo integral hacia la plenitud. Por eso, la sa­tisfacción de las tendencias o necesidades transitivas requiere una sa­tisfacción suficiente de las necesidades inferiores, pero una vez alcan­zado el sentido puede llegar a renunciarse en gran parte a las satisfacciones materiales e incluso emocionales. (Por ejemplo, por el bien de la persona amada o porque lo exige mi lealtad a un noble ideal o a Dios, puedo renunciar a bienes materiales, ventajas laborales, etc.) Es la madurez de la entrega, del sacrificio, el “amor ordenado” (ordo amoris) en el que San Agustín hacía consistir la virtud.


     (Publicado en el semanario La Verdad el 4 de noviembre de 2022)

lunes, 24 de octubre de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (43)

EDUCACIÓN EN VALORES, EDUCACIÓN INTEGRAL

 


Venimos insistiendo en la importancia de una educación en valores, que ha de entenderse como formación integral de la persona, como un empeño no improvisado de ayudar a niños y jóvenes para que desarrollen una personalidad madura. En suma, como una educación no solo personalizada sino, sobre todo, personalizadora.

 La madurez personal es fruto del fomento de una creciente unidad interior, acorde con el orden y jerarquía de las capacidades naturales de la persona humana. Se pone de manifiesto en el equilibrio, el conocimiento bien fundado, la responsabilidad, la generosidad, la honestidad, la constancia…, valores humanos todos ellos que resultan del dominio de sí mismo y de un proyecto personal de vida sólido. Estos valores, integrados adecuadamente, vienen a configurar la urdimbre psicológica y moral de una persona y ofrecen el fundamento para la orientación de la propia vida hacia la verdad, el bien y la belleza. Y son por ello, además, la mejor inversión social.

El tipo de educación que proponemos exige una clarificación y un encuentro con valores que contribuyan al desarrollo de una personalidad rica en humanidad. ¿Qué es un valor, en el sentido al que aquí nos referimos? Yendo a lo esencial, podemos describirlo como un bien -algo que contribuye a la mejora del mundo y del propio ser humano- que nos atrae, que incide en nuestra existencia. 

Es, por un lado, algo objetivamente bueno: ideales, criterios de actuación, cualidades presentes en las cosas, virtudes y comportamientos que hacen mejor al ser humano… Pero por otro, también, viene a satisfacer deseos y necesidades de la persona, y por ello nos saca de la indiferencia, nos agrada e ilusiona, lo que implica una peculiar receptividad, una capacidad de asombro, una cierta sensibilidad.

Esto último es más importante de lo que parece. Nos encontramos a veces con personas -jóvenes en particular pero no solo ellos- que se resisten ante costumbres, tradiciones, principios morales: “son cosas de mayores”, “no me dice nada”, “eso está pasado”, “es un rollo”, “es una imposición que va contra mi libertad…”, escuchamos. Muchos padres y educadores en general se angustian -seguramente con razón- por la resistencia de sus hijos y alumnos a aceptar y hacer suyos determinados comportamientos, criterios o creencias.

Y es que cuando un principio moral no consigue dar forma al comportamiento desde el interior de uno mismo, orientando la lógica y las inclinaciones íntimas, tiende a imponerse desde el exterior, limitando y entorpeciendo un desarrollo humano que no es capaz de guiar. Más aún, tiende habitualmente a suscitar una reacción en contra. Sobre todo cuando se han dejado atrás los primeros años de edad, ese principio o norma moral, por buenos y convenientes que sean, pueden percibirse solo como algo impuesto, como una forma de violencia que choca con el propio afán de libertad. 

Por eso es muy importante cuidar desde muy temprano la capacidad receptiva en el proceso de aprendizaje, la capacidad de asombro y de escucha, la sensibilidad, el deseo de aprender, la experiencia de satisfacciones profundas que son fruto del esfuerzo y la constancia…; y no decidir o elegir “porque me gusta o no me gusta”, “tengo ganas o no”, “me apetece o no me apetece”, “lo hacen o no lo hacen los demás”… La educación actual tiende a fomentar la socialización de las generaciones jóvenes, pero ha olvidado a menudo su personalización.

   (Publicado en el semanario La Verdad el 21 de octubre de 2022)

 

 

viernes, 14 de octubre de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (41)

      EDUCAR EN UN MUNDO NIHILISTA



Venimos insistiendo en que lo más decisivo de la educación es disponer de certezas acerca de qué es lo nuclear en el ser humano y de lo que constituye su horizonte de plenitud, porque educar es ayudar a un ser humano a sacar lo mejor de sí mismo para que contribuya responsablemente a mejorar y embellecer el mundo. 

Sin embargo, el nihilismo que se ha instalado en nuestra vida y en nuestra cultura no reconoce el valor de lo real. Según él no hay certezas que nos permitan diferenciar el bien del mal, lo verdadero de lo falso; todo (personas, cosas, acontecimientos, decisiones…) tendría el valor que se le quiera dar. 

Esta mentalidad, que repercute de lleno en nuestro sistema educativo, ha traído consigo un proceso de “envilecimiento axiológico”, cuyas señas de identidad Abilio de Gregorio  sintetiza en tres:

a) Negación de la realidad y de su valor en favor de las apariencias. También llamada “posverdad”. Las cosas solo son lo que yo quiero que sean. Las ideologías se imponen sobre la búsqueda de la verdad, del bien y de la belleza, fundamental para una educación integral de la persona. 

b) Primacía del hacer. El ser de las cosas (y de las personas) deja de ser relevante para dar paso a la acción, al hacer utilitarista, a la razón instrumental. No importa la naturaleza de las cosas y de las personas sino lo que se puede hacer con ellas, lo que interesa a quien dispone de poder. Todo, en consecuencia, es manipulable; no hay nada sagrado, ni siquiera el ser humano como tal. “Eres lo que haces”: selección social sin alma que lleva a descartar a los menos productivos. 

c) Prioridad del deseo, de los impulsos. La satisfacción de los deseos se reivindica como si se tratara de verdaderos derechos, se convierte en justificante de lo políticamente correcto y desplaza todo criterio objetivo diferenciador del bien y del mal.

Pero quizás el rasgo más diferencial del nihilismo dominante sea la banalidad, la superficialidad (prisa, presentismo, apariencias…) El hombre light reacciona a estímulos que le distancian de su centro, de su intimidad. Experimenta un vacío que le conduce a la neurosis, de la que intenta escapar mediante el ruido y el activismo (“los bidones vacíos son los que más ruido hacen”). En ese vacío se avista el alejamiento de Dios ya que el ser humano se ve mutilado de su dimensión trascendente. 

Y entonces, perdida su consistencia y dignidad, la persona tiende a disolverse en modos de vida gaseosa y líquida: menudean las vidas volátiles a merced de los estímulos externos, de las ganas y desganas, del ambiente y de las modas. Vidas carentes de interioridad, esclavas de la imagen, del quedar bien, de la diversión continua, acomodaticias e inestables. Ya no poseen convicciones, solo tienen posturas que cambian según el grado de cansancio o el hastío: “Estos son mis principios, pero si no le gustan, tengo otros”, decía con agudeza Groucho Marx. 

Se presenta entonces el mundo como un puzzle de infinitas piezas sin significado, vinculación ni sentido, habitado por individuos sin vínculos ni valores firmes, instalados en el pensamiento débil, simplificados, ahogados en la superficie, y a merced de múltiples formas de manipulación. 

     (Publicado en el semanario La Verdad el 7 de octubre de 2022)

martes, 27 de septiembre de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (38)

EMERGENCIA EDUCATIVA Y SENTIDO DE LA VIDA


La dificultad tal vez más profunda en tiempos de “emergencia educativa” es la falta de certezas acerca de qué es lo nuclear en el ser humano y de lo que constituye su horizonte de plenitud. En la raíz de esta crisis de la educación -bastantes indicadores lo confirman- hay una crisis de confianza en la vida: se hace difícil transmitir de una generación a otra algo cierto, reglas válidas de comportamiento, objetivos creíbles en torno a los cuales construir la propia vida. 

Abilio de Gregorio advertía sobre las secuelas educativas de esta ceguera presente en una mentalidad que duda del significado de la verdad y del valor mismo de la vida: “De esta incertidumbre se sigue que no exista una conciencia clara y compartida de la diferencia entre lo justo y lo injusto, entre el bien y el mal. Y así, en la postmodernidad proliferan el ”pensamiento débil”, las conductas frágiles, el hombre light egoísta, desorientado y sin respuestas de valor ante un mundo carente sentido.” 

Recordaba Víktor E. Frankl que quien tiene un para qué, puede encontrar y soportar el cómo. Pero en la mentalidad dominante y en una educación que es su espejo se ha renunciado al planteamiento de los fines que sustentan y dan orientación a la existencia humana. Este “nihilismo acerca de lo esencial”, apuntaba el psiquiatra vienés, ha llevado al “vacío existencial” que prolifera de manera alarmante en nuestras sociedades y conduce a una desconfianza en el sentido y el valor de la vida. 

La OMS viene advirtiendo de que la salud mental de la población mundial es frágil y que esa tendencia podría cambiar solo si los gobiernos implementaran "medidas transversales de atención al sufrimiento mental y emocional de los jóvenes". Hoy preocupa a padres y educadores que desde 2019 el suicidio es la principal causa de muerte de los adolescentes en España, se apela a "alfabetizar en salud mental y psicológica" a la comunidad escolar, a las familias y a los sanitarios de atención primaria y se piden planes de prevención del suicidio.

Y bien está. Pero si la vida como tal no se percibe como algo valioso sino como una fuente de problemas y complicaciones, si vacilan los cimientos y fallan las certezas esenciales, y si la educación está contagiada de este relativismo nihilista, es probable que tales medidas se queden en los síntomas y no apunten a lo esencial. Frankl insistía en que “la educación ha de tender no solo a transmitir conocimientos sino también a afinar la conciencia moral.” Y es que solo una esperanza fiable puede ser el alma de la educación, como de toda la vida.

En un libro homenaje titulado Hablando con el Papa. 50 españoles reflexionan sobre el legado de Benedicto XVI. (Planeta, 2013), el tenista Rafael Nadal afirmaba: “Con un estilo de vida tan egoísta como el que nos hemos creado es complejo enseñar hoy a un niño o a una niña cuáles son las cosas que importan en la vida (…) En un mundo lleno de incertidumbre y cargado de apariencias, donde impera lo zafio y muchos jóvenes buscan fama, notoriedad y dinero de forma rápida, la educación se convierte necesariamente en un asunto de singular trascendencia para garantizar una vida basada en valores."

   (Publicado en el semanario La Verdad el 16 de septiembre de 2022)

jueves, 9 de diciembre de 2021

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (6)

 ¿APLAUDIR LAS VIRTUDES?


Una labor es propiamente educativa si hace crecer en humanidad, si al introducirlo en la realidad acerca al ser humano a la plenitud, incrementando su capacidad de verdad, de bien y de belleza. Se trata de un proceso de formación paulatina de la personalidad humana.

El pensador Amitai Etzioni defiende el papel de los centros educativos en el cultivo del carácter de niños y jóvenes, fomentando la autodisciplina, la empatía y el compromiso con los valores cívicos y morales. No obstante, a nadie debería escapar el papel esencial, previo e insustituible, que a este respecto ostenta el núcleo familiar. La familia, afirma el filósofo Alejandro Llano, es una "escuela de vida personal y social en la que el modo de existir en cada edad va aprendiendo de los modos de existir de las demás edades."

Pero no se trata tanto de explicar qué son los valores; es imprescindible practicarlos. Las virtudes -los valores vividos de manera habitual- son excelencias del carácter que no se pueden desarrollar a través de una enseñanza meramente teórica. Una educación en la virtud, en los valores auténticos, ha de ser esencialmente una lección de vida. 

Es justamente famosa y certera la afirmación aristotélica de que no es justo el hombre que sabe lo que es la justicia, sino el que la practica. En realidad, como decían los griegos, las virtudes no se pueden enseñar: sólo se pueden aprender. Si no se aprende a obrar (moralmente) obrando, no se aprende en absoluto. 

Las virtudes son hábitos operativos; la vida -la práctica- debe acompañar a la idea, concretarla y confirmarla emocionalmente. Solo se adquieren mediante el esfuerzo y la reiteración permanente. Si no se ejercitan de modo constante no se consolidarán, y el resultado serán en todo caso personalidades líquidas, inestables, frágiles, volubles. Suele decirse muy agudamente que quien no vive como piensa acaba pensando como vive. No basta, por ejemplo, con decir que el orden es muy importante; es preciso que el orden se adquiera como un hábito: no cansándose nunca de disponer de manera adecuada los materiales de estudio, los cajones de la mesa o el escritorio, la habitación, el aula, los archivos que se guardan en el ordenador, la ropa de los armarios, esforzándose por ser puntuales, etc.

Se cuenta que en un teatro de Atenas se celebraba una representación teatral a la que habían sido invitados los embajadores espartanos. Cuando el teatro estaba lleno, entró un anciano y trató inútilmente de hallar sitio libre. Unos jóvenes atenienses que veían los esfuerzos del anciano por acomodarse comenzaron a reírse de él irrespetuosamente. Al ver esto, los embajadores de Esparta, acostumbrados a venerar a sus mayores, se levantaron y ofrecieron sus sitios al anciano. Todo el público del teatro, al presenciar la escena, aplaudió a los embajadores, hasta el punto de interrumpir la representación. 

Preguntado el anciano por lo ocurrido, “-Es curioso, dijo, los atenienses aplauden las virtudes, mientras que los espartanos las ejercitan.”


(Publicado en el semanario LA VERDAD el 5 de noviembre de 2021)


lunes, 29 de diciembre de 2014

EVALUACIÓN DE HÁBITOS Y VALORES. UNA PROPUESTA PARA EDUCACION PRIMARIA

El Departamento de Educación del Gobierno de Navarra ha publicado recientemente una interesante herramienta para evaluar hábitos y valores humanos en Educación Primaria.



    Se trata de un repertorio estructurado de indicadores que pueden ser utilizados tanto para el diagnóstico como para el seguimiento de los planes de mejora de los centros educativos.

    Con este Sistema de indicadores se facilita y orienta la observación del comportamiento en el alumnado por parte del profesor o tutor, y también, de manera análoga, por parte de los padres. Ello hace posible el  planeamiento de objetivos comunes entre profesorado y familia, así como el seguimiento del alumno o alumna, dentro de una labor coordinada. 

    Tras una definición operativa de cada hábito o valor (instrumental o final) sigue una descripción mediante rúbricas de cinco niveles o grados de desarrollo.

   El Sistema de indicadores pretende ofrecer una estructura sencilla, operativa y fácilmente comprensible para el profesorado y las familias.

            Los indicadores se refieren a cuatro tipos de hábitos y valores:

1.    Indicadores referidos a hábitos y valores que facilitan la convivencia y la vida escolar.

2.    Indicadores referidos a hábitos y valores que facilitan el trabajo y el estudio.

3.    Indicadores referidos a hábitos y valores que favorecen el bienestar personal y familiar.

4.  Indicadores referidos a hábitos y valores que favorecen el compromiso con las  personas y la sociedad.

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