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lunes, 29 de mayo de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (69)

TIEMPO PARA ESCUCHAR, PARA ENSEÑAR A PENSAR



En artículos anteriores hemos venido tratando de la importancia de educar en la reflexión buscando la verdad, tanto en el ámbito familiar como en el escolar. Es importante ofrecer datos y habilidades, pero a la vez hay que aportar y suscitar criterios y actitudes, valores de sentido. No hay que dar las cosas pensadas, y ya. Tenemos que ayudar a que los niños y jóvenes logren “ver” por sí mismos.

El sistema educativo presente, tan sesgado ideológicamente, tan alejado de la persona y tan disperso, y el ritmo tan acelerado de vida y de búsqueda del bienestar a ultranza que agita a muchas familias, dificultan esta labor, de la máxima importancia para la maduración de la persona.

Pero precisamente en un mundo lastrado de superficialidad y altamente hedonista y erotizado es más decisivo fomentar el esfuerzo reflexivo desde los momentos más tempranos de la evolución del carácter. Dejar que los niños se acostumbren a dejarse llevar por sus caprichos y a verlos satisfechos de forma inmediata es una trampa mortal que les hará débiles y vulnerables en el futuro. Muchos, a la hora de decidir, en lugar de pararse a pensar y considerar qué es lo importante en cada caso, qué valores están en juego, qué consecuencias se pueden seguir, simplemente se dejan llevar por las apariencias, las tendencias de moda, las ganas y las desganas, o “lo que dicen los demás”.

Los padres han de encontrar tiempo y momentos adecuados para hablar con ellos sobre todos los temas. Tiempo para estar con ellos -dar tiempo es dar vida-. Tal vez hablar despacio con ocasión de un acontecimiento familiar importante, de una excursión o de una noticia, o con ocasión de una lección de ciencias naturales que están estudiando, o de los temas que surgen en la clase de Religión, de la película que acabamos de ver con ellos, del comportamiento de ciertos compañeros…

Hay momentos muy propicios, como las sobremesas, en las que salen a colación acontecimientos o surgen temas de conversación. Pero también hay ocasiones no buscadas: al ir juntos en el coche, al salir de compras. En cualquier oportunidad que nos brinde la convivencia diaria puede surgir una reacción, un juicio, una pregunta, un comentario de incalculable valor formativo.

En primer lugar es preciso escucharle para hacernos cargo de cómo está su cabeza por dentro. Si no, corremos el peligro de soltar un "rollo" bien intencionado, pero poco útil para él. Para ello es bueno animarle a comentar, ‘tirarle de la lengua' con tacto y escuchar con paciencia a que termine sus explicaciones y preguntas, hacerle preguntas y observaciones para ver cómo es capaz de argumentar: “Lo que dices ¿se apoya en...?, ¿qué te hace pensar que...?, ¿y por qué piensas que esto es así...?”, pueden ser preguntas que obliguen a razonar más sólidamente, a no precipitarse o a no dejarse llevar por un simple prejuicio.

Conviene no cortar y corregir de manera tajante o airada, sino adaptarse a la situación y al clima de la conversación, a su capacidad de comprender; valorar sus puntos de vista aunque no siempre se les dé la razón. Si la conversación se acalora y vemos que no están receptivos a nuestras apreciaciones, conviene dejar que pase algún tiempo y cuando haya un clima de tranquilidad volver al asunto con tacto: “A propósito, ¿sabes que el otro día me quedé pensando en lo que dijiste?”… 


          (Publicado en el semanario La Verdad el 26 de mayo de 2023)

lunes, 15 de mayo de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (67)

REFLEXIÓN FRENTE A MANIPULACIÓN

 


En un contexto de manipulación mediante políticas educativas ideológicamente sesgadas se hace indispensable el cultivo de la reflexión en niños y jóvenes. Un comportamiento digno del ser humano es aquél en el que ha habido deliberación y elección; es decir, aquél del que uno es responsable porque, tras valorarlo, ha decidido llevarlo a cabo.

Una persona madura y equilibrada es aquella que, entre otras cosas, piensa, decide y actúa por sí misma. No siempre lo que “nos hace sentirnos bien” es bueno realmente sino sólo en apariencia… y a menudo las apariencias engañan. Conviene ser conscientes de los estímulos que provocan en nosotros determinados comportamientos y reacciones, a veces de modo irreflexivo. Y de que quien maneje dichos estímulos puede manipularnos. 

            La sociedad ejerce una “presión” sobre la conducta individual mediante normas, usos, costumbres y sanciones de muchos tipos. Dicha presión se ejerce habitualmente mediante elementos externos de carácter persuasivo -televisión, radio, redes sociales, publicidad, leyes, películas, series, personajes famosillos…- que influyen en la manera de pensar y sentir de la gente configurando criterios y costumbres, modificando y estableciendo valores, creencias o estilos de vida. 

Pero ocurre que los “valores sociológicos”, las vigencias imperantes en un momento dado, no son siempre auténticos “valores morales” que respetan y favorecen la dignidad de las personas. Por ejemplo, el éxito social y el poder adquisitivo son hoy valores sociológicos indiscutibles, pero no constituyen valores morales auténticos si a cambio exigen falta de honestidad, codicia, violencia, envidia, vanidad, etc. O ciertas prácticas y programas escolares que se hacen pasar como “educación afectivo-sexual” pero que encierran un auténtico envilecimiento.

            Por consiguiente, es muy importante que al decidir o elegir no lo hagamos “porque me gusta o no me gusta”, “tengo ganas o no”, “me apetece o no me apetece”, “lo hacen o no lo hacen los demás”…, sino porque poseemos datos veraces acerca del asunto, juzgamos según criterios consistentes y valores que dignifican al ser humano, prevemos las consecuencias que se van a seguir y tomamos la decisión que consideramos mejor para todos. 

            Una educación personalizadora exige el cultivo de la reflexión, una menor dependencia emocional ante influencias persuasivas y una lectura inteligente y ponderada de las mismas. En un juicio de valor es necesario considerar racionalmente 1) el contenido de las acciones, afirmaciones, eslóganes, etc.: si es o no correcto y justo, si está o no a la altura de la dignidad de las personas; 2) la finalidad o intención que lo sustenta; y 3) las circunstancias que conlleva -repercusiones, connotaciones, medios de los que se sirve, etc.- Es decir, se trata de que pensemos, juzguemos y decidamos reflexionando, y no simplemente “sintiendo”, “deseando”, “imaginando”, dejándonos llevar perezosamente... 

Si nuestras decisiones no son iluminadas por una valoración inteligente, desencadenarán mecanismos e impulsos afectivos no controlados -de deseo o de agresividad sobre todo-, a los que seguirá un tipo de conducta masificada, dependiente, pobre e irresponsable. Serán reacciones emocionales, ganas, simpatías, antipatías…, no elecciones reales, bien pensadas y elegidas. 

En realidad, en las simples reacciones no hay libertad sino esclavitud, dependencia; nos arrastran. Son seducidas y provocadas reactivamente por estímulos desencadenantes. Y una conciencia que decide habitualmente solo según sus emociones y reacciones es fácilmente manipulable.

          (Publicado en el semanario La Verdad el 12 de mayo de 2023)