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miércoles, 21 de enero de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (161)

CONSUMIR NO ES VIVIR

 


            Tras las fiestas navideñas, en las que el mensaje religioso apenas sobresalía entre los brillos de espumillón y alumbrados LED, las compras, los manjares y los regalos, no está de más reflexionar sobre el consumismo y la educación.   

El consumo es sin duda necesario. Se trata de adquirir productos que necesitamos o que de verdad valoramos porque son útiles o hermosos. Pero los intereses a los que sirve una megapublicidad que dispone de recursos impresionantes para trasladar sus mensajes al gran público, fomentan más bien el consumismo, cosa muy distinta, consistente en adquirir objetos de forma irreflexiva para satisfacer necesidades creadas artificialmente.

En el fondo no se trataría de necesidades, sino de deseos, que no son lo mismo. Por ejemplo, tal vez necesitamos unas buenas zapatillas deportivas, pero la publicidad nos sugiere que sólo las de tal marca –que anuncian los campeones... – son las mejores... ¡¡y que no puedes quedarte sin ellas!! Con ello se borra la frontera entre el deseo y la necesidad real.

Lo adecuado sería ajustar el consumo a las necesidades reales de las personas. Pero la publicidad, manejando hábilmente los resortes emocionales, consigue suscitar deseos cargados con gran fuerza de seducción, haciéndonos pensar que si no compramos tal producto no seremos felices, o seremos inferiores a los demás.

            De la mano del consumismo se instaura la “cultura” de un “individualismo gregario” -en expresión de Hannah Arendt-, toda vez que convierte a cada persona en un solitario gozador de bienes (todos iguales) en solitarios abrevaderos individuales (los mismos) para el rebaño. La religión hedonista cuenta con un eslogan que constituye su primer principio ético: “Te amarás a ti mismo sobre todas las cosas”.

            Una sociedad adicta al bienestar individual como la nuestra suscita la adoración solipsista del propio cuerpo. Aparece un mercado de talismanes milagreros: las clínicas de mejoras estéticas, los alimentos y dietas adelgazantes -contrapeso de los placeres culinarios previamente enaltecidos-, los gimnasios, las prendas que realzan o aminoran, los fetiches eróticos, las mascotas ejerciendo de “perrhijos”, etc., asegurando una felicidad reducida a bienestar corporal y emocional. 

La dinámica del consumismo convierte lo nuevo, lo joven, lo “último”, en criterio de calidad mediante la exaltación de lo efímero: “Esto ya no se lleva...” El consumismo compulsivo de novedades se extiende incluso al mundo de las ideas, los valores y el arte; es la cultura del zapping, del inmediatismo. 

Toda esta suerte de pesticidas contaminantes se filtra hasta los acuíferos de la educación manipulando la personalidad de los más jóvenes. Nos hallamos ante una manipulación que, glosando a Lukács, se lleva a cabo a la vez de forma brutal y refinada. Brutal, negando la existencia de necesidades que no sean las más primarias e induciendo a abandonar el cultivo de bienes no vinculados al consumo. Refinada, porque, sin negar las necesidades superiores, crea la ilusión de que se satisfacen con bienes mostrencos.

            Frente a estos retos educativos, se ha de insistir urgentemente en la necesidad de crear mentalidades críticas en nuestros niños y jóvenes. Si padres y educadores se sitúan frente a esa sociedad consumista con un filtro sólidamente crítico, basado en la austeridad y el sentido común, y con coraje, estarán devolviendo su razón de ser a la educación y sirviendo a la verdadera libertad de las personas.

(Publicado en el semanario La Verdad el 16 de enero de 2026)

martes, 10 de octubre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (80)

UNA VISIÓN ADECUADA DEL SER HUMANO

En este momento en el que al socaire del fenómeno de la globalización ha florecido el “pensamiento único”, la educación (y no solo la escolar, pues el fenómeno ha invadido toda la sociedad y con ella el ámbito familiar) podría ser engullida por una mentalidad relativista regida por la inmediatez, capaz de manejar todo destino humano individual y colectivo.

Ese pensamiento único, que puede caracterizarse como la imperiosa satisfacción de los deseos, se ha convertido de hecho en una moralidad indiscutible, fuente de nuevos derechos y cancelaciones; un absoluto ante cuyo altar vienen a rendirse los signos racionales de nuestra dignidad. El hombre y la mujer -se dice- no nacen, se hacen en la medida en que logran alguna partícula de poder (empoderamiento) y ven así satisfechos sus deseos. Pero si no la alcanzan, sus criterios y principios, incluso su misma existencia, carecen de valor y quedan a merced de aquellos que sí la han logrado. Es una versión refinadísima de la ”ley del más fuerte” en la que el hombre es un lobo para el hombre.

Reducido el ser humano a variable del proceso de producción, de la estructura social y del sistema político, acaba privado de su densidad ontológica en el maremágnum de una sociedad líquida, sin vínculos consistentes con la verdad, con el bien y entre las personas mismas. Encadenado al servicio de intereses múltiples, el incremento de “libertades” esconde una auténtica falta de libertad. Este modelo de hombre, reactivamente, se ha refugiado en su subjetividad solitaria e insolidaria, es frágil ante la frustración y propenso al vacío existencial. Nos preocupa la salud mental de los jóvenes; debería hacerlo también la falta de sentido que a menudo experimentan.

A este deterioro ético parece ayudar con lamentable eficacia cierta “nueva pedagogía” (en expresión de Inger Enkvist) que debiera estar llamada a todo lo contrario, a la formación de personalidades maduras y consistentes. A esto se refiere Miguel Quintana Paz cuando describe irónicamente lo aprendido hasta bachillerato como “un bagaje que solo serviría a nuestros jóvenes para presentarse en un concurso de miss España: la paz es buena, las guerras son malas, es loable reciclar… y Confucio es el fundador del confusionismo.” Sensibles, eso sí, aunque vagamente, a los objetivos de desarrollo sostenible y la Agenda 2030, pertrechados de artilugios digitales y adictos a las pantallas.

El panorama general ha sido descrito con admirable precisión conceptual por autores como Paul Ricoeur, Gilles Lipovetsky o Zygmunt Bauman, que se han preguntado también si los educadores pueden hacer algo. Se pregunta Ricoeur, por ejemplo: “¿Cuáles son, frente a esta situación, la tarea y la responsabilidad de los educadores, incluyendo en ellos a los ámbitos del pensamiento, a los grupos de opinión y a las iglesias?”. Y responde él mismo:  “Estamos llamados a afrontar una tarea educativa descuidada: recuperar una visión adecuada del hombre”.

Un ejemplo: las cuestiones tecnológicas encabezan hoy las preocupaciones de los sistemas educativos, pero no debemos olvidar que las tecnologías no innovan, quien innova son las personas. En sentido propio, no son las tecnologías las que nos están cambiando la vida, sino quienes las han ideado y quienes las utilizan. La llamada “competencia digital” no es solo cuestión de teclas, sino ante todo, de ideas, de criterios y de valores éticos. De personas. Y así, lo demás.

    (Publicado en el semanario La Verdad el 6 de octubre de 2023)