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lunes, 16 de marzo de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (169)

ENSEÑANZA DE LA RELIGIÓN Y SENTIDO DE LA VIDA

            Afirmábamos no hace mucho que la reflexión sobre el “para qué” de la existencia es esencial en el proceso educativo, pues de ella depende no solo la acción educativa sino la orientación y el contenido de la vida personal. Por esta razón, añadíamos, la familia y la escuela deben transmitir conocimientos y habilidades, pero también ofrecer significados. 

Es gravemente contraeducativo el intento de convertir la educación en un quehacer no alineado con ningún valor de sentido, amparado en una supuesta neutralidad acerca de valores y creencias, pero que hace inviable una vida lograda, fruto del cultivo de la inteligencia, de la voluntad y del corazón para hacerlas capaces de buscar responsablemente la verdad, el bien y la belleza. 

En tales condiciones no cabe más que una vida a merced de los vaivenes de la emotividad espontánea, no cultivada, irracional. La denominada “crisis de sentido” a la que se suele aludir para caracterizar el tono de nuestra cultura, es en el fondo ausencia de finalidad. 

Pero sin finalidad no hay posibilidad de proporcionar unidad y dirección a los aconteceres dispersos que configuran una vida. Tampoco a la educación. Sin finalidad no hay confianza en el futuro sino un pasivo estar a “verlas venir” y un quedar a merced, ya sea de las ganas y las desganas, ya sea de iniciativas manipuladoras que dicen saber lo que nos conviene para dejarnos inermes ante instancias políticas y/o económicas.

El nihilismo es el más grave síntoma de toda decadencia cultural. Una decadencia, en este caso, que se produce al desaparecer la posibilidad de elevación -de trascendencia- en el ser humano. Y es precisamente esta cultura decadente -tiznada radicalmente de anticristianismo- la que está tratando hoy de imponer modelos de altruismo indoloro, de indefinición, de diversidad queer, de pacifismo filantrópico descomprometido. ¿Estaremos ante aquellos “últimos hombres” decadentes de los que hablaba Nietzsche en su Zaratrustra, que solamente aspiran a un “lamentable bienestar”? 

Desde hace más de un siglo parecía que quedábamos explicados como seres humanos desde el materialismo científico. Pero alguien tan alejado del pensamiento cristiano como E. Cioran llegó a preocuparse cuando escribió: "Al desacreditar a Dios con la exaltación del materialismo sólo se ha conseguido volver a Dios más obsesionante. Todo se puede sofocar en el hombre, salvo la necesidad de lo absoluto."

Porque el hecho es que existe en todo ser humano un ansia básica de felicidad, de plenitud, que apela a “algo más allá” de esta vida. Algunos pueden sentirse tentados a conformarse con su precariedad -ahora se ha puesto de moda el estoicismo: “abstente, soporta y acepta lo inevitable con serenidad”-, pero también pueden tomarse en serio su necesidad de sentido y vivir coherentemente para alcanzarlo. Y en esto consiste esencialmente el hecho religioso.

Cabe recordar que nadie está obligado a cursar la asignatura de Religión Católica, pero a algunos escuece que el ejercicio de la liberad no comulgue -nunca mejor dicho- con sus pretensiones de ateísmo (laicismo) en el sistema educativo y en la vida. 

El cultivo de la dimensión religiosa, que es parte fundamental de la cuestión acerca del sentido de la vida, no puede ser soslayado en la educación sin dejar mutilado y deforme en el ser humano su crecimiento como persona. Tal vez sea así como nos quieren los que dicen saber lo que nos conviene.

       (Publicado en el semanario La Verdad el 13 de marzo de 2026)

jueves, 27 de noviembre de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (157)

EDUCACIÓN EN LA ADOLESCENCIA: 

VALORES HUMANOS

Proteger a la adolescencia: a qué edad empieza, etapas y cambios clave

Continuamos tratando sobre la educación en la adolescencia. Conviene animar desde la infancia a vencer especialmente la pereza, la irreflexión y la inconstancia. 

Es fundamental que el adolescente reflexione sobre lo que ve a su alrededor, cosa que dificulta el mundo digital en que vive, surtido de reacciones emocionales, de prisas y superficialidad. Aunque la familia es fuente de referencias, criterios y pautas de actuación, es un hecho que ha cedido protagonismo a las redes y la pantallas. 

En la familia o en el centro escolar no es bueno darle todo pensado, pero tampoco lo es dejarle sin respuestas, o dar a entender por medio de omisiones o de actitudes de cinismo y desencanto que las respuestas no existen. No es bueno que desde niños “aprendan” en su casa o  de sus profesores -al escuchar sus quejas o comentarios habituales-, que el mundo es una porquería, que nadie hace nada que no sea por su interés, que el trabajo es una maldición, que ser bueno es ser tonto, que el mundo es de los astutos... Nada hay más demoledor que el cinismo y la desesperanza.

Entre los 7 y los 10 años es también un momento propicio para cultivar valores humanos como la fortaleza, la sobriedad y el autodominio: usar el tiempo, el dinero y disfrutar de las propias experiencias según criterios adecuados. Es fundamental que no se tomen decisiones –ni ellos ni nosotros- según el débil argumento: “me gusta-no me gusta”, “me apetece-no me apetece”, “tengo ganas-no tengo ganas”, “lo hacen-no lo hacen los demás”… Y lo es también no desanimarse ante los fallos. 

Para ello, en todo momento ha de valorarse y fomentarse el esfuerzo, la abnegación, la perseverancia, la compasión hacia personas desfavorecidas, y el establecimiento permanente de pequeñas metas personales como actitud habitual, saboreando los logros, ayudándoles a sacar lecciones positivas de los fallos y fracasos. 

Conviene esclarecer al coronar la infancia el concepto de la verdadera libertad, que no es una independencia desvinculada o la afirmación de los apetitos y deseos particulares, sino el dominio de uno mismo, la responsable apuesta por el bien y la capacidad de tomar decisiones de acuerdo con el auténtico valor de las cosas y la dignidad de las personas. Y que el valor de la libertad se mide por la capacidad de compromiso. Es bueno proponer el ejemplo de quienes han actuado así: los héroes, los santos y otros grandes modelos de humanidad, ayudándose para ello, por ejemplo, de la virtualidad pedagógica de los relatos y narraciones.

Es fundamental también que los padres creen desde unos años antes un ambiente familiar de exigencia, lo que incluye horarios fijos de acostarse y levantarse, control del horario de la televisión, de los videojuegos, de las lecturas y de Internet, un horario de estudio personal, no darles más dinero del necesario y comentar de modo natural desde el principio en qué se ha gastado; el cultivo habitual del deporte, evitar la ociosidad y promover la asunción de responsabilidades familiares y domésticas (cuidar de sus hermanos pequeños, encargos o funciones en la casa...) 

Por la misma razón conviene que les facilitemos participar en ambientes extrafamiliares positivos, donde puedan poner en práctica y apreciar estos y otros valores humanos, compartiéndolos con sus iguales, apoyados por formadores capacitados (parroquia, movimientos juveniles, etc.) 

(Publicado en el semanario La Verdad el 21 de noviembre de 2025)

domingo, 2 de marzo de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (132)

            LA TECNOLOGÍA: A FAVOR Y EN CONTRA                           DE LA EDUCACIÓN


 

La tecnología es una forma ordenada de aplicar conocimientos para lograr ciertos objetivos. Su valor máximo es la eficacia y la eficiencia. Ha permitido la producción sistemática de bienes y servicios y ha ampliado las capacidades humanas. Sin embargo, Romano Guardini advertía ya hace unas décadas que la tecnología ha dado lugar a una forma de poder al que acompaña un riesgo: la pérdida del sentido  propiciada por una economía y una forma de entender el mercado que no mira al verdadero desarrollo humano, y por una fragmentación de los saberes que facilita que la técnica se considere el principal recurso para interpretar y valorar la existencia.

La ciencia y la tecnología no deberían amenazar a la humanidad, pero los hechos históricos son contundentes al respecto. No podemos ser ingenuos como los ilustrados del siglo XVIII. La ética es crucial en la búsqueda de la verdad y la dignidad humana y ha de guiar el conocimiento para que esté al servicio del ser humano y del bien común. 

En el ámbito educativo, el llamado paradigma digital instalado en los últimos años ofrece nuevas formas de conocer y aprender, permitiendo mejorar el acceso a la educación y ofreciendo posibilidades de apoyo personalizado. Bien utilizadas, estas herramientas pueden mejorar la transmisión del conocimiento y el seguimiento individualizado del aprendizaje.

Pero es esencial al mismo tiempo defender valores como el rigor y la pausa en el pensamiento, orientando y estableciendo prioridades para un uso responsable de la tecnología en el ámbito educativo. La llamada “competencia digital” no consiste solo en manejar un ordenador y obtener rápidamente información, sino en una actitud crítica y reflexiva frente a la información y en usar los medios interactivos de manera responsable. Existe el riesgo de caer en una obsesión utilitarista que busca formar mano de obra cualificada al servicio del sistema productivo, despreciando otros ámbitos del conocimiento y el desarrollo y maduración de la persona misma… por no hablar de la predisposición a conductas adictivas.

La llamada “inteligencia artificial” (IA) debe ser utilizada como una herramienta complementaria de la inteligencia humana sin sustituir su riqueza inherente. Su uso extensivo en la educación podría aumentar la dependencia de la tecnología por parte de los estudiantes, bloqueando su capacidad para realizar actividades de forma autónoma y responsable. Pretender que la IA haga el trabajo de analizar, resumir, redactar, comentar… llevará a que los estudiantes no aprendan gramática, a redactar, a escribir una frase o un argumento convincente y cargado de intención, a extraer las ideas principales de un texto…, a pensar, en fin, por sí mismos.  

Si una habilidad no se cultiva acaba por atrofiarse. La educación en el uso de la IA debe centrarse en promover el pensamiento crítico, ya que su irrupción obliga a replantearse qué es lo esencialmente humano y qué se puede delegar en las máquinas.

En suma, la tecnología y la IA ofrecen grandes oportunidades, pero deben ser utilizadas con prudencia y con criterio ético para evitar riesgos y potenciar el verdadero aprendizaje y la maduración personal. Sustituir por herramientas tecnológicas el esfuerzo por comprender, memorizar, pensar, contemplar, hacer juicios de valor, reflexionar sobre uno mismo… conduce a la más rotunda falta de libertad.

(Publicado en el semanario La Verdad el 28 de febrero de 2025)

domingo, 23 de febrero de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (131)

UNA SOCIEDAD INMADURA NO EDUCA (II)



Una “sociedad adolescente”, decíamos, se deja llevar por estímulos de agrado y desagrado, y reacciona primariamente, por lo que el comportamiento general es gregario, predecible y manipulable mediante la publicidad, el manejo de la información, las redes sociales, etc. Se produce así una seducción que deviene en demagogia, según la cual basta con desear algo intensamente para que se convierta en derecho. 

Muchos de los fenómenos descritos por Ortega y Gasset en La rebelión de las masas hace un siglo se han convertido en profecías ya cumplidas. Figuras como la del “señorito satisfecho”, la del “snob”, o la del “especialista” -hablaba él de la “barbarie del especialismo”-, hoy reviven en la muchedumbre de consumidores convulsos y de súbditos ignorantes, sumisos y agradecidos a un poder que controla la educación y la información, y reparte subsidios y entretenimiento a mansalva -“pan y circo” en versión contemporánea-, como si no se quisiera ser adulto, independiente y responsable sino seguir siendo niño, protegido y dependiente. Disminuye así la resistencia a la frustración y se multiplican tanto los “adolescentes viejos” como los “viejos adolescentes”.

Se ha instalado en Occidente un individualismo codicioso y hedonista y, ligado a él, un cierto culto a lo “gratuito” (“todo lo que desee ha de ser mío y no me debe costar nada”). Tenerlo todo gratis se percibe como la mayor libertad, sobre todo si a mí me dan más y antes que a los demás. Pero recibir beneficios sin coste, como pauta, implica, más aún que un comportamiento adolescente, un evidente infantilismo. Por otra parte, a su vez el Estado del bienestar se convierte en una supernodriza.

La dependencia televisiva y de las pantallas en general puede dificultar el crecimiento personal porque hace llegar a todos la imagen de un mundo de lujos, de popularidad y de éxito aparentemente fácil. Apenas se menciona el esfuerzo como factor de maduración personal y de avance social. En vez de la excelencia de quien ha aprendido o la madurez de quien tiene experiencia, domina la mediocridad. Cuando amplios sectores de la población se pasan horas delante de la TV y de otros dispositivos hasta caer en la compulsión, no sorprende que se produzcan menos experiencias personales profundas, que se lean menos libros, que se confunda lo real con lo ficticio, que se actúe según reacciones emocionales y sin deliberación; que, en definitiva, sea más difícil convertirse en una persona madura. Y uno de los problemas que presentan las personas inmaduras es que no saben que son inmaduras.

La madurez aumenta cuando el niño o el joven encuentra exigencias, aprende a pensar por sí mismo y asume responsabilidades. En una persona madura se espera encontrar equilibrio, responsabilidad y un sentido crítico (de “criterio”) basado en la reflexión. Lo contrario es una persona egocéntrica e infantil. 

Lo primero para ser un buen padre o educador es mostrarse responsable, predicar con el ejemplo y estar presente junto al niño o el joven cuando este lo necesita. Pero demasiados padres no quieren ser adultos sino adolescentes como sus hijos. Se resisten a aceptar sus responsabilidades y creen que “la sociedad” se ocupará de todo. 

Si la institución -familia, escuela, Iglesia…- no reacciona frente a la anomia moral, se le está diciendo al joven que el mundo “es así”, que no hay límites éticos y también, en el fondo, que nadie espera nada de él. 

(Publicado en el semanario La Verdad el 21 de febrero de 2025)

viernes, 8 de marzo de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (95)

ELOGIO DE LA RESPONSABILIDAD (II)


Es preciso -porque hoy se echa en falta muy a menudo- hacer un elogio de la responsabilidad como objetivo educativo. Nos hallamos frente a uno de los valores humanos o virtudes más importantes en la educación de la personalidad. Ser una persona responsable marca la diferencia entre una vida mediocre y una vida que mira a la excelencia. En ella prima el deseo de orientarse al bien y difundirlo -cayendo en la cuenta de que “el bien que yo no haga se queda sin hacer”-, el afán de dejar este mundo mejor de lo que lo hemos encontrado y de perfeccionar el propio carácter para poder aportar lo mejor de uno mismo a los demás.

La responsabilidad no surge espontáneamente. Por ello, uno de los objetivos principales que debemos plantearnos los padres y educadores es que nuestros hijos o alumnos vayan integrándose de manera responsable en los diversos ámbitos de la vida, empezando por el escolar y el familiar: que sean capaces de cumplir con sus obligaciones, de asumir compromisos, de ayudar a otras personas en sus dificultades, de aportar iniciativas para el bien común. 

Ser responsable no sólo es cumplir lo que se nos manda. Eso sería mera obediencia (que no es poco); ser responsable es algo más, es tomar la iniciativa, esmerarse, saber elegir y decidir por uno mismo con todas las consecuencias. Requiere pensar bien antes de hacer algo, no eludir compromisos, acometerlos de la mejor manera posible y ser conscientes de que nuestras elecciones y decisiones tienen consecuencias que repercuten en los demás, consecuencias que, por ello, tenemos que asumir.

Una persona responsable no se conforma con obedecer y cumplir las reglas, ni con satisfacer los “mínimos”. Frente a la ley del mínimo esfuerzo muestra aceptación activa, diligencia y esmero: toma lo que se le encomienda como tarea propia y busca la mejor solución posible; hace suya la voluntad o la necesidad de quien se la demanda. No suele poner excusas ni se queja habitualmente. Por su deseo de hacer las cosas bien y por su capacidad de iniciativa pone los fundamentos de una verdadera creatividad, la de quien, en lugar de poner pegas, las resuelve lo mejor posible. No rehúye tareas que repercuten en beneficio ajeno, haciéndose digno de la confianza de los demás porque lo que hace procura hacerlo bien -lo mejor posible-, con iniciativa y con esmero. 

Es esa persona que “tira del carro” cuando los demás le necesitan, porque toma el bien de los demás como si dependiera de ella. Y esto caracteriza de manera primordial a una persona madura y positiva. Todos alabamos y agradecemos en los demás una servicialidad que va de la mano de una competencia profesional o técnica.

Si queremos educar a nuestros hijos o a nuestros alumnos en la responsabilidad hemos de fomentar en ellos una capacidad de autoexigencia que los lleve a no pactar con la vulgaridad, con la negligencia, con la pereza y la superficialidad. Librarles de las dificultades o de los sinsabores, realizar las cosas que por su edad debieran llevar a cabo por sí solos, es una manera segura de hacerles débiles, indecisos y, en definitiva, de frenar su desarrollo personal. Encanijarles.

   
            (Publicado en el Semanario La Verdad el 1 de marzo de 2024)

lunes, 27 de noviembre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (86)

EDUCAR EN LA FORTALEZA PARA SER LIBRES


    No es más libre quien sólo actúa cuando “tiene ganas”, sino el que consigue superar sus limitaciones. La libertad en su sentido más profundo consiste en disponer de sí mismo para el bien. Así entendida, no constituye tan sólo una meta, sino también un camino, por lo demás no siempre fácil. No se trata sólo de querer, sino de saber querer, de perseverar, de llegar a ser dueño de uno mismo y de optar por el bien.

    La libertad no se corresponde con la espontaneidad del capricho o de la arbitrariedad, o con la improvisación. Hacer lo que apetece por sistema es en realidad quedar a merced de estímulos sobre cuyo origen no se ejerce dominio alguno. El comportamiento en esos casos resulta evidentemente empobrecido, lastrado por el conformismo, la falta de iniciativa y de creatividad o el borreguismo consumista. La soltura del atleta que consigue sacar el máximo partido de sus posibilidades físicas y psicológicas es fruto de un laborioso entrenamiento, de una tenaz ascesis que ha hecho posible para él lo que para otros resulta inalcanzable. Es la suya una libertad conquistada y valiosa.

    Lo “natural” para el ser humano es que sus decisiones y elecciones sean fruto de su reflexión, que asuma con responsabilidad unos actos de los que efectivamente es dueño, que aporte novedades y acciones valiosas. En muchos casos el llamado “fracaso escolar” –mejor sería decir “educativo”- tiene que ver con la desgana, la incapacidad para asumir un horario regular de trabajo, para revisar los propios métodos de estudio, para terminar con esmero y puntualidad las tareas emprendidas, para encajar el contratiempo inesperado, para colaborar con otras personas, para proponerse metas de excelencia. Todo esto tiene que ver con la voluntad y en definitiva responde a problemas de inconstancia, de falta de resiliencia y de fortaleza moral.

    Por eso es preciso formar en el niño y en el adolescente la capacidad de acometer retos y de culminar lo que se emprende, de no venirse abajo si se aplaza la recompensa, de asumir vínculos que puedan comprometer a largo plazo, de superarse a sí mismo, de actuar con honestidad y espíritu de servicio. 

    Todo ello implica un voluntario esfuerzo por superar las propias limitaciones y por orientar la propia vida hacia un horizonte de plenitud. Resulta fundamental en la formación de una personalidad rica en valores humanos, pero no es fácil, y el educador ha de saber manejar de manera adecuada la motivación, la paciencia y los incentivos que ayuden a los hijos y a los alumnos a iniciar y mantener su esfuerzo en esta ardua tarea educativa.

    Por desgracia, en algunos ámbitos escolares existe la tendencia a entender que el educando ha de aprender sin esfuerzo alguno. Se pretende acercar así la actividad escolar a las apetencias más espontáneas de los alumnos, excluyendo (con estrategias que pretenden ser “no directivas”) lo que se aparta de las mismas, con lo cual, se consigue divertirlos, pero difícilmente se consigue que aprendan; y al final... acaban también aburriéndose.

    No podemos eludir la necesidad de fortalecer la voluntad de nuestros hijos y alumnos si buscamos ayudarles en el desarrollo de su personalidad y su carácter. Esto nos llevará a reflexionar, entre otras cosas, sobre la conveniencia y oportunidad de los premios y la necesidad de corregir.

       (Publicado en el semanario La Verdad el 24 de noviembre de 2023)

martes, 10 de octubre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (80)

UNA VISIÓN ADECUADA DEL SER HUMANO

En este momento en el que al socaire del fenómeno de la globalización ha florecido el “pensamiento único”, la educación (y no solo la escolar, pues el fenómeno ha invadido toda la sociedad y con ella el ámbito familiar) podría ser engullida por una mentalidad relativista regida por la inmediatez, capaz de manejar todo destino humano individual y colectivo.

Ese pensamiento único, que puede caracterizarse como la imperiosa satisfacción de los deseos, se ha convertido de hecho en una moralidad indiscutible, fuente de nuevos derechos y cancelaciones; un absoluto ante cuyo altar vienen a rendirse los signos racionales de nuestra dignidad. El hombre y la mujer -se dice- no nacen, se hacen en la medida en que logran alguna partícula de poder (empoderamiento) y ven así satisfechos sus deseos. Pero si no la alcanzan, sus criterios y principios, incluso su misma existencia, carecen de valor y quedan a merced de aquellos que sí la han logrado. Es una versión refinadísima de la ”ley del más fuerte” en la que el hombre es un lobo para el hombre.

Reducido el ser humano a variable del proceso de producción, de la estructura social y del sistema político, acaba privado de su densidad ontológica en el maremágnum de una sociedad líquida, sin vínculos consistentes con la verdad, con el bien y entre las personas mismas. Encadenado al servicio de intereses múltiples, el incremento de “libertades” esconde una auténtica falta de libertad. Este modelo de hombre, reactivamente, se ha refugiado en su subjetividad solitaria e insolidaria, es frágil ante la frustración y propenso al vacío existencial. Nos preocupa la salud mental de los jóvenes; debería hacerlo también la falta de sentido que a menudo experimentan.

A este deterioro ético parece ayudar con lamentable eficacia cierta “nueva pedagogía” (en expresión de Inger Enkvist) que debiera estar llamada a todo lo contrario, a la formación de personalidades maduras y consistentes. A esto se refiere Miguel Quintana Paz cuando describe irónicamente lo aprendido hasta bachillerato como “un bagaje que solo serviría a nuestros jóvenes para presentarse en un concurso de miss España: la paz es buena, las guerras son malas, es loable reciclar… y Confucio es el fundador del confusionismo.” Sensibles, eso sí, aunque vagamente, a los objetivos de desarrollo sostenible y la Agenda 2030, pertrechados de artilugios digitales y adictos a las pantallas.

El panorama general ha sido descrito con admirable precisión conceptual por autores como Paul Ricoeur, Gilles Lipovetsky o Zygmunt Bauman, que se han preguntado también si los educadores pueden hacer algo. Se pregunta Ricoeur, por ejemplo: “¿Cuáles son, frente a esta situación, la tarea y la responsabilidad de los educadores, incluyendo en ellos a los ámbitos del pensamiento, a los grupos de opinión y a las iglesias?”. Y responde él mismo:  “Estamos llamados a afrontar una tarea educativa descuidada: recuperar una visión adecuada del hombre”.

Un ejemplo: las cuestiones tecnológicas encabezan hoy las preocupaciones de los sistemas educativos, pero no debemos olvidar que las tecnologías no innovan, quien innova son las personas. En sentido propio, no son las tecnologías las que nos están cambiando la vida, sino quienes las han ideado y quienes las utilizan. La llamada “competencia digital” no es solo cuestión de teclas, sino ante todo, de ideas, de criterios y de valores éticos. De personas. Y así, lo demás.

    (Publicado en el semanario La Verdad el 6 de octubre de 2023)

miércoles, 7 de junio de 2023

¿PARA QUÉ SIRVE LA VERDAD?


 

Un autor contemporáneo llamaba no hace mucho la atención sobre un hecho algo llamativo: “Los filósofos, decía, han sido siempre unos ciudadanos mal mirados en la ciudad. Nunca se ha sabido exactamente qué hacer con ellos... Por eso unas veces se los ha enviado al exilio por carencia de trabajo para ellos y otras por el contrario se les ha encargado el gobierno de la polis.”(1)  Claro que “esto último era pensable en tiempos en que (...) a la verdad se le confería un peso de realidad discernible.(2)       

Sin embargo, como ha escrito Xabier Zubiri, “hoy estamos innegablemente envueltos en todo el mundo por una gran oleada de sofística”.(3) Para el gran metafísico español, la sofística quiso “formar a los nuevos hombres de Grecia desentendiéndose de la verdad.”(4) Y no es exagerado afirmar  que “como en tiempos de Platón y de Aristóteles, también hoy nos arrastran inundatoriamente el discurso y la propaganda”. (5)

 Y ello hasta extremos de magnitud incalculable, puesto que los logros y posibilidades de nuestro desarrollo tecnológico hacen que el poder económico-político se extienda hasta absorber todas las esferas de la cultura, es decir, de la conciencia que el ser humano posee de sí mismo y de su lugar en el mundo. 

En este sentido decía Guardini que la cultura es una “imagen existencial humana” y que “para medirla, no bastará sólo preguntar qué consigue, sino también que se hace en ella del hombre”. (6)

            Pues bien, la filosofía es la pregunta a un tiempo racional, radical y global que, a decir de Hegel, lleva a pensar el propio tiempo. No es exagerado observar que el nivel de humanidad de una época puede medirse por las reflexiones filosóficas en que se inspira. Un tanto hiperbólicamente, se ha llegado a decir que la historia es la filosofía puesta en ejemplos.

Sin embargo, lo primero que cabe resaltar aquí es lo peculiar del papel que a la actividad filosófica se le asigna en la vida. Se insiste a menudo –y no voy a discutirlo ahora- en que la filosofía no sirve para nada. Pero cuando en un pueblo se han ausentado los auténticos filósofos, aunque haya algunos que se sirvan de ese nombre para halagar a quien les paga o para construir un pedestal a su vanidad, ocurre que todo espacio de libertad es utilizado para preparar la conquista del poder en cualquiera de sus formas. Porque si lo único que cuenta es quién tiene el poder y como puede hacerlo valer de manera efectiva, ¿para qué sirve la verdad?, ¿para qué puede servir buscarla en todos los órdenes de la realidad y de la vida? Hay varias respuestas plausibles. En esta ocasión nos centraremos en una que nos parece fundamental.

La verdad, precisamente porque no es algo útil, es la condición más indispensable para que sea posible la libertad humana. Sucede de hecho que la libertad, el camino del ser humano hacia sí mismo y su plenitud, no carece de dificultades y riesgos. Y uno de los más importantes es que –como ocurría con los sofistas de antaño- sea disociada de la verdad.




Una libertad al margen de la verdad

¿Por qué la libertad es “difícil”? En primer lugar, porque hay algo en el ser humano que quiere la libertad, sin duda, pero también existe algo en él que la rechaza o siente su ejercicio como algo arduo y demasiado cargado de responsabilidades, algo que la aborrece, que se cansa. Resulta que es más fácil ser esclavo que libre, y es más fácil también luchar por la libertad que vivir en ella, porque no basta con proclamarla, fingirla o tolerarla, sino que hay que apuntalarla en la verdad –es decir, en lo real- y darle un sentido, un para qué consistente, acorde con lo verdaderamente humano. Pero desde ese momento nos vemos vinculados, obligados, comprometidos. 

Por eso es más simple dejarse llevar. Salustio escribía ya que la mayoría de los hombres no quieren en realidad ser libres; prefieren tener buenos amos.

Y por eso comprobamos a menudo que el individuo tiende con demasiada facilidad a claudicar pasivamente ante el poder. Sin embargo, el único antídoto contra el poder desnudo que no reconoce norma alguna por encima de sí, es la afirmación de la verdad; más precisamente aún, el compromiso vital con ella.

El siglo XX y el XXI son una verificación de que los asesinos y los mercenarios de los regímenes y movimientos fanáticos y totalitarios, de los cárteles y los llamados “ejércitos de liberación”, se reclutan entre hombres así, hombres grises, simplificados, más dóciles a su agresividad y a sus apetitos que a los argumentos y afanes de la inteligencia; y por ello más manipulables. Es el Poder, el partido, el sindicato o el grupo mediático quienes deciden las injusticias que deben indignar y las que deben dejar indiferente, lo que ha de tolerarse y lo que no. Este imperio de lo opinable y de la cancelación, en el que la verdad depende de quien la diga y de la violencia con que lo haga, crea un tipo de ciudadano perfectamente dócil a toda forma de totalitarismo.

En su novela 1984, George Orwell se plantea con fiereza la posibilidad de que la verdad fuera el resultado de una decisión de los fuertes, del sistema, del “Gran Hermano”. ¿Quién, por consiguiente, podría negar entonces que dos y dos fueran cinco si así lo establecía un poder vigilante por encima del cual no hay nada? ¿Quién puede defender en ese caso a sus víctimas? ¿En nombre de qué? ¿Cómo puede no extinguirse la libertad? 

En un importante pasaje de la narración, Winston Smith, el protagonista, acaba de descubrir las pruebas de una falsificación documental realizada por el llamado Ministerio de la Verdad, en el cual trabaja; medita acerca una noticia manipulada que ha llegado a su poder y que inculpa a tres individuos inocentes. Él lo sabe, pero conocer la verdad sobre este asunto hace que su conciencia le sitúe frente a la lectura oficial de los hechos:

“Se preguntó... si no estaría loco. Quizás un loco era sólo una “minoría de uno”. Hubo una época en que fue señal de locura creer que la tierra giraba en torno al sol: ahora era locura  creer que el pasado era inalterable... Pero la idea de ser un  loco no le afectaba mucho. Lo  que le horrorizaba era la posibilidad de estar equivocado.

            (...) Al final, el Partido anunciaría que dos y dos son cinco y habría que creerlo. Era inevitable que llegara algún día al dos y dos son cinco. La lógica de su posición lo exigía. Su filosofía negaba no sólo la validez de la experiencia, sino que existiera la realidad externa. La mayor de las herejías era el sentido común. Y lo más terrible no era que le mataran a uno por pensar de otro modo, sino que pudieran tener razón. Porque, después de todo, ¿cómo sabemos que dos y dos son efectivamente cuatro? O que la fuerza de la gravedad existe. O que el pasado no puede ser alterado. ¿Y si el pasado y el mundo exterior sólo existen en nuestra mente y, siendo la mente controlable, también pueden controlarse el pasado y lo que llamamos la realidad?

           ¡No, no!, a Winston le volvía el valor (...) Había que defender lo evidente. El mundo sólido existe y sus leyes no cambian. Las piedras son duras, el agua moja, los objetos faltos de apoyo caen en dirección al centro de la Tierra... 

Con la sensación (...) de que anotaba un importante axioma, escribió: "La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro. Si se concede esto, todo lo demás vendrá por sus pasos contados.” (7) 

La verdad es peligrosa para el poder absoluto y totalitario, para los enemigos de la libertad; descalifica el voluntarismo nihilista de los superhombres. Por eso, el antagonista de Winston en la novela orwelliana, no duda en afirmar: 

“Nosotros, Winston, controlamos la vida en todos sus niveles. Te figuras que existe algo llamado  la naturaleza humana, que se irritará por lo que hacemos y se volverá contra nosotros. Pero no olvides que la naturaleza humana la creamos nosotros. Los hombres son infinitamente maleables... Si tú eres un hombre, Winston, es que eres el último ejemplar de esa especie. A esa especie la hemos sucedido nosotros. ¿Te das cuenta de que estás solo, absolutamente solo? Te encuentras fuera de la historia, no existes.” (8)

 


La mentalidad dominante en nuestro tiempo 

Max Weber consideró que nuestra época asistía al “desencantamiento del mundo”, refiriéndose al carácter de una sociedad occidental modernizada, burocratizada, secularizada, donde la comprensión científica está más valorada que la creencia y el misterio, y donde los procesos están orientados a metas racionales: no existen en torno a nuestra vida poderes ocultos o imprevisibles, sino que, por el contrario, todo puede sor dominado mediante el cálculo y la previsión. (9)

Pues bien, los acontecimientos mismos han mostrado que el control propio de una razón dominadora, autoconvencida de que saber es un poder (10)amenaza con convertir el nuestro en un mundo sin encanto, sin vínculos profundos y sin hogar, regulado por los sueños oscuros del poder. La razón misma, autosuficiente, no tendría ni pretendería otra justificación que sus propias creaciones. Los tortuosos desafíos de algunos hombres de ciencia o de algunos centros del poder económico pueden servir como ejemplos recientes de lo que venimos diciendo.

            Si tuviéramos que pensar el propio tiempo, como pedía Hegel a la filosofía, podríamos destacar que se ha extendido en los últimos tiempos, por encima de escuelas y sistemas filosóficos, la convicción de que el hombre "auténtico" –varón o mujer- es el que triunfa en la vida, lo cual significa: el que llega a ser autosuficiente, el que se desata de vínculos y dependencias forjando su propia seguridad e imponiendo sus deseos, el que no se debe a nadie más que a sí mismo y sólo es para sí mismo. En el ámbito individual eso significa autosatisfacción y bienestar, y en el colectivo –si es un grupo o una colectividad quien se erige en sujeto-, control, dominio y eficacia. Y el camino para lograr tal grado de autoafirmación no es otro que el propio hacer.

Esta mentalidad hoy dominante se levanta sobre el viejo desprecio del saber teorético en pro de la mentalidad productiva (poiesis) y la eficacia ("saber es poder"); hizo eclosión durante la Ilustración, momento en que la razón humana fue proclamada mayor de edad, y cuenta hoy con cauces muy precisos: economía, política, ciencia, técnica, informa­ción de masas..., o, si se quiere, economicismo, estatificación y pensamiento único, tecnocracia, con­sumismo... 

 


Las ideologías

Es producto de un implacable proceso de “ideologización de la cultura”. Pero, ¿qué debe entenderse por "ideología"? Las ideologías son sistemas de ideas que ofrecen una interpretación del mundo y del ser humano que sirven como instrumento para la instauración de una voluntad de dominio. Las ideologías son eminentemente pragmáticas, detrás de ellas no hay una pretensión de dar con la verdad sobre lo que ocurre en la realidad, lo que es justo o la naturaleza de las cosas. Su única intención es imponerse sobre cualquier otra concepción o postura.

Se trata de modos de entender el mundo articulados desde una voluntad de poder y no desde una apertura a la verdad, lo que las convierte en el fondo en meras condiciones de eficacia al servicio de la voluntad dominadora que las ha configurado. No tienen nada que ver con la adecuación a lo que las cosas son, con la verdad. Son eficaces y basta. Si logran imponerse, cuentan, y eso es todo. ¿Qué importa que una afirmación sea falsa o inmoral? El caso es que ‘hemos logrado que funcione’ y ha sido admitida por la opinión general. Para ello se cuenta, además, con poderosas herramientas de manipulación del lenguaje. (11)

Es el criterio de la praxis, entendida como producción de objetos y resultados externos y mensurables; el nudo pragmatismo. Dicho en expresión coloquial: “Lo de menos es que el gato sea blanco o negro. El caso es que cace ratones”. Por eso las ideologías no pertenecen al ámbito de la teoría, sino que penetran en la política, la economía, la comunicación, los núcleos y actividades generadoras de opinión.

Karl Marx escribía: “El problema de si al pensar humano responde una verdad objetiva no es una cuestión teórica, sino práctica. Es en la praxis donde tiene que demostrar el hombre la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. La disputa sobre la realidad o no realidad de un pensamiento, prescindiendo de la praxis, es una cuestión puramente escolástica.(12) Y añadía: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.” (13)

El caldo de cultivo para la imposición de una voluntad de poder es el relativismo, el nihilismo. Si todo es opinable y todas las opiniones son semejantes, si nada tiene valor por sí mismo, entonces lo que hace que prevalezca una postura u opinión sobre las demás es el grado de fuerza que la respalda y la conduce al éxito, a la supremacía sobre las demás, ya se trate de la seducción con la que se muestra, de la voluntad del legislador, de la moda o corriente mayoritaria, etc.)

Una cultura ideologizada devasta la verdad, el bien y la belleza, y las sustituye por sucedáneos: la apariencia, la mentalidad dominante, el placer, la utilidad, la comodidad, el éxito, el deseo... la posverdad. La realidad deja de ser el referente de lo verdadero, lo justo, lo correcto, lo bello... y todo pasa a depender del deseo predominante, del pensamiento único, de las emociones y la publicidad. Nietzsche lo llamaba la "voluntad de los fuertes"… ¿Nos preguntaremos aún para qué sirve la verdad…?

Andrés Jiménez Abad


[1] Olegario GONZÁLEZ DE CARDEDAL. El poder y la conciencia, Madrid, 1985, pág. 303.

[2] Ibídem

[3] Xabier ZUBIRI. Prólogo a Inteligencia Sentiente, Madrid, 1981, pág.15. Cit. en Olegario GONZÁLEZ DE CARDEDAL. Ídem, pág. 317.

[4] IDEM. Naturaleza, Historia, Dios. Madrid, 1974, 6ª ed., pág. 193.

[5] IDEM. Prólogo a Inteligencia Sentiente, loc. cit.

[6] ROMANO GUARDINI. La cultura como obra y riesgo. Madrid, 1960, pág. 20.

[7] GEORGE ORWELL. 1984. Estella (Navarra), 1983, págs. 69-70.

[8] IDEM. pág. 203.

[9] Cfr. MAX WEBER: “La ciencia como vocación”(1919). En Weber, M. El político y el científico. Madrid, Alianza, 1993, págs., 180-231. 

10 “Saber y poder son lo mismo; el sentido de todo saber es dotar a la vida humana de nuevos inventos y recursos”. (FRANCIS BACON. NovumOrganum, 1, 3; 1, 81)

[11] Términos-talismán como, por ejemplo, “ingeniería financiera”, "progreso", “beneficio cero”, “regulación de plantillas”, “interrupción voluntaria del embarazo”, “derechos reproductivos”, “escuela comprensiva e inclusiva”, “educación intercultural”, "inclusión", “opinión pública”, “perspectiva de género”, etc., gozan de una aureola encubridora de realidades menos halagüeñas.

[12] Karl MARX. Tesis sobre Feuerbach, 2ª tesis.

[13] Ibídem, 11ª tesis. 

martes, 6 de junio de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (70)

FORMACIÓN DE LA CONCIENCIA


Venimos hablando de la importancia de educar en la reflexión desde edades tempranas. Uno de los principales aspectos de esta preocupación es aprender a distinguir el bien del mal para orientar cabalmente nuestra conducta y para realizar juicios de valor apropiados. 

Todos sabemos que hay que hacer el bien y evitar el mal, pero esto no siempre es fácil. El ser humano puede hacer buen o mal uso de su libertad y a menudo no hace lo que debe, o hay situaciones y circunstancias en las que no es sencillo acertar con un comportamiento o una decisión adecuadas. 

Los niños están especialmente necesitados de referencias morales que les ayuden a distinguir en la práctica lo que está bien de lo que está mal o de lo que simplemente resulta atrayente. 

Muchas veces todos nos damos cuenta de que algo que hemos hecho no estuvo bien, y sentimos remordimiento por ello. Al reflexionar serenamente caemos en la cuenta de haber hecho algo indebido, pero ya no hay remedio porque el mal está hecho. Por ello, antes de actuar, conviene pararse a pensar lo que debemos hacer y lo que no. Necesitamos una “brújula” que oriente nuestras decisiones y nuestra conducta para distinguir el bien del mal en situaciones concretas y acertar en nuestro comportamiento. 

La conciencia moral es esa “brújula” que nos orienta acerca del bien y del mal. Es un juicio de valor que cada uno realizamos acerca de nuestros actos concretos. Parándonos a pensar si lo que hacemos es lo correcto, nos dice lo que tenemos que hacer, o lo que teníamos que haber hecho. La virtud que orienta a la conciencia moral es la prudencia, el criterio moral, el hábito de juzgar correctamente en las situaciones concretas.

La conciencia ha de ser educada y formada tempranamente para acertar a distinguir entre el bien y el mal en las diferentes situaciones. Se trata de una educación que conduce al perfeccionamiento personal y que supone respetar tres reglas de oro: Hacer el bien y evitar el mal. Tratar a los demás como queremos ser tratados. No hacer el mal para obtener un bien.

Desde los primeros años una conciencia moral incipiente despierta al niño en su interior al conocimiento y la práctica del bien. Es como una inclinación espontánea, pero muy elemental, que se va desmarcando poco a poco de la simple distinción entre el placer y el dolor. Conviene orientarla para que aprenda a situarse ante los acontecimientos de la vida respetando el valor propio de las cosas y de las personas (él incluido). Es una tarea de toda la vida, pero si no se ha llevado a cabo desde la infancia pueden producirse deformaciones nada fáciles de corregir más adelante. 

Las apariencias a menudo son engañosas y por ello nunca debemos dejarnos llevar por las primeras impresiones. El relativismo y el emotivismo presentes en la mentalidad hoy dominante favorecen la tiranía de los deseos, de las ganas y del gusto por lo fácil y atrayente. Por este motivo es fundamental enseñar a discernir tempranamente entre el bien y el mal. Como escribía Blaise Pascal, “nuestra dignidad radica en el pensamiento, en la reflexión. Esforcémonos en pensar bien: ese es el principio de la moral.” Seguiremos con este tema en próximas ocasiones. 

     (Publicado en el semanario La Verdad el 2 de junio de 2023)