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domingo, 10 de mayo de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (174)

HACIA UNA FORMACIÓN DEL CARÁCTER

 


En la actualidad, especialmente en el ámbito anglosajón, se observa una tendencia creciente hacia el modelo educativo conocido como “educación del carácter”. Esta orientación surgió en los años 90 como respuesta a una inquietante deriva iniciada en la década de los 60, cuando muchos profesores empezaron a rechazar la educación moral por considerarla “adoctrinamiento”. A raíz de esta renuncia, la enseñanza se centró en transmitir habilidades y destrezas sin una guía ética ni antropológica clara, lo que desembocó en resultados académicos catastróficos y en una cultura de libertarismo disfuncional que todavía persiste. 

La decisión de apostar por la “educación del carácter” responde a la conciencia de que no basta con formar a los estudiantes en capacidades o habilidades, incluso cívicas; es esencial dotarles de argumentos y criterios para saber cómo, cuándo y por qué emplear esas habilidades, así como de resortes volitivos para llevarlos a la práctica. Sin esta orientación, el aprendizaje pierde profundidad y sentido, y los estudiantes pueden convertirse en individuos hábiles pero carentes de discernimiento ético. 

Fuera del mundo anglosajón —aunque también dentro de él, ciertamente— sigue prevaleciendo una educación demasiado dependiente en exceso de los dictados políticos e ideológicos dominantes. Esta tendencia limita el desarrollo de la personalidad del estudiante y condiciona los contenidos y métodos educativos a intereses ajenos a su formación personal. 

Es frecuente escuchar que los jóvenes de hoy son los más preparados de la historia. Sin embargo, desde la Universidad de Cambridge se alerta de que, pese a que los estudiantes británicos adquieren un elevado conocimiento en muchas competencias esenciales para la vida, existe entre el profesorado una marcada preocupación por la dimensión ética de sus alumnos. Se afirma que “son muy listos, pero perfectamente individualistas y egoístas”. Esta observación lleva a preguntar: ¿Qué tipo de personas estamos educando? 

El historiador Christian Ingrao, en su obra Creer y destruir. Los intelectuales en la máquina de guerra de las SS (Acantilado, 2017), describe el perfil de numerosos miembros del ejército nazi que no eran personas ignorantes, sino individuos con una formación académica muy elevada. Lejos de ser incultos, poseían un alto nivel educativo, lo que, sumado a un profundo compromiso ideológico, los convirtió en piezas eficaces de la maquinaria de exterminio alemana. Este caso es un ejemplo paradigmático de las consecuencias negativas de una formación intelectual intensa pero desvinculada de una sólida educación moral. 

Por tanto, es fundamental recordar que la educación tiene una doble función: enseñar y formar. Si se pone el énfasis únicamente en la enseñanza y en la mejora de la didáctica, el esfuerzo educativo se dirige al qué y al cómo enseñar, olvidando el para qué se aprende y la finalidad de los conocimientos adquiridos. Muchos jóvenes graduados que aterrizan en la docencia poseen un bagaje intelectual suficiente pero carecen de una formación moral y pedagógica que tenga como horizonte la plenitud de la persona en su integridad. 

Cada vez son más los centros escolares que demandan profesores comprometidos con el desarrollo personal de los estudiantes, más allá de competencias y habilidades y al margen de las presiones ideológicas impuestas desde el poder político, especialmente ante la renuncia de no pocas familias a su responsabilidad educativa. 

(Publicado en el semanario La Verdad el 8 de mayo de 2026)

miércoles, 21 de enero de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (161)

CONSUMIR NO ES VIVIR

 


            Tras las fiestas navideñas, en las que el mensaje religioso apenas sobresalía entre los brillos de espumillón y alumbrados LED, las compras, los manjares y los regalos, no está de más reflexionar sobre el consumismo y la educación.   

El consumo es sin duda necesario. Se trata de adquirir productos que necesitamos o que de verdad valoramos porque son útiles o hermosos. Pero los intereses a los que sirve una megapublicidad que dispone de recursos impresionantes para trasladar sus mensajes al gran público, fomentan más bien el consumismo, cosa muy distinta, consistente en adquirir objetos de forma irreflexiva para satisfacer necesidades creadas artificialmente.

En el fondo no se trataría de necesidades, sino de deseos, que no son lo mismo. Por ejemplo, tal vez necesitamos unas buenas zapatillas deportivas, pero la publicidad nos sugiere que sólo las de tal marca –que anuncian los campeones... – son las mejores... ¡¡y que no puedes quedarte sin ellas!! Con ello se borra la frontera entre el deseo y la necesidad real.

Lo adecuado sería ajustar el consumo a las necesidades reales de las personas. Pero la publicidad, manejando hábilmente los resortes emocionales, consigue suscitar deseos cargados con gran fuerza de seducción, haciéndonos pensar que si no compramos tal producto no seremos felices, o seremos inferiores a los demás.

            De la mano del consumismo se instaura la “cultura” de un “individualismo gregario” -en expresión de Hannah Arendt-, toda vez que convierte a cada persona en un solitario gozador de bienes (todos iguales) en solitarios abrevaderos individuales (los mismos) para el rebaño. La religión hedonista cuenta con un eslogan que constituye su primer principio ético: “Te amarás a ti mismo sobre todas las cosas”.

            Una sociedad adicta al bienestar individual como la nuestra suscita la adoración solipsista del propio cuerpo. Aparece un mercado de talismanes milagreros: las clínicas de mejoras estéticas, los alimentos y dietas adelgazantes -contrapeso de los placeres culinarios previamente enaltecidos-, los gimnasios, las prendas que realzan o aminoran, los fetiches eróticos, las mascotas ejerciendo de “perrhijos”, etc., asegurando una felicidad reducida a bienestar corporal y emocional. 

La dinámica del consumismo convierte lo nuevo, lo joven, lo “último”, en criterio de calidad mediante la exaltación de lo efímero: “Esto ya no se lleva...” El consumismo compulsivo de novedades se extiende incluso al mundo de las ideas, los valores y el arte; es la cultura del zapping, del inmediatismo. 

Toda esta suerte de pesticidas contaminantes se filtra hasta los acuíferos de la educación manipulando la personalidad de los más jóvenes. Nos hallamos ante una manipulación que, glosando a Lukács, se lleva a cabo a la vez de forma brutal y refinada. Brutal, negando la existencia de necesidades que no sean las más primarias e induciendo a abandonar el cultivo de bienes no vinculados al consumo. Refinada, porque, sin negar las necesidades superiores, crea la ilusión de que se satisfacen con bienes mostrencos.

            Frente a estos retos educativos, se ha de insistir urgentemente en la necesidad de crear mentalidades críticas en nuestros niños y jóvenes. Si padres y educadores se sitúan frente a esa sociedad consumista con un filtro sólidamente crítico, basado en la austeridad y el sentido común, y con coraje, estarán devolviendo su razón de ser a la educación y sirviendo a la verdadera libertad de las personas.

(Publicado en el semanario La Verdad el 16 de enero de 2026)

martes, 1 de julio de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (144)

EDUCAR PARA EL DON

 


Veníamos diciendo que un recurso válido en la educación es promover el salir de sí mismo para ayudar a los demás. Nos referíamos con ello al fomento de la responsabilidad como valor humano, clave de una personalidad más feliz, equilibrada y madura. 

Viktor Frankl llamaba a este valor “autotrascendencia”, voluntad de sentido. Decía el psiquiatra vienés: “Cuanto más se olvida un ser humano de sí mismo y se entrega, tanto más humano es. Según Kierkegaard la puerta de la felicidad se abre hacia fuera. Ser humano es trascenderse a sí mismo hacia algo o alguien, entregarse a una obra a la que uno se dedica, a un ser al que se ama o a Dios a quien se sirve. Esto puede explicarse con el ejemplo del ojo: se ve a sí mismo solo cuando está enfermo y queda perturbada la visión. El ojo ha de poder “ignorarse a sí mismo”. Exactamente igual ocurre con el hombre, está impulsado por una voluntad de sentido; pero hoy esta voluntad está ampliamente frustrada. La sociedad de la opulencia satisface necesidades y apetitos, pero no la voluntad de sentido.”

Y remachaba el argumento con una de sus tesis más famosas: “Para encontrar el sentido no se trata de si esperamos algo de la vida, sino de si la vida -alguien, en el fondo- espera algo de nosotros.” De esta forma, “quien tiene un para qué (o para quien), puede encontrar o soportar el cómo”. 

Esta es una hipótesis ya probada y que deberíamos verificar con nuestra experiencia vital: estamos hechos para aportar al mundo y a los otros lo que llevamos dentro. Y esto significa percatarse de que el fin esencial de la vida consiste en cultivar y dar lo mejor de uno mismo, pues de ese modo se enriquece cualitativamente la realidad, se hace más bella, más plural, se continúa el proceso creativo del mundo, se aporta desde lo original y originario de la persona. 

Para ello resulta indispensable indagar lo que uno es, cuáles son sus dones y sus capacidades. Pero esto, ¿cómo se hace? Decía Aristóteles que el saber hacer se aprende haciendo… Es decir que, en el fondo, sólo se tiene lo que se da.

Y es que más allá de la lógica del individualismo, del tener, del gozar, del poder y del aparentar, más allá de una sociedad de átomos, de individuos cerrados en sí mismos, es necesaria y posible (y existe, aunque a menudo quede oculta tras la selva de los intereses egoístas) una lógica del don.

Todo esto se refleja a diario en las palabras que intercambiamos después de dar algo gratuitamente. El que recibe suele responder “gracias”. Con ello reconoce haber recibido una gracia, algo no exigible sino gratuito. Y el que ha dado suele replicar “de nada”, con lo que libera al que recibe de toda deuda, porque recalca que lo ha hecho libremente, por “nada”, sin esperar algo a cambio.

Eduquemos -también- en bienes o valores que ni se miden ni son susceptibles de cálculo, pero que hacen que esta vida valga la pena: el amor personal, las personas mismas, la amistad, el perdón, la belleza, la generosidad, la amabilidad…, que no pueden ser comprados ni vendidos. Con razón se ha dicho que "sólo el necio confunde valor y precio". 

(Publicado en el semanario La Verdad el 27 de junio de 2025)

 

martes, 19 de septiembre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (77)

SOCIALIZACIÓN Y PERSONALIZACIÓN 

 

Hemos venido criticando una manera engañosa de entender la socialización en el ámbito educativo. La crítica se centraba en una forma politizada -ideológica más bien- de entender la educación hoy predominante, en la que se busca la absorción de la persona en una forma reduccionista de ciudadanía, como si fuera un mero fragmento del colectivo social conducido según los valores dominantes; a la postre, un individuo atomizado que desaparece absorbido por el anonimato de la masa. 

Es importante no desdeñar la dimensión social de la persona cayendo en un individualismo narcisista e insolidario. Antes bien, en una socialización bien entendida, cada persona sigue siendo significativa y se ve resguardada e impulsada, no se ve privada de su dignidad intrínseca y de su responsabilidad, conserva un rostro identificable en los ámbitos de los que forma parte. Y por ello está en las mejores condiciones para corresponder a la sociedad aportando lo mejor y más genuino de sí misma. 

La excelencia personal, entendida como capacidad de suscitar y aportar lo mejor de uno mismo, no es contraria a la vida social -al contrario, es el mejor de sus recursos-. Sin embargo sí lo es la mediocridad, es decir, esa forma de subdesarrollo personal que crea problemas, que incapacita para resolver, para aportar al bien común, para suscitar la confianza de los demás y que al final deprime.

El ser humano es naturalmente sociable porque a través de la convivencia organizada su humanidad y su personalidad se ven enriquecidas y se desarrollan mejor. Al contrario, y por lo mismo, una vida social o una forma de convivencia tóxica es aquella que nos deshumaniza.

En una sociedad en la que importa el bien común -el bien propio y solidario de las personas que la forman-, se favorece la responsabilidad y la significación de las relaciones personales. En una socialización bien entendida, la personalización se afianza. Y, precisamente, personalizar -contribuir a la formación de una personalidad madura, de una libertad responsable que se orienta al bien- es la tarea esencial de la educación. 

Una educación personalizadora no es la que se obsesiona con el éxito y la autosuficiencia individual (¿el empoderamiento?). Es la que procura la maduración de la personalidad mediante el cultivo y el ejercicio de la reflexión basada en la búsqueda de la verdad y la libre orientación al bien, de una solidez de carácter frente a circunstancias mudables o dificultades que inciten a claudicar.

Es tarea fundamental de la educación, como instrumento de personalización y socialización, enseñar a niños y jóvenes a pensar y comprender, a hacer juicios de valor adecuados, a “ver por dentro” la realidad, a las personas y la propia interioridad, más allá de las apariencias y de la utilidad inmediata. Capacitarles para conducirse lúcida y responsablemente ante los valores de sentido, para dar y recibir en el seno de las relaciones, vínculos y tareas de la vida social. 

En el marco de una educación personalizadora, lo más relevante son los criterios y ayudas desde las que aprenderán a comprender la realidad y a convivir contribuyendo a la humanización de la convivencia. De lo contrario, el sistema educativo fomentará la aparición de individuos egoístas, abandonados a la mediocridad y perfectamente manejables. No la socialización.


   (Publicado en el semanario La Verdad el 15 de septiembre de 2023)

domingo, 10 de septiembre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (75)

LA EDUCACIÓN, ¿AL SERVICIO DE QUÉ?


 

Una cultura es la “conciencia de un pueblo” y es lo que lo hace reconocible en el mundo y en la historia. Ello ha de entenderse en un doble sentido: Por un lado, como una concepción del mundo y una manera de diferenciar el bien y el mal, generalizada y compartida en un grupo humano y que se expresa en una escala de valores fundamentales. 

En segundo lugar se refiere al conocimiento de la propia identidad, una certeza acerca de quiénes somos y qué alimenta los vínculos de mutua pertenencia entre las personas, familias y grupos humanos. De esta conciencia, tomada en ambos sentidos, surge el sistema de creencias compartidas, las tradiciones y costumbres, la forma de organizarse políticamente, y se alimenta también la educación. 

            En esta misma línea se expresaba el humanista Werner Jaeger, en su obra magna, Paideia, cuandoescribía que “la educación forma parte de la sustancia de toda sociedad y la historia de la educación se halla esencialmente condicionada por el cambio de los valores de cada pueblo.” Y así, explicaba, si las normas que dan cauce a la identidad de un pueblo son estables y moralmente positivas, lo esperable es la solidez de los fundamentos de la educación. 

            Pero, añadía, de la disolución de tales normas resulta la debilidad, la falta de seguridad y aun la imposibilidad de la acción educadora. Así, al estudiar el proceso de decadencia que acabó con la grandeza de Atenas, Jaeger señalaba que la educación y la cultura atenienses se vinieron abajo cuando la tradición fue desplazada por el individualismo y el olvido de los grandes ideales. Pero advertía también que “la mera estabilidad no es signo seguro de salud. Reina también en los estados de rigidez senil, en los días postreros de una cultura”. Lo que se requiere, concluía, es un dinamismo social movido por metas valiosas que configuren la escala de valores vigente y que lleve de algún modo a anteponer el bien común sobre los intereses particulares.

            Decía con acierto G.S. Counts: “Debemos abandonar la simplista idea de que la escuela libera automáticamente la mente y sirve a la causa del progreso humano. Puede servir a la tiranía como a la libertad, a la ignorancia como a la ilustración, a la falsedad como a la verdad, a la guerra como a la paz, a la muerte como a la vida. Puede incitar a los hombres al pensamiento de que son libres aún cuando les ate a cadenas de esclavitud. La educación es sin duda una fuerza de gran poder, particularmente cuando abarca todos procesos organizados para moldear la mente, pero si es ella buena o mala depende, no de las leyes del aprendizaje, sino de la concepción de la vida y de la civilización que le da sustancia y dirección. En el curso de la historia, la educación ha servido a todo género de objetivos y doctrinas tramados por el hombre.”

Una educación que pretenda servir a las necesidades sociales no puede cuestionarse sólo, ni preferentemente, el “cómo” sino el “para qué. El problema profundo de la educación no es de métodos o de medios; es un problema de fines. Por ello, cuando se reclama un gran pacto educativo nacional, habría que considerar que si no se está de acuerdo en los principios, para nada servirá querer estarlo en las formas.

   (Publicado en el semanario La Verdad el 1 de septiembre de 2023)

viernes, 10 de junio de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (32)

EL RELATIVISMO: SOFISTAS DE AYER… Y DE HOY


Nos referíamos en nuestra reflexión precedente al relativismo impulsado por aquellos sofistas que, en la Atenas del siglo V a. Jc., educaban a los jóvenes de la nobleza para el éxito en la política y que tanto se parece al de nuestros días. 

Presumían aquellos sabios educadores de que, según quien les pagase, eran capaces de demostrar la verdad de una cosa o de su contraria, porque en realidad se trataba de convencer y seducir al auditorio, y para eso bastaba con el manejo de una hábil retórica. Negaban que hubiera una verdad y que pudiera ser conocida porque “las cosas son según le parecen a cada cual” (Protágoras).

Pero si no existe una verdad, ¿quién tiene razón? Sencillo: al final el poder, la “ley” del más fuerte y del más astuto, o la postura mayoritaria, se convierte en norma. Lo decisivo es la eficacia de las palabras. “Con la palabra, dirá el sofista Gorgias de Leontino, se fundan las ciudades, se construyen los puertos, se impera al ejército y se gobierna el Estado.” 

En cuanto al ser humano, la sentencia de Protágoras se ha hecho famosa: “El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son, y de las que no son en cuanto que no son.” Es decir, que la voluntad del individuo es la que determina el valor de las cosas… y de las personas. Ya que no hay criterios objetivos para distinguir lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto…, la habilidad para presentar los argumentos y convencer al auditorio se convierte en el instrumento idóneo para hacerse con el poder y acrecentarlo, y así determinar lo que vale y lo que no por medio de las leyes. Sin normas trascendentes, morales o religiosas, cada cual para sí y los poderosos para la colectividad son la medida de las acciones humanas.

Para el sofista, todo en la vida se subordina a lo que decidan quienes tienen el poder. La educación consistirá entonces en la adquisición de habilidades sociales -retóricas y políticas- para triunfar, y eso es lo que daría sentido a la vida. 

La concepción sofística del hombre es la de un “ciudadano del mundo” (cosmopolita) desarraigado de las tradiciones y costumbres de su ciudad y que, por medio de las leyes, crea los valores, determinando lo que vale y lo que no. Es un triunfador, autosuficiente en la medida en que logra el poder, pero que se hallará indefenso cuando se vea a merced de adversarios más poderosos o sagaces.

En la vida pública, lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto es determinado por el legislador. Lo que éste decida será justo, sea lo que sea, porque tiene el poder para imponerlo. En suma, los que triunfan y mandan son los que imponen su manera de ver la vida. Se oculta a la vez qué ocurre con los débiles o con los que fracasan… porque no cuentan socialmente.

Atenas, en este momento, se había convertido en una palestra de ganadores, en el olimpo del individualismo. Cierto. Lo malo es que ya no era un pueblo, tal como los griegos habían entendido la polis hasta entonces: como un ámbito acogedor de convivencia que brinda seguridad, criterio e identidad a los ciudadanos. 

      (Publicado en el semanario LA VERDAD el 10 de junio de 2022)