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sábado, 3 de diciembre de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (49)

EL PROYECTO EDUCATIVO DE CENTRO: 

¿EDUCAR, PARA QUÉ?



            La identidad de un centro educativo consiste en el modo en que entiende la tarea de educar, lo que implica a su vez una visión del ser humano y del sentido de la vida, ya que, por medio de la enseñanza, de la formación de la personalidad y de la convivencia, se busca ayudar al educando a avanzar en su proceso de maduración como persona. 

            Eso es lo que intenta reflejar el Proyecto Educativo de cada centro, en el que se busca dar respuesta a estas tres preguntas: ¿Quiénes somos?, ¿qué pretendemos?, ¿cómo nos organizamos? En gran medida, el Proyecto refleja el carácter y el ideario de un centro escolar, aquello que le da una cierta singularidad, tanto si el centro es de iniciativa social como estatal. Y este parece que debería ser el referente para la elección de dicho centro por parte de las familias, interesadas en principio por el tipo de educación que desean para sus hijos.

Pero es muy posible que, al ser considerado como una cuestión teórica por diversas razones -formulación de principios un tanto abstractos, opción prioritaria por lo práctico y por las múltiples demandas sociales, contexto social relativista o secularizado…- el Proyecto educativo se convierta en algo “sobreentendido”, y a fin de cuentas en una formalidad que no repercute demasiado en la vida diaria del centro escolar. 

Esto es negativo para el propio centro, puesto que si no tiene muy en cuenta y no concreta lo que constituye su identidad (su visión del ser humano, de la educación misma, su concepción del currículo, criterios para la selección y formación del profesorado, sus prioridades organizativas, la índole de sus proyectos, el papel de las familias…) se daría un cierto caminar a ciegas o girar como una veleta, a remolque de las modas y leyes del momento, de posibles posicionamientos de profesores y sindicatos, de las presiones de la administración educativa de turno…, sin que se garantice la lealtad hacia los principios que inspiran el ideario o los valores fundamentales para los que el centro ha sido creado.

Pero también para los padres es bueno saber qué tipo de colegio eligen para sus hijos y por qué. Está bien la proximidad al propio domicilio, o que la dotación de ordenadores, TIC y “aulas de futuro”, o el énfasis en los idiomas o las actividades extraescolares aporten cierto atractivo; pero quizás sea aún más importante qué tipo de personas se busca educar y cómo, cuál es la visión del ser humano y de la vida que orienta programaciones y actividades. Sobre todo si el colegio se dice católico, por ejemplo. Entre otras cosas, porque si las cosas se ponen difíciles -no sería la primera vez, ni la segunda…-, estaría bien saber qué tipo de enseñanza se pide desde el centro que defiendan las familias.

A la vista de la apuesta de muchos centros por la innovación, de la variedad de estructuras, planes y proyectos, de la complejidad de las programaciones y requisitos administrativos, de la febril requisitoria de formación permanente para el profesorado, de la prolija e indescifrable jerga pedagógica e ideológica -pobres docentes…-, de las numerosas oportunidades para que el alumno pase de curso sin la preparación adecuada, de la variedad y abundancia de actividades extraescolares…, más de un observador podría afirmar que nunca fuimos tan deprisa hacia ninguna parte.


 (Publicado en el semanario LA VERDAD el 2 de diciembre de 2022)

viernes, 18 de noviembre de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (47)

EDUCAR ES OFRECER CLAVES DE SENTIDO



La función principal de la familia, decíamos, es introducir a los hijos en los ámbitos más valiosos de la realidad, en el universo de los valores de sentido. Estos valores esenciales no se “explican” sino que se aprenden, decían los griegos. Y se aprenden respirando el “clima” que se comparte con personas valiosas, buenas; viéndolas vivir y viviendo con ellas. 

Son los padres, responsables directos del bien de sus hijos pequeños, quienes tienen el deber y el derecho de definir, con la palabra y con la vida, cuáles son los valores desde y para los que se les ha de educar. El papel de la institución escolar y del sistema educativo en su conjunto consiste en colaborar cualificadamente en dicha tarea, sin traicionarla.

Una educación personalizadora, por encima de la transmisión de destrezas y recursos orientados al éxito económico y social, es la que procura asegurar la presencia e interiorización de los valores de sentido y la maduración de una personalidad “sólida”, creativa y generosa. En ella, el verdadero maestro tiene como misión proponer significados que permitan al educando aprender a valorar la realidad, a las personas y su propia interioridad, capacitándole para hacer opciones libres y lúcidas de acuerdo con auténticos valores de sentido.

Y esto, ¿en qué asignatura se “enseña”? En todas. Desde el momento en que un maestro se sitúa delante de un educando le está diciendo: “el mundo es así”, como decía Hannah Arendt. Pero también, por el modo en que le trata, le atiende y le valora, le está diciendo: “así eres tú”. Porque en la educación el amor precede al conocimiento; ese amor que busca el bien de la otra persona y que limpia el cristal de la razón por el que ha de pasar la luz de la verdad hasta lo más profundo de la persona.

Por ello, más relevantes aún que los conocimientos -sin duda indispensables-, son los criterios y referentes que tales conocimientos configuran en el educando, pues desde ellos aprenderá a comprender, juzgar y actuar. Tales criterios dependen mucho de los referentes de interpretación que aplique el profesor en su área respectiva de conocimiento y también del clima de confianza, respeto y estímulo que suscita con su actitud de educador.

A este respecto, lo medular de la educación católica es hacer creíble de manera experiencial que el ser humano encuentra pleno sentido en su encuentro y relación con el Dios vivo, que es también el fundamento de la realidad creada. 

Ello implica, por un lado, ofrecer al educando una “matriz cognitiva cristiana” en la que se descubre la presencia de Dios en la realidad según lo específico de todas las áreas de conocimiento; para que desde ella comprenda, interprete e interactúe creativa y responsablemente con toda la realidad. 

Y por otro, requiere el cultivo de una vida interior intensa, donde sea posible la experiencia del encuentro personal y la intimidad con Dios y el compromiso de amor al prójimo. Sería alevoso que se limitara a ofrecer una religión sentimentaloide, superficial e inútil, que arrojase a la vida a nuestros jóvenes sin defensas morales porque la doctrina más excelsa que les propone es la de “colorea la chancleta de Jesús y ten un gesto solidario con tus compañeros y compañeras”. Por ejemplo.


(Publicado en el semanario La Verdad el 18 de noviembre de 2022)