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lunes, 3 de enero de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (10)

LA EFICACIA EDUCATIVA DE LOS MODELOS


                                    Ignacio Echeverría, el "héroe del monopatín" 

Junto con la presencia de maestros de vida y el fomento de ambientes que impulsen a la mejora, la emulación, la alegría compartida, el trabajo en común, la solidaridad…, ayudará que niños y jóvenes conozcan casos de hombres y mujeres admirables, tanto en la ficción -grandes personajes de la literatura, por ejemplo- como en la historia y en la actualidad. Es importante que desde edades tempranas se familiaricen con personajes y personas que puedan convertirse en referentes, modelos que manifiestan con su vida el atractivo que tiene hacer el bien, ser justos y honestos, ayudar a otros, cumplir con las propias responsabilidades lo mejor posible o superarse a pesar de las dificultades. 

Todo ello no sólo "ilustra" lo que se afirma en la teoría, sino que motiva y convence porque "se ve vivir", se muestra posible y alcanzable de manera asombrosa y atractiva. La experiencia nos asegura que la influencia de los ejemplos es muy superior al mero razonamiento.

Podemos encontrar personajes de novelas y narraciones, por ejemplo, en los que se descubren grandes valores y cualidades que pueden servir de referencia para la vida: superación, sacrificio, solidaridad, honradez, etc. Esta es una razón de peso para que procuremos iniciar tempranamente a nuestros niños en el gusto por la buena lectura. 

Es bien conocida, por otra parte, la historia que se narra en El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, en la que el mentor de un joven de grandes cualidades acaba corrompiendo a este sirviéndose de lecturas en las que se ensalza un comportamiento cínico e inmoral. Algo parecido acontece con ciertas series o programas de televisión, por ejemplo, como es bien sabido. 

No nos vamos a engañar. Cuando en la escuela y en la vida social se difunde la idea de que el niño y el joven han de orientar su porvenir por medio de su autodeterminación -a la vez que operan estrategias orquestadas que procuran influir ideológicamente en ellos-, es más difícil que surja una literatura infantil y juvenil inspiradora de modelos. Pensemos por ejemplo en biografías ejemplares, vidas de santos, novelas y narraciones heroicas que quizás en otro tiempo eran más asequibles. Por eso hay que rebuscar, si es preciso, hasta encontrar buenos libros, buenas películas, buenas series… -que también las hay- y servirse de ellas para educar. 

Hoy, además, los recursos audiovisuales están desplazando a la lectura pausada, con el riesgo de que se acabe perdiendo el hábito lector, disminuya la comprensión lectora y con ello la capacidad de pensar y valorar basada en criterios, por encima de las pulsiones emocionales.

Sobre todo, conviene que acertemos a mostrar modelos elocuentes de personas de carne y hueso, de ayer y de hoy, que se caracterizan por sus valores humanos: fortaleza moral, generosidad, solidaridad, audacia... Ahí van algunos: Sócrates, Demóstenes, Juana de Arco, Thomas Alva Edison, Nelson Mandela, Malala Yousafzai, Iqbal Masih, nadadores paralímpicos como Teresa Perales y Xavi Torres, el actor y maestro Pablo Pineda (con síndrome Down), el orador motivacional Nick Vujicic (protagonista del cortometraje El circo de la mariposa), el tenista Rafael Nadal, Ignacio Echeverría (el joven “héroe del monopatín”), etc. Ellos, sus acciones, son lecciones vivas que enseñan eficazmente la diferencia entre el bien y el mal. Conocer algo de sus vidas hace posible aquel aforismo que decía: “lección vista, lección aprendida”.

          (Publicado en el semanario LA VERDAD el 17 de diciembre de 2021)

lunes, 13 de diciembre de 2021

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (7)

MAESTRO, QUIEN EDUCA CON SU VIDA



Gabriela Mistral


Se educa en valores en y desde la práctica, ejercitándolos por medio del trabajo y la convivencia, pero especialmente por el trato frecuente y habitual con personas que hacen brillar de algún modo la virtud en su ser y en su obrar. Es decir, con maestros. La introducción en los currículos de una educación en valores (sea esta u otra su denominación) no garantiza por sí misma una formación ética adecuada si no se cuenta con maestros verdaderos.

Maestro no es necesariamente quien ostenta una titulación académica de docente, sino quien sabe transmitir y suscitar en otros calidad humana con su vida. No son los métodos los que hacen bueno al maestro, sino el maestro el que hace buenos los métodos, porque el verdadero y mejor método es el maestro mismo. 

Lo que nos saca de la indiferencia, lo que nos motiva a asumir determinados principios, valores y comportamientos, es verlos vivos en alguien que con su presencia y su palabra, con su manera de vivir y de tratarnos, nos los hace atractivos, interesantes, valiosos. Decía un gran maestro, Abilio de Gregorio, que “un maestro, sin necesidad de decir nada, solo con su manera de estar ante sus alumnos, ya les está diciendo: el mundo es así.” Y, por supuesto, es parte esencial de la condición de padre y madre procurar ejercer este magisterio esencial.

Todos tenemos experiencia acerca del valor educativo de la ejemplaridad. Pero esto no significa que el educador -ya sea maestro o padre- tenga que ser alguien perfecto, sin fallos, dotado de dones atrayentes... Se trata más bien de alguien que procura vivir lo que enseña y enseñar lo que vive, no desalentándose por los posibles fallos, limitaciones o contratiempos. No le importa pedir perdón a sus alumnos -o sus hijos- cuando comete un error, pues no pierde autoridad por ello. Al contrario, se hace más cercano e "imitable". 

El educador, en la práctica, sólo puede esperar de la índole de sus alumnos -o de sus hijos, en el caso de los padres- aquello que intenta conquistar en sí mismo cada día. Insisto en lo de “intenta”. En educación como en tantas cosas, no hay que cansarse nunca de estar empezando siempre. 

El maestro no teme ser exigente, pero nunca deja de ser comprensivo, paciente. Se convierte en referente si, además de aportar su saber con entusiasmo, acierta a inspirar confianza. Y en eso consiste fundamentalmente la autoridad moral, que es el más genuino de los liderazgos.

La educación en valores y la educación afectiva -toda educación integral, en el fondo- son en gran medida una no improvisada labor de contagio personal de actitudes, gestos, convicciones que se experimentan en la relación personal con personas significativas que son rostro visible de esos valores humanos y en cierto modo camino de acceso hasta ellos. Ha escrito muy acertadamente Rafael Alvira que “aún mas que la ciencia, es esencial en el educador la capacidad de despertar en otros el gusto -esto es un arte-; y para ello es preciso que atesore entusiasmo, interés y admiración por las cosas y por las personas”. Difícil decirlo mejor.


(Publicado en el semanario LA VERDAD el 12 de noviembre de 2021)