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sábado, 13 de junio de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (178)

LA CONSOLIDACIÓN DEL “BUEN CARÁCTER”


El modelo educativo de la “educación del carácter”, aunque está de actualidad sobre todo en el mundo anglosajón, ahonda sus raíces en una contrastada tradición cultural que, ya desde Platón, destaca las cuatro virtudes llamadas “cardinales”, y las virtudes subordinadas que pueden incluirse en cada una de ellas: 



- Prudencia: honestidad, integridad, humildad, reflexión.

- Justicia: responsabilidad, ciudadanía activa, respeto, compasión, deportividad, amabilidad. 

- Fortaleza: resiliencia, lealtad, esperanza, capacidad de autosuperación, perseverancia y generosidad.

- Templanza: autodominio, paciencia, diligencia, serenidad, equilibrio, gratitud, cortesía y orden.



Es importante recordar que las virtudes son hábitos, es decir disposiciones estables de la persona, las cuales se adquieren en la práctica mediante la reiteración de acciones semejantes, que se orientan al bien propio y al bien común. Son estas disposiciones las que van configurando el carácter (en este contexto podemos hablar también de la personalidad), es decir, el modo de ser y de comportarse de una persona. En esta labor es importante el valor humano de la constancia: “no cansarse nunca de estar empezando siempre”.

*** *** ***

Aunque en la formación del carácter de niños y jóvenes es imprescindible la colaboración congruente entre la familia y el centro escolar, se podría sintetizar a grandes rasgos un programa-tipo para fomentar la consolidación de un buen carácter en los centros educativos:

6 Maneras de favorecer el buen carácter 

en el centro educativo 

 

Ejemplo: los profesores procuran ser un modelo para sus alumnos, esforzándose por vivir con alegría y equilibrio lo que intentan suscitar en sus alumnos.

Explicación: las virtudes hay que explicarlas bien, de acuerdo con una jerarquía adecuada, sirviéndose de ejemplos y casos concretos, aprovechando las oportunidades que ofrece la vida del colegio.

Ambiente y clima positivo: la clase y el centro educativo son una “comunidad ética” -para bien y para mal-. Los profesores tienen un papel fundamental en el mantenimiento de dicha “ética escolar” fomentando en los alumnos responsabilidad, perseverancia, respeto, civismo, generosidad, amabilidad y amistad, entre otros valores humanos. El respeto y la confianza de los alumnos no se logran sólo con las normas escolares; se deben fortalecer las relaciones basadas en el respeto mutuo: mostrándolo, solicitándolo y agradeciéndolo. Es muy importante el estímulo que ofrece siempre el grupo de iguales.

Trabajo bien hecho: consiste en trabajar con esmero, iniciativa, perseverancia y sentido de la responsabilidad, convirtiéndolo en un servicio cualificado. En la actividad y en la convivencia, trabajando junto con otras personas, uno puede aprender de sus errores y mejorarse a sí mismo, también el profesor… 

Solidaridad: Es muy importante transmitir a los alumnos una preocupación sincera por su futuro, a medio y largo plazo, así como por el bien común. Mostrar con ejemplos vividos que lo que se hace, para bien o para mal, tiene repercusión en las demás personas, y que todos dependemos de todos. Se cuenta que cuando Wellington visitó el colegio de sus años de infancia, afirmó: “aquí es donde derroté a Napoleón”.

Expectativas de excelencia: Intentar sacar de ellos lo mejor de sí mismos. Suscitar el deseo de hacer las cosas lo mejor posible. Invitar constantemente a mejorar, animar e inspirar. Comunicar con optimismo que siempre uno puede superarse, hacer más, aspirar a metas más altas cada vez, confiando, con paciencia, en que las alcanzarán.


(Publicado en el semanario La Verdad el 12 de junio de 2026)

lunes, 17 de noviembre de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (156)

EDUCACIÓN EN LA ADOLESCENCIA. AFECTIVIDAD Y SEXUALIDAD.


La adolescencia es vivida por los propios jóvenes con gran intensidad, pero para padres y educadores se trata también de uno de los más serios retos educativos. Ya hemos indicado que es preciso favorecer el desarrollo temprano de actitudes, hábitos y estrategias de relación y de comportamiento, especialmente en el marco de la infancia media -7 a 10 años-, y no esperar a que el niño llegue a la pubertad para exigirle de golpe que asuma criterios, responsabilidades y disposiciones casi de adulto. Es preciso empezar mucho antes de que empiecen a sonar las primeras alarmas.

Si un hijo no ha aprendido a ser ordenado y constante, a confiar en sus padres con naturalidad, a contarles sus cosas sinceramente y a tomar algunas decisiones por sí mismo asumiendo responsabilidades concretas, es muy difícil que lo haga en el momento en que se aleja del referente paterno y materno. No esperemos que un joven o una joven se confíe espontáneamente a sus padres cuando tenga algún dilema personal o algún conflicto si la escucha y el diálogo natural y confiado no vienen siendo lo habitual en la familia “desde siempre” y por parte de todos. 

Mencionaremos algunas pautas educativas que pueden ayudar al adolescente y colaborar positivamente en su desarrollo. Empecemos por la educación de la afectividad y la sexualidad. 

El desarrollo sexual motiva una gran curiosidad, a la que debe preceder y acompañar una oportuna y cuidada información y apoyo. No es bueno que surja una curiosidad malsana, un deseo de buscar información fuera del ámbito familiar, tal vez donde no se le ofrezca de manera positiva, ni tampoco que se produzcan sentimientos de injustificada culpabilidad. 

Por ello, al desarrollo corporal le debe preceder y acompañar una adecuada reflexión sobre la afectividad, la amistad y el recto sentido del amor humano: la sexualidad es uno de los lenguajes del amor, es expresión del amor de entrega entre un hombre y una mujer en el que cada uno ha de buscar por encima de todo el bien del otro, lo cual reclama un compromiso mutuo y estable; y esa es su mayor riqueza. 

La familia es escuela de un amor profundo cuya esencia es la entrega personal, una comunidad de vida y no el placer, que es fluctuante. El goce sexual tiene su lugar, desde luego, pero no puede ponerse por encima de la búsqueda del bien para el otro. No puede haber amor si no hay respeto. Siempre que se hable de sexualidad en casa se debe valorar, sobre todo, como expresión y lenguaje del amor humano.

Ciertamente, una vida sexual madura así entendida no es fácil. Habrá incluso quien diga que es imposible de vivir. Y por eso, niños y jóvenes necesitan ver a su lado personas de referencia -de manera fundamental sus padres- que siguen formas de vida equilibrada, que saben querer y quererse de verdad, y que son verdaderamente felices. Sin esta fuerza moral, que brota de una relación personal concreta y gozosa, de la que se forma parte, por supuesto es difícil creer que se puede vivir así. 

Por ello es tan esencial la función educadora de la familia: lo que uno ha vivido y experimentado (en su familia, en su casa, viéndolo vivir y participando de ello gozosamente) es irrefutable. Contra facta, non valent argumenta. (Continuará)

     (Publicado en el semanario La Verdad el 14 de noviembre de 2025)

viernes, 10 de enero de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (125)

EXIGENCIA Y AUTORIDAD AL EDUCAR

 

En nuestra sociedad del bienestar se cree a menudo que el alumno debe ser educado como si estuviera sentado cómodamente en un sillón frente a una pantalla que le ofrece estímulos agradables. Pues bien, Estonia obtuvo el tercer lugar en las pruebas PISA 2022 -solo por detrás de China y Singapur-. En el pequeño país báltico el lema del sistema educativo es:  "Apunta alto. Trabaja duro".

En otra ocasión hablaremos con más detalle del sistema educativo estonio. Hoy vamos a incidir en que exigencia y autoridad son esenciales en todo educador, en línea con lo que venimos diciendo. Y no está de más repetir que no se trata de ser duro ni inflexible.

La autoridad -autoridad moral, no mero poder o coacción- es la seguridad y la certeza que transmite una persona cuando obra rectamente, pone lo mejor de sí misma y se hace digna de confianza para otras. Es el ascendiente que acompaña al educador, al médico, al buen político, al amigo verdadero. No se impone por la fuerza, sino por el saber, la coherencia y la generosidad. Su manera de ser y de tratar invita a escucharle, a hacerle caso. Y así suscita la confianza y el seguimiento. Solo desde la autoridad moral se puede presentar la exigencia de “apuntar alto” y “trabajar duro”.

Por parte del educador la autoridad se traduce en serenidad, firmeza, estabilidad, paciencia y coherencia. Verle entusiasmado, seguro de sí mismo y de lo que hace, contagia. No convence ni se impone por sus palabras, sino por su manera de ser… que se traduce en sus palabras. La exigencia ha de venir avalada por la autoridad moral, por la coherencia entre lo que enseña y lo que vive el educador.

Es ineficaz e incluso contraproducente exigir al hijo o al alumno cosas que el educador no hace ni valora; por ejemplo, pedirle que sea ordenado en sus cosas o en su distribución del tiempo y luego no esforzarse uno mismo por ser ordenado en las propias cosas o en los tiempos. Al educar, la exigencia no ha de ser solo “hacia el otro”. El educador, primero, ha de exigirse a sí mismo.

La intervención educativa es contraproducente cuando, según los propios estados de ánimo, se es exigente a veces y a veces se es sentimental y permisivo; es decir, cuando faltan la constancia o el equilibrio sobre los que bascula la coherencia personal. El hijo o el alumno necesita que sus educadores no actúen desde sus estados de ánimo, prisas, temores o culpabilidades, porque esto los lleva a ser a veces muy duros y a veces demasiado indulgentes y blandos, y eso confunde y genera desconfianza. Aquél acaba pensando que la actitud del educador es un abuso de poder caprichoso o una venganza y, en el fondo, una forma de debilidad. Por la misma razón, tampoco se es eficaz cuando, al intervenir varios educadores (padre, madre, diversos profesores), unos son exigentes y otros son permisivos. Tanto en el colegio como en la familia el norte ha de estar en el mismo sitio.

Sin constancia, sin estabilidad, sin coherencia, la autoridad se desvanece y la exigencia se convierte en coacción. Por ejemplo, el educador nunca debe corregir a un niño o a un joven cuando está enfadado, porque puede caer en la desproporción, en nociva agresividad. Y eso no educa. Mejor corregir desde la calma por ambas partes.

(Publicado en el semanario La Verdad el 10 de enero de 2025)

 

domingo, 22 de diciembre de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (124)

SABER EXIGIR PARA EDUCAR: “SACAR DE TI TU MEJOR TÚ”



Venimos diciendo que el amor que educa conlleva exigir, porque se busca “el mejor yo” del otro. Una de las principales razones de ello es que la naturaleza humana presenta una querencia desordenada hacia lo fácil, lo cómodo, el egoísmo… Y un buen educador, maestro o padre, no debe pasar esto por alto, ha de fomentar la resiliencia, la fortaleza moral y de ánimo, la paciencia y la constancia en sus educandos. En educación exigir es ayudar. Y más en una cultura que exalta el amor indoloro, que no asume implicaciones ni responsabilidades, que vive en el emotivismo y el inmediatismo; infantilizada en muchos sentidos.

Pero también venimos insistiendo en que la exigencia sin más no es adecuada; ha de ser amorosa, estimulante, comprensiva. Exigencia y ternura, firmeza y cariño han de aplicarse simultáneamente y con coherencia. El amor aspira a fomentar lo mejor en la persona amada, y por ello no puede conformarse con un comportamiento o un nivel de expectativas mediocre, ha de ser exigente. Pero a su vez la exigencia ha de ir acompañada de amor, de afecto, de paciencia. La exigencia sin amor -el rigorismo- o la ternura sin exigencia -permisividad- hacen de la actividad educativa una aplicación inadecuada, bien por falta de afecto, bien por falta de firmeza. Con el rigor excesivo se propicia el desaliento en el educando; con la permisividad no se establecen normas de conducta y tampoco se corrige la conducta inadecuada. 

La exigencia implica altas aspiraciones, propuesta de ideales. Los clásicos hablaban de magnanimidad, de la tensión del ánimo hacia grandes cosas. Pero luego ha de traducirse en incidencias, en actitudes y comportamientos concretos: cumplimiento de obligaciones, puntualidad, orden de cosas (por ejemplo en su habitación, en los materiales escolares…) y en la organización del tiempo mediante un horario diario y semanal para organizar las actividades, incluido el tiempo libre y el ejercicio físico; colaborar en las tareas de la casa, atender en clase, realizar con prontitud y esmero los deberes escolares, manejo adecuado del dinero y cuidado de las cosas que se poseen, saber comportarse y tratar a las personas, moderar el lenguaje…

También es muy importante que el niño y el joven se paren a reflexionar acerca de lo que han hecho y de lo que se disponen a hacer, pidiendo consejo al respecto a sus educadores (padres, profesores…) Con terminología escolar: evaluar, examinarse. Porque, en educación y en la vida, “lo que no se evalúa, se devalúa”. Es muy importante saber qué se ha hecho mal, y a qué se ha debido, para no volver a caer en lo mismo. Y a la recíproca, saber que se han hecho bien las cosas y felicitarse (y felicitarle) por ello, ya que esto genera gozo, refuerza la obra bien hecha y asienta criterios de comportamiento adecuado.

Pero el educador ha de exigirse también a sí mismo, luchando por superar los propios defectos, aunque uno caiga, pero sin rendirse; y mostrar así al educando con la propia vida y el ejemplo alegre que el bien ha de orientar siempre el comportamiento. Educamos más por lo que hacemos y por cómo lo hacemos, que por lo que decimos.

(Publicado en el semanario La Verdad el 20 de diciembre de 2024)

 

lunes, 11 de noviembre de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (120)

EL QUIJOTE Y LA FECUNDA CERCANÍA DEL MAESTRO



El Quijote se puede leer, entre otras maneras, como una parábola de la transformación de Sancho, un hombre zafio y de difícil convivencia, en una persona sensible cuya vida se va puliendo como si Don Quijote, en el papel de educador, le hubiera ido poco a poco infundiendo algo de su alma.

 

En el cap. XI de la Iª parte, Cervantes presenta la delicadeza cordial del caballero y junto a ella la basta grosería del escudero. Unos cabreros invitan a ambos a compartir su comida. Sentado a la rústica mesa, dice Don Quijote:

 

«—Por que veas, Sancho, el bien que en sí encierra la andante caballería, y cuán cerca están los que en cualquier ministerio della se ejercitan de venir brevemente a ser honrados y estimados del mundo, quiero que aquí a mi lado y en compañía desta buena gente, te sientes, y que seas una mesma cosa conmigo, que soy tu amo y natural señor; que comas en mi plato y bebas por donde yo bebiere, porque de la caballería andante se puede decir lo mesmo que del amor se dice: que todas las cosas igualan».

 

Difícilmente se descubrirá otro lugar donde Sancho muestre su natural zafio, cuando a las palabras afectuosas del caballero contesta sin rubor:

 

«—¡Gran merced! —dijo Sancho—; pero sé decir a vuestra merced que como yo tuviese bien de comer, tan bien y mejor me lo comería en pie y a mis solas como sentado a par de un emperador. Y aun, si va de decir verdad, mucho mejor me sabe lo que como en mi rincón sin melindres ni respetos, aunque sea pan y cebolla, que los gallipavos de otras mesas donde me sea forzoso mascar despacio, beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar ni toser si me viene gana, ni hacer otras cosas que la soledad y la libertad traen consigo».

 

Sin embargo, en el cap. XII de la 2ª parte vemos ya a un Sancho distinto, capaz de apreciar la nobleza del caballero. Y ¿cuál es el secreto de tan maravillosa transformación? Él mismo confiesa a su señor:

 

«—Cada día, Sancho —dijo Don Quijote—, te vas haciendo menos simple y más discreto.

—Sí, que algo se me ha de pegar de la discreción de vuesa merced —respondió Sancho—; que las tierras que de suyo son estériles y secas, estercolándolas y cultivándolas vienen a dar buenos frutos; quiero decir que la conversación de vuesa merced ha sido el estiércol que sobre la estéril tierra de mi seco ingenio ha caído; la cultivación, el tiempo que ha que le sirvo y comunico; y con esto espero dar frutos de mí que sean de bendición, tales que no desdigan ni deslicen de los senderos de la buena crianza que vuesa merced ha hecho en el agostado entendimiento mío».

 

Raramente se encontrará otro lugar en el que con más claridad y llaneza el sentido común habla de la acción educativa a través de la proximidad de un maestro de vida.  ¿A qué arte se ha debido esta notable transformación? No es otro que la presencia, el ejemplo y la comunicación con el “maestro” Don Quijote, estímulo constante que pacientemente ha obrado en la disposición de Sancho.


(Publicado en el semanario La Verdad el 8 de noviembre de 2024)

lunes, 21 de octubre de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (117)

LA TAREA DOCENTE


Nuestros niños y jóvenes no serán mejores estudiantes, profesionales, padres de familia o «simplemente» personas por el mero hecho de que les transmitamos conocimientos, les entrenemos en competencias y les hablemos en abstracto de los valores. Los idiomas, las habilidades y los conocimientos sin duda son necesarios, pero la maduración personal no puede forjarse más que por cercanía con personas que sirven de referencia, ganan nuestra confianza y nos enseñan a vivir con su ejemplo.

Durante años he tenido ocasión de colaborar en cursos para la formación inicial del profesorado en Educación Secundaria. En ellos, al presentar mis objetivos, decía a los participantes que mi propósito principal era desengañarles de su intención de dedicarse a la docencia… a no ser que lo quisieran de verdad, es decir, que estuvieran dispuestos a vivir con pasión la tarea de enseñar y por lo tanto a pasarlo mal, llegado el caso. La cosa iba un poco en broma… pero también muy en serio. 

La trascendencia del oficio de educador, sobre todo si se dirige a niños y jóvenes, no es comparable a un medio como cualquier otro de ganarse el sueldo. En el sentido de nuestras reflexiones anteriores, se trata de una cuestión de “vocación” (ya sea innata o adquirida pero siempre cultivada), entraña compromiso y una gran responsabilidad. 

A veces la tarea educadora es ingrata, muchas veces no se ven resultados palpables de manera inmediata. Exigir (y exigirse), fomentar la excelencia humana suele ser costoso, porque nuestra naturaleza -la de los educandos lo mismo que la del educador- está inclinada a lo fácil, a lo agradable, a lo cómodo. Todos nos cansamos.

El trabajo de un educador, incluso si es ejemplar, no busca -ni suele recibir a menudo- un feedback inmediato. No vive del aplauso o la felicitación del alumno. Es más, los profesores que esperan una gratificación instantánea son más susceptibles de acabar quemados. A menudo el maestro tendrá que soportar la indiferencia aparente o incluso una desafección inmediata de sus alumnos, que solo con el paso del tiempo será vencida o reemplazada por actitudes más agradecidas. La experiencia nos ha sorprendido con antiguos alumnos que, años después, manifestaban gratitud y gozo al recordar aquellas clases, aunque en su día, el profesor no percibiera precisamente tal actitud…

La formación humana es fruto del contagio personal de actitudes y conocimientos, de criterios y virtudes a través de la relación directa con personas significativas, exigentes y pacientes al mismo tiempo, que son rostro visible del afán de verdad, de bien y de belleza, capaces de despertar el gusto por aprender, que atesoran entusiasmo por las cosas y sobre todo por las personas. Que se cansan, sí, pero vuelven a la carga porque saben que sirven a un bien mayor que ellos mismos. Toda verdadera educación, independientemente del área de conocimiento, se sustenta en la calidad humana de los maestros.

Todas estas reflexiones, nacidas de la experiencia, tienen el propósito de despertar la vocación a la docencia si acaso estuviera latente en alguno de nuestros lectores. Porque hoy más que nunca nuestros niños y jóvenes, nuestra sociedad en su conjunto, necesitan verdaderos maestros dispuestos a influir para bien en la personalidad de sus educandos desde la autenticidad de su vida y su trabajo, de su preparación y de su actitud. Pocas tareas hay tan hermosas.

         (Publicado en el semanario La Verdad el 18 de octubre de 2024)

lunes, 13 de mayo de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (102)

 DEMÓSTENES, O LA SUPERACIÓN

 


Un recurso educativo de primera importancia es contar con modelos que nos sirvan de inspiración, que nos estimulen a crecer, a hacer mejor las cosas…, y a perseverar en el camino del bien. La influencia de los ejemplos vivos es muy superior al mero razonamiento. No se trata solamente de ilustrar los principios teóricos para el comportamiento sino de que, al ver que otros los viven gozosamente -sobre todo si se trata de personas reales a las que conocemos o de personajes históricos, que han existido de verdad- se muestran alcanzables y atractivos a la vez. 

            Sus discursos, después de dos mil quinientos años, son un modelo que deben estudiar quienes desean destacar en la elocuencia. Dicen que fue el mejor orador que jamás ha existido; según Cicerón fue el orador perfecto. Si efectivamente fue así, resulta que Demóstenes, el mejor orador de todos los tiempos… era tartamudo.

     Siendo aún niño, asistió a un juicio y oyó el discurso del defensor y, cuando el pueblo acompañaba en triunfo al orador, decidió dedicarse también a la elocuencia. Pero la tarea no era nada sencilla. Contaba con una gran limitación: su tartamudez. Su complexión física, por otra parte, no le había propiciado una gran capacidad pulmonar, esencial para dirigirse a grandes auditorios

La primera vez que intentó hablar en público fue un desastre. A la tercera frase fue interrumpido por los gritos de protesta. Las burlas acentuaron el nerviosismo y el tartamudeo de Demóstenes, quien se retiró entre los abucheos sin siquiera terminar su discurso. 

Cualquier otra persona hubiera olvidado sus sueños para siempre. Fueron muchos los que le aconsejaron que desistiera de tan absurdo propósito, pero al parecer un anciano amigo le dijo:

- Creo que aún puedes hacer tu sueño realidad. 

- ¿Con esta lengua y estos pulmones?

- Sin duda. Más importante que la lengua es tu voluntad. Vuelve a empezar, insiste, lucha tenazmente contra tus defectos… La constancia te traerá el éxito.

Demóstenes intentó aceptar la frustración del momento como un acicate, y se embarcó en la aventura de superar las adversidades. Se afeitó la cabeza para resistir la tentación de salir a la calle y perder el tiempo. Día a día se concentraba en su formación. Corría por la playa gritando con todas sus fuerzas por encima del oleaje para ejercitar sus pulmones. Ponía piedrecillas debajo de su lengua y colocaba un cuchillo entre los dientes para forzarse a hablar sin tartamudeos. Al regresar a casa se paraba frente a un espejo para mejorar su compostura y sus gestos. Cuando tenía ocasión acudía a escuchar las argumentaciones de oradores aclamados.

Así pasaron meses y meses, antes de reaparecer de nuevo defendiendo con éxito a un fabricante de lámparas a quien sus ingratos hijos le querían arrebatar su patrimonio. En esta ocasión la seguridad, la elocuencia y la argumentación de Demóstenes fueron ovacionadas por el público hasta el cansancio. Demóstenes sería posteriormente elegido como embajador de la ciudad.

Demóstenes era tartamudo, ciertamente. Pero remedió sus limitaciones con ayuda de un duro y exigente entrenamiento. Conocer historias de superación personal como esta, en las que la perseverancia ha sido decisiva, puede ser un valioso aliciente para adquirir hábitos valiosos, vencer algunas limitaciones o incluso defectos de carácter. Y no solo por parte de los más jóvenes…

      (Publicado en el semanario La Verdad el 10 de mayo de 2024)

domingo, 19 de noviembre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (85)

SABER MANDAR CON ENTEREZA (y III)

 


Calma, energía y entereza en el ejercicio de la autoridad al educar, venimos diciendo. La entereza implica serenidad, un dominio de las propias emociones para pensar y decidir con tranquilidad, sin perder el norte. 

La firmeza puede exigir en ocasiones renunciar al placer de sentirse amado. El educador debe amar, indispensablemente; pero nunca mendigar el cariño de los niños o jóvenes. Hace falta entereza para soportar con serenidad posibles vacíos afectivos de parte del educando -porque a nadie le agrada demasiado que le corrijan, admitámoslo-, e incluso el rencor momentáneo que se suscita en ellos al corregirles o denegarles alguna cosa. Pero a la larga el niño terminará admirando la rectitud del educador que supo hacer lo que debía con abnegación, respeto y paciencia. Acabará reconociendo que este no buscaba ser alabado o incluso correspondido, sino el crecimiento y superación personal del educando; su bien, en definitiva.

Es necesario procurar ponerse en el lugar del hijo o alumno para intentar comprender cómo se siente y lo que de verdad necesita. “¿Cómo me hubiera sentado a mí si me dicen esto así?...” Ello nos ayudará a buscar una forma más “humana” y prudente en el trato, aunque no por ello, necesariamente, más “blanda”.

Seguro que algunas veces meteremos la pata, por exceso o por defecto. No dejemos de pedir perdón si hemos hecho daño al corregir o al ordenar (o al no hacerlo), y procuremos dejar claro el criterio e intentarlo de nuevo una y otra vez. No se pierde con ello autoridad; al contrario, quedará bien claro que no actuamos por quedar bien nosotros, o por imponernos, sino porque buscamos el bien, lo justo, lo más conveniente.

Importante: es verdad que el educador ha de cultivar determinadas actitudes y valores humanos para dar ejemplo. No puede decir una cosa o pedirla a los demás si luego él mismo no la hace vida propia. Pero no hay que esperar a “ser perfecto” para orientar y exigir educando. Primero, porque nunca llegaremos a la perfección, y si esperamos a ser excelentes en aquello que pedimos o exigimos a otros, acabaremos por no mandar nada debido a nuestros fallos o limitaciones. Pensaremos, por ejemplo, que no debemos pedir a nuestros hijos o alumnos que sean ordenados si nosotros no conseguimos serlo. Pero no se trata de ser perfectos, sino de no cansarse nunca de luchar por llegar a serlo, de no rendirse aspirando a mejorar en nuestros defectos y limitaciones (el desorden en este caso). Si ellos nos ven intentarlo una y otra vez, aunque nos cueste, entenderán que el orden es algo importante.

El educador sólo podrá esperar de los niños y los jóvenes lo que a diario se esfuerza por conquistar sobre sí mismo. No porque haya triunfado sobre sus defectos, sino porque no se cansa de luchar para vencerlos. Ese no rendirse es ya el mejor ejemplo. Se trata de una “lucha” consigo mismo, de intentar superarse. Es el arte de volver a empezar, de no cansarse nuca de estar empezando siempre, sin perder el buen humor y la paciencia. 

Además, estas limitaciones propias, reconocidas pero combatidas, pueden ser un privilegiado medio para comprender y acompañar y a los hijos o alumnos en sus reticencias, dificultades o cansancios. Se trata de “luchar” junto a ellos. No tanto de ser “admirable” cuanto, sobre todo, de ser imitable.

  (Publicado en el semanario La Verdad el 17 de noviembre de 2023)

viernes, 17 de marzo de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (61)

“EL QUE NO VIVE COMO PIENSA…” EDUCAR EN LA REFLEXIÓN (II)

 


Lo más tempranamente posible, los padres tienen que encontrar el tiempo y el momento adecuado de hablar y actuar con sus hijos para fomentar la capacidad de aprender a distinguir el bien del mal, lo justo de lo injusto, a reconocer lo auténticamente valioso en la vida y a distinguirlo de lo que no lo es aunque aparente serlo; que reconozcan la importancia de hacer el bien y evitar el mal, aunque sea con esfuerzo.

El aprendizaje en el ejercicio de la reflexión se refiere, por un lado, a cuestiones teóricas: comprender lo que son las cosas, su valor y su sentido, tener ideas claras. 

Pero también tiene que ver con cuestiones prácticas: saber cómo tratar bien a las personas, cómo funcionan las cosas y como utilizarlas, resolver problemas que acontecen en nuestra vida, saber acerca de uno mismo para conocerse y aspirar a una vida lograda y plena. Es esencial el comportamiento, lo que uno hace en relación con las personas, con las cosas y consigo mismo: aprender a tratar bien, a resolver problemas de todo tipo, a perdonar, a rezar, a forjarse un carácter... Se aprende a pensar actuando y reflexionando acerca de lo hecho. Sólo quienes viven de forma virtuosa pueden comprender de verdad el valor e importancia de la virtud, y además sólo de ellos puede aprenderse.

Porque se puede conocer la verdad acerca del valor de una acción y no ser a la vez consecuente con él. El ejemplo es más elocuente que las palabras. Una persona, por ejemplo, puede tener muy claro que no debe ser desleal, pero quizás murmura de sus amigos ante otras personas; o que no se debe mentir, pero... 

Recuerdo haber presenciado hace unos años la siguiente escena  en casa de unos conocidos. En la sobremesa -que sin duda es un buen momento para hablar de todo y dejar caer criterios y observaciones interesantes, y también para escuchar a los demás-, el padre les decía a los hijos pequeños qué importante era no mentir nunca y decir siempre la verdad. Con énfasis y de manera bastante convincente, todo hay que decirlo. Los niños no pestañeaban. Pero en ese momento alguien llamó al teléfono -aún se usaban los teléfonos fijos, creo- y uno de los pequeños fue a atender la llamada. Cuando volvía para trasladar de quién se trataba, el padre, en voz semibaja y con cara de cierta ansiedad, le dijo: “-¡Dile que no estoy, dile que no estoy!”… ¿Lección aprendida?: Que se puede mentir cuando interesa.

Puede parecer, como ya decía el bueno de Sócrates -demasiado bueno quizás, a este propósito-, que basta con conocer el bien para ser virtuoso. De hecho algunas teorías educativas se limitan a la “clarificación” emocional y de valores. Pero Aristóteles recuerda que, entre las ideas por un lado, por muy claras que estén en teoría, y los hechos por otro, hay dos obstáculos que salvar: la debilidad -“no puedo, cuesta mucho…”- y la libertad -“uff, pero… es que no me apetece”. Y concluye: “Lo importante no es saber lo que es bueno, sino ser bueno”. A obrar el bien (y a conocerlo) se aprende obrando el bien. 

Para conocer la verdad -“de verdad”- es preciso que la vida se ajuste a ella. Porque -y esto muy a menudo se olvida- quien no vive como piensa, acaba pensando como vive.

   (Publicado en el semanario La Verdad el 17 de marzo de 2023)

 

jueves, 5 de enero de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (51)

¿PROYECTO EDUCATIVO FAMILIAR?



 

En el seno de la familia las bases de la educación de los hijos ocupan un lugar esencial, no delegable por parte de los padres a otras instancias como el centro escolar, por ejemplo.

La primera piedra de la educación familiar y principal garantía de construcción de una personalidad madura y equilibrada de los hijos está en el cultivo del amor entre los esposos. Viendo cómo se quieren sus padres, los hijos aprenden qué es el respeto, la servicialidad, la generosidad, la constancia, la responsabilidad por el bien del otro y la diferencia entre el bien y el mal. El factor decisivo de una buena educación de los hijos radica en el clima afectivo y de valores en el cual crecen. Santa Teresa de Calcuta decía a los padres: “No os preocupéis si vuestros hijos no os escuchan. Os están observando todo el día.”

Después será preciso establecer de común acuerdo unas prioridades que se convertirán en valores y normas de comportamiento dentro y fuera de casa. Pero no será suficiente tener claras la ideas acerca de los objetivos del proyecto educativo familiar. Es preciso ejemplificar, proponer conductas concretas.

Los hijos deben percibir claramente cuáles son las expectativas de sus padres sobre ellos, formuladas en términos claros, en comportamientos concretos y avalados por el ejemplo. No será suficiente proponer “generosidad” si no se concreta en qué: dedicar un tiempo del día para ayudar al hermano pequeño, aportar algo para el regalo a los miembros de la familia, prestar sus cosas, etc. A nada conduce insistir en que deben ser ordenados si no se les enseña y exige orden en sus juguetes, su ropa, su habitación... Sería contraproducente decirles que no hay que mentir y que nos vean hacerlo en ciertas situaciones.

A la familia se la ha dotado del instrumento educativo fundamental: el afecto, el amor tangible. El mensaje “te quiero”, “tú eres único para mí”, “tú eres lo que más vale para mí”…, se transmite a través de gestos muy concretos, especialmente con los hechos y, en lo posible, “estando” con ellos, dándoles nuestro tiempo. Poco tiene que ver con un sentimentalismo superprotector que les va ablandando ante la dificultad, con “tiempos de calidad” forzosos y menos aún con regalos caros o aparatosas celebraciones en locales de moda.

El proyecto educativo familiar, con sus prioridades y normas, podría convertirse en un reglamento sofocante si falta un clima de pleno afecto. El rechazo de algunos hijos hacia normas y valores propuestos por sus padres puede ser una reacción ante unas exigencias planteadas y vividas sin cariño, sin paciencia, sin alegría.

Configuramos nuestra personalidad según modelos de identificación. Los valores vividos por los padres serán asumidos con naturalidad por los hijos si les ven vivirlos con alegría, aun en medio del sacrificio llegado el caso. 

Los hijos, afortunadamente, no son mecanismos programables. Es muy posible que sus conductas no respondan a nuestras expectativas. Ahí entra también su libertad y sus flaquezas. Es su responsabilidad también. Nunca tendremos certeza sobre los resultados de nuestro esfuerzo educativo. Sólo la tendremos sobre cuál será el efecto de lo que no hagamos.

 (Publicado en el semanario LA VERDAD el 30 de diciembre de 2022)

viernes, 3 de junio de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (31)

ACERCA DEL RELATIVISMO Y LA EDUCACIÓN

 


Seguramente el relativismo -hay tantas verdades como opiniones y tantas éticas como individuos- es el principal obstáculo con el que, hoy y siempre, cuenta la educación moral. Si queremos educar a personas que sean capaces de dar lo mejor de sí mismas para el bien de los demás es fundamental tener clara la diferencia entre el bien y el mal. 

El bien es lo que nos hace mejores personas, y el mal es lo que nos deshumaniza. Pero es imprescindible tener muy claro qué es el ser humano y en qué consiste su dignidad, tanto la que le es inherente como persona -que le obliga también a respetarse a sí mismo-, como la dignidad moral que adquiere mediante la nobleza de sus acciones y decisiones. La comprensión que se tiene del hombre y de lo humano condiciona el ideal que se propone como meta de la educación y los medios y recursos que se emplean para su logro. 

 Quien pretenda educar tiene que saber hacia dónde orientar el proceso educativo. No es lo mismo buscar el propio interés tanto por las buenas como por las malas, como Celestina: “a tuerto o a derecho, mi casa hasta el techo”, que preferir “antes padecer el mal que cometerlo”, como Sócrates.

Si lo que queremos al educar es formar hombres y mujeres en quienes se pueda confiar, no es lo mismo aplaudir la ambición, la codicia y el éxito a ultranza como estilos de vida, que ayudar a despertar en el niño o en el joven una disposición generosa, honesta y abnegada.

Hace algunos años presencié el siguiente caso. En la taquilla del circo figuraba un letrero que decía: “Precio de la entrada: 20 €. Menores de 11 años: 10 €.” Delante de mí, una mujer acompañada por dos niños se acercó a la ventanilla y pidió tres entradas de adultos. La señora que le atendía le preguntó: -¿Qué edad tiene el niño pequeño? -Cumplió once años el pasado domingo. -¿Y por qué no me ha pedido una entrada para menores de 11 años?, yo no hubiera notado la diferencia. -Pero mis hijos sí, repuso la madre. Estoy convencido de que esos niños recibieron esa tarde una magnífica lección de comportamiento moral y que su madre fue correspondida con un respeto y una admiración imborrables.

La mayor dificultad para educar hoy no es la presencia del mal y el atractivo con el que a menudo se presenta engañosamente, sino la pandemia relativista presente en los ambientes sociales, la política, los medios de comunicación, el cine y las series, la publicidad, los programas basura que presiden las programaciones televisivas, las redes sociales y la educación misma. 

Decía el viejo sofista Protágoras hace ya 2500 años que las cosas son buenas o malas según le parecen a cada cual. No es de extrañar que él y sus colegas se dedicaran a formar a los jóvenes políticos sin escrúpulos del momento, cobrando sustanciosas sumas por ello, eso sí. Porque, si no se reconoce un criterio racional y objetivo de moralidad que distinga el bien del mal, la única forma de determinar lo que es justo o conveniente es la imposición del poder, la astucia de los comunicadores o la ceguera de las mayorías. Y entonces la educación se reduce a instrumento de manipulación. 

        (Publicado en el semanario LA VERDAD el 3 de junio de 2022)

lunes, 3 de enero de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (10)

LA EFICACIA EDUCATIVA DE LOS MODELOS


                                    Ignacio Echeverría, el "héroe del monopatín" 

Junto con la presencia de maestros de vida y el fomento de ambientes que impulsen a la mejora, la emulación, la alegría compartida, el trabajo en común, la solidaridad…, ayudará que niños y jóvenes conozcan casos de hombres y mujeres admirables, tanto en la ficción -grandes personajes de la literatura, por ejemplo- como en la historia y en la actualidad. Es importante que desde edades tempranas se familiaricen con personajes y personas que puedan convertirse en referentes, modelos que manifiestan con su vida el atractivo que tiene hacer el bien, ser justos y honestos, ayudar a otros, cumplir con las propias responsabilidades lo mejor posible o superarse a pesar de las dificultades. 

Todo ello no sólo "ilustra" lo que se afirma en la teoría, sino que motiva y convence porque "se ve vivir", se muestra posible y alcanzable de manera asombrosa y atractiva. La experiencia nos asegura que la influencia de los ejemplos es muy superior al mero razonamiento.

Podemos encontrar personajes de novelas y narraciones, por ejemplo, en los que se descubren grandes valores y cualidades que pueden servir de referencia para la vida: superación, sacrificio, solidaridad, honradez, etc. Esta es una razón de peso para que procuremos iniciar tempranamente a nuestros niños en el gusto por la buena lectura. 

Es bien conocida, por otra parte, la historia que se narra en El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, en la que el mentor de un joven de grandes cualidades acaba corrompiendo a este sirviéndose de lecturas en las que se ensalza un comportamiento cínico e inmoral. Algo parecido acontece con ciertas series o programas de televisión, por ejemplo, como es bien sabido. 

No nos vamos a engañar. Cuando en la escuela y en la vida social se difunde la idea de que el niño y el joven han de orientar su porvenir por medio de su autodeterminación -a la vez que operan estrategias orquestadas que procuran influir ideológicamente en ellos-, es más difícil que surja una literatura infantil y juvenil inspiradora de modelos. Pensemos por ejemplo en biografías ejemplares, vidas de santos, novelas y narraciones heroicas que quizás en otro tiempo eran más asequibles. Por eso hay que rebuscar, si es preciso, hasta encontrar buenos libros, buenas películas, buenas series… -que también las hay- y servirse de ellas para educar. 

Hoy, además, los recursos audiovisuales están desplazando a la lectura pausada, con el riesgo de que se acabe perdiendo el hábito lector, disminuya la comprensión lectora y con ello la capacidad de pensar y valorar basada en criterios, por encima de las pulsiones emocionales.

Sobre todo, conviene que acertemos a mostrar modelos elocuentes de personas de carne y hueso, de ayer y de hoy, que se caracterizan por sus valores humanos: fortaleza moral, generosidad, solidaridad, audacia... Ahí van algunos: Sócrates, Demóstenes, Juana de Arco, Thomas Alva Edison, Nelson Mandela, Malala Yousafzai, Iqbal Masih, nadadores paralímpicos como Teresa Perales y Xavi Torres, el actor y maestro Pablo Pineda (con síndrome Down), el orador motivacional Nick Vujicic (protagonista del cortometraje El circo de la mariposa), el tenista Rafael Nadal, Ignacio Echeverría (el joven “héroe del monopatín”), etc. Ellos, sus acciones, son lecciones vivas que enseñan eficazmente la diferencia entre el bien y el mal. Conocer algo de sus vidas hace posible aquel aforismo que decía: “lección vista, lección aprendida”.

          (Publicado en el semanario LA VERDAD el 17 de diciembre de 2021)

miércoles, 28 de enero de 2015

APRENDIZAJE VICARIO: LA IMPORTANCIA EDUCATIVA DE LOS MODELOS


 Llamamos “aprendizaje vicario” a la adquisición de conductas por medio de la observación.
            
Albert Bandura se refiere, entre otras, a esta modalidad de aprendizaje consistente en aprender observando a los otros. Por el solo hecho de ver lo que otros hacen y las consecuencias que se siguen de su comportamiento, se aprende a repetir o evitar esa conducta.


No todo el aprendizaje se logra experimentando personalmente las acciones. En el aprendizaje vicario el refuerzo se basa en procesos imitativos cognitivos del sujeto que aprende con el modelo. En los primeros años, los padres y educadores serán normalmente los modelos básicos a imitar.

Bandura también dice que al ver las consecuencias positivas o negativas de las acciones de otras personas, las apreciamos y asumimos como si fueran nuestra propia experiencia en otras circunstancias. Son muchos los ejemplos de cómo los niños observan e imitan a sus padres y aprenden de lo que les sucede a sus hermanos, cuando éstos son regañados o premiados, y entonces rigen su actuación de acuerdo con sus observaciones.


Así se aprenden los valores y las normas sociales y se educa emocionalmente: cómo manejar los impulsos agresivos, cómo prestar y compartir las cosas, cómo tratar con respeto a otros, como vencer y superar un apetito desordenado… por mencionar sólo unos ejemplos. Estos procesos se dan toda la vida.

Evidentemente, en este marco se incluye la huella que pueden dejar en los niños y jóvenes narraciones, películas, series, anuncios publicitarios, noticias, cuentos, lecturas, videojuegos, etc. Y no está de más  comprobar en qué gran medida influyen en muchas personas adultas (¿?) fenómenos televisivos como los reality show.