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lunes, 9 de marzo de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (168)

EDUCACIÓN Y FELICIDAD: ¿NO NOS ESTAMOS EQUIVOCANDO?


 

Uno de los soniquetes más frecuentes entre muchos padres, a la hora de educar a sus hijos, y de tomar decisiones acerca de ello, es esta: “solo queremos que sean felices”. Eso, por un lado, está muy bien; puede decirse que la felicidad es lo que todo ser humano busca en el fondo, lo que de verdad importa. Lo que Spaemann llamaba una “vida lograda”. 

Pero por otro lado depende de qué se entienda por felicidad. Y eso, en una sociedad tan secularizada y posmoderna, puede acabar en sucedáneos o en una “pasión inútil”, por emplear la expresión de Sartre. ¿Para qué estamos en la vida? Quizás solo “estamos” y ya está, y por eso solo puede aspirarse a cierto “bien-estar”. 

La mentalidad posmoderna hoy dominante ha generado la pérdida de los “grandes relatos”: del sentido de la historia, de la razón, del sentido global; en no pocos casos, de la misma vida. No queda sino refugiarse en el fragmento, en el presente –“pasarlo bien”-, y disfrutar de la vida mientras esta dé de sí. Si la modernidad quedaba simbolizada en Prometeo, la posmodernidad rinde culto a Narciso. Se trata de una versión depauperada, una “felicidad de baratija”: somos solo “seres deseantes”. El deseo se convierte en el único referente moral: tengo derecho a “satisfacer mis deseos”, sean cuales sean. 

El derecho a la felicidad individual (esa felicidad posmoderna) prima por encima de cualquier otro deber, compromiso o fidelidad. Surgen por ejemplo los “amores mercuriales” que describe J. A. Marina: amores que, como las bolitas de mercurio, se unen, se separan, se vuelven a unir, se fragmentan, se recomponen, van haciendo una y mil configuraciones diferentes. 

Hasta hace poco el proyecto en común de “la pareja” consistía en mantener una relación mientras resultase física y psicológicamente gratificante. Pero “la pareja” también acaba resultando una complicación. Mejor estar solo. Es el individualismo nihilista. Y si necesito compañía me puedo comprar un gato.

Y esa forma de vivir que no es capaz de apreciar más que la satisfacción inmediata, esa búsqueda compulsiva de la “felicidad”, viene produciendo niños, adolescentes, jóvenes y adultos con una bajísimo umbral de tolerancia a la frustración, que a su vez genera un alto nivel de impulsividad, origen de conductas antisociales y de amargura personal. No es extraña la actual proliferación de problemas de salud mental. 

La “rebeldía sin causa” ha dado paso al aburrimiento sin más. Sí, aunque parezca lo contrario, estamos creando una sociedad de jóvenes aburridos. El aburrimiento antiguo era la persistencia de la fatiga. El moderno es más bien la persistencia de la satisfacción. La salida parece ser una evasión compulsiva (alcohol, droga, sexo, emociones límite... o algún metaverso virtual). 

Una parte importante de nuestros jóvenes no piensan que haya nada más, o no se sienten con fuerzas y motivos de peso para buscarlo. Quizás nadie les ha enseñado. 

Padres y educadores hemos de plantearnos desde el principio si tenemos claro qué es lo que de verdad puede hacer feliz a una persona y lo que no. Al final, nosotros al menos, hemos de preguntarnos: ¿no estaremos equivocando el camino de la felicidad?

(Publicado en el semanario La Verdad el 6 de marzo de 2026)

miércoles, 22 de octubre de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (152)

ADOLESCENCIA (IV)

El gran protagonismo que actualmente tienen los adolescentes y jóvenes en la vida pública, la proliferación de adicciones digitales, el elevado y creciente consumo de sustancias, la progresiva inadaptación a la vida familiar y escolar, preocupan por fin a una sociedad que se ve sobrepasada e impotente. Una sociedad muy tecnificada y orientada al pragmatismo, pero escéptica en las cuestiones relativas a la escala de valores y al sentido último de la vida, e inmadura en otros aspectos como las relaciones de afecto o la asunción de responsabilidades.

El adolescente aún no sabe muy bien a qué atenerse con respecto a lo que se espera de él o ella. Se encuentra con exigencias a menudo contradictorias tanto en la familia como en la escuela. Con frecuencia se le exige como si fuera adulto (“ya eres mayor para…”) y, al mismo tiempo, se le trata como a un niño (“todavía no eres lo bastante mayor para…”) Pero a la vez, el acceso ilimitado a los dispositivos le asegura que “todo es posible”. Y eso por un lado no es verdad, porque no todo es posible, y por otro no es bueno, porque no todo lo posible es adecuado. 

De este modo, los adolescentes tienen que adaptarse en poco tiempo a una compleja encrucijada de expectativas procedentes del mundo circundante, ya que el “escenario social” del que empiezan a sentirse parte es un mundo bombardeado por apremios muy intensos y contundentes, en muchos casos impulsados por un mercantilismo sin escrúpulos. 

Han nacido y se han criado con Internet, tabletas, teléfonos móviles y videojuegos. Su aprendizaje ha sido a través de la imagen en gran medida, y sus relaciones están determinadas por las redes sociales. Esto provoca una tendencia al inmediatismo -lo quiero y ya- y a la superficialidad -ciertas situaciones y experiencias requieren tiempo y reflexión pausada. Han pasado más tiempo con su ordenador que con juegos físicos; y con “amigos virtuales” que con amigos reales. Por otro lado, se han convertido en un atractivo mercado; son potenciales compradores compulsivos de productos que están de moda, sobre todo ropa, calzado deportivo y aparatos electrónicos de todo tipo.

Los adolescentes, hoy particularmente, viven según un ritmo excesivamente rápido, de forma acelerada, y a menudo están desasosegados. Y el desasosiego incapacita, entre otras cosas, para un ocio vivido satisfactoriamente. Al buscar diversión en prolongadas y masivas salidas nocturnas buscan evasión, una fuga de su propia realidad para perseguir experiencias nuevas y excitantes. Pero esta fuga deja muchas veces un poso de inseguridad e insatisfacción y por ello induce al aburrimiento.

El aburrimiento está ligado al conformismo; es la permanencia en lo mismo, sin verdadera novedad, es el cansancio de la voluntad y los afectos. Siete horas seguidas sin otro recurso que ingerir alcohol en el botellón, por ejemplo, garantiza el aburrimiento, aunque no se confiese. Este aburrimiento no se debe tanto a los factores externos sino a ciertas carencias internas. Uno no se aburre de ninguna cosa en concreto, sino de sí mismo: no se ve como interesante; uno se aburre cuando se experimenta a sí mismo como vacío.

Estos trances se presentan como un reto que requiere esfuerzo, aprendizaje, criterio y autodominio. ¿Somos conscientes las familias y los centros escolares de lo importante que es, ante esta etapa y este contexto cultural, no renunciar a la educación?

(Publicado en el semanario La Verdad el 17 de octubre de 2025)