Mostrando entradas con la etiqueta inmediatismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta inmediatismo. Mostrar todas las entradas

miércoles, 22 de octubre de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (152)

ADOLESCENCIA (IV)

El gran protagonismo que actualmente tienen los adolescentes y jóvenes en la vida pública, la proliferación de adicciones digitales, el elevado y creciente consumo de sustancias, la progresiva inadaptación a la vida familiar y escolar, preocupan por fin a una sociedad que se ve sobrepasada e impotente. Una sociedad muy tecnificada y orientada al pragmatismo, pero escéptica en las cuestiones relativas a la escala de valores y al sentido último de la vida, e inmadura en otros aspectos como las relaciones de afecto o la asunción de responsabilidades.

El adolescente aún no sabe muy bien a qué atenerse con respecto a lo que se espera de él o ella. Se encuentra con exigencias a menudo contradictorias tanto en la familia como en la escuela. Con frecuencia se le exige como si fuera adulto (“ya eres mayor para…”) y, al mismo tiempo, se le trata como a un niño (“todavía no eres lo bastante mayor para…”) Pero a la vez, el acceso ilimitado a los dispositivos le asegura que “todo es posible”. Y eso por un lado no es verdad, porque no todo es posible, y por otro no es bueno, porque no todo lo posible es adecuado. 

De este modo, los adolescentes tienen que adaptarse en poco tiempo a una compleja encrucijada de expectativas procedentes del mundo circundante, ya que el “escenario social” del que empiezan a sentirse parte es un mundo bombardeado por apremios muy intensos y contundentes, en muchos casos impulsados por un mercantilismo sin escrúpulos. 

Han nacido y se han criado con Internet, tabletas, teléfonos móviles y videojuegos. Su aprendizaje ha sido a través de la imagen en gran medida, y sus relaciones están determinadas por las redes sociales. Esto provoca una tendencia al inmediatismo -lo quiero y ya- y a la superficialidad -ciertas situaciones y experiencias requieren tiempo y reflexión pausada. Han pasado más tiempo con su ordenador que con juegos físicos; y con “amigos virtuales” que con amigos reales. Por otro lado, se han convertido en un atractivo mercado; son potenciales compradores compulsivos de productos que están de moda, sobre todo ropa, calzado deportivo y aparatos electrónicos de todo tipo.

Los adolescentes, hoy particularmente, viven según un ritmo excesivamente rápido, de forma acelerada, y a menudo están desasosegados. Y el desasosiego incapacita, entre otras cosas, para un ocio vivido satisfactoriamente. Al buscar diversión en prolongadas y masivas salidas nocturnas buscan evasión, una fuga de su propia realidad para perseguir experiencias nuevas y excitantes. Pero esta fuga deja muchas veces un poso de inseguridad e insatisfacción y por ello induce al aburrimiento.

El aburrimiento está ligado al conformismo; es la permanencia en lo mismo, sin verdadera novedad, es el cansancio de la voluntad y los afectos. Siete horas seguidas sin otro recurso que ingerir alcohol en el botellón, por ejemplo, garantiza el aburrimiento, aunque no se confiese. Este aburrimiento no se debe tanto a los factores externos sino a ciertas carencias internas. Uno no se aburre de ninguna cosa en concreto, sino de sí mismo: no se ve como interesante; uno se aburre cuando se experimenta a sí mismo como vacío.

Estos trances se presentan como un reto que requiere esfuerzo, aprendizaje, criterio y autodominio. ¿Somos conscientes las familias y los centros escolares de lo importante que es, ante esta etapa y este contexto cultural, no renunciar a la educación?

(Publicado en el semanario La Verdad el 17 de octubre de 2025) 

miércoles, 12 de marzo de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (133)

“MAMÁ, QUIERO SER INFLUENCER” (I)


           Tradicionalmente, las empresas han venido utilizando a figuras atractivas y famosas: artistas, deportistas, cantantes o incluso expertos en diferentes sectores, para ayudar a vender sus productos a través de anuncios de televisión, radio y publicaciones diversas.

Pero desde hace algo más de dos décadas el auge de las redes sociales ha hecho que personas comunes hayan logrado acaparar una cantidad importante de seguidores sobre los que ejercen una influencia significativa gracias a los contenidos que comparten en sus redes, por ejemplo en Instagram, Tik-Tok o YouTube. 

En definitiva, son más populares y consiguen que sus seguidores imiten su comportamiento y compartan sus gustos o sus consejos. Se han convertido en altavoces sorprendentemente eficaces que han venido a configurar el llamado “marketing de influencia”.

Destacan aquí dos aspectos concretos para nuestro interés, por un lado el poder persuasivo e incluso adictivo de las redes sociales y por otro el atractivo de la figura del influencer.

1.- Las redes sociales han sido diseñadas para ser adictivas: Capturan nuestra atención y ofrecen respuestas y gratificaciones inmediatas a nuestras demandas. Las pantallas aprisionan nuestra atención porque multiplican luz, sonido, movimiento, imágenes sugerentes que cambian con rapidez. Su objetivo es que pasemos el máximo de tiempo posible delante, interactuando o simplemente asomados a la pantalla, consumiendo información. 

Se favorece así un fenómeno muy extendido de “drogodependencia emocional”. Vivimos en una cultura sentimentaloide y emotivista, tendente a la gratificación inmediata, y en la que se busca alivio, confort, evasión, deseo de ser querido y halagado para reforzar la propia autoestima, pero que produce al mismo tiempo una generalizada falta de resistencia a la frustración y una propensión al estrés cuando los deseos no se ven satisfechos de manera inmediata. 

La necesidad de gratificación y de evasión lleva a no ser capaces de prescindir de las redes y de las pantallas. Esta adicción se produce, por lo demás, a ambos lados, tanto por parte del consumidor de dispositivos como del que genera los contenidos, que no sabe prescindir de la búsqueda de éxito.

2.- El “marketing de influencia” nos muestra a gente común, en principio, que aglutina a miles de seguidores en las redes. La figura del influencer se ha convertido en una especie de gurú contemporáneo, un líder que crea opinión, marca tendencia, suscita admiración e imitación habitual y acrítica. Es un perfil que se ha hecho muy popular especialmente entre jóvenes que lo ven como una profesión muy apetecible, con la que además se puede ganar dinero esforzándose relativamente poco (“desde casa”, incluso).

Conviene advertir de que hay otra cara en esta moneda, a la que antes aludíamos de pasada: Es bastante frecuente que jóvenes influencers que parecían haber colmado toda expectativa de éxito, seguidos por millones de personas y con una holgada economía, caigan en depresión o ansiedad e incluso lleguen a quitarse la vida de manera inesperada. Al cabo terminamos sabiendo que se veían sometidos a una gran presión, a una enorme dependencia emocional que no han sabido manejar, a una gran fragilidad para afrontar críticas o insultos a veces crueles, o aparece un vacío existencial que no se ve satisfecho por el halago y la adulación de sus fans y seguidores.

      (Publicado en el semanario La Verdad el 14 de marzo de 2025)

jueves, 20 de febrero de 2025

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (130)

UNA SOCIEDAD INMADURA NO EDUCA (I)

 


            Tengo la impresión de que millones de adolescentes son educados por… millones de adolescentes”, escribe la pedagoga y maestra Mercedes Ruiz Paz. 

Se habla incluso de una “sociedad adolescente” para referirse a aquella cuya mentalidad dominante ostenta rasgos de inestabilidad, inseguridad, narcisismo e inmadurez. Muchas voces advierten de que nuestras sociedades líquidas -Abilio de Gregorio hablaba incluso de “sociedades gaseosas”- registran una notable tendencia en numerosas personas a eludir comportamientos propios de la madurez y la vida adulta: compromiso, autonomía responsable, toma de decisiones, autocontrol, etc. Actualmente podría decirse, en palabras de Juan Antonio G. Trinidad, que “la adolescencia es un periodo de la vida que empieza con la pubertad y termina… con la vejez”.

La crisis de la educación actual es posiblemente una crisis de educadores, empezando por la familia, pues en muchos casos encontramos que, unas veces por ignorancia, otras por incapacidad, los padres no educan a sus hijos. Son padres permisivos que no valoran ni asumen la responsabilidad de ser padres y, en consecuencia, tampoco exigen responsabilidad a sus hijos. Ello suele generar con el tiempo “adultos-adolescentes” irresponsables y con escaso autocontrol.

Hablando más en general, determinadas manifestaciones sociales y culturales (consumismo, ocio comodón, emotivismo, gregarismo ideológico…) nos hablan de una extendida tendencia a rehuir las responsabilidades, a vivir en el inmediatismo, el hedonismo y el subjetivismo moral, y a esquivar compromisos a largo plazo. Al mismo tiempo los deseos se han erigido como fuente de corrección política y del derecho, lo cual resulta nefasto, pues no basta que algo se desee mucho para que sea justo. Preocupa también la falta de resiliencia y el vacío existencial que se han extendido de manera preocupante. Fenómenos como la llamada posverdad manifiestan una incapacidad para valorar de manera objetiva y realista situaciones e informaciones, y para concebir el bien más allá del subjetivismo y de lo legalmente establecido. 

En esa misma línea hallamos un curioso fenómeno: se multiplican las normas, las leyes y reglamentos sociales, con los cuales se pretende controlar el comportamiento de los individuos y garantizar la justicia, la igualdad, el orden y la cohesión social. Pero a la vez se multiplican las excepciones: indultos, cambios legales, amnistías, etc. para favorecer a determinados transgresores afectos a los ámbitos de poder; con lo cual se viene a instalar la idea adolescente de que en determinados casos se pueden transgredir las normas y no pasa nada. Al menos mientras no te pillen. Más aún, que “ser listo” consiste precisamente en que no te pillen; existe una recompensa social para quien se instala en los ámbitos del poder o en todo caso triunfa saliéndose con la suya.

Si los ciudadanos no piensan más que en su propio beneficio particular y a corto plazo, la vida social se deteriora; si los políticos se centran en ofrecer subvenciones y los ciudadanos se conforman con recibirlas, acaba envileciéndose.  

El educador -padre o docente- ha de estar caracterizado por una escala de valores y una voluntad de mirar a la excelencia que no ceda a la comodidad y el cortoplacismo. Una persona y una sociedad inmaduras no pueden educar, porque nadie da lo que no tiene.

(Publicado en el semanario La Verdad el 14 de febrero de 2025)