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jueves, 21 de mayo de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (175)

EDUCAR EL CARÁCTER ES PREOCUPARSE Y AYUDAR

            


            Educar el carácter tiene una estrechísima relación con la dimensión educativa de la formación, que -más allá de la mera instrucción- consiste en ayudar a adquirir hábitos positivos que son los que estructuran la personalidad y le brindan un propósito.

Facilitar que los estudiantes se conozcan, acepten todas las cualidades que tienen, que las valoren de modo positivo, y las cultiven y orienten en forma de servicio al bien común, es la tarea más noble que puede plantearse un sistema educativo.

El escritor Daniel Pennac cuenta en su libro Mal de escuela cómo uno de sus profesores, cercano ya a jubilarse, fue su salvador al descubrir que aquel joven díscolo y descuidado era un forjador de historias. Este profesor entendió que las numerosas fantasías y recelos de ese adolescente de catorce años eran excusas para no aprender las lecciones o no realizar los deberes. Entonces el veterano educador le motivó para que escribiera una novela de tema libre que debía redactar durante el trimestre, entregando un capítulo por semana, sin faltas de ortografía. Este hecho cambió la actitud negativa y desafiante de Daniel Pennac. He aquí un profesor -un maestro de vida- que no se limitó a enseñar y a evaluar, sino a cambiar el modo de ser de ese alumno: su carácter.

En un modelo orientado a la educación del carácter la primera tarea del profesor es preocuparse por cada estudiante, por quién es y por cómo es, por cuál es su temperamento natural, y a continuación atender a sus cualidades naturales y ayudarle a perfeccionarlas. 

Lo segundo, es ayudarle al mismo tiempo a que se conozca y a que se acepte como es. La aceptación personal es doble: por un lado, lo que es, y por otro cómo puede mejorar y perfeccionarse.

Lo tercero es ayudarle a que sea responsable, es decir protagonista de su aprendizaje y de su cambio personal, ayudándole a que se proponga metas personales valiosas, que puedan motivarle a mejorar como persona y a ayudar a los demás. 

De acuerdo con lo anterior, una educación del carácter centrada en la persona, tiene un doble objetivo: 

1º) Ayudar a que cada educando sea mejor persona, a que adquiera virtudes, hábitos intelectuales, volitivos y morales positivos que enriquezcan su naturaleza humana. 

2º) Ayudar a cada educando a que configure y decida un propósito valioso (tal vez varios) para su vida y su actuación. Aristóteles, a ese respecto, apelaba sobre todo a la virtud de la magnanimidad, virtud de quien se hace digno y se siente capaz de grandes realizaciones. Uno de los referentes de la educación del carácter es el concepto de felicidad, estado de plenitud y gozo de quien se encuentra con el bien. Educar el carácter implica ayudar a alcanzar una vida plena y feliz.

En definitiva, la educación del carácter representa un esfuerzo por recuperar el sentido profundo de la formación, integrando el desarrollo intelectual y moral para formar personas capaces de sacar lo mejor de sí mismas y de contribuir positivamente al bien común. Desde este planteamiento el conocimiento y la habilidad no se convierten en herramientas vacías, sino en hábitos valiosos que consolidan el carácter.

               (Publicado en el semanario La Verdad el 15 de mayo de 2026)

lunes, 9 de marzo de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (168)

EDUCACIÓN Y FELICIDAD: ¿NO NOS ESTAMOS EQUIVOCANDO?


 

Uno de los soniquetes más frecuentes entre muchos padres, a la hora de educar a sus hijos, y de tomar decisiones acerca de ello, es esta: “solo queremos que sean felices”. Eso, por un lado, está muy bien; puede decirse que la felicidad es lo que todo ser humano busca en el fondo, lo que de verdad importa. Lo que Spaemann llamaba una “vida lograda”. 

Pero por otro lado depende de qué se entienda por felicidad. Y eso, en una sociedad tan secularizada y posmoderna, puede acabar en sucedáneos o en una “pasión inútil”, por emplear la expresión de Sartre. ¿Para qué estamos en la vida? Quizás solo “estamos” y ya está, y por eso solo puede aspirarse a cierto “bien-estar”. 

La mentalidad posmoderna hoy dominante ha generado la pérdida de los “grandes relatos”: del sentido de la historia, de la razón, del sentido global; en no pocos casos, de la misma vida. No queda sino refugiarse en el fragmento, en el presente –“pasarlo bien”-, y disfrutar de la vida mientras esta dé de sí. Si la modernidad quedaba simbolizada en Prometeo, la posmodernidad rinde culto a Narciso. Se trata de una versión depauperada, una “felicidad de baratija”: somos solo “seres deseantes”. El deseo se convierte en el único referente moral: tengo derecho a “satisfacer mis deseos”, sean cuales sean. 

El derecho a la felicidad individual (esa felicidad posmoderna) prima por encima de cualquier otro deber, compromiso o fidelidad. Surgen por ejemplo los “amores mercuriales” que describe J. A. Marina: amores que, como las bolitas de mercurio, se unen, se separan, se vuelven a unir, se fragmentan, se recomponen, van haciendo una y mil configuraciones diferentes. 

Hasta hace poco el proyecto en común de “la pareja” consistía en mantener una relación mientras resultase física y psicológicamente gratificante. Pero “la pareja” también acaba resultando una complicación. Mejor estar solo. Es el individualismo nihilista. Y si necesito compañía me puedo comprar un gato.

Y esa forma de vivir que no es capaz de apreciar más que la satisfacción inmediata, esa búsqueda compulsiva de la “felicidad”, viene produciendo niños, adolescentes, jóvenes y adultos con una bajísimo umbral de tolerancia a la frustración, que a su vez genera un alto nivel de impulsividad, origen de conductas antisociales y de amargura personal. No es extraña la actual proliferación de problemas de salud mental. 

La “rebeldía sin causa” ha dado paso al aburrimiento sin más. Sí, aunque parezca lo contrario, estamos creando una sociedad de jóvenes aburridos. El aburrimiento antiguo era la persistencia de la fatiga. El moderno es más bien la persistencia de la satisfacción. La salida parece ser una evasión compulsiva (alcohol, droga, sexo, emociones límite... o algún metaverso virtual). 

Una parte importante de nuestros jóvenes no piensan que haya nada más, o no se sienten con fuerzas y motivos de peso para buscarlo. Quizás nadie les ha enseñado. 

Padres y educadores hemos de plantearnos desde el principio si tenemos claro qué es lo que de verdad puede hacer feliz a una persona y lo que no. Al final, nosotros al menos, hemos de preguntarnos: ¿no estaremos equivocando el camino de la felicidad?

(Publicado en el semanario La Verdad el 6 de marzo de 2026)

lunes, 2 de marzo de 2026

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (167)

Y TODO ESTO… ¿PARA QUÉ?

Desciende un punto y medio el porcentaje de alumnos que asisten a clase de religión  católica

Para que la educación cumpla de verdad su propósito resulta fundamental definir los criterios en torno a los cuales se estructura una visión cabal de la realidad. Esta visión será la base para disponer de un modelo conceptual humanizador y para emitir juicios de valor sólidos. La escuela debe transmitir conocimientos y habilidades, pero también ofrecer significados. 

El verdadero objetivo de la educación es ayudar al alumno a establecer referentes que le permitan interpretar la realidad, revisando los modelos conceptuales implícitos y explícitos en cada área del saber. Sin estos referentes el estudiante podrá, como mucho, acumular información, pero no logrará una comprensión profunda del mundo ni sabrá orientarse en lo relativo al bien y al mal.

El ser humano posee una necesidad radical de sentido, evidenciada en su deseo de felicidad y plenitud, especialmente ante la conciencia de la muerte como horizonte inevitable. La muerte es indudablemente el término de esta vida, pero hay algo en el ser humano que mira más allá y que anhela que el horizonte no sea la nada. La educación no debería eludir la apertura a lo trascendente. 

Escribe Aristóteles en su Ética a Nicómaco: “A pesar de no ser más que hombres, no debemos limitarnos, como quieren algunos, a los conocimientos y sentimientos puramente humanos: ni reducirnos, mortales como somos, a una condición mortal; es preciso, al contrario, que en cuanto de nosotros dependa nos desatemos de los lazos de la condición mortal y hagamos todo lo posible por vivir conforme a lo mejor que hay en nosotros”. 

Pero el caso es que en los últimos tiempos se ha recrudecido en ciertos sectores culturales y políticos el deseo de eliminar las clases de religión del ámbito escolar. Esta pretensión se traduce en un acoso constante contra la presencia explícita y confesional del hecho religioso en el currículo educativo.

La estrategia empleada en ocasiones es directa y frontal -partidos que amenazan con denunciar el Concordato entre el Estado y la Iglesia Católica-. En otras se recurre a métodos indirectos: restar valor académico a la asignatura de religión, reducir las horas de impartición, eliminar la asignatura alternativa, denigrar y entorpecer el ejercicio laboral del profesorado de religión... Sería oportuno visibilizar las dificultades y el maltrato que sufre a menudo este profesorado en centros públicos. Cabe recordar que la asignatura de Religión Católica es optativa, nadie está obligado a cursarla si no lo desea.

Este afán hostigador distorsiona tanto el ser como la finalidad de la educación, cuya misión principal es ayudar al alumnado a desarrollarse íntegramente, a adentrarse en la realidad de manera lúcida, responsable y constructiva. La reflexión sobre el “para qué” de la existencia es esencial en el proceso educativo, pues de ella depende la orientación y contenido de la vida personal. 

Las relaciones que cada uno mantiene con Dios, sean cuales sean, se dan en el ámbito más íntimo de la persona, hacia el que el docente debe ser máximamente respetuoso, pero nunca indiferente ni displicente.Negar o ignorar la dimensión religiosa mutila el desarrollo integral del ser humano, ya que sin certezas sobre el fin último de la vida no se pueden establecer criterios sólidos de comportamiento. ¿Por qué he de ser respetuoso en mis juicios y en mi obrar si “da lo mismo”, porque al final “no hay nada”?

(Publicado en el semanario La Verdad el 27 de febrero de 2026)

lunes, 31 de octubre de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (44)

VALORES DE SITUACIÓN Y VALORES DE SENTIDO



Una de las claves de la maduración de la persona es la configuración de una escala de valores correcta, de una serie de prioridades o principios que sirven de referencia a nuestra visión del mundo -cosas, personas, acontecimientos, actuaciones…- y que orientan nuestro propio comportamiento. Y “correcta” quiere decir aquí respetuosa con el orden y valor de la realidad y con la dignidad de las personas.

El ser humano es un ser unitario, pero en él se distinguen varias dimensiones. La unidad de lo diverso es la armonía, el orden; y así, la jerarquía o escala de los valores tiene como referente la jerarquía de la naturaleza constitutiva del hombre, la cual puede apreciarse en las diversas necesidades y potencialidades humanas. Los valores son bienes que satisfacen esas necesidades y potencialidades, y pueden ordenarse -un tanto esquemáticamente- en tres categorías básicas:

1) Valores vitales. Las necesidades biológicas primarias, correspondientes al “fondo vital” del ser humano (Ph. Lersch), son satisfechas mediante la posesión y asimila­ción de determinados bienes, que podemos llamar valores vi­tales. De no ser satisfechas tales necesidades, el ser humano se ve su­mido en la indigencia; pero si lo son, surge un estado de satisfacción, que llamamos deleite, goce o placer, caracterizado por su inmediatez, intensidad y corta duración. Este tipo de valores -y las necesidades que vienen a satisfacer- prevalecen durante los primeros años, cuando el grado de de­pendencia es mayor y la existencia más precaria, aunque se dan obviamente a lo largo de toda la vida.

2) Valores socioafectivos. Otro tipo de necesidades o tendencias, menos inmediatas, son las que corresponden a la vida afectiva. Los bienes que satisfacen estas necesidades -de ser querido, atendido, aceptado, apreciado, acompañado...- son los llamados valores socioafectivos. La privación o insatisfacción en este tipo de necesidades da lugar al sentimiento de so­ledad e inseguridad, al desamparo afectivo; y su satisfacción da lugar a la autoestima, el gozo y la alegría, de menos intensidad que el mero placer o deleite, pero de mayor duración y hondura. Aunque también están presentes durante toda nuestra vida, estos valores socioafectivos adquieren especial protagonismo en la adolescencia, momento en que se descubre la propia intimidad y se aprende a conjugar las relaciones interpersonales con la afirmación de la propia autonomía.           

Los valores vitales y los socioafectivos pueden considerarse como valores de situación o inmanentes, y en ellos prevalece un dinamismo de posesión.

3) Valores de sentido o trascendentes. Existen finalmente otro tipo de necesidades y tendencias que remiten más allá de sí mismo y que se ubican en el plano más noble y más estrictamente personal de la vida humana. Son las tendencias y necesidades transitivas o trascendentes, más netamente espirituales (en sentido general, no solo religioso). Se sitúan en un ámbito de creatividad, de entrega y efusividad. A ellas les co­rresponden los llamados valores de sentido o trascendentes. La ausencia o privación de estos valores manifiesta un estado de vacío existencial, de sinsentido, de intrascendencia personal y desesperanza. A su vez, la adquisición y posesión habitual de dichos valores lleva a un tipo de satisfacción que denominamos plenitud, paz y felicidad, caracterizada, más que por la intensidad del momento, por la profundidad, la serenidad y la fecundidad espiritual, presentando una clara vocación de permanencia. Este tipo de valores son los que caracterizan de modo más propio a una personalidad madura. 


    (Publicado en el semanario La Verdad el 28 de octubre de 2022)

jueves, 13 de octubre de 2022

REFLEXIONES EN TORNO A LA FELICIDAD


 


 

El deseo radical del ser humano es encontrar un sentido a su vida, un sentido auténtico, en virtud del cual está dispuesto incluso a sufrir a condición de que ese sufrimiento tenga sentido. Porque la antítesis de la felicidad no es el sufrimiento, sino el vacío, el sinsentido. Sin un sentido, sin trascendencia, la vida humana se viviría en rigor para nada, por lo que todo en la existencia se convertiría en irrelevante y la existencia humana misma en un absurdo, lo cual haría insoportable el vivir. 

La necesidad de hallar el sentido de nuestra vida es en el fondo el ansia de felicidad, motor esencial de nuestra vida. Pero, ¿qué es la felicidad?...

La felicidad es un estado profundo de plenitud y gozo configurado por el conocimiento, por el amor y por la belleza; un estado de gozo y plenitud que nace de la contemplación y posesión del bien, del mayor bien. Aparece como una meta, una satisfacción suprema que todo ser humano aspira a alcanzar en su vida, un estado permanente de deleite, de paz interior, una plenitud de sentido que permite hablar de una vida lograda, de una plenitud de nuestro ser. Josef Pieper la resume en un “descansar y gozar en la contemplación de lo que amamos”.

Hablamos de la presencia o posesión de un bien. Pero esa posesión no es propiamente material, sujeta siempre a limitaciones, altibajos e imprevistos. Hablamos de una forma de “posesión inmaterial”; como la que tiene lugar en el encuentro y afinidad entre dos personas que se quieren, en la satisfacción de haberse superado a uno mismo, de sentirse útil a alguien a quien se estima, de sentirse amado y correspondido en la amistad. Más aún, puede afirmarse con verdad que “hay más gozo en dar que en recibir”; en este caso el bien de la persona agraciada es estimado como de gran valor para nosotros y por eso nos hace felices que las personas que amamos lo sean. 

¿En qué consiste, así pues, la felicidad? Se trata de la contemplación y “posesión” del bien más pleno. Santo Tomás de Aquino la describe como “el bien perfecto que excluye todo mal y llena todos los deseos, el conjunto de cosas que la voluntad es incapaz de no querer”. Boecio, por su parte, la definía como ”el estado en el que todos los bienes se encuentran juntos”.

Queda claro que la felicidad no se puede alcanzar plenamente en esta vida, donde todos los bienes están sujetos al paso del tiempo y su disfrute tiene, entre otros, el límite de la muerte. Pero es muy curioso que ello no impide que sigamos ansiando la felicidad y queriéndola para aquellos a los que amamos. El corazón, el deseo humano más profundo, no se sacia con cualquier cosa y se abre siempre a “algo más”; sigue buscando la felicidad a través de todas sus elecciones. 

Es también un hecho que, de vez en cuando o hasta cierto punto, podemos disfrutar parcialmente de momentos de felicidad, más o menos pasajeros; sin embargo, estos, lejos de saciarnos, nos mueven a seguir ansiando más y más gozo, más y más plenitud, algo bello, bueno y verdadero que no se acabe… Esto ha llevado a pensar que la sed radical de felicidad que nutre el corazón humano apunta a un “más allá” de plenitud, a una realidad infinita que supera ese horizonte clausurado que es la muerte y el paso del tiempo. Y a eso es a lo que se suele llamar Dios.

Más que un fin, un resultado.

Aristóteles, uno de los filósofos que con más lucidez y hondura ha pensado acerca de la felicidad, afirmaba que todas las cosas que hacemos y elegimos están orientadas a un solo objetivo último: lo que queremos en el fondo es alcanzar la felicidad. Y lo mismo viene a decir Dante: “A través de mil ramas se busca el único dulce fruto”. Cuando actuamos para logar recompensas, alegría, fama o riqueza, en realidad lo hacemos porque creemos que de ese modo vamos a ser felices.

Por lo tanto, no buscamos la felicidad para ninguna otra cosa. Ella es en sí misma el fin último, el objetivo que todos los seres humanos tratamos de buscar a lo largo de nuestra vida. En rigor, no se puede responder a la pregunta: “¿por qué queremos ser felices?”. De hecho, más bien, la felicidad es la respuesta a todas las preguntas verdaderamente interesantes.

Ahora bien, es preciso reparar en algo paradójico. Viktor Frankl lo ha advertido con frecuencia: propiamente hablando, la felicidad no es un fin en sentido estricto, sino un resultado. No es lo mismo. Afirma Frankl que cuando se busca la felicidad a toda costa, esta se escapa siempre de manera irremisible y aparece la frustración. Sin embargo, cuando uno se olvida en su intención de ser feliz por encima de todo, cuando uno se olvida de sí mismo y se centra en algo o alguien valioso, de repente, como si fuera un regalo inmerecido, se experimenta el sentimiento de la felicidad. Y recuerda un aforismo de Kierkegaard: “la puerta de la felicidad se abre hacia fuera”.

¿Y el amor?

Esto nos lleva a apreciar lo que acontece en el amor verdadero entre personas. El amor a una persona no puede ser un amor de posesión. Eso es lo propio de quien ama una cosa, una idea…, que son medios; pero no a una persona, que siempre es un fin en sí misma. Un amor posesivo hacia una persona es destructor, vejatorio, asfixiante. Por el contrario, lo que busca el amor de persona es el bien del ser amado; se trata de un amor de benevolencia y de comunión. Para la persona amada se quiere el mayor de los bienes, y el mayor de los bienes de los que se dispone es uno mismo. La forma adecuada de amar a una persona no es la posesión, es la entrega, la gratuidad. Se busca el bien para la persona amada, su plenitud; y por ello su felicidad es lo que nos hace felices, aunque sea incluso al precio del propio sacrificio, del olvido de sí. Por esta razón hay mas gozo en dar que en recibir. Y así, si la persona amada es para nosotros el mayor de los bienes, la felicidad consistirá en la comunión amorosa con ella, que es fruto de la entrega recíproca.

Las cosas caducas, limitadas o pasajeras no nos llenan nunca del todo. “Un ser con facultades superiores necesita más para sentirse feliz. Es mejor ser un ser humano insatisfecho que un cerdo satisfecho” (J. Stuart Mill) Los bienes inferiores (salud física, placer…), sólo si se poseen según el orden propio de la naturaleza humana y de sus facultades, contribuyen a aumentar la felicidad. 

Aunque también se ha dicho, con gran agudeza, que la felicidad, más que en tener lo que queremos, consiste muchas veces en aprender a querer, a amar, lo que tenemos:

 

“-Los hombres de tu tierra -dijo el principito- cultivan cinco mil rosas en un jardín y no encuentran lo que buscan.

-No lo encuentran nunca -le respondí. 

-Y sin embargo, lo que buscan podrían encontrarlo en una sola rosa o en un poco de agua...

-Sin duda, respondí. Y el principito añadió:

-Pero los ojos son ciegos. Hay que buscar con el corazón.”

 

A. Saint-Exupèry. El principito, capXXI.

 

Aprender a querer lo que se tiene

 

Seguramente viene a cuento recordar una conocida narración de León Tolstoi: “La camisa del hombre feliz”.

 “En las lejanas tierras del norte, hace mucho tiempo, vivió un zar famoso por la prosperidad de su reino pero que enfermó gravemente de tristeza y melancolía. Se reunió junto a su lecho a los mejores médicos de todo el imperio, que le aplicaron todos los remedios que conocían y otros nuevos que inventaron sobre la marcha, pero lejos de mejorar, el estado del zar empeoraba más y más. Le hicieron tomar baños calientes y fríos, ingirió jarabes de eucalipto, menta y plantas extrañas traídas en caravanas de lejanos países. 
Le aplicaron cremas y bálsamos con los ingredientes más insólitos, pero la salud del zar no mejoraba. Tan desesperado estaba que prometió la mitad de lo que poseía a quien fuera capaz de curarle. 


El anuncio se propagó rápidamente, pues las riquezas del monarca eran cuantiosas, y llegaron médicos, magos y curanderos de todas partes del mundo para intentar devolver la salud al zar. Pero todos fracasaron en sus intentos. 
Sin embargo fue un viejo poeta de la corte quien aseguró: 


—Creo que conozco el remedio, la única medicina para vuestro mal, señor. Sólo hay que buscar a un hombre feliz: vestir su camisa es la cura a vuestra enfermedad. 


La conmoción fue general y muchos protestaron por la ocurrencia. Pero nadie tenía un remedio mejor, y así, a la vista del agravamiento sufrido por el zar, partieron emisarios hacia todos los confines de la tierra. 


Sin embargo, ocurrió que encontrar a un hombre feliz no resultaba tarea fácil: aquel que tenía fama se quejaba de su falta de salud, quien tenía salud echaba en falta el dinero, quien lo poseía, carecía de amor, y quien lo tenía se quejaba de los hijos, del mal tiempo o de lo que fuera... Todos los entrevistados coincidían en que algo les faltaba para ser totalmente felices aunque nunca se ponían de acuerdo en aquello que les faltaba. Por satisfechos que debieran 
sentirse, y no careciendo de nada que los demás envidiaran, se sentían descontentos e infortunados. 

Finalmente, una noche, un mensajero llegó al palacio. Habían encontrado al hombre tan intensamente buscado. Se trataba de un humilde campesino que vivía en la zona más árida del reino. 

Los soldados del zar habían acertado a pasar casualmente junto a una pequeña choza. A través de las ventanas sin cristales se veía a un hombre que, tras un día de duro trabajo y rodeado por su numerosa familia, descansaba sentado junto a la lumbre de la chimenea y exclamaba satisfecho: 

—¡Qué bella es la vida, hijos! No puedo pedir nada más. ¡Qué feliz soy! 

Al enterarse en palacio de que, por fin, habían encontrado un hombre feliz, se extendió la alegría. En medio de una gran algarabía, comenzaron los preparativos para celebrar la inminente recuperación del zar. El primer ministro ordenó inmediatamente: 

—Traed rápidamente la camisa de ese hombre. ¡Ofrecedle a cambio lo que pida! 

Grande era la impaciencia de la gente por ver volver a los emisarios con la camisa que curaría a su rey, mas, cuando por fin llegaron, traían las manos vacías: 

—¿Dónde está la camisa del hombre feliz? ¡Es necesario que la vista el zar!, vociferó el ministro. 

—Señor -contestaron apenados los mensajeros-, el hombre feliz es tan pobre... que no tiene camisa.” 

***

Muchos han meditado sobre esta historia, llena de ironía y tan sorprendente. Aunque quizás no lo sea tanto, porque la experiencia confirma que al corazón humano no le satisface plenamente la abundancia de cosas pues, como suele decirse, “todos queremos más”, y no está claro dónde está el límite, y menos aún en una sociedad altamente consumista como la nuestra. 

Quizás el afán de poseer o la envidia han cegado a muchos hombres y mujeres, impidiéndoles comprender que la verdadera felicidad posiblemente no consiste en llegar a tener lo que se quiere, sino, más bien, en aprender a querer lo que se tiene, como ya dijimos. En el fondo, una cosa parece clara: tiene más quien menos necesita. Ese es el secreto del hombre feliz de esta historia que cuenta León Tolstoi: “Sé apreciar lo que tengo y no deseo demasiado lo que no tengo”. 

Todos queremos y aspiramos a ser felices, ciertamente; es una necesidad vital de todo ser humano. Pero parece que el cumplimiento de esta aspiración no se encuentra en los estilos de vida o en los modelos sociales basados en el mero bienestar material, en la codicia o en el egoísmo, sino en la satisfacción de los deseos más hondos del corazón, y estos tienen que ver más con amar y ser amado. 

                                                                                                        

                                                                          Andrés Jiménez Abad.

domingo, 9 de octubre de 2022

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (40)

EDUCACIÓN Y FELICIDAD


Quién diría que Dante nos ofrece pautas que pueden ser vividas en nuestro tiempo. En el fondo, después de siete siglos, sigue siendo de lo más actual: exige la travesía a través del pecado y de la muerte hacia esa alegría más elevada y plena que llamamos felicidad.

Dante también afirma que hemos recibido la vida para darla, pero que ese don exige una esperanza que vaya más allá de este mundo y que atraviese su oscuridad. “Perdido en una selva oscura…” es como empieza La divina comedia. La angustia, como una sed despiadada, nos aprieta la garganta en algunos momentos difíciles; pero, es el signo, viene a decir el poeta florentino, de que estamos hechos para la alegría, para la vida. 

Si no estuviéramos hechos para la fuente, nuestra sed no sería tan acuciante. Necesitamos una esperanza que atraviese la oscuridad, una vida que sea más fuerte que la muerte, una certeza acerca de lo que merece más la pena, que permanezca y sea fecunda, que nos impulse hacia lo mejor de nosotros mismos, que ofrezca una revelación en medio de la oscuridad que a menudo nos rodea.

De manera creciente, nuestros alumnos llegan a clase contagiados por la pandemia del nihilismo y no se les ofrece más que una visión del hombre que oscila entre el mono evolucionado y el consumidor de espectáculos, que no busca otra redención que la de la técnica, el culto al planeta y la disolución en el todo cósmico, y frente a la angustia de una vida a la que no ve ningún sentido sólo dispone del sedante de una diversión frenética y adictiva. Pero la diversión, como ya observaba Pascal, “nos impide pensar en nosotros mismos, nos entretiene y nos hace llegar insensiblemente a la muerte”.

Nuestras clases pretenden ser trampolines para la empresa y talleres de una servil ciudadanía, pero corren el riesgo de convertirse en plantaciones de desesperanza. “Queremos que nuestros alumnos sean felices”, nos dicen. Pero en general son clases que no tienen nada que decir ante la muerte, que no tienen nada mejor que ofrecer frente a la amargura nihilista. 

El pensador francés Fabrice Hadjadj, ante la pregunta “¿qué educación puede conducirnos a la felicidad?”, afirma: “la pregunta por la felicidad produce tanto miedo que inmediatamente hacemos un esfuerzo por reducirla a la cuestión del bienestar.” Y así, concluye, la hacemos insignificante, la convertimos en un mero estado subjetivo y abstracto, en algo inofensivo que comienza con la ataraxia -nada de estresarse, por favor, nada merece tanto la pena realmente y el amor no existe-, continua con la anestesia -evitemos el dolor y la frustración como sea- y acaba con la eutanasia. Y fin.

Pero el caso es que la pregunta por la felicidad subsiste en lo íntimo del ser humano y la propia vida sirve como “prueba del algodón”, porque no vale cualquier respuesta. La felicidad es verdadera si colma lo específico del ser humano, “y no, como dice también Hadjadj, lo que tiene en común con el cerdo”.

Una educación que mira realmente hacia la felicidad es la que se toma en serio la dimensión personal del ser humano, a quien solo puede colmar una vida basada en la verdad y en el amor. Por cierto, eso Dante también lo vio.

     (Publicado en el semanario La Verdad el 30 de septiembre de 2022)

 

jueves, 4 de agosto de 2022

FELICIDAD… ¿PALABRA VACÍA?

 


Una de las líneas argumentales que ofrece el “pensamiento débil” propio de la posmodernidad, de los años sesenta a nuestros días, es que “humano”, en realidad no significa nada en especial. En todo caso vendría a ser algo negativo: al ser humano se le valora como una amenaza, como un depredador peligroso para el planeta, como un espécimen generador de conflictos demoledores y a la vez vanamente engreído como si fuera el centro del universo.

Arthur Koestler, esforzado denunciante de fantasmas contemporáneos, criticaba el sistema económico e ideológico según el cual el ser humano no es más que “un millón de hombres partido por un millón”. En definitiva, un ser anónimo, un mero número, indiferente en sí mismo, que podría ser sustituido por cualquier otro. Auschwitz, Hiroshima, el Gulag, el mercantilismo, el conductismo social, entre otros, son argumentos de peso para desconfiar de una visión adecuada del ser humano en el panorama cultural presente.

Y mientras el problema del hombre no se resuelva, mientras no exista una respuesta adecuada a lo que somos y a nuestra sed de felicidad, lo más normal es intentar llenarla con cosas. 

Un tipo de economía “que mata”, una política en la que la persona como tal no cuenta, una educación sin rumbo, ¿de dónde nacen? De una falta de respuesta adecuada al problema del ser humano y la felicidad. 

Si el corazón del hombre está hecho para la felicidad, para la plenitud, y no la encuentra, ¿con qué intenta llenarlo? En primera instancia, lo intenta en su relación con las personas o en la relación con las cosas, que son las dos realidades que tiene a mano. E intenta entonces servirse de las personas o bien acumular cosas. Busca “tener intensamente”, lo que en el ámbito de la razón -inteligencia y voluntad- se traduce como poder y control, y en el de los sentidos y las emociones se traduce como placer y disfrute.

Cuando las personas puedan partir de una experiencia distinta y empezar a generar un tipo de economía, de política y de educación que no piensen que poseyendo más, que acumulando más cosas, van a estar más satisfechas —porque todo es poco y “pequeño para la capacidad del alma”, como diría el poeta Leopardi—, la situación del hombre de nuestro tiempo en este sentido podrá ser distinta. 

Pero no habrá salida en un contexto social que solo busca la rentabilidad. Aparte de que la insatisfacción aparecerá de una forma u otra porque, como decía Cesare Pavese, lo que el hombre busca en los placeres es el infinito y el hombre jamás se contentará con menos que ese infinito. Y además, siempre estará ahí la impertinente presencia de la muerte, del sufrimiento y del fracaso.

¿Y qué ocurre cuando se espera todo del poder y del placer pero no llenan la sed de felicidad, a la vez que se muestran incapaces de ofrecer sentido al sufrimiento, al fracaso o a la muerte, ingredientes indispensables de la existencia humana, cuando estos llegan? Frente a la amenaza del sinsentido, entonces, la opción por la inmanencia solo dispone de una salida: huir, evadirse, distraerse. Es el evasionismo como estilo de vida predominante: huir del compromiso, del aburrimiento, del dolor, de la rutina, de la responsabilidad… dedicando todos los esfuerzos al presentismo más inmediato y aturdidor. Pasar de casi todo; buscar paraísos de ficción en los que refugiarse: consumismo a ultranza, juego, droga, alcohol, diversión continua..., en último extremo, incluso, el suicidio tomado como liberación del malestar y del sufrimiento en cualquiera de sus formas. Como ya observaba Pascal, la diversión tomada como valor máximo “nos impide pensar en nosotros mismos, nos entretiene y nos hace llegar insensiblemente a la muerte.

Es este un nihilismo de rendición, la proclama de un vacío existencial irremediable. Como ha advertido Fabrice Hadjadj, entre otros, en el panorama posmoderno la pregunta por la felicidad resulta demasiado fuerte e incluso insultante, y se reduce a la cuestión del bienestar, la hacemos insignificante, la convertimos en un mero estado subjetivo y abstracto, en algo inofensivo que comienza con la ataraxia -“nada de estresarse, por favor, realmente nada merece tanto la pena y el amor no existe”-, continúa con la anestesia -“evitemos el dolor como sea”- y acaba en la eutanasia. Y a esto lo llamamos “dignidad”.

Nuestros sistemas educativos pretenden ser trampolines para la empresa y talleres de una servil ciudadanía -huyendo del “fracaso” como del mismo demonio-, pero acaban a menudo en meras plantaciones de desesperanza. Sus enseñanzas van desde saberse un mono evolucionado hasta el manual para convertirse en espectáculo para las redes sociales. Son clases que no tienen nada que decir ante la muerte, que no tienen nada mejor que ofrecer frente a las escuelas coránicas y frente a la amargura y el desencanto de los nihilistas. 

Pero la pregunta por la felicidad subsiste. Y entonces, si esto es así, delata que viviendo así carezco de verdadera alegría, que agarrado solo al disfrute pasajero y a una eficiencia tecnológica para la que mi vida tal y como es no vale nada, o a una forma de economía para la cual solo cuento como una cifra, no tengo motivos para vivir gozosamente ni para aceptar el sufrimiento cuando llega. 

Hace falta un cambio radical de pensamiento, otra forma de entender la vida y la educación según la cual la felicidad no es una palabra vacía y además es posible, aunque toque sufrir en la verdad y en el amor, pero en la que esto es más dichoso y más digno que pretender disfrutar en la indiferencia o en los sucedáneos… para nada.





miércoles, 23 de abril de 2014

MOTIVACION Y EDUCACIÓN EN VALORES (...O VIRTUDES)

LA EDUCACIÓN EN VALORES PROTEGE A LOS ADOLESCENTES DE LA DEPRESIÓN

(...Y el viejo Aristóteles volvió a tener razón)


Pilar Quijada
(abc.es - 22 abril 2014) 

Por el contrario, los jóvenes cuyo cerebro se activa más con las recompensas inmediatas son más propensos al malestar psicológico.


La sensación de bienestar en los adolescentes, una potente vacuna contra la depresión, podría depender de la búsqueda de placer a través de valores tradicionales, como la familia, la cultura o la moralidad, frente a otras recompensas más inmediatas pero vacías de contenido y centradas en uno mismo, según un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).

El trabajo, liderado por Adriana Galván, experta en el cerebro adolescente de la Universidad de Los Ángeles (California), sugiere que los adolescentes cuyo sistema de recompensa cerebral responde más a actividades que favorecen la autorrealización tienen menor riesgo de experimentar síntomas depresivos a lo largo de la vida. Por el contrario, los jóvenes que prefieren actividades que conducen a una gratificación rápida pero carente de significado son más propensos al malestar psicológico.

Se trata del viejo dilema de la búsqueda de la felicidad a través del placer inmediato (hedonismo), potencialmente perjudicial, o a largo plazo y más saludable (eudaimonía) que planteaba ya Aristóteles en el siglo IV antes de Cristo. Aunque esta vez revisado por la neurociencia, que parece inclinar la balanza a favor de los argumentos del filósofo: El bienestar psicológico duradero se logra a través de las actividades con un significado y un propósito, como la ayuda a los demás, colaborar con la familia y en el cuidado de los hermanos, la expresión de la gratitud o la búsqueda de objetivos a largo plazo.

El cerebro de 39 jóvenes con una edad media de 17 años ha aportado las pruebas en un estudio de imagen cerebral que, según los autores, es el primero en relacionar el bienestar o el malestar mental con la predilección de lso adolescentes por las recompensas diferidas o inmediatas, respectivamente.

Mayor riesgo en la adolescencia

Los síntomas depresivos tienen un máximo precisamente durante la adolescencia, con un pico hacia los 17-18 años. Esto se debe en parte a que en los quinceañeros el sistema de recompensa cerebral, encargado de procesar el placer, muestra una activación mucho mayor que en niños y adultos, y especialmente cuando se asocia a conductas de riesgo. De ahí que en esta etapa de la vida la búsqueda de gratificaciones esté exacerbada y el riesgo de caer en hábitos inadecuados sea más elevado.

Sin embargo, argumentan los investigadores liderados por Galván, se sabe poco de cómo el cerebro responde a las diferentes formas de obtener placer en esa etapa de la vida, a pesar de que tiene importantes implicaciones en su bienestar psicológico futuro. Por eso se plantearon averiguar cómo la sensibilidad neural a las recompensas inmediatas o diferidas, ambas asociadas a la misma zona del cerebro, el estriado ventral, es capaz de predecir en la adolescencia la aparición de posibles síntomas depresivos en el futuro.

Y vieron que cuando esta zona del cerebro se activa más frente a actividades que proporcionan un placer centrado en uno mismo o frente a conductas de riesgo, la probabilidad de desarrollar síntomas depresivos aumenta con el tiempo. Sin embargo, cuando los jóvenes experimentan placer en comportamientos con un significado más altruista o bien orientados a la consecución de objetivos, el riesgo de malestar psicológico en el futuro se reduce.

Sistema de recompensa

La explicación podría estar en que la respuesta del sistema de recompensa a las actividades puramente hedónicas, centradas en uno mismo, no aporta estrategias para lograr un bienestar duradero. Ejemplo de estas fuentes de placer serían, la comida, los videojuegos o las compras, todas ellas capaces de crear adicciones cuando se recurre a ellas de forma patológica.

Por el contrario, cuando el placer proviene de actividades con algún fin social o personal podría estar reflejando una motivación dirigida hacia comportamientos que incrementan la sensación de autoestima y que no dependen tanto de factores externos sino intrínsecos a la persona.

Cambiar la intensidad de la respuesta cerebral de los adolescentes a las distintas fuentes de placer no es algo fácil, reconocen los autores, ya que puede depender de factores genéticos. Sin embargo, puesto que esta respuesta del sistema de recompensa depende del contexto, orientarles hacia actividades provistas de un significado, que proporcionan una sensación de autocontrol, competencia, pertenencia al grupo, conexión social y bienestar duradero, les ayuda a adquirir estrategias que garantizan una mejor salud psicológica y estabilidad emocional.


 


 

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 6 de diciembre de 2012

UNA ESPERANZA QUE ROMPE MI ORGULLO

UNA ESPERANZA QUE ROMPE MI ORGULLO

(Fabrice Hadjadj: Tenga usted éxito en su muerte
Nuevo Inicio, Granada, 2011, pág. 81)

     "Deseo la felicidad, pero mi muerte y mi impotencia me muestran que yo no podría procurármela por mí mismo: tengo que esperarla de otro. Y ese otro no puede ser solamente otro hombre, tan limitado y falible como yo. Tengo que apelar a una potencia de lo alto. El tiempo me lleva a la paciencia y a la plegaria. La esperanza a que me obliga remite de mí mismo a una alteridad radical: es una esperanza que rompe mi orgullo y que me invita, desde ahora, a abrirme a los demás y, por encima de todo, al Otro salvador. No lo digo por ser judío. Tampoco por ser cristiano. Es un hecho real. O mejor, es que la realidad es judeocristiana. Yo no tengo nada que ver. Intenté, en otro tiempo, hacer que se pareciera a mis mejores sentimientos, convertirla al agnosticismo. No tuve éxito."


NOTA: Fabrice Hadjadj (Nanterre, Francia, 1971), de padres de ascendencia judía e ideología maoísta. En su juventud se acercó al pensamiento de Nietzsche. Convertido al catolicismo en 1998, se dice a veces "un judío de nombre árabe y de confesión católica". Es uno de los filósofos más leídos -y más lúcidos- del panorama actual.

martes, 13 de noviembre de 2012

¿Quién saciará su deseo?

¿Quién saciará su deseo?
José Luis Restán
(www.paginasdigital.es)



Hace unos días el profesor Damian Bacich, de la San José State University de California, reconocía en estas Páginas que "la continuidad de Obama en la presidencia supondrá un desafío para la Iglesia católica", pero añadía en seguida que un desafío no es negativo si sirve para que la Iglesia madure su forma de estar  en la plaza pública. Y aclaraba que a los responsables de las numerosas obras sanitarias y educativas católicas "les tocará encontrar soluciones creativas y dar un testimonio inteligente en una sociedad que ya no acepta la fe como un presupuesto obvio de la vida común". La verdad es que las palabras de Bacich sirven igualmente para la España que acaba de ver convalidado un matrimonio sin diferencia sexual, y para la mayoría de los países de antigua tradición cristiana de nuestro entorno.

Las leyes ya no expresan la cultura nacida de siglos de tradición cristiana, ni reconocen el derecho natural, ni a veces protegen un mínimo espacio para la libertad de todos, también de los católicos. La hostilidad crece en los medios, la extrañeza aumenta en los foros públicos, y la tentación de concebirnos dentro de una ciudadela asediada hace presa (no sin motivos) entre muchos católicos. Qué cierto es aquello de que cincuenta años después, el desierto ha avanzado, y mucho. Ahora bien, podemos elegir entre la lamentación infinita unida a una dialéctica ácida y afilada, con el consiguiente atrincheramiento durante una larguísima temporada, y una nueva misión que acepte sin reservas que la fe (y sus consecuencias ético-culturales) ya no es un presupuesto obvio de la vida común. Me atrevo a decir que esa es la postura que documenta toda la predicación de Benedicto XVI.           

Los sucesos a los que se refería Damian Bacich se desarrollaban al mismo tiempo que el Papa pronunciaba una catequesis memorable sobre la fe y el deseo. Empecemos por reconocer que la cuestión del deseo ha sido material inflamable y de difícil trasiego para maestros, catequistas y predicadores. Por supuesto nadie negará con la mejor tradición patrística y medieval que el deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, como asienta el Catecismo. Pero la palabra no deja de resultar incómoda (¿o no?), se presta a muchas acepciones, se usa en contextos poco amigables para el cristianismo, y sobre todo, nos asoma a grandes peligros si no la sometemos a estricto control. Vamos, que casi mejor seguir otro camino, dirá más de uno. Y así ha sido en numerosos momentos y lugares de la historia eclesial. Sin negar el punto de partida, se ha difuminado su valor educativo... por si acaso.

"Todas las cosas llevan escrito más allá"

Lo impresionante del Papa es que en ningún momento parece quemarle la palabra en los labios. Se diría más bien que la maneja con familiaridad, que teje con ella una sinfonía que no podemos dejar de secundar, sencillamente porque nos vemos reconocidos en ella a no ser que nos defendamos. Empieza por reconocer (más realismo imposible) que  "muchos contemporáneos podrían objetar que no advierten en absoluto un deseo tal de Dios... Él ya no es el esperado, el deseado, sino más bien una realidad que deja indiferente". Pero a continuación explica que en el fondo "lo que hemos definido como «deseo de Dios» no ha desaparecido del todo y se asoma también hoy, de muchas maneras, al corazón del hombre. El deseo humano tiende siempre a determinados bienes concretos, a menudo de ningún modo espirituales, y sin embargo se encuentra ante el interrogante sobre qué es de verdad «el» bien, y por lo tanto ante algo que es distinto de sí mismo, que el hombre no puede construir, pero que está llamado a reconocer. ¿Qué puede saciar verdaderamente el deseo del hombre?"

Es cierto que el deseo puede adentrarse por vericuetos tortuosos, puede buscar respuesta en laberintos mortales, puede convertirse en una espiral enloquecida. Sí, pero sin deseo simplemente no existe lo humano, como intuía nuestro Machado. Sería absurdo que el riesgo de vivir nos encerrase en casa; sería trágico que los laberintos de la vida nos llevasen a negar su impulso original, ese que hacía decir a Montale: "todas las cosas llevan escrito más allá". Cada deseo que se asoma al corazón humano se hace eco de un deseo fundamental que jamás se sacia plenamente, dice Benedicto XVI, y por eso el cristiano no debe temer el deseo de la amistad, de la belleza, de la creación, del amor. La tarea del educador será transformar el éxtasis inicial en una peregrinación, como un salir del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la entrega de sí. No para que el deseo se aplane y pierda su aguijón, sino para proteger su verdad más profunda, para proyectarlo como un rayo hacia su cumplimiento verdadero.

El drama del momento presente no consiste en la vivacidad de los deseos sino en su brutal reducción y manipulación, y en las falsas respuestas que se le ofrecen. Todo esto me parece de vital importancia para la nueva evangelización, si queremos que sea algo más que un eslogan. Porque nuestra tarea como cristianos no es ser la policía del deseo sino ser los testigos del Único que puede saciar el deseo. Por eso sigue diciendo el Papa que "el hombre conoce bien lo que no le sacia, pero no puede imaginar o definir qué le haría experimentar esa felicidad cuya nostalgia lleva en el corazón.... es buscador del Absoluto, un buscador de pasos pequeños e inciertos... pero ya la experiencia del deseo, del corazón inquieto (como lo llamaba san Agustín), atestigua que el hombre es en lo profundo... un mendigo de Dios".

"No se trata de sofocar el deseo 
que existe en el corazón del hombre, 
sino de liberarlo, para que 
pueda alcanzar su verdadera altura"

Benedicto XVI no oculta que todos (¡creyentes y no creyentes!) necesitamos recorrer un camino de purificación y sanación del deseo. Pero en seguida advierte que "no se trata de sofocar el deseo que existe en el corazón del hombre, sino de liberarlo, para que pueda alcanzar su verdadera altura". El Papa abre aquí un ventanal de aire fresco a padres, educadores y sacerdotes, yo diría incluso que sin este recorrido que describe es difícil alcanzar una fe auténticamente madura, una fe como que permitió a Pedro decir "¿a dónde iremos?, sólo Tú tienes palabras de Vida eterna". Y por si nos quedaban dudas, remata la sinfonía invitándonos a hacer esta peregrinación y a "sentirnos hermanos de todos los hombres, compañeros de viaje, también de quienes no creen, de quienes están en búsqueda, de quienes se dejan interrogar con sinceridad por el dinamismo del propio deseo de verdad y de bien". No se me ocurre mejor equipaje ni mejor brújula para estos tiempos de inclemencia que habremos de recorrer a un lado y otro del Atlántico. Nuestra vocación no es la Línea Maginot sino el Camino de Santiago, una peregrinación en la que encontramos bandidos y agricultores, héroes y mercachifles, todos al aire libre, todos llamados a medir su deseo con la presencia de un cristiano que vive y construye.


13/11/2012