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miércoles, 3 de enero de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (88)

MOTIVAR INCENTIVANDO AL EDUCAR: LOS PREMIOS


Premios y recompensas constituyen un medio para conseguir una conducta deseada, pero no es fácil emplearlos bien. Han de ser incentivos que conduzcan poco a poco a la motivación intrínseca de los niños y los jóvenes, esa que mueve desde dentro, la actitud de quien obra buscando el bien que corresponde a lo que se hace, por sí mismo y no por la recompensa que le siga.

Los incentivos vienen bien cuando falta esta motivación intrínseca y madura. Pero lo suyo es ir desapareciendo para dar paso a su tiempo al criterio personal y a la determinación de la voluntad propia. Por eso no hay que abusar de la recompensa recurriendo a ella con demasiada frecuencia. No se puede dar un premio por cualquier cosa. El mejor premio es el que se obtiene al experimentar la satisfacción del deber cumplido.

La recompensa pedagógica puede revestir muchas formas: una mirada de aprobación, un gesto cariñoso, una palabra, la concesión de un permiso deseado, un regalo, etc. En general, diremos que el más apropiado es siempre el elogio. Pero no hay que excederse en los premios y alabanzas, pues perderían eficacia y se correría el peligro de hacer al niño egoísta y calculador, acostumbrándole a obrar bien sólo con miras a la recompensa. Esta no sería ya un aliciente adicional sino el fin de la conducta, y esto no sería bueno.

El estímulo es siempre más eficaz que la reprimenda. A veces ésta será inevitable, pero el incentivo será más eficaz si el hijo ve que se le reconoce la obra bien realizada y el esfuerzo, aunque éste no haya sido coronado por el éxito. Un elogio correcto, justo, oportuno, estimula y educa para el bien. 

Algunas pautas

Hay que dar el premio prometido siempre que el niño lo gane, evitando el extremo de no premiar nunca o de premiar en exceso y por cualquier cosa. Si en el hogar no se le dan compensaciones al niño en su obrar, tenderá a buscarlas fuera. Pero el mejor premio es el afectivo, la alabanza, el elogio y el aprecio, la estima sincera.

El premio es más eficaz si se recibe de inmediato. Si una madre alaba a su hijo por haber ordenado su habitación al poco tiempo de haberlo hecho, conseguirá que éste la deje recogida con más frecuencia que si lo hace al día siguiente o sólo de vez en cuando. Aprender a aplazar las recompensas es un síntoma de madurez, pero en los niños lo más corriente es que necesiten recibir recompensas de modo más inmediato, intentando evitar, como se ha dicho, que actúe solo por la recompensa. 

En este sentido, también es conveniente dividir la tarea propuesta en fases, premiando y reforzando cada una de ellas con gestos adecuados. En este caso no hay que olvidar que en educación “el éxito llama al éxito”, y así, una meta alcanzada y recompensada impulsa a acometer otra un poco más difícil, y así sucesivamente.

Las recompensas son más importantes y necesarias cuando el niño está aprendiendo a hacer algo por vez primera. Hay que reforzar sobre todo en los comienzos, mientras el hábito se va consolidando. Una vez consolidado, el refuerzo se puede llevar a cabo más espaciadamente.

     (Publicado en el Semanario La Verdad el 22 de diciembre de 2023)

lunes, 4 de diciembre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (87)

EDUCAR MOTIVANDO: ¿PREMIOS Y CASTIGOS? (I)


La motivación es un impulso que suscita una conducta y la mantiene, por lo que es fundamental a la hora de educar.
 Para educar hemos de motivar, sin duda; y la madurez estriba entre otras cosas en saber motivarse a uno mismo para afrontar las tareas y dificultades de la vida. La motivación, bien entendida, no está reñida con la fuerza de voluntad, al contrario; en la base de la motivación ha de estar el esfuerzo.

Pero ¿de qué depende la energía de la motivación? Abilio de Gregorio proponía tres factores: los motivos, la previsión de éxito y los incentivos, entre los que incluía el premio y el castigo o corrección.

Los motivos son como polos imantados que atraen y suscitan una acción, y aquí hay una amplia gama: van desde el atractivo sensible (los apetitos, lo agradable) hasta los ideales nobles. ¿Por qué he de ser puntual, por ejemplo?: por respeto a las personas, por la alegría del encuentro, por el vencimiento propio, etc. Detrás hay una energía que nos mueve para conseguir algo que nos parece bueno en algún sentido. Esto depende de muchos factores, incluso circunstanciales, pero también de un previo entrenamiento que nos ha habituado a aspirar a metas nobles, a superar obstáculos y a soportar el cansancio y la frustración.

En la infancia prevalecen sobre todo los motivos vitales y afectivos; y en la adolescencia emergen los típicos motivos de autoafirmación del yo. La aparición de motivos de apertura a la búsqueda de la verdad, al bien de las personas, al cumplimiento de un deber moral o asociados al sentido de la vida son, entre otros,  rasgos de madurez personal. 

La previsión de éxito es la percepción que se tiene de que podemos hacer lo que se nos plantea, una percepción adelantada (pre-visión) de que podemos lograrlo. Para ello hace falta ver clara la meta a conseguir y, junto al grado de dificultad, percibirla como asequible. El “no puedo” surge al pensar que las metas sobrepasan nuestras capacidades o porque se cuenta con una baja autoestima o una voluntad poco ejercitada en el esfuerzo.

Veamos ahora los incentivos. El esfuerzo que se realiza para conseguir una meta debe ser reforzado para que se mantenga hasta el final. Aquí suelen entrar en juego los incentivos o gratificaciones convertidos en refuerzos de conducta. Como nos enseño el conductismo, estos pueden ser positivos (premio) o pueden ser negativos (castigo); sin embargo sabemos que tienen un efecto motivacional más duradero y profundo los refuerzos positivos que los negativos. A este respecto es de gran importancia la valoración justa y reconocedora del esfuerzo realizado por el educando. Suele decirse en el mundo educativo que “lo que no se evalúa se devalúa”. Conductas que no se valoran terminan por extinguirse.

Pero hablemos más despacio de premios y castigos. A través de ellos se busca modelar las conductas y e ir configurando el sentido de la responsabilidad, puesto que esta no es sino la toma de conciencia de que las acciones tienen unas consecuencias que hay que asumir como propias.

Ambos recursos, sin embargo, han de ser administrados con claro criterio educativo, por lo que les dedicaremos algunas reflexiones más en las próximas entregas. 

      (Publicado en el semanario La Verdad el 1 de diciembre de 2023)


lunes, 30 de octubre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (82)

EDUCAR EN LA SUPERACIÓN Y EL ESFUERZO

 


Una de las consecuencias más claras en tiempos o en ambientes de permisividad y hedonismo es la flojera de los caracteres, un pernicioso emotivismo moral que solo distingue entre “me gusta-no me gusta”, “tengo ganas-no tengo ganas”, “me apetece-no me apetece”, “lo hacen los demás-nadie más lo hace”… y no es capaz de distinguir lisa y llanamente entre lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto. La rectitud moral es desplazada por la comodidad y el deseo de sentirse bien, y nada intimida más que el sufrimiento y el sacrificio. En el extremo de semejante desatino (ya no hipotético), la sociedad castiga a los padres por castigar a los hijos. 

Escribe José Antonio Marina: “Es muy difícil que convenzamos a un niño de que tiene que esforzarse si al mismo tiempo le acostumbramos a no soportar ninguna molestia. Ahora sabemos que a partir de los quince meses la tarea más importante de la madre es ayudar al niño a soportar niveles cada vez mayores de tensión. Deben aprender a resolver los problemas que son capaces de resolver, sabiendo que cuentan con el apoyo emocional de sus padres, pero que son ellos los protagonistas. Hemos de enseñar a aplazar la recompensa. Los niños necesitan saber que muchas veces hay que hacer cosas desagradables para conseguir una meta agradable (y, añadiríamos nosotros, noble, buena), y que mantener el esfuerzo durante el trayecto puede ser duro… pero merece la pena.” 

Para educar en el esfuerzo ayudan mucho los premios y los castigos; de ellos trataremos en una próxima ocasión. Pero ayudan más y son más determinantes en la adquisición de la fortaleza psicológica y moral los hábitos vinculados a ideales y criterios. La adquisición de hábitos y virtudes supone esfuerzo al principio, cierta lucha. Después, en cuanto empiezan a consolidarse, conllevan satisfacción y alegría crecientes. También influyen notablemente los ambientes que estimulan a la superación y en los que se otorga una compensación emocional por el esfuerzo, así como los buenos ejemplos de las personas de referencia (padres, profesores, amigos…). 

Por principio, no hay que evitar a los niños y jóvenes los esfuerzos, ya que son fuente de una experiencia educativa formidable: la satisfacción del deber cumplido, de haber sido capaz de conseguir las metas planteadas, de superarse a sí mismo. Todo ello proporciona una forma de alegría muy superior al placer sensible inmediato. La experiencia de “alegría interior” que se produce cuando se corona un esfuerzo con éxito es una fuente extraordinaria de motivación.

El afán de superación es un potencial educativo fundamental. No es bueno caer en la queja y la fácil excusa. La exigencia por parte de los educadores -exhortar al cumplimiento de deberes, la propuesta de metas nobles aunque sean costosas…-, siempre que sea proporcionada a la situación y a las capacidades de las personas, promueve el fortalecimiento de la voluntad. Es preciso ayudarles a dominar los caprichos y a sobrellevar con buen ánimo ciertos estados y situaciones de frustración. Importa mucho valorar su esfuerzo tanto, al menos, como el resultado final.

El consejo prudente y el apoyo de quien tiene autoridad moral y experiencia son una fuente de criterios, motivaciones y de maduración personal. El deporte, además de una práctica saludable, es un buen ejemplo todo lo dicho: el entrenamiento es el principal resorte educativo para lograr la superación y el éxito. 

      (Publicado en el semanario La Verdad el 20 de octubre de 2023)

sábado, 21 de enero de 2012

EDUCACIÓN PARA UN TIEMPO DE CRISIS (y VI)

5. El maestro y el desaliento
        Llamamos aquí "maestro" al educador sin adjetivos, a quien se esfuerza por transmitir de su propia vida y experiencia para ayudar a otros a crecer en humanidad. De un modo un poco especial, pero no exclusivo, a los docentes. 
          Un verdadero maestro, o maestra, enseña a vivir con independencia del área de conocimiento que cultive. Nunca se plantea la antítesis entre "educar" e "instruir": educa siempre a través de lo que enseña, y con su modo de enseñar. 
        Pues bien, a menudo se tiene la impresión de que se espera del educador que resuelva casi todos los problemas del tejido social, supliendo carencias familiares, sociales y políticas. Paradójicamente, la valoración social de la profesión docente parece haber bajado de forma notable, habiendo perdido en buena medida su tradicional estimación. 
        La autoestima del maestro o la maestra no está ni mucho menos garantizada: no es de extrañar que las limitaciones y actitudes personales de los alumnos, la influencia de un entorno disolvente, una posible falta de entendimiento y colaboración entre los educadores, las propias limitaciones y contratiempos, la falta de correspondencia y de resultados palpables..., hagan caer en ocasiones a no pocos maestros, humanos al fin, en el desaliento.
            Estamos ante la piedra de toque de la vocación docente y del compromiso educativo. Saint-Exupéry, en su libro ya citado, El principito, narra una elocuente experiencia de desaliento cuando el pequeño protagonista tropieza con un jardín rebosante de rosas, tan bellas o más que la que en otro tiempo llenó su vida: “Me creía rico con una flor única y no poseo más que una rosa ordinaria... Realmente no soy un gran príncipe.” 
         Sin embargo, su amistoso encuentro con el zorro –ah, he aquí un 'maestro'...- le revela que haber dedicado su atención y su vida a una flor no ha sido en balde, y convierte a ésta en única e irrepetible. 
                Por eso, el principito se dirigirá luego a la multitud de las rosas diciendo: “-Sois bellas, pero estáis vacías. No se puede morir por vosotras. Sin duda que un transeúnte común creerá que mi rosa se os parece. Pero ella sola es más importante que todas vosotras, puesto que ella es la rosa a quien he regado. Puesto que ella es la rosa a quien puse bajo un globo... Puesto que es ella la rosa a quien escuché quejarse, o alabarse, o aun, algunas veces, callarse. Puesto que ella es mi rosa.”
            Buena parte del secreto de esta forma de ver las cosas reside en aprender a mirar con otros ojos, con los ojos del corazón. Viendo en cada alumno una persona única, importante, insustituible... iY a amar, por así decir, "con un amor más grande que nuestro amor", ya que al fin y al cabo somos instrumentos y portadores de un bien que es más grande que nosotros. Un maestro no "se enseña" a sí mismo; él, o ella, sólo es el instrumento, el medio a través del cual el saber se hace vida y motivación. 
         El secreto, en fin, está en aspirar a convertir la propia vida en un don: nuestra preparación, nuestra actitud, nuestro tiempo... “El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante... Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa.” (El principito, cap. XXI).


            
          El cansancio de la voluntad -en este orden de la vida y en todos en general- no se presenta porque surjan los obstáculos, sino porque éstos ocultan la meta a nuestra mirada, y porque nuestras mejores disposiciones tienen también su límite. Sí, somos limitados… El educador debe partir de la aceptación de que no lo puede todo. Pero también de la certeza de que lo poco que consiga habrá merecido siempre la pena.
          Entonces es preciso recordar y reavivar el sentido de lo que estamos haciendo, mantener viva la conciencia de lo que se persigue y el valor de lo que se hace, aunque a unos ojos ajenos les parezca irrelevante. Siempre nos queda el recurso a la fe en todo ese bien que quisimos sembrar y repartir, y aquel bien que otros nos hicieron generosamente.
Es también entonces cuando se aprecia el apoyo de esos compañeros que comparten las mismas inquietudes y experiencias de alegría y de cansancio, y que, en lugar de acumular sus lamentos a los nuestros, conteniendo tal vez su propia necesidad de consuelo, nos recuerdan la humilde pero gran maravilla: el tesoro que encierra nuestra misión de maestros. Nuestros compañeros profesores, esos que no se cansan, o si se cansan lo disimulan y siempre tienen una sonrisa de complicidad en los labios para nosotros, son uno de los mejores privilegios de los que uno puede disfrutar. Por la misma razón, hemos de ser conscientes de que otros esperan también que nosotros seamos el hombro en el que pueden desahogarse, la mano que les contagia firmeza y confianza, la sonrisa de complicidad que renueva la ilusión oscurecida.
            Porque el verdadero maestro que acumula años de esfuerzo y dedicación sabe por experiencia propia dónde reside el “ethos” de su profesión de educador: en que “todo lo que no se da, se pierde”. Y por eso, no nos es lícito encerrarnos en la queja, el victimismo o la amargura. 
          Porque, como alguien dijo, de la abundancia del corazón habla la boca. Porque, con el simple modo de estar delante de nuestros alumnos, les estamos diciendo: "el mundo es así".

Me permito un sincero y humilde homenaje a D. Santiago Arellano, 
todo un maestro... y amigo verdadero.