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domingo, 22 de diciembre de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (124)

SABER EXIGIR PARA EDUCAR: “SACAR DE TI TU MEJOR TÚ”



Venimos diciendo que el amor que educa conlleva exigir, porque se busca “el mejor yo” del otro. Una de las principales razones de ello es que la naturaleza humana presenta una querencia desordenada hacia lo fácil, lo cómodo, el egoísmo… Y un buen educador, maestro o padre, no debe pasar esto por alto, ha de fomentar la resiliencia, la fortaleza moral y de ánimo, la paciencia y la constancia en sus educandos. En educación exigir es ayudar. Y más en una cultura que exalta el amor indoloro, que no asume implicaciones ni responsabilidades, que vive en el emotivismo y el inmediatismo; infantilizada en muchos sentidos.

Pero también venimos insistiendo en que la exigencia sin más no es adecuada; ha de ser amorosa, estimulante, comprensiva. Exigencia y ternura, firmeza y cariño han de aplicarse simultáneamente y con coherencia. El amor aspira a fomentar lo mejor en la persona amada, y por ello no puede conformarse con un comportamiento o un nivel de expectativas mediocre, ha de ser exigente. Pero a su vez la exigencia ha de ir acompañada de amor, de afecto, de paciencia. La exigencia sin amor -el rigorismo- o la ternura sin exigencia -permisividad- hacen de la actividad educativa una aplicación inadecuada, bien por falta de afecto, bien por falta de firmeza. Con el rigor excesivo se propicia el desaliento en el educando; con la permisividad no se establecen normas de conducta y tampoco se corrige la conducta inadecuada. 

La exigencia implica altas aspiraciones, propuesta de ideales. Los clásicos hablaban de magnanimidad, de la tensión del ánimo hacia grandes cosas. Pero luego ha de traducirse en incidencias, en actitudes y comportamientos concretos: cumplimiento de obligaciones, puntualidad, orden de cosas (por ejemplo en su habitación, en los materiales escolares…) y en la organización del tiempo mediante un horario diario y semanal para organizar las actividades, incluido el tiempo libre y el ejercicio físico; colaborar en las tareas de la casa, atender en clase, realizar con prontitud y esmero los deberes escolares, manejo adecuado del dinero y cuidado de las cosas que se poseen, saber comportarse y tratar a las personas, moderar el lenguaje…

También es muy importante que el niño y el joven se paren a reflexionar acerca de lo que han hecho y de lo que se disponen a hacer, pidiendo consejo al respecto a sus educadores (padres, profesores…) Con terminología escolar: evaluar, examinarse. Porque, en educación y en la vida, “lo que no se evalúa, se devalúa”. Es muy importante saber qué se ha hecho mal, y a qué se ha debido, para no volver a caer en lo mismo. Y a la recíproca, saber que se han hecho bien las cosas y felicitarse (y felicitarle) por ello, ya que esto genera gozo, refuerza la obra bien hecha y asienta criterios de comportamiento adecuado.

Pero el educador ha de exigirse también a sí mismo, luchando por superar los propios defectos, aunque uno caiga, pero sin rendirse; y mostrar así al educando con la propia vida y el ejemplo alegre que el bien ha de orientar siempre el comportamiento. Educamos más por lo que hacemos y por cómo lo hacemos, que por lo que decimos.

(Publicado en el semanario La Verdad el 20 de diciembre de 2024)

 

lunes, 4 de diciembre de 2023

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (87)

EDUCAR MOTIVANDO: ¿PREMIOS Y CASTIGOS? (I)


La motivación es un impulso que suscita una conducta y la mantiene, por lo que es fundamental a la hora de educar.
 Para educar hemos de motivar, sin duda; y la madurez estriba entre otras cosas en saber motivarse a uno mismo para afrontar las tareas y dificultades de la vida. La motivación, bien entendida, no está reñida con la fuerza de voluntad, al contrario; en la base de la motivación ha de estar el esfuerzo.

Pero ¿de qué depende la energía de la motivación? Abilio de Gregorio proponía tres factores: los motivos, la previsión de éxito y los incentivos, entre los que incluía el premio y el castigo o corrección.

Los motivos son como polos imantados que atraen y suscitan una acción, y aquí hay una amplia gama: van desde el atractivo sensible (los apetitos, lo agradable) hasta los ideales nobles. ¿Por qué he de ser puntual, por ejemplo?: por respeto a las personas, por la alegría del encuentro, por el vencimiento propio, etc. Detrás hay una energía que nos mueve para conseguir algo que nos parece bueno en algún sentido. Esto depende de muchos factores, incluso circunstanciales, pero también de un previo entrenamiento que nos ha habituado a aspirar a metas nobles, a superar obstáculos y a soportar el cansancio y la frustración.

En la infancia prevalecen sobre todo los motivos vitales y afectivos; y en la adolescencia emergen los típicos motivos de autoafirmación del yo. La aparición de motivos de apertura a la búsqueda de la verdad, al bien de las personas, al cumplimiento de un deber moral o asociados al sentido de la vida son, entre otros,  rasgos de madurez personal. 

La previsión de éxito es la percepción que se tiene de que podemos hacer lo que se nos plantea, una percepción adelantada (pre-visión) de que podemos lograrlo. Para ello hace falta ver clara la meta a conseguir y, junto al grado de dificultad, percibirla como asequible. El “no puedo” surge al pensar que las metas sobrepasan nuestras capacidades o porque se cuenta con una baja autoestima o una voluntad poco ejercitada en el esfuerzo.

Veamos ahora los incentivos. El esfuerzo que se realiza para conseguir una meta debe ser reforzado para que se mantenga hasta el final. Aquí suelen entrar en juego los incentivos o gratificaciones convertidos en refuerzos de conducta. Como nos enseño el conductismo, estos pueden ser positivos (premio) o pueden ser negativos (castigo); sin embargo sabemos que tienen un efecto motivacional más duradero y profundo los refuerzos positivos que los negativos. A este respecto es de gran importancia la valoración justa y reconocedora del esfuerzo realizado por el educando. Suele decirse en el mundo educativo que “lo que no se evalúa se devalúa”. Conductas que no se valoran terminan por extinguirse.

Pero hablemos más despacio de premios y castigos. A través de ellos se busca modelar las conductas y e ir configurando el sentido de la responsabilidad, puesto que esta no es sino la toma de conciencia de que las acciones tienen unas consecuencias que hay que asumir como propias.

Ambos recursos, sin embargo, han de ser administrados con claro criterio educativo, por lo que les dedicaremos algunas reflexiones más en las próximas entregas. 

      (Publicado en el semanario La Verdad el 1 de diciembre de 2023)