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lunes, 18 de agosto de 2025

SER VARÓN Y SER MUJER: INTRÍNSECA REFERENCIA MUTUA, según JULIÁN MARÍAS

UNA LUMINOSA REFLEXIÓN ACERCA DEL HOMBRE Y LA MUJER:


 



    " Julián Marías muestra, sirviéndose del símil de las manos, que ser varón o mujer consiste en “una referencia recíproca intrínseca: ser varón es estar referido a la mujer, y ser mujer significa estar referida al varón1, siendo la diferencia entre ellos relacional, como la de la mano derecha respecto a la mano izquierda. Si no hubiera más que manos izquierdas –constata–, no serían izquierdas pues la condición de izquierda (…) le viene a la izquierda de la derecha2. Ser varón y ser mujer es estar uno frente al otro3, de tal manera, que esa diferencia les permite, como a las manos, acometer la misma tarea desde dos perspectivas diferentes, de cuya conjunción se deriva una mayor eficacia que si las dos estuvieran orientadas en la misma dirección. "

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1 J. MARÍAS, La mujer y su sombra, Alianza Editorial, Madrid 1987, p. 54.

2  Cfr. también J. MARÍAS, La mujer en el siglo XX, Alianza Editorial, Madrid 1980.

3 Es ilustrativo que el texto hebreo de Gen 2,18 diga literalmente: “voy a hacerle a alguien frente a frente”. Cfr. G.RAVASI, La familia tra opera della Creazione e festa de la Salvezza, en “Familia et Vita” 17 (2012) p. 95.

 

 

 

BLANCA CASTILLA DE CORTÁZAR:

 

«LA PERSONA HUMANA Y LA DIFERENCIA SEXUAL: PROSPECTIVAS FILOSÓFICAS Y TEOLÓGICAS». Pág. 7






domingo, 30 de junio de 2024

REPENSANDO LA EDUCACIÓN (109)

EDUCACIÓN ADAPTADA A CHICOS Y CHICAS


Veníamos hablando del fracaso escolar de los chicos (varones). Yendo a las causas, hay expertos que apuntan que muchos niños y adolescentes no son bien atendidos educativamente según su índole masculina. Mujeres y varones son iguales en naturaleza y dignidad, sin duda, pero presentan diferencias importantes que tienen que ver con su morfología y su fisiología constitutivas, y ello ha de tenerse muy en cuenta en su educación. 

La neurología muestra que el dimorfismo sexual afecta al sistema nervioso central, determinando diferencias estructurales y funcionales entre el cerebro masculino y el femenino. El masculino está más lateralizado y en el femenino se da una mayor conectividad entre los dos hemisferios. Y así, el comportamiento y la atención del varón están más focalizados, mientras que en la mujer es más fácil simultanear tareas y pensamientos. 

Es un hecho verificado que los hombres escuchan, comprenden y hablan de forma diferente a las mujeres. El hombre guarda sus emociones en el hemisferio derecho, mientras que el poder de expresar los sentimientos verbales reside en el izquierdo; halla así más dificultad para conectar los sentimientos con las palabras, y por ello su expresividad emocional es más limitada. 

Existe mayor predisposición en la mujer para las habilidades lingüísticas y verbales. El ritmo cognitivo del varón en los ámbitos lingüísticos es más lento, mientras que suele desenvolverse mejor en los ámbitos espaciales. El hombre muestra una mayor tendencia al comportamiento agresivo físico y la mujer tiende más hacia la agresividad verbal. 

La mujer es mucho más hábil para descodificar la comunicación no verbal y captar los detalles sutiles del tono de voz o de las expresiones faciales al interpretar el estado emocional de las personas e incluso su carácter.

Problemas como la hiperactividad y el déficit de atención, entre otros, suelen darse con mucha más frecuencia en los niños. A los chicos, les cuesta más “ser formales”, estar sobre sí mismos de manera continuada. Precisan más ejercicio, competición, desafíos… Se dispersan más y se aburren antes si no están activos y en movimiento.

La maduración y el desarrollo neuronal e inmunológico del varón se producen más tarde que los de la mujer, y aunque en un momento dado se puede producir mayor fortaleza física en el varón, su vitalidad es más precaria y menos adaptable, como lo muestra la esperanza media de vida, superior siempre en la mujer.

El desarrollo físico y psicológico es más precoz en las chicas; durante la adolescencia pueden aventajar a los chicos hasta en dos años. Además del aspecto corporal, suelen mostrarse más aplicadas, responsables, cuidadosas, perseverantes y, en fin, más maduras. Los chicos, por su parte, mantienen una apariencia más infantil y suelen sentirse minusvalorados por las compañeras de su edad. Esta baja autoestima puede contribuir a un comportamiento más problemático en esta edad.

Es claro que unas y otros organizan las percepciones y el pensamiento de manera diferente, lo cual no es malo ni bueno. Al contrario, puede ser enriquecedor si se produce una adecuada atención educativa. Además, se pueden desarrollar talentos más propios del otro sexo mediante el esfuerzo, la voluntad y la educación. Naturaleza y cultura van de la mano. Ayuda especialmente a ello contar con figuras -padre/madre; profesor/profesora…- que les sirvan de referencia diferenciada y que les ayuden en esta tarea, teniendo en cuenta y respetando su peculiaridad. 

  (Publicado en el semanario La Verdad el 28 de junio de 2024)

domingo, 18 de diciembre de 2022

NATURALEZA, CULTURA Y TEORÍA 'QUEER'


Pretendemos con estas reflexiones mostrar la adecuada articulación entre naturaleza y cultura en relación con el planteamiento “trans” propio de la teoría o ideología “Queer”.  

 


1. La articulación entre naturaleza y cultura.

Evocando las expresiones de Simone de Beauvoir o del mismo Sartre, puede afirmarse que la mujer y el varón “nacen” y también “se hacen”, pero no se hacen desde la nada o desde el vacío, sino, precisamente, a partir de su naturaleza, de su modo constitutivo de ser. 

Nunca dejamos de ser humanos, ni siquiera cuando nuestro comportamiento no sea consecuente con nuestra dignidad. Hablamos de comportamientos inhumanos, precisamente, porque no están “a la altura” de nuestro ser. A veces nos comportamos “como borregos”, o “como cerdos”, o como unos “burros”… pero no lo somos, seguimos siendo humanos (y por eso no está bien comportarnos de forma “inhumana”…) 

La cultura es propiamente el cultivo de lo específicamente humano, de la naturaleza humana. La cultura debe desarrollarse desde la naturaleza, debe aceptar los condicionantes naturales. De lo contrario deja de ser propiamente cultura y se convierte en perversión, por ser antinatural.

La naturaleza humana (que incluye el cuerpo -y por lo tanto lo biológico- y el alma en unidad sustancial), es la estructura constitutiva que nos viene dada desde el inicio; pero no debe entenderse como un arquetipo determinista que establece pautas fijas de comportamiento a las personas, sino como el cauce de la excelencia posible que es capaz de lograr cada ser humano, hombre o mujer, cuando ejerce su libertad de acuerdo con el orden de perfeccionamiento que le es propio en cuanto humano. Para ello, por otra parte, es necesaria la ayuda de otros, ya que además el ser humano es sociable por naturaleza.

Nuestra naturaleza humana es un don originario y a la vez es también una tarea y un elenco de potencialidades. El ser humano se va “construyendo a sí mismo” a partir de su naturaleza, de su modo constitutivo de ser, no puede “crecer” realmente más que como ser humano. Por otra parte, su naturaleza, aunque le da unas pautas importantes (esenciales), deja un espacio libre a la autodeterminación, a la relación con los demás, a la educación, a las experiencias de la vida…, en suma, a la cultura.

Para el ser humano, lo natural en realidad es aquello que indica qué es “lo mejor” para su desarrollo como tal. Marca a cada hombre y mujer un criterio adecuado de crecimiento en humanidad. La naturaleza, bien entendida, es de índole teleológica: muestra así el orden propio de realización y perfeccionamiento de la persona en el ejercicio de su libertad, nos indica cuál es el fin y el camino que nos perfeccionan, que nos “humanizan”. De esta manera sirve de guía y referencia moral para nuestra libertad y para la actividad educativa: sacando lo mejor de lo que somos y venciendo lo que impide o dificulta dicho perfeccionamiento. Cuando se niega la naturaleza se confiere la primacía al deseo sobre la razón y la justicia se reduce a lo que es deseado, en vez de lo que es razonable.

La naturaleza humana es sexuada; incluye la constitución biológica corporal, obviamente, pero las diferencias sexuales alcanzan también muchos otros aspectos del organismo, como el funcionamiento endocrino, la organización de redes neurales y, como extensión, características psicológicas individuales, formando todas ellas también parte de la identidad, no sólo ontológica, sino también psicológica del individuo humano. En el ser humano, el cuerpo es algo más que un mero organismo, es la expresión de una realidad íntima, el espíritu. La naturaleza humana es a un tiempo biológico-corporal y espiritual o racional.

Iguales en naturaleza a pesar de su dimorfismo, el hombre y la mujer en cuanto personas son iguales también en dignidad, derechos y deberes fundamentales. 

La modalización sexual abarca a la persona, al varón y a la mujer, en su totalidad, también en su individualidad más íntima. No se trata solamente de ser padre o madre, como si el sexo se agotara en la función reproductora. Se trata de la manera de ser como persona. Masculinidad y feminidad no se distinguen tanto por una distribución entre ambos de cualidades o virtudes, sino por el modo peculiar que tiene cada uno de encarnarlas. Así la mujer tiene una actitud hacia la vida que se ha llamado el “genio femenino” porque se interesa por lo concreto, se compadece, siente más, se da cuenta de las cosas y necesidades ajenas. Y el hombre, por su parte, también tiene un “genio masculino” porque acepta los retos, es más arriesgado, se siente protector y responsable de los demás, asume tareas de gobierno y de organización. Por su parte, cada uno tiene en su singularidad personal la oportunidad de aportar al mundo una contribución genuina, matizada por su masculinidad o feminidad.

 


2. La ideología de género y la primacía de la autodeterminación.

El dimorfismo sexual de la especie humana es un hecho empírico evidente. Pero hombres y mujeres, en su dimorfismo sexual constitutivo, lo son por naturaleza y no por elección o asignación. La corporalidad orgánica del ser humano es la raíz de su sexualidad. Ambos comparten la misma esencia -pertenecen a la misma especie- y al mismo tiempo las diferencias sexuales son parte de la identidad de las personas humanas. 

Bajo la inadecuada acusación de “esencialismo”, la ideología de género, siguiendo la influencia del existencialismo de Sartre y Beauvoir como ya se observó, niega que exista en hombres y mujeres una naturaleza constitutiva, pretendiendo dejar todo a la autodeterminación. Se procura que la cultura -ámbito de la libre autodeterminación- ocupe el lugar de la naturaleza -entendida como algo cerrado y sujeto al determinismo-; pero en realidad no hay un antagonismo excluyente entre naturaleza humana y cultura si ambas se entienden bien, según se ha explicado más arriba. 

Suele atribuirse a Judith Butler, con su libro El género en disputa: el feminismo y la subversión de la identidad (1990), el origen intelectual de la ideología de género (Gender-Queer). Pero quizás el hito fundamental de la fulgurante difusión mundial del “enfoque” de género y del activismo LGBTI haya sido la IV Conferencia Mundial de la Mujer (Beiging, 1995) organizada por la ONU.

Llevando a sus últimas consecuencias la idea de que “la mujer –y el hombre- no nace, se hace”, se propugna en esta ideología la exclusión de toda alteridad y diferenciación social asociada al sexo, la inexistencia de una naturaleza humana sexuada, así como la indiferenciación y el polimorfismo sexual humanos en el momento de nacer.

La diferenciación de identidades y funciones (el género, en particular la feminidad y la masculinidad) se sostiene que es artificial y fruto de una construcción social y cultural. La maternidad no debe ser motivo de diferenciación (desigualdad) entre hombres y mujeres. La verdadera igualdad estriba en que las mujeres -no ya “la mujer” pues se vendría con ello a insinuar una naturaleza femenina subyacente- no tengan que dar a luz, como ocurre en los hombres. Su ideal es la autarquía: que las mujeres no necesiten de los hombres.

La ideología de género considera de este modo que la sexualidad humana no es una característica determinada por la naturaleza de cada persona, sino que es un elemento maleable cuya raíz es la opción libre de cada sujeto y cuyo significado es fundamentalmente una convención social.

Las obvias diferencias anatómicas serian irrelevantes e incluso deberían ser suprimidas.  Según esto, ser hombre o mujer carece de un fundamento natural e incluso biológico, son papeles absolutamente intercambiables; feminidad y masculinidad serían construcciones sociales por parte de una cultura patriarcal y machista que es necesario destruir para lograr la verdadera igualdad social y la satisfacción de los deseos individuales, de manera que cada cual podría elegir configurarse sexualmente como desee. 

Más recientemente se ha insistido en la absoluta irrelevancia e indiferencia, no solo del sexo biológico, sino también del género (binario: masculino-femenino), sosteniendo una noción de identidad sexual “deconstruible” y “reconstruible” social e individualmente. Esto es lo nuclear de la denominada teoría queer  y el “transgénero”.

 La categoría “sexo” es sustituida fraudulentamente por la “identidad de género”, completamente fluida y ofrecida a la autodeterminación individual. El sexo no tendría existencia real, sino que sería un constructo, una construcción social y cultural. El feminismo de género/queer relativiza la noción de sexo de tal manera que ya no existirían dos sexos, sino más bien muchas ”identidades de género”. Cada cual podría “construirse sexualmente” como desee. A ello ayudarán el recurso a la cirugía, los tratamientos hormonales, la reproducción asistida, la ingeniería genética e incluso, en el futuro, la reproducción totalmente artificial y asexual. 

En rigor, tampoco sería imprescindible acudir a procedimientos técnicos. Bastaría el simple deseo para definir la propia “identidad de género”. Aquí la igualdad, disimulada bajo la expresión “igualdad de género”, se hace “in-diferencia”.

El igualitarismo “queer” parte de atribuir a toda clase de desigualdad el calificativo de ilegítima.  En su desarrollo niega la diferencia entre hombre y mujer, pero lleva esta negación hasta el extremo de difuminar lo propio de ambas identidades. En rigor, ser mujer y ser hombre ya no significa nada.

En el fondo, la teoría queer promete a los seres humanos dejar de ser criaturas -dotadas de una naturaleza recibida del Creador- para convertirse en creadores de sí mismos.

La Agenda 2030, en su artículo 5, recoge bajo el rótulo de “igualdad de genero” y “empoderamiento de las mujeres” estas pretensiones.

miércoles, 5 de octubre de 2022

"POR MAL CAMINO": FEMINISMO EN REVISIÓN.

“POR MAL CAMINO”: FEMINISMO EN REVISIÓN

Andrés Jiménez Abad*

 


1.- E. Badinter: el feminismo radical en revisión.

A mediados del siglo pasado, como es sabido, Simone de Beauvoir formuló la pregunta “¿qué es una mujer?”, y respondió que “no se nace mujer sino que se llega a serlo”, insistiendo en que ese “hacerse” carece de modelo. Sorprende que el feminismo radical cayera en la paradoja de adoptar en sus reivindicaciones el arquetipo del homo faber forjado por la Modernidad, lo que hizo que hubiera de enfrentarse a las contradicciones y problemas de una sociedad basada esencialmente en criterios de productividad y de eficiencia, profundamente desorientada acerca de lo que es importante en la vida y en la cual la competencia con el varón se hace notablemente difícil para las mujeres. 

De hecho, el discurso feminista se ha diversificado notablemente a partir de los años sesenta: En un primer momento, escribe Elisabeth Badinter, “la imagen de la mujer tradicional se esfumaba para dejar paso a otra, más viril, más fuerte, casi dueña de sí misma y hasta del universo… Después de milenios de una tiranía más o menos suave que la condenaba a tareas subalternas, la mujer se convertía en la heroína de una película en la que el hombre interpretaba una papel secundario.” (Badinter, E., 2004, 16).

Con anterioridad, en su libro XY, la identidad masculina, de 1992, denunciaba ya que “para asemejarse a los varones, las mujeres se han visto obligadas a negar su esencia femenina (sic) y a ser un pálido calco de sus amos. Perdiendo su identidad, viven en la peor de las alienaciones y procuran, sin saberlo, la última victoria al imperialismo masculino”. (Badinter, E., 1993, 186)

Badinter, discípula de Simone de Beauvoir, destacada activista y estudiosa del movimiento feminista, sorprendió aún más con su libro Por mal camino, editado en 2003, en el que critica la dirección seguida desde los años ochenta por el movimiento feminista. Denuncia que "el feminismo radical" había dejado de defender el valor universal de la igualdad en la diferencia entre los sexos para lanzarse, enarbolando un victimismo a ultranza, a una lucha sin cuartel contra el sexo masculino y a favor de una discriminación positiva hacia las mujeres, por una parte, y por otra derivó hacia un individualismo anárquico -la "indiferenciación de las identidades", "el relativismo secular como principio político... que abre la vía a todas las excepciones"-, conducente al caos.

El feminismo radical, en su intento de acabar con el secular sometimiento de la mujer al varón, generó la denuncia y demonización del sexo masculino, como reconoce críticamente Badinter recordando posturas como las de A. Dworkin y C. MacKinnon, para quienes el hombre es de suyo “predador y violador” y “la violación es el paradigma de la heterosexualidad”. Badinter sostiene con firmeza que pensar que “sólo los hombres son celosos, maleducados y tiránicos es un absurdo que es urgente disipar… Hay que renunciar a una visión angélica de las mujeres que incluye la demonización de los hombres.” (Badinter, E., 2004, 96) 

Además de tratarse de una generalización a todas luces injusta, Badinter advierte de que se acaba reproduciendo el dualismo determinista contra el que se empezó luchando. El antagonismo dialéctico “opresores-oprimidas”, afirma, “acaba ofreciendo un retrato de una humanidad cortada en dos poco realista. Por una parte, las víctimas de la opresión masculina, y por la otra, los verdugos todopoderosos. Para luchar contra esta situación, las voces feministas, cada vez más numerosas, atacan la sexualidad humana como raíz del mal. Con ello, dibujan los contornos de una sexualidad femenina en contradicción con la evolución de las costumbres y recuperan la definición de una ‘naturaleza femenina’ que se creía olvidada.” (Ibíd., 97)

Badinter sostiene que la mejora de la condición de las mujeres solo es posible “mediante una conquista de la igualdad que no haga peligrar sus relaciones con los hombres.” Y recuerda la aseveración de Margaret Mead: “Cuando un sexo sufre, el otro sufre también” (Ibíd.,149-150). Haciendo uso de un sentido práctico encomiable, viene a concluir: “Aumentar el número de guarderías y ofrecer mejores cuidados a los niños a domicilio harán más por ésta [la igualdad de los sexos] que todos los discursos sobre la paridad. E igualmente el permiso por paternidad, que da a entender simbólicamente que la conciliación entre vida privada y pública no atañe sólo a la mujer.” (Ibíd., 176-7)

De hecho, sobre todo en la década de los ochenta, algunas destacadas impulsoras de la emancipación femenina, como Betty Friedan, Alexandra Bochetti, Susan Brownmiller, Carol Gilligan, Germaine Greer, Michèle Fitoussi, Cristiane Collange o Antonietta Macciochi, entre otras, ante el menosprecio de lo genuinamente femenino generado por el economicismo exacerbado y la pretensión del feminismo de competir en esa contienda cuyas reglas de juego establecieron los varones, empiezan a reclamar enérgicamente una valoración adecuada de la feminidad, de la maternidad, de la corresponsabilidad e, incluso, una sensata vuelta al hogar. 

Escribe así, por ejemplo, Cristiane Collange: “Quiero volver al hogar no necesariamente todo el tiempo. Quiero volver al hogar con mayor frecuencia, mucho más tiempo, con libertad. Quiero volver al hogar porque allí se sitúa mi sitio de amarre, mi centro de gravedad. El enchufe de amor donde cargo mis baterías de energía. No quiero pasar mi vida yendo y viniendo a otros sitios para buscar mi identidad. No acepto morir a lo largo de los años de aburrimiento doméstico ni de fatiga profesional. No creo ni en el trabajo liberador ni en el sacrificio femenino incondicional. Quiero todo a la vez. Estoy harta de ser una mujer cortada en dos”. (Collange, C., citada en Figueras, J., 2002, 36)

Es muy notable el caso de Betty Friedan, cuya obra La mística de la feminidad (1963) es uno de los textos básicos del feminismo. Friedan fundó y presidió el movimiento NOW, pero ya en 1981 escribe La segunda etapa, donde defiende abiertamente la colaboración con los hombres en la tarea de “comprender el lugar” de ambos sexos. Su rechazo no se dirigirá ya a la “mística femenina” de la vinculación al hogar, sino a la “mística feminista”, que define como una ideología que asignó la imitación del modelo masculino a las mujeres, soslayando su necesidad de intimidad, y reclamará también la dedicación a la familia como esencial para las mujeres. Siendo ya abuela de ocho nietos y basándose en su experiencia personal, escribe La fuente de la edad, en 1993, que abunda en los anteriores argumentos. (Cfr. Solé, G., 1995, 101-103) 

La feminista australiana Germaine Greer, en Sex and Destinity (1984), se posiciona contra la mentalidad antinatalista por ser contraria a las aspiraciones de muchas mujeres, a la vez que denuncia la presión ejercida para lograr una independencia sexual que no libera a la mujer sino que, al contrario, la subordina aún más al varón. Alessandra Bocchetti, por su parte, afirmará que “la maternidad enseña a las mujeres a no separar razón y corazón.” (Bocchetti, A., 1985, 70) 

Jean Bethde Elshtain, a partir de 1981, presentará un nuevo feminismo preocupado por la vida y por la atención a los hijos. En la obra Public Man, Private Woman, denuncia la propuesta del anterior feminismo de la incorporación de la mujer a la sociedad mercantil, reclamando que no se descuide el genuino mundo de la mujer, basado en la preocupación por los demás, que no es una alienación sino la base de una ética de responsabilidad social frente a la lucha por el poder en la que los perjudicados son siempre los más vulnerables. Una sociedad ha de proteger a los más débiles, lo cual no es menos valioso que la actividad productiva sino precisamente lo que la hace viable. Propone terminar con las disyuntivas excluyentes que trajo consigo la mentalidad moderna: servir o realizarse, público o privado, trabajo o familia. Recuerda que estas tareas de servicio no son privativas de la mujer sino que son también responsabilidad del varón. (Cfr. Elshtain, J.B., 1981) 

Una de las mejores conocedoras del movimiento feminista, Karen Offen, recrimina a este su individualismo, y propone recuperar la dimensión relacional de la vida, el valor de la diversidad y la complementariedad y la importancia de la dimensión social. (Cfr. Offen, K., 1991, 135)

 

2.- Gilligan y Noddings: La “ética del cuidado”.

Merece también una especial mención, por su repercusión posterior, la “Ética del cuidado”, defendida por Carol Gilligan frente a lo que llama la “Ética de la justicia”. Gilligan, profesora de Estudios de género(Gender Studies) en la universidad de Harvard, publicó In a Different Voice (1982) a propósito de las reflexiones de L. Kohlberg sobre el razonamiento moral. 

Kohlberg sostenía que los varones basan su razonamiento en la jerarquía universal de principios y normas, mientras que las mujeres contextualizan las situaciones y conductas, atienden a las relaciones personales, a los detalles de la situación… Ello las ubicaría en un rango inferior al de los varones en el proceso del desarrollo moral.

Pero para Gilligan, la “ética de la justicia”, propia de una sociedad occidental masculinizada, fue creada para resolver los conflictos mediante la fuerza y la lucha por el poder. Valora el respeto a los derechos formales, la “justicia” y la universalidad desatendiendo las particularidades. Prima en ella la legalidad sobre la legitimidad. Se basa en una “responsabilidad ante la ley”.

La ética del cuidado, por su parte, es más propia de las mujeres, según Gilligan, y juzga atendiendo a lo concreto, a la situación, a las circunstancias personales. Está basada en la “responsabilidad hacia los demás”. Los seres humanos dependemos unos de otros, y por ello lo importante no son “las formas” sino el fondo de las cuestiones. 

Gilligan había ayudado al propio Kohlberg en algunas de sus investigaciones, pero no puede aceptar que las mujeres sean menos maduras moralmente que los varones. Simplemente, afirma, hablan “con una voz diferente”, dan importancia a los vínculos, valoran el “cuidado” por encima del cumplimiento abstracto de las normas. 

La ética del cuidado sugiere una cierta predisposición de las mujeres a la gratuidad y la solidaridad, a lo humano concreto. Pone en jaque el contractualismo del “tanto me das, tanto te doy”. Frente a la lógica pragmática del interés y de una equidad matemática, más propia del varón, reclama la puesta en valor de una lógica más próxima al don, al servicio, que mira más bien a lo que necesita cada uno. 

Hay en las reflexiones de Carol Gilligan una crítica de fondo al racionalismo y a la voluntad de poder como claves para concebir y organizar la convivencia. Aunque algunos han intentando aproximar la propuesta de Gilligan al colectivismo y al estatalismo, es preciso advertir que la responsabilidad, la preocupación y el cuidado verdaderos son propios de las personas, no de las estructuras. Con palabras precisas y verdaderas afirmaba el papa Benedicto XVI: “El Estado que quiere proveer a todo, que absorbe todo en sí mismo, se convierte en definitiva en una instancia burocrática que no puede asegurar lo más esencial que el hombre afligido necesita: una entrañable atención personal.” (Deus caritas est, n. 28)

Tampoco parece aceptable una lectura de la ética del cuidado que lleve a suponer que el derecho a decidir sobre la vida y el destino de las personas atendidas (no nacidas, disminuidas, enfermas, etc.) queda reservado a las personas que las cuidan, dado que el verdadero “cuidado” solo puede estar basado en el reconocimiento de la dignidad de la persona necesitada de ayuda. 

De hecho, la ética del cuidado ha recibido por parte de la filósofa de la educación Nel Noddings un tratamiento más equilibrado, basado en el reconocimiento de la dignidad de todas las personas y de sus necesidades, así como en la tendencia natural a la ayuda hacia los semejantes y el compromiso con el entorno.

Debe garantizarse a todas las personas el acceso en equidad tanto al dar como al recibir cuidado. Si el cuidado es considerado como una práctica y un deber de una sola parte de la población -generalmente las mujeres- lo normal será que se prive a la otra parte -generalmente a los hombres- de la posibilidad de desarrollar las capacidades, virtudes y competencias que comprenden la ética del cuidado para unos y la ética de la justicia para otras. 

Es cierto que los varones tienen y tendrán mucho que aprender de la sensibilidad de las mujeres hacia lo humano en cuanto tal, de su privilegiada aptitud para intuir el valor y la circunstancia que configura lo concreto, pero no sería justo asignar una exclusiva “vocación al cuidado” a las mujeres. Los ejemplos de tantos varones dedicados a una admirable atención a los menesterosos a lo largo de los tiempos desmentiría tal pretensión.

Es también muy claro que todas estas reflexiones surgidas en el seno mismo del feminismo radical de los años ochenta aportan razones incuestionables acerca de que la escisión entre vida privada y vida pública es estructuralmente injusta además de ineficiente, como también lo es la presunta superioridad de una vida cifrada en la eficiencia, la productividad y una racionalidad instrumental respecto de aquella dimensión que valora por encima de todo a la persona. Muy al contrario, sin un adecuado fundamento en esta última, una sociedad de la eficiencia al margen de consideraciones morales objetivas camina, por utilizar los términos empleados por C.S. Lewis, hacia “la abolición de lo humano”. 

 

 

* Tomado de Andrés JIMÉNEZ ABAD. “La mujer, ¿en busca de una identidad perdida?”. Revista de Pensamiento. FUE, Madrid. N. 34 ( 2021). Págs. 165-194.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

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